ANIVERSARIO

ROLLING STONE 50 años: Nine Inch Nails, por David Bowie

POR DAVID BOWIE | 08 Nov de 2016

<p><b>Ilustración de N. Vetri.</b></p>

Ilustración de N. Vetri.


Cuando los dioses de los sonidos deformes les tomaron una prueba a las bestias de la ciudad, alentando a los brutos del rock industrial a competir por los laureles, lo que tenían en mente no era un tipo pequeño con una tuba. Su nombre era Michael Trent Reznor, y él también tocaba saxo y piano. Además había aprendido a manejar una consola de grabación con mucha rapidez. Trent produjo un impresionante álbum debut llamado Pretty Hate Machine. Melódicamente orientado y apoyado (debido a problemas contractuales con la compañía discográfica) por lo que se convirtió en una gira de tres años, fue el germen del primer gran golpe del rock industrial en el mainstream, y vendió más de un millón de copias.

Siguiendo el ejemplo de Brian Eno, Reznor desempacó su sintetizador y tiró el manual de instrucciones. Cuando creó The Downward Spiral alentó a la computadora a devolver todo distorsionado, a escupir ramilletes de sonidos hinchados y deformes que atravesaban y laceraban a quienes los escuchaban. Como pieza de acompañamiento de Al lector de Baudelaire [prefacio de Las flores del mal], y después de Velvet Underground, no ha habido nada en el rock que dé tantos latigazos en el alma.

La semana pasada tuve un sueño extraño. Lou Reed, un amigo mío conocido como Warren Peace y yo estábamos cenando en uno de esos lugares de estilo antiguo de Greenwich Village, donde se supone que Pollock se agarraba a golpes con otros pintores. El camarero que nos atendía era uno de los miembros de Eintürzende Neubauten. Cuando me di cuenta de cuál era la música que sonaba allí, me pareció exasperantemente familiar. Nuestro camarero, Blixa Bargeld, se inclinó hacia mí y murmuró: “La música es un regalo sorpresa por el cumpleaños de Lou. Trent Reznor remezcló esta versión de Metal Machine Music para él”.

Mientras decía eso, las hebras y las manchas de una “pintura de goteo”, de Jackson Pollock de comienzos de los 50 se materializaron ante nosotros. Mientras la música sonaba cada vez más fuerte, la pintura giraba alrededor de nosotros con mayor rapidez, hasta que, perseguidos por aullantes víboras de lavanda, azules y negras, empezamos a sentir nauseas.

Y así es la cosa. La música de Trent, construida a partir de la historia de los experimentos sónicos, mecánicos e industriales contiene una belleza que atrae y repele en igual medida: el “Dios ha muerto” de Nietzche cantando al compás de un beat de discoteca. Y siempre elevada, en el momento más necesario, por una melodía atrapante.


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