El doloroso crecimiento de Lorde

Se volvió famosa a los 16 años con un álbum que cambió el pop. Todo lo que tuvo que hacer fue averiguar qué venía después

POR ALEX MORRIS | 17 Jul de 2017

<p><b>LA SEGUNDA VENIDA</b> - Lorde en Los Ángeles en abril. FOTOGRAFÍA POR PEGGY SIROTA</p>

LA SEGUNDA VENIDA - Lorde en Los Ángeles en abril. FOTOGRAFÍA POR PEGGY SIROTA


El día no es precisamente como lo imaginé... Es media tarde y en una bodega cercana a la autopista 101, Lorde se está desvistiendo hasta quedar en ropa interior. Y para ser sincera, yo también. Estamos en Shareen Downtown, un paraíso de 20 mil metros cuadrados de maravillas de sastrería de segunda mano en Los Ángeles, donde no hay vestidores y, por obvias razones, tampoco está permitida la entrada de hombres. “¿No es genial?”, dice Lorde. “Me enteré del lugar gracias a la esposa de mi antiguo tour mánager. Ella hizo los vestidos de Mad Men. Me dijo que siempre venía aquí, y ahora yo también vengo”.

Hoy, en medio del polvo y el glamur, la misión de la neozelandesa de 20 años es encontrar algo divertido para ponerse en Coachella, en donde dará su primer concierto después de casi tres años para promocionar su segundo álbum, Melodrama. “Dios mío, es como un sueño”, dice midiéndose un delicado y esponjoso vestido vintage de novia. Se vería bien en Coachella con una corona de flores”, sugiere deslizando la mano sobre las pequeñas flores de tela. “Es una locura. Pero no ponen los precios… y todo es carísimo”.

Sin embargo, Lorde encuentra un ganador; un vestido azul de estampado con una vibra del grunge de los 90, en una talla grande y con un estilo suelto que ella describe como un “helado tropical derretido”. “Creo que es similar a lo que se pondría Stevie Nicks en su piscina”, dice. “No la conozco, pero ella envuelve mi corazón en tela suave. ¿No es hermosa?”. Luego de reunir algunos tesoros, nos dirigimos a un espejo para darles la aprobación. Lorde se quita su camiseta. Luego me mira con una sonrisa irónica. “Esta es mi entrevista ROLLING STONE, y me estoy desnudando enfrente de mi entrevistadora”, dice.

Y es que ese no es exactamente el tipo de carrera que Lorde ha cultivado hasta ahora. Descubierta a los 12 años después de una grabación de un show de talentos que terminó en manos de un mánager de Universal, la artista, nacida como Ella Yelich-O’Connor, firmó un acuerdo de desarrollo que básicamente implicaba esperar hasta que fuera lo suficientemente mayor como para cantar de manera convincente canciones escritas para ella por adultos. Eso nunca sucedió y nunca iba suceder. Cuando tenía 15 años —y armó equipo con el productor Joel Little— insistía en escribir su propia música, en tener el control.

Durante una semana de receso del colegio Lorde escribió Royals, la canción que llegaría a ser el éxito del EP que pronto ofrecería gratis en SoundCloud (al mismo tiempo que se negaba a mostrar cualquier imagen que diera pista de su apariencia). Mientras tanto, había intuido suficientemente bien lo que estaba a punto de revelar e ingenió un apodo que fuera aristocráticamente grande y decididamente femenino [tomó Lord (señor) y le agregó una e], una jugada que hubiera sido pretenciosa al extremo si no hubiera terminado siendo premonitoria. “No sé, ‘Ella Yelich-O’Connor’, es un poco aburrido”, dice ahora. “¿Puedes imaginar a la gente gritando ese nombre en un festival?”. Se encoge de hombros. “Para mí simplemente tenía sentido elevarlo”.

Pure Heroine fue lanzando en el otoño de 2013 y vendió más de un millón de copias en cinco meses. David Bowie le dio la mano y le dijo que oír su música era como “oír el mañana”. Lady Gaga lo llamó uno de “Los álbumes de 2013”. No solo era la precocidad del álbum (sus beats electrónicos superpuestos a la voz profunda y sincopada de Lorde creaban un sonido completamente hipnótico que tenía elementos del pop, del hip hop y del jazz); también era la autoridad adolescente con la que las letras de Lorde se establecían y luego prescindían casualmente de los temas recurrentes y los estereotipos del pop (“Todos hablan de Cristal, de Maybach, de diamantes en sus relojes… No nos importa”).

El álbum era tan personal, tan seguro y tan audaz que, con o sin justicia, Lorde fue aclamada como el antídoto del pop a su propio artífice. Ejercía influencia mucho más allá de su edad. Era, en otras palabras, “la auténtica”, la contraargumentación del modelo prefabricado, impulsado por la fórmula que muchos oyentes asumían como casi obligatoria para las jóvenes que irrumpían en la profesión.

En un punto de nuestra conversación, Lorde se refiere a los Grammy de 2014, durante los cuales se llevó a casa el premio a Canción del Año y a Mejor Interpretación Pop por Royals como “mis Grammy”. Luego retoma: “Quiero decir, fue la semana de mis premios Grammy, no es que me adueñara de los Grammy”. Pero de cierto modo lo hizo.

Desde entonces la vida de Lorde ha tomado un rumbo predecible hacia lo irreal. Cantó con Nirvana cuando la banda ingresó al Rock and Roll Hall of Fame, fue curadora de la banda sonora de una entrega de Los juegos del hambre, inspiró una parodia de South Park y llevó a Diplo a pescar. Entre tanto, se las arregló para dar una impresión de autenticidad tan convincente que la gente se preguntaba si era falsa, si había sido contratada secretamente por la industria musical para hacer su propio papel de antiheroína. “Su pinta, e incluso el hecho de que sea de Nueva Zelanda y alguien ajena, no solo al pop estadounidense sino también a la importancia de la ubiquidad de la celebridad, era creíble”, dice Tavi Gevinson, redactor en jefe de la revista Rookie y una de las muchas celebridades jóvenes —incluyendo a Taylor Swift— que han entablado amistad con Lorde desde que se unió a sus filas.

Así las cosas, después de haberse ganado a toda la industria, Lorde desapareció. O más bien, se retiró con el fin de saber si era posible rescatar una versión de la chica de clase media que había creado sin querer una obra maestra, para que pudiera tratar de crear otra. Por lo menos así me lo describió mientras almorzábamos hoy en Beachwood Café, un sitio soleado debajo del letrero de Hollywood, frecuentado en su mayoría por gente con pantalones de yoga y un brillo obsesivamente saludable. “Ahora recuerdo y digo: ‘Fue una locura. Todo fue una locura’”, dice refiriéndose a la llegada repentina de la fama. “Pero todo el mundo está loco a los 16 años. Si uno le dice a alguien de esa edad que irá a Marte —‘Vamos a montarnos en un cohete y a irnos, y esa será tu vida’— responderá: ‘Bien, pero lo haré por mi cuenta en este momento, y eso es lo importante’. Todo se normalizó semana a semana”.

No es que todo fuera normal. Cuando Lorde empezó a concentrar su atención en un nuevo álbum, estaba de algún modo estancada en Marte. Se vio envuelta en el clásico dilema del innovador: había inventado un sonido que cambió el panorama del pop. Ahora había sombras de “Lorde” por doquier —de su voz entrecortada, de su mezcla de sonidos pop con el candor de una cantautora— lo que significaba que sonar como Lorde en esos días era sonar parecido a mucha gente. Su singularidad había sido absorbida, mientras que su horizonte había cambiado. “Su primer álbum hablaba sobre ser una muchacha”, dice Jack Antonoff, productor de Melodrama. “Cuando la vida cambia y uno ha construido su carrera sobre la base de ser honesto con su perspectiva, ¿cómo continúa encontrando maneras de verse reflejado? Es casi imposible”.

En poco tiempo Lorde tuvo que buscar la manera de crear magia terrenal en la atmósfera enrarecida de otro planeta, mientras resolvía cómo quería que fuera su vida adulta. Todo lo que pudo hacer fue tratar de regresar a casa.

A finales de 2014, luego de concluir una gira por Norteamérica, Lorde se dirigió a Auckland, Nueva Zelanda. Se reencontró con viejos amigos —incluidos los chicos del video de Royals—, que no estaban tan desconcertados por su fama, y ellos comenzaron a ayudarle a buscar un nuevo camino musical. “Aprendí que toma un segundo salirse del disco que uno acaba de hacer”, dice. El concepto inicial del nuevo álbum involucraba un grupo de extraterrestres a quienes les estaban mostrando la Tierra. “Recuerdo haber escrito sobre el primer paso hacia fuera”, dice. “Estos extraterrestres han vivido en un entorno sellado herméticamente. ¿Qué sentirían al dar el primer paso afuera?”.

Como siempre, Lorde trata de dejar que sus instintos la guíen, es decir, aquellas percepciones apasionadas que siempre le han funcionado tan bien. Tiene sinestesia —ve canciones no solo como colores, sino también como texturas— y creció en un hogar de clase media que cultivó esto a través de un padre ingeniero civil y una madre poeta que le enseñó a través de una “deslumbrante experiencia sensorial del mundo”, dice. “Para mi mamá todo es muy vívido y está regido por los sentidos de forma literal; por ejemplo, el sabor de las frutas puede ser arte”.

A pesar de haber sido una niña “algo solitaria, soñadora y fuera de lugar”, creció con una profunda reverencia por el pop, el cual a veces estudiaba más que sus materias del colegio. “Siempre he sido alérgica a todo aquello que se sienta exclusivamente artístico”, me dice. En otoño de 2015, Lorde, quien había venido trabajando de nuevo con Little, decidió hacer algo distinto. Conoció a Lena Dunham, y ella le presentó a Antonoff (su novio), guitarrista de Fun y líder de Bleachers, quien había producido partes de 1989 de Swift. “Estábamos en un show de Grimes y me dijo: ‘Te voy a traer una bebida’”, dice Lorde. “Y entró a otro cuarto y trajo una lata de jugo de piña —eso me pareció muy extraño—, la agitó, frotó la parte superior y dijo: ‘Las ratas caminan sobre ellas en las fábricas’”. En ese momento sintió que “había regresado a casa de la mejor manera posible, para conocer a alguien así”.

Cuando Antonoff y Lorde se reunieron, el álbum seguía siendo una colección bastante confusa de impresiones e ideas. “Dije: ‘Vamos a sentarnos al piano y veremos cómo te sientes y qué te ha sucedido desde tu último álbum que realmente valga la pena compartir’”, recuerda Antonoff. Una de las primeras canciones que escribieron juntos fue Liability, y trata sobre lo tóxico que puede ser su fama para aquellos que quieran acercársele. “Eso fue muy importante”, dice el músico. “Se abrió un gran espacio, que sugería: ‘Bien, hay una manera de que puedas hablar de todas estas cosas que han cambiado, y no te llevará a una isla’. Todo el mundo se siente como una carga para sus amigos y familiares a veces”.

A partir de entonces Lorde confió en sus experiencias, tal como le estaban sucediendo. “Todo lo escrito en el álbum, poco más poco menos, tuvo lugar en Nueva Zelanda, es sobre mis amigos y yo”, explica. Unos meses después de comenzar a trabajar con Antonoff se mudó de la casa de sus padres y compró una no muy lejos que se ve, según las fotos que muestra con orgullo, como un espacio retro de mediados del siglo pasado en el que se podría filmar uno de sus videos. Lorde colgó un cuadro “grande, extraño, muy hermoso y bastante descarado” de Celia Hempton en su dormitorio (“Es definitivamente una vagina”) y un papel tapiz de una selva pintada a mano por De Gournay en su sala (“es como un sueño extraño”).

La descripción de su día perfecto es la siguiente: “Es verano y todo el mundo está descansando del trabajo, vamos a la playa y luego a mi patio, y nos sentamos en el pasto mientras escuchamos algo tomando whisky sour, y el día se vuelve noche, y de repente son las dos de la mañana y comenzamos a bailar. Ese es un buen día para mí”.

Cuando tuvo suficiente material regresó al estudio con Antonoff para tratar de descifrarlo. “Fui a Nueva Zelanda e hice todo aquello sobre lo que terminé escribiendo, luego volé más de 10 mil kilómetros y lo escribí”, dice. “Sentí que la distancia fue muy importante para mí. Realmente necesitaba la libertad de decir: ‘Esto es lo que voy a decir de esta persona’”. El proceso funcionó, lentamente. “Fue un álbum difícil de hacer”, admite Antonoff. “Si se cambia una respiración en una toma vocal ella se da cuenta, y puede que le guste o que la deteste”.

Con Tilda Swinton y David Bowie, quien le dijo que su música sonaba “al mañana”.
Con Tilda Swinton y David Bowie, quien le dijo que su música sonaba “al mañana”.

Con ella el proceso es meticuloso, y este álbum en particular fue un viaje intenso. “Creo que fue lo que tenía que ser”. Hubo noches oscuras para el alma, momentos en los que sintió que Pure Heroine era el único álbum que podía hacer. “Hubo un momento en el que pensé: ‘No tengo más’”, me dice Lorde. “‘No podrá ser lo suficiente bueno’”. Un “descontrol” fue suficiente para que Antanoff la enviara a casa. “Todos me dijeron: ‘Vete de aquí’”, dice la cantante. “Me sacaron del estudio y me mandaron de viaje”. Le tomó un mes organizar sus pensamientos.

Luego, hacia 2015, terminó su largo noviazgo con el fotógrafo James Lowe. Aunque es prudente con los detalles, admite que se sorprendió por la profundidad del sentimiento que ha experimentado últimamente. “Hace cinco años pensaba que no había nada más intenso. Pero esto es como multiplicarlo por 100. Creo que he tenido un verdadero renacimiento emocional en los últimos 18 meses. He dicho: ‘Cielos, me duele’, y me he permitido sentir todas esas cosas. Ha sido algo trascendente”.

Para la primavera de 2016 el álbum había empezado a fusionarse en su mente, no como un álbum de ruptura exactamente, sino de los momentos que vienen después: la fiesta donde se tiene la libertad de llorar a solas en el baño o el hecho de explorar los contornos de alguien nuevo. Un día la artista se despertó y el álbum se había revelado repentinamente. “Simplemente era un ‘melodrama’. Es como si este universo extraño escogiera el día y te lo diera, y no te lo pudieras imaginar de otra manera”.

Donde Pure Heroine es fríamente distante y autónomo, Melodrama es más minucioso y en cierto modo más festivo. Musicalmente hablando también es más expansivo. “En Pure Heroin, ella tenía sensibilidades electrónicas”, dice Antonoff. “Pero hay guitarras en este álbum, hay otros instrumentos basados en lo análogo. Ya no se trata de minimalismo; es algo grande y más amplio. Es un álbum muy diferente en términos de la paleta de sonidos. Creo que eso comenzó por el hecho de que escribimos el álbum sentados al piano. Ese estilo es muy nuevo para ella”. Y Lorde estaba dolorosamente abierta a cosas nuevas. “El primer sencillo, Green Light”, explica, “soy yo gritando en el universo, queriendo dejar cosas atrás, queriendo seguir adelante, para encontrar la luz verde de la vida”. ¿Cree que logró su objetivo? “Santo cielo, claro que sí”.

Con estos misterios resueltos Lorde pasó gran parte de 2016 en Nueva York, trabajando en un estudio en la casa de Brooklyn que Antonoff comparte con Dunham, quien brindó su apoyo emocional. “Lena no es la mejor cocinera”, dice Lorde, riéndose. “Pedíamos muchos domicilios, pero ella solía venir y decirme: ‘Eres increíble, eres una gran persona, te quiero’”. Fuera del estudio Lorde andaba sola. Se hospedó en un “extraño hotel de ejecutivos”. “Me sentía como un pequeño monje; bajaba al metro, permanecía muy solitaria, pensaba en música todo el tiempo y realmente no socializaba mucho. De vez en cuando, algún chico dulce de NYU se me acercaba y decía algo encantador, pero realmente sentí que era capaz de perder el contacto conmigo misma como celebridad, lo cual es realmente valioso. Al final, esta parte de mi vida, la que estamos viviendo ahora mismo, es muy abstracta”.

SEÑORA DEL DESIERTO En Coachella en abril, su primer concierto luego de tres años.
SEÑORA DEL DESIERTO En Coachella en abril, su primer concierto luego de tres años.

Hoy, sin embargo, ha sido un día relajado en comparación con lo que ha ocurrido y con lo que está por venir. Con jet-lag luego de una semana de prensa en Europa, hoy se levantó temprano y nadó. Ahora no está comprando ropa para su show, sino prendas para usar en Coachella cuando esté entre el público (“Estoy emocionada por ver a The XX, a Radiohead. ¡Kendrick será increíble!”). Con cierta dificultad intenta deslizarse en un vestido de encaje color durazno (solo parece de su edad porque no se ha acostumbrado bastante a su propia gracia). “Bien, creo que esto tiene algunos problemas”, dice girando en frente del espejo para revelar unos agujeros ubicados sospechosamente en el área de los senos. Trata de quitarse el vestido y termina con los brazos atascados encima de su cabeza, riendo de dentro de las capas de tela. “Dios”, dice, “he cometido un gran error”. Me apresuro a ayudarla, aunque no hay duda de que, como siempre, Lorde ya tenía todo bajo control.

Un par de días más tarde me encuentro con ella en un comedor al aire libre del icónico hotel de Los Ángeles donde se aloja. Me cuenta que escogió el sitio por la impresionante piscina. Dice que quería hacer algunas “zambullidas” y sumergirse completamente en ese azul sedoso y envolvente. “Es una cosa del útero”, dice. “Es muy acogedor”.

Esta es una sensación particularmente atractiva para este momento. “Estoy nerviosa”, dice luciendo el vestido azul estilo grunge que compró en Shareen. “No he actuado en tres años, así que esto es como una extroversión forzada para una verdadera introvertida”. En un ensayo para Coachella unas noches antes había quedado claro que gran parte del show necesitaba perfeccionarse.

Su expectativa por el recibimiento del álbum parece estresarla un poco menos, aunque no sabemos si eso es algún tipo de maestría Zen o simplemente una calma similar al ojo del huracán. Lorde se da cuenta de que la magia de Pure Heroine puede ser imposible de recrear. “Reinventamos la rueda por accidente”, me dice. “En realidad es una especie de milagro”. Ahora ha tenido cuatro años para aceptar el hecho de que su primer álbum puede haber sido un golpe de suerte, que no todos los concursos de popularidad son tan fáciles de ganar. “No vine a la Tierra a hacer eso”, dice. “Obviamente quisiera que a la gente le gustara la música, ¿pero en términos de ser como Drake, es decir, de estar innovando la cultura musicalmente? Sé cuáles son mis fortalezas, y creo que eso me habría causado una hernia o algo así”.

Eso no quiere decir que Melodrama sea un retroceso. Simplemente pone por delante una nueva versión de su creadora. Aquella Lorde de 16 años puede haber sido considerada la antiheroína del pop —la reina de los adolescentes inadaptados—, pero nunca fue una chica gótica ni lo es ahora: “Yo digo: ‘Mierda, ¿no puedo ser un poco sexy por un segundo si quiero? ¿Todo lo que hago tiene que ser como de una chica de biblioteca?’”. Ya no escucha Pure Heroin. “Es como de una niña”, dijo en el camino de vuelta de Shareen, moviendo los dedos en la brisa fuera de la ventana del carro. “Este es como de una mujer joven. Puedo oír la diferencia”.

Mientras hacía Melodrama comenzó a oír Graceland, Don Henley y Phil Collins —música que podría considerarse “pasada de moda”, pero que, para ella, tenía una calidad atemporal y una sabiduría profunda—. Parte del atractivo de la música, cree la artista, es que está tratando constantemente de alcanzar un ideal inalcanzable; y aunque hay mucha angustia en eso, también hay un gran perdón. “No creo que se pueda cantar sobre el amor o sobre las rupturas de una manera tan completa a los 20 años”, dice Lorde. “Me pregunto —ahora está citando a Henley—: ‘¿Qué son estas voces más allá de la puerta abierta del amor que nos hacen deshacernos de nuestra satisfacción y rogar por algo más?’. Es el cuestionamiento más increíble del universo. No creo que pueda hacer eso. Incluso cuando me esfuerzo por no ver las cosas de manera muy simple, esos confines siguen existiendo porque soy muy joven. Me emociona crecer, mejorar y ser capaz de hacerlo como ellos”. Lorde participó recientemente del nacimiento del hijo de su mejor amiga. “Me dejó sin palabras. Es literalmente un cambio de vida”. La cantante sabe que quiere tener hijos, obtener su licencia de conducción y volver a estudiar algún día (“Creo que ese momento va a llegar”, dice. “Y diré: ‘Bien, escuchemos a alguien más hablar sobre lo que significa ser un ser humano’”). Sin embargo, por ahora sigue a dispuesta a seguir con esto y ver qué sucede. “No sé si soy una estrella del pop por una razón, pero creo que debería estar aquí, creo que debería estar haciendo esto”, me dice mirándome fijamente, justo antes de que nos separemos.

Dentro de dos semanas, y a pesar de sus nervios, su show en Coachella será un éxito, y ella será aclamada en algunos rincones como la estrella más brillante del festival. Luego, justo antes del lanzamiento del disco, Lorde tendrá unas semanas para ser “ella”. Regresará a Nueva Zelanda para estar rodeada de familiares y amigos que la conocieron en sus días del show de talentos. Tal vez camine por la playa. Puede que flote en una piscina, que se deslice en el agua como en un útero y que se vaya a la deriva con los ojos cerrados y los suaves sonidos que florecen tras ellos. El tiempo pasará rápido y lento a la vez, como siempre ocurre. Luego, el álbum saldrá. Luego, ella se embarcará en el cohete rumbo a Marte. Luego, Lorde volverá.


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