Carlos Areces: “Donde hay gente está mal”

El actor español nos contó cómo fue estar De regreso al colegio en Colombia, repasamos los caminos que lo llevaron a convertirse en uno de los cómicos más singulares de Europa


POR RODRIGO TORRIJOS | 29 Aug de 2017


Podría fanfarronear y decir que su personaje en Balada Triste de Trompeta fue elogiado por Tarantino, pero Carlos Areces no es de esos, él prefiere encontrar el punto de inflexión entre la realidad y la carcajada, desde una vulnerabilidad brillante su humor inteligente y descarnado conecta lo grotesco, lo mundano y lo humano. Como caricaturista logra delinear un personaje complejo en pocos trazos, sin olvidar ponerle un brillo en la mirada.

Pasó por la escuela de artes, ha sido exitoso como dibujante, comediante de televisión en La célebre Muchachada Nui, se ha forjado una carrera en el cine de la mano de Pedro Almodóvar o Alex de la Iglesia, y se divierte con su banda de subnopop Ojete Calor.

Previo al lanzamiento de su película, De regreso al colegio, la producción de Verasur que lo trajo a rodar por primera vez en Colombia, conversó generosamente con ROLLING STONE.

Carlos, hemos oído decir que tienes una libreta de “chorradillas” ¿cuál fue la chorradilla que más te ha hecho reír recientemente?

Se trata de una libreta que usaba hace tiempo, cuando trabajaba en la revista satírica El Jueves y tenía que hacer varios chistes gráficos a la semana. La llevaba siempre conmigo para apuntar las ideas que se me iban ocurriendo. Acabo de rescatarla del olvido gracias a tu pregunta, y revisándola he encontrado un chiste que nunca publiqué pero que me ha hecho gracia: es Ricitos de Oro, la protagonista del cuento de Los Tres Osos, que cuando entra en la cabaña del bosque se siente indispuesta y tiene que elegir entre sentarse en un retrete pequeño, uno mediado y uno grande.

¿Cuál fue la última que escribiste, hace cuanto la registraste?

La última que tengo en esta libreta debe ser del 2011 o 2012. Es una mamá mantis religiosa, con sus pestañas y su cardado para distinguir que es una hembra, que le explica a su hijo cómo fue concebido: “...y entonces papá plantó una semillita en mamá y mamá le devoró la cabeza.”

Dibujas desde los cuatro años, ¿Sigue siendo para ti una necesidad hacerlo?

Lamentablemente no. Antes dibujaba a todas horas, era un placer, un hobby. Luego pasó a ser un trabajo, y de repente dibujar era como bajar a la mina, con sus horarios, sus fechas de entrega, sus obligaciones… y, con los rodajes, cada vez me costaba más encontrar hueco para hacer mis colaboraciones semanales.

Cuando hacía una película en otra ciudad tenía que llevarme el ordenador y la tableta gráfica para dibujar en los huecos del rodaje. Es decir, cuando tenía una pausa en el trabajo tenía que seguir trabajando. Y cada vez me daba más pereza, así que lo dejé. Luego estuve varios años dibujando para Fotogramas, la revista de cine más conocida en España. Era más relajado, sólo una entrega al mes, y sobre una temática que me encanta, el cine. De esta manera podía seguir activo como dibujante. Pero hace como año y medio también dejé la colaboración allí. Cada vez que se acercaba la fecha de entrega me entraba una pereza tremenda, siempre lo dejaba para el último día. Además, se estropeó mi viejo ordenador, y el sistema operativo del que me compré nuevo ya no aceptaba mi antiguo programa de dibujo, con lo que tuve que usar otro programa que no conocía bien y cada dibujo me llevaba el doble de tiempo. Así que llevo como año y medio sin coger un lápiz. Me da mucha pena en el plano teórico, pero en la práctica, cuando tengo tiempo libre, lo que más me apetece es ir al cine o tirarme al sofá a ver Netflix.

¿Actuar, se convirtió en una necesidad artística del mismo orden?

No exactamente. Dibujar era una necesidad en mi infancia, un escapismo a mi timidez y al miedo que tenía a los otros niños. Mi madre se desesperaba porque no salía a la calle a jugar y a tomar el sol (años más tarde, supongo que para compensar el disgusto de mi madre, me pasé casi toda la adolescencia sin poner un pie por casa), pero es que a mí los chicos del barrio me parecían delincuentes. Yo les observaba a través de las rendijas de mi contraventana cuando se juntaban en pandillas frente a mi habitación, y tenían muchos más recursos sociales que yo, sabían contar chistes de adultos, eran descarados y pendencieros –lo que les hacía infinitamente más interesantes–, montaban en bicicleta y patinaban, cosas que a mí me parecían proezas atléticas y me creaban todo tipo de inseguridades. Además, la mayoría se conocían del colegio público del barrio, que era muy humilde (era horrible), mientras que yo estudiaba en uno privado de curas. Esto no hacía sino aumentar la distancia del foso que nos separaba, a los niños auténticos frente al introvertido y delicado niño-pera que era yo. Donde yo disfrutaba era leyendo tebeos y dibujando tardes enteras, feliz y seguro en la protección de mi hogar. Para mí, el exterior era hostil.

Actuar, sin embargo, no era una defensa del exterior. O quizá sí, no lo sé, pero también tiene que ver con la aceptación. De pequeño, en una pista de cemento que había detrás de mi casa a la que se iba a patinar, el primer día que me calcé unos patines me caí de culo. Descubrí que el deporte no era lo mío, pero también floreció instantáneamente una vocación. Una pareja se divirtió con mi accidente, les hizo gracia, el sonido de sus risas me pareció música celestial y me dio confianza. Así que estuve cayéndome toda la tarde ante aquel público improvisado y desconocido que estallaba en carcajadas, en una función privada que representaba para ellos. Fue mi primer papel, y uno de los más agradecidos.

Hoy en día, actuar es mi fuente de ingresos. Es vocacional, desde luego, pero a la realización personal hay que añadirle la necesidad de trabajar. Los que nos dedicamos a la interpretación –o la mayoría de con los que he hablado, al menos– vivimos con un cierta inseguridad, la que provoca haberte colado en una fiesta sin haber sido invitado, y albergamos el temor de que alguien lo descubra y nos echen. Porque es un trabajo, sí, pero no dejamos de tener la sensación de que en el fondo nos pagan por jugar. En nuestro hipotálamo está grabada la idea ancestral de que el trabajo es esfuerzo, no diversión. Esto me genera un cierto sentimiento de culpa.

¿Con qué frecuencia te sientas exclusivamente a pintar, es difícil hacerlo cuando estás en medio de los rodajes?

Lo que es “pintar”, coger un pincel y manchar un lienzo, es una cosa que no hago desde que terminé la carrera (estudié Bellas Artes). Y dibujar, ya te digo que no dibujo desde hace bastante, mis ratos de ocio los ocupo con la inmensa oferta audiovisual (Aprovecho desde aquí para hacer una reflexión: tantas películas que “hay que ver”, tantas series que “no te puedes perder”... Una vida media no da para cubrir el visionado de todos esos productos imprescindibles de los que tenemos que hablar con los demás. ¿No podrían dejar de hacer series apetecibles durante dos años, para poder ponernos al día? ¿No podríamos negociar una tregua? Que HBO, Netflix y las demás plataformas sólo hagan ficciones mediocres mientras termino Juego de Tronos, The Walking Dead, The Wire, Homeland o Mad Men). Esto hace que esté perdiendo mano, encajar una figura ya no me resulta tan sencillo, o encontrar los rasgos de una cara. Estoy involucionando artísticamente por pura pereza. Nunca encuentro el momento de ponerme a dibujar de nuevo. Y eso supone un cambio, porque antes no tenía que ponerme a buscarlo, simplemente me apetecía y lo hacía. Me pasaba las horas muertas agarrando el lápiz. Sobre todo en el colegio, para capear el tedio de las clases.

¿Cuándo pintas a un personaje, lo interpretas, imaginas su voz, su forma de moverse?, ¿tendrá algo que ver con llegar a actuar?

No, para nada. De hecho, cuando dibujaba por placer, la mayoría de las veces ni siquiera sabía lo que iba a salir del lápiz. De pronto me encontraba en el folio con un personaje que no conocía de nada, que podía recordarme a alguien o no, y que me lanzaba una mirada desde su soledad. Y me preguntaba cuál podía ser su historia, qué terribles experiencias habría sufrido para tener semejantes ojeras, por qué se presentaba desnudo ante mí –era una constante en mi obra– o quién le habría asesorado tan mal como para arriesgarse con ese corte de pelo. De vez en cuando, mis creaciones aparecían acompañadas de un bocadillo de texto, pero estas palabras que yo escribía al azar a menudo lo hacían todo más confuso. Recuerdo el boceto de un hombrecillo pequeño e inseguro que se apoyaba en un báculo, desnudo de cintura para abajo, que me examinaba temeroso desde la inmensidad del papel blanco. Un párrafo a su derecha rezaba: “Es un representante de una cultura primitiva, pero él no lo sabe”. ¿Qué querían decir estas palabras? Yo mismo lo ignoro.

Te gusta crear humor a partir de la descontextualización, ¿en qué situaciones te sientes absolutamente fuera de contexto?

En la mayoría de las opciones de ocio “normales”: en las relacionadas con el fútbol (detesto cualquier deporte, sobre todo como espectador, y, al igual que cuenta John Waters en su libro Shock Value, si descubro que algún amigo mío siente algún tipo de interés por el visionado de algún deporte, me replanteo esa amistad), en un bar de los de toda la vida (siempre he creído que la proliferación de bares tipo “bote de palillos y servilletas en el suelo” era un síntoma inequívoco de la necesidad de acabar con la sociedad moderna), en un concierto (la gente sudada y gritando, cuanto más lejos mejor), en una discoteca (a menos que vaya drogado) y, en general, en cualquier sitio donde haya gente. He desarrollado una misantropía total, las masas y el ruido me cohíben completamente. Como sentenció un amigo a través de una sintaxis pionera, “donde hay gente está mal”.

Has dicho que llegar a la universidad fue alucinante, que disfrutaste la escuela de artes, ¿cómo eran esas sesiones con tus compañeros descubriendo, por ejemplo a Ren & Stimpy?

Así es. Los años de facultad fueron los años de mi vida. No creo que nunca vuelva a pasármelo mejor. Dejé la capital, donde vivía con mis padres, para irme a una ciudad pequeña y rústica a compartir piso con otros estudiantes que, como yo, sentían más interés en relacionarse socialmente que en estudiar. Afortunadamente, si no te gustaba estudiar, la Facultad de Bellas Artes de Cuenca era tu sitio. Es una facultad que se fundó como reacción al excesivo academicismo del resto de facultades de Bellas Artes de España, lo que les interesaba allí era justo lo contrario a lo que te pedían en las demás. Los dibujos a carboncillo de estatuas, los retratos realistas, los bodegones clásicos, los paisajes bucólicos… era lo que te tiraban a la cara si cometías el error de enseñarlo en la entrevista de ingreso. Allí querían vanguardia, querían personalidad y arrebato. Y yo, que venía rebotado de suspender el examen de ingreso en Bellas Artes de Madrid (por segundo año) encontré allí el caldo ideal para cultivarme lejos de la mirada de mis padres. Por la facultad íbamos poco, pero siempre estábamos en grupo haciendo cosas. Y sí, recuerdo que unos amigos habían grabado en VHS varios capítulos de Ren & Stimpy, algo que les había hecho implosionar el cerebro, y querían compartirlos con los demás. Amé al chihuahua y al gato nada más conocerlos, y ahí comenzó una fascinación total y absoluta por Kricfalusi. Nos sabíamos frases de memoria (del doblaje, claro), y se convirtieron en recursos habituales en nuestro lenguaje endogámico: “Me gusta la gente que como yo disfruta de su propia desnudez”, “¡Mari Tere!” o “¡No señor, no me gustó!” eran expresiones que repetíamos sin parar, al igual que la canción Mola Mola Guay Guay (una versión castellanizada de la original Happy Happy Joy Joy). Además, marcaron el comienzo del interés en mi etapa adulta por los dibujos animados psicotrópicos que estaban por llegar, como Las Supernenas, El Laboratorio de Dexter o Bob Esponja.

¿Te gusta Adult Swim?

Nunca he visto el canal como tal, pero conozco algunos de sus contenidos. En mi país soy uno de los dobladores de Robot Chicken, serie que me divierte mucho. Y una vez me entrevistaron en el late night de El Fantasma del Espacio, en su versión española. Ahora me han recomendado Rick Y Morty, tengo que ponerme a verla. De otras, como Padre de Familia, nunca he sido gran fan, aunque la reconozco muchos aciertos. Y Samurai Jack, por ejemplo, me encanta formalmente, pero me aburre bastante.

¿Y disfrutabas el resto de la universidad, la historia del arte, la parte más académica?

En Bellas Artes de Cuenca, lo académico era anecdótico. La mayoría de las asignaturas eran prácticas, lo que yo agradecía, porque las clases teóricas me mataban de aburrimiento. Porque no eran “historia de”, a menudo eran tediosos debates filosóficos sobre el proceder y el devenir del arte.

¿Sueñas con Angela Lansbury?

Es más una obsesión cuando estoy despierto. Sobreactuar es un arte, y ella lo ha elevado a su cúspide. Fui a verla a Londres cuando estrenó A Blithe Spirit, y por supuesto la esperé a la salida. Es maravilloso lo activa que puede estar una mujer de 90 años. Siempre pensé que la única explicación lógica a una serie como Se Ha Escrito un Crimen (como se llamó en España Murder, She Wrote, uno de los pilares de mi fascinación por ella), en la que una escritora se encuentra un muerto allá donde va en cada uno de los capítulos de las doce temporadas (estamos hablando de más de 300 muertos en 13 años) es que la verdadera asesina de todos ERA ELLA. JESSICA FLETCHER IS THE REAL KILLER.

¿Qué es un viejoven?

Una persona joven, de hasta 30 o 35 años, que tiene aspecto, modos y/o gustos de persona mayor. Atención, porque hemos detectado algunos casos de gente de 45 años tratándose a sí mismos de viejóvenes. Pues no. Para la gente de más de 40 que tienen gustos de mayores hemos acuñado el término “viejo”.

¿Cuál es la primera cosa, la más graciosa que se te viene a la cabeza en cuanto recuerdas Muchachada Nui?

En el programa hacíamos una parodia de un vidente muy conocido en España, Rappel. En realidad, lo único que tomábamos de él era la estética y el nombre, lo demás pretendía ser una parodia de la serie Smallville, y a la manera de aquella con Superman, nosotros retratábamos la adolescencia del adivino en el instituto, y cómo afectaban a su día a día sus pretendidos poderes. Inspirándonos en la serie, le inventamos una sucesión de personajes secundarios: el chico que le gustaba, el abusón de clase, la chica mala o sus propios padres. Ninguno de ellos tenía base en ningún personaje real, era obvio que estaban creados siguiendo simplemente el esquema de Smallville. Decidimos que la madre fuera calva (e interpretada por un hombre) y el padre se meara encima, lo que estaba en perfecta armonía con el tono absurdo de nuestros sketches. Por supuesto, ni el nombre ni el aspecto de los padres coincidía con el de los auténticos, que además no eran figuras públicas. Pero Rappel no lo entendió así, se sintió muy ofendido con el retrato que hacíamos de sus progenitores y fue a un programa a explicar con mucha dignidad que ni su madre era calva ni su padre se meaba encima, por si había alguna duda. Reconozco que eso me hizo reír.

Eso sí, sus abogados nos hicieron llegar una notificación indicándonos que siempre podíamos llegar a un acuerdo económico.

La hora Chanante fue uno de los primeros fenómenos televisivos, que llegó a popularizarse gracias a Youtube. Has dicho en otras ocasiones que no te van tanto los youtubers, como fue tu experiencia rodando De regreso al colegio con algunos de ellos?

Exacto. El mismo salto generacional que notaban algunos espectadores con La Hora Chanante porque no la entendían me ocurre a mí con la mayoría de los youtubers. Se me escapa el interés de verles jugar a un videojuego, o de comentar su día a día con completos extraños. Pero lo asumo como un síntoma de vejez, de relevo. Cada generación tiene sus propios descubrimientos, sus propios códigos, y es ley de vida que tengan lo menos en común posible con los de tus padres. Y yo, en esta disciplina me pierdo. Por supuesto, hay algunos que hacen cosas más creativas o más cercanas a la ficción, más en mi onda, como Matthew Windey, con el que me lo pasé teta. Tenemos un humor parecido, y cuando me ensañaba algunas de sus piezas no tenía esa sensación de “dónde coño estoy” que tengo con otros youtubers más jóvenes, sino que las disfrutaba porque me parecían muy ingeniosas. Matthew y yo hablábamos el mismo lenguaje, y nos reímos mucho rodando. ¡Menuda hostia le metí con la regla el primer día de rodaje!

¿Cómo te las vas con las redes sociales?

Genial, porque tenemos un pacto de no agresión: yo no me abro cuenta en ninguna y ellas no me mandan las opiniones que no he pedido y que tienen sobre mí miles de desconocidos.

Has dicho que te encantan los libros sobre rodajes. ¿Sobre cuál de los rodajes en los que has participado harías uno, cual es el más delirante en el que has estado?

Sobre Balada Triste de Trompeta. Es en el que más involucrado he estado, en el que más sesiones he tenido, y la experiencia de rodar con Álex, un monstruo catártico del cine, es absolutamente intensa. Álex es cariñoso, odioso, encantador, maleducado, brutal, adorable, egoísta, generoso y grotesco todo en el mismo minuto, sus capas se superponen con total naturalidad. Pero todas tienen en común su desatada pasión por lo que está haciendo. Es un generador de energía constante, incluso sus bajones anímicos tienen una potencia arrolladora. Cuando está rodando es como si cada minuto le tocara la lotería, un chute adrenalítico continuo. Álex compara el final de un rodaje con la pérdida de superpoderes: “Mañana dejo de ser Spiderman, vuelvo a ser Peter Parker”, decía el día que acabábamos la película.

Y, por supuesto, también escribiría uno sobre el rodaje de Los Amantes Pasajeros y la fascinante experiencia de rodar con Almodóvar.

¿Cuál el más difícil?

Balada también. Cada día me sometía a sesiones de dos horas de protésicos faciales, lo que hizo que le acabara cogiendo un asco tremendo al olor a pegamento, se me revolvían las tripas literalmente. Y las jornadas de rodaje no respetaban las 12 horas de descanso que debe haber entre una y otra, con lo que estaba siempre cansado, sin el tiempo necesario para estudiar, ducharme, comer y dormir. Lo más duro fueron los cuatro días que estuve corriendo en pelotas por la sierra de Alicante, envuelto en barro húmedo y en pleno mes de febrero (uno de los más fríos en España). Y el traje, como te puedes imaginar, era incomodísimo: trepar por las réplicas de las estatuas del Valle de los Caídos con unos zapatos de tacón era, cuanto menos, difícil. A eso hay que añadirle que la seguridad de los actores no es una prioridad para Álex, sobre todo cuando vamos mal de tiempo, que era siempre. ¿Y sabes qué? Que lo echo de menos. Nunca he vivido con tanta fuerza un rodaje ni disfrutado tanto de las cosas buenas que me ofrecía, y me pregunto si lo volveré a hacer. Balada ha sido, sin ninguna duda, mi peor y mejor rodaje nunca.

¿Haz compartido escena con grandes actores, de quien has aprendido algo inolvidable, o que consejo, que te haya marcado recuerdas?

He tenido la suerte de compartir rodaje con el gran Leslie Nielsen, poco antes de que muriera. Tenía ya 83 años, pero siempre llevaba oculta en el bolsillo una pequeña pera con la que simulaba el sonido de un pedo y que accionaba a la menor oportunidad, incluso en las entrevistas. Si eso no es una lección de vida, no sé qué lo es.

También rodé una única escena con Álex Angulo, que no me dio ningún consejo pero sólo trabajar con él hacía que se te pegara algo de su humildad y de su ternura.

¿Cómo te preparaste para crear al payaso de Balada triste de trompeta, que impresionó tanto a Tarantino?

No tomé de referencia ningún personaje real, lo abordé como suelo abordar la mayoría de los trabajos: busco los puntos en común que tiene el personaje conmigo y trato de construirle a partir de detalles personales reales, de elementos que ya existen en mí. En este caso, me agarré a la timidez y fragilidad que le envuelven durante el primer acto partiendo de mi propia inseguridad. Y me basé en mi propia rabia para componer los ataques de ira que se desatan en su venganza. Ensayar, no ensayamos mucho. A Álex no le gusta, y yo lo prefiero. Creo que ambos somos más partidario de llevar al rodaje los mimbres de la secuencia, y luego desarrollar allí in situ, con la caracterización y el escenario real, la composición definitiva. Álex confía muchísimo en la intuición de los actores con los que trabaja, y creo que es un acierto. En sus películas está el resultado.

¿Qué se siente, impresionar a Tarantino?

No sé si le impresioné, pero desde luego, si hay alguien vivo en el mundo al que quieres impresionar, ése es Tarantino. Fui a Venecia –donde concursábamos con la película– un poco de bajón, porque días antes habíamos hecho una proyección en la Academia de Cine y la recepción había sido bastante tibia. Pero en Venecia la película gustó muchísimo, eso lo notas durante la proyección, se crea una atmósfera que puedes palpar, y lo confirmaron los casi 10 minutos de vehementes aplausos del público. Y uno de los que más fervientemente aplaudía era Tarantino, el presidente del jurado. Al día siguiente tuve que regresar a Madrid por trabajo, pero volví a Venecia para la entrega de premios –esta vez pagándolo de mi bolsillo, y te aseguro que Venecia durante el festival no es precisamente barata– sólo por si había oportunidad de conocer a Tarantino. Y así fue. En el cocktail privado posterior a la gala –en la que nos llevamos dos premios– yo estaba nerviosísimo, porque sabía que Tarantino aparecería antes o después, y lo que estaba claro es que TENÍA que hablar con él, y por supuesto conseguir una foto. Cuando llegó venía rodeado de gente, un enjambre deseoso de hablarle y de resultarle mínimamente interesante igual que yo. ¿Qué podía hacer? ¿Cómo irrumpir en aquella masa compacta? Afortunadamente no hizo falta, fue él el que me reconoció en la distancia y, abriendo un pasillo humano se dirigió hacia mí diciendo “You are the sad clown! You are the sad clown!”, y allí estuvimos hablando como diez minutos. Y sí, conseguí la foto. Con eso ya di por bien invertido el dineral que me gasté ese fin de semana.

¿Dibujas en los guiones de las películas?, ¿que inspira más para hacer unos buenos dibujos, un guion formidable o uno regular?

Sí, puede caer algún garabato en los márgenes. Un mal guion está pidiendo a gritos que lo adornes, para salvarlo de su propia vacuidad.

Todo parece indicar que disfrutas el humor absurdo, las situaciones violentas y los personajes rocambolescos, así que presumimos también debes conservar algunos recuerdos de Colombia. ¿Hubo alguna situación delirante por acá?

Lo más delirante para mí fueron los atascos de Bogotá, me pareció una locura que un trayecto que en domingo se hace en 16 minutos nos llevara más de dos horas en día laborable. No recuerdo muchas más, pero es que en total estuve menos de una semana. Pero uno de los personajes más rocambolescos que conocí fue a la que todos llamábamos cariñosamente “La Tía”, auténtica tía de Antonio Merlano que trabajaba como actriz en la película haciendo de Virginia, una alumna prostituta de más de sesenta años. Los viajes en coche con ella eran delirantes, era apasionante oírla hablar con todo detalle de sus amantes y de sus novios. Esa mujer irradiaba vida, y era puro cariño. Tenía esa vitalidad loca de Celia Cruz. Era un huracán de autenticidad, y muy graciosa. Imposible no amarla.

¿Si regresaras al colegio, escogerías de nuevo tener el talento para hacer caricaturas o cultivarías otras disciplinas?

Si regresara al colegio me metería en un gimnasio de cabeza, creo que me abriría más puertas que los dibujos. Con 16 años, levantas una pesa y te sale un músculo, la proporción tiempo invertido-resultado visibles es francamente óptima. Con 40 ya no es lo mismo, te conformas con estar un poco duro debajo de las estrías.

¿El maestro que interpretaste, se parece a alguno de los que dibujabas en la escuela?

No realmente. La mayoría no eran mala gente, pero los que eran cabrones eran más cabrones que Severino.

Antonio, director de De regreso al colegio nos dijo que tú le habías comentado a manera de broma, que habías llegado “como una diva” y te habías ido de Colombia con lágrimas en los ojos, ¿qué te conmovió tanto?

La gente. A Jaime y a Antonio, los padres del proyecto, los conocí nada más poner un pie en Bogotá, y desde el primer momento fueron encantadores. Se les veía extremadamente agradecidos, todo fueron facilidades. Matthew fue divertidísimo a lo largo de todo el rodaje, Marlon, Beto, Stephanie, La Tía… todos tuvieron un trato exquisito, al igual que la gente de producción, dirección, maquillaje, peluquería, vestuario y apartados técnicos. Y no puedo olvidarme de los conductores. Con Ariel Levy hice piña enseguida. Le conocía por algunas películas de Nicolás López y Eli Roth. Ese chileno loco consiguió arrancarme verdaderas carcajadas durante las tomas. Todos me hicieron sentir muy valorado y muy querido, y el rodaje ha sido de los más emotivos que he vivido nunca, pese a ser tan corto. Cuando ruedo en España, los diversos miembros del equipo sabemos que tarde o temprano nos vamos a reencontrar en otro proyecto, pero al rodar fuera de tu país todo es diferente. ¿Cómo no me voy a ir con lágrimas en los ojos?

También nos comentó que te había atraído mucho el guion de su película, ¿qué más te motivó a participar en ella?

Lo que más me llamó la atención fue mi personaje: un fanático del Real Madrid, muy prepotente hacia todo lo sudamericano y que no paraba de decir tacos. Pensé: “Bueno, ahora ya sé cuál es la imagen que tenemos aquí los españoles”. Le comenté a Antonio que me apetecía hacer algo así, extremo, pero que si no le importaba iba a reescribir mis frases para que lo que decía Severino se pareciera en algo al español. Mis diálogos originales, escritos por Antonio y Matthew, estaban llenos de giros y expresiones que no había oído jamás, pero salpicados de “hostia” y “joder” cada tres palabras. Es un poco el equivalente a imitar el colombiano diciendo “malparido huevón” al final de cada frase.

Otra cosa que me atrajo fue la pura aventura. Nunca había rodado en Bogotá, y tenía muchísima curiosidad. Ten en cuenta que la imagen que nos formamos en España de Colombia viene marcada casi exclusivamente por dos referencias: Narcos y Shakira. Pensé que sería una buena oportunidad de comprobar si allí la coca se guarda bajo los cojines del sofá y las mujeres hablan con gallos mientras contonean las caderas.

Además, me condensaron todo el rodaje en una semana, lo que facilitó mucho las cosas. Y en el proceso surgió la posibilidad de conocer a algunos directores de cásting de allí. No pude negarme.

Durante el rodaje de De regreso al colegio habías inventado un musical con tus compañeros. De hecho vimos algunos videos tuyos bailando sin camisa. ¿Es por eso de ser un artista integral?

No. Eso es, principalmente, porque en los rodajes te pasas mucho tiempo esperando aburrido. Y si en esas circunstancias me encuentro a alguien como Antonio o Ariel que me siguen el juego, pues me vengo arriba.

¿Tienes proyectos musicales paralelos a Ojete Calor?

No, Ojete Calor cubre todas mis aspiraciones musicales de momento, porque creo que es el grupo perfecto. El nombre se nos ocurrió estando de copas en un bar muy cutre que había en Madrid, y cuando tuvimos la revelación, cuando esas dos palabras inconexas se unieron en nuestras cabezas formando un nuevo concepto, nos sentimos obligados a crear el grupo por puro respeto cósmico, para que el mejor nombre que un grupo podía tener no se perdiera para siempre. Luego vino lo de hacer canciones. Decidimos autoinscribirnos en la corriente Subnopop para no insultar a otros artistas de verdadero talento creativo como One Direction o Justin Biever metiéndonos en el mismo saco. Creo que un grupo como Ojete Calor era necesario, porque el mundo no puede soportar una sola canción más de amor pero necesita alguna sobre las correrías de Terminator, las amigas que van de listas o la gente joven que se siente vieja.

¿Has considerado una carrera como solista, alejarte del Subnopop?

Podría tener una carrera como solista, pero no sé si podría alejarme del Subnopop. Ten en cuenta que el Subnopop te desprejuicia de toda la tontería y la pose que hay en el mundo de la música comercial, pero también del integrismo snob de “los auténticos”, que dan verdadero asco. Dejar el Subnopop me parecería un retroceso.

¿Se hacen los graciosos los periodistas siempre que te entrevistan?

No siempre, pero cuando ocurre suele ser muy embarazoso.

¿Qué te hace reír?

-1) El humor involuntario: la persona que hace el ridículo sin proponérselo: un corresponsal que tenga que dar la noticia de un terrible accidente con muchos heridos y algún muerto, con un moco en la nariz; un galardonado que va a dar su discurso y se le olvida; una modelo cayéndose en la pasarela; un obispo pasando por encima de una rejilla de ventilación. Ese humor.

-2) Un monologuista recibido con total frialdad por el público.

-3) La escatología.

-4) Las descontextualizaciones y lo absurdo.

-5) Los Monthy Python, Larry David y Gene Wilder.

-6) El humor fuertemente incorrecto.

-7) Las situaciones incómodas.

-8) Jackass.

¿Qué no te hace reír?

-1) El humor hecho “desde arriba”, desde una posición de superioridad, en el que lo divertido son los que no se ajustan al común denominador por el mero hecho de no hacerlo. Ese que surge de la arrogancia y se articula siempre desde el púlpito de “persona normal” sobre diferentes minorías: la gente de pueblo, los mariquitas, los vegetarianos, los catetos, las feministas, etc.

-2) La mayoría de los monologuistas.

-3) Los chistes.

-4) El humor cuñado y los tópicos.

-5) Esas personas que te venden como “divertidísimas”.

-6) El secundario cómico de las películas de acción.

-7) El Principe de Bel-Air (The Fresh Prince of Bel-Air) y Padres Forzosos (Full House).

-8) El 95% de las comedias románticas.

Recientemente en España se han dado fallos jurídicos contra personajes como Cesar Strawberry de Def Con Dos. ¿Hay temas sobre los que consideras no se deba bromear?

Rotundamente NO. Creo que hay temas sobre los que TÚ puedes decidir voluntariamente no bromear o no reírte, claro (yo mismo te he listado una relación de cosas que no me hacen gracia), nada más. El humor puede ser blanco, negro, ofensivo o de mal gusto, pero NUNCA delito, porque a cada uno nos hace gracia una cosa. La censura del humor es el recurso de un gobierno racionalmente débil. Hoy un chiste público puede acarrearte penas de cárcel en España, lo que supone un retroceso en las libertades civiles sin parangón en ningún otro país desarrollado. El gobierno manipula las leyes a su antojo para blindarse frente a los cada vez más escabrosos casos de corrupción. Y ahora protestar es delito. Una canción sobre políticos corruptos es delito. Una portada sobre los reyes en una revista satírica es delito. Un tweet sobre un almirante franquista muerto hace 40 años es delito. Proporcionalmente, son más duras las penas por chistes que por corrupción. España tiene ahora mismo la sociedad democrática más totalitaria que ha conocido nunca.

Tienes el record personificando a Francisco Franco, ¿cuál es tu opinión sobre este personaje?

Que me hagas esta pregunta resulta preocupante, porque indica que no hay una postura obvia y común al respecto. Ningún periodista le preguntaría a un alemán qué opinión tiene de Hitler. Qué envidia de Alemania.

Me has hecho recordar una discusión sobre Franco que tuve a los 15 años con una compañera de colegio. Yo le decía que, siendo lo más objetivo posible, lo mínimo que se podía decir del personaje en cuestión es que se había sublevado contra un estado democrático y un gobierno elegido por el pueblo para imponer por la fuerza una dictadura de casi 40 años, en la que se continuó con purgas después la guerra y se endurecieron la pena de muerte y la censura. “Pero hizo muchos pantanos. Tú hoy bebes agua gracias a él”, contestó ella.

Su argumento me pareció irrefutable. ¿Que qué opino? Que gracias a él no estoy deshidratado, claro.

¿Queda mucho de su legado en la España actual?

Hace años te hubiera dicho que no, pero cada vez es más evidente que los poderes judiciales, políticos y económicos de hoy en día se sustentan sobre el legado que nos dejó. En España no ha ocurrido como en Argentina, que hubo un juicio. Ni siquiera como en Chile, que al menos hubo tibios intentos. Aquí simplemente se barrió todo bajo la alfombra. Y claro, las heridas no han cicatrizado como deberían.

¿Harías un dibujo para nosotros?

Por supuesto.


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