Fito y el ruido de estos tiempos

ROLLING STONE habló con el cantautor argentino Fito Páez acerca de su más reciente disco, sobre la intimidad a la hora de componer, la política latinoamericana y el feminismo.


POR RICARDO DURÁN | 13 Mar de 2018

Foto Cortesía de Sony Music Entertainment


Con apenas 20 años ya estaba trabajando con gente como Juan Carlos Baglietto y Charly García, mientras preparaba Del 63, su debut. Su siguiente disco fue el emblemático Giros, en el que aparecieron joyas como Yo vengo a ofrecer mi corazón, 11 y 6 y el tema que da título al álbum. En 1987 nos gritó en la cara que “en esta puta ciudad todo se incendia y se va”; hablaba de una Ciudad de pobres corazones, el escenario del crimen que le arrebató a las mujeres que se habían encargado de criarlo.

Poco tiempo después (no teníamos Internet en esos días), su música empezó a permear las fronteras para llegar a nuestro país gracias a algunos círculos de la bohemia y a unos cuantos programas de radio especializados.

En los 90 MTV Latino nos acercó más a su obra, y El amor después del amor, de 1992, arrasó en Iberoamérica. Tenía que ser así porque ya había demostrado su valía con sobrados méritos, y podía tener una banda de lujo que grabó junto a invitados como Luis Alberto Spinetta, Charly García, Andrés Calamaro y Mercedes Sosa.

El amor después del amor se convirtió en el disco más vendido en la historia del rock argentino, y añadió un montón de canciones a la lista de temas imprescindibles que Páez ha aportado a la música popular latinoamericana.

Ya han pasado dos décadas y media desde que explotó ante nuestros ojos, y Fito acaba de cumplir 55 años. En sus manos tiene 23 discos en estudio y cuatro álbumes en vivo, para no hablar de sus libros o de su trabajo en el cine. Pocos artistas de esta parte del mundo han demostrado una ética de trabajo tan férrea, y pocos han alcanzado el impacto del rosarino. Su historia es tan extensa, tan compleja y tan enriquecedora que para abarcarla necesitaríamos un par de buenos tomos.

Hace unas pocas semanas, tras haber pasado la etapa más intensa en la promoción para La ciudad liberada y mientras prepara un documental sobre Charly García, Páez se tomó un tiempo para hablar con calma y con una amabilidad poco frecuente en estas grandes estrellas.

Has dicho que estos tiempos son muy estimulantes para escribir por el caos que vivimos, y cuando se oye la letra de El ataque de los gorilas en este contexto es muy interesante tu perspectiva frente a las redes sociales. ¿Qué impacto tienen estas en tu proceso creativo y en tu espíritu como artista?

Diría más en mí como persona, quiero decir: cuando escribes, o cuando te sentás al piano o lo que sea, estás solo en tu habitación y aparte tenés todo apagado… es un momento de profunda intimidad y de trabajo muy concentrado; desaparece todo, te diría. En realidad, lo que hace la canción es tomarse un poco en broma las redes y decir que no hay amigos en el Facebook y que el Twitter es un pájaro ruin porque también es un gran generador de odio. Pero a la vez es un odio bastante ingenuo porque no genera ningún daño real, digamos, un tweet no es una bala. Entonces es una forma de tomarle el pelo un poquito a las redes y de reírnos de eso de tener una vida virtual.

Todo este tema de la corrección política es permanente en esas mismas redes, y dices también que preferirías vivir con menos corrección política y más verdad. ¿Podrías profundizar un poco en eso? Claro, por supuesto. Es mejor vivir en la verdad que en la corrección política. La corrección política anula el humor, anula la posibilidad de discernir o incluso de disentir con los demás, porque tenés que aparentar algo que no sos. La corrección política estaría en el extremo opuesto de la verdad o del rock & roll, o de las cosas que a uno le han despertado el aspecto más salvaje de estar en el mundo.

Otro tema en el que has profundizado en La ciudad liberada es el de la soledad. ¿Por qué en este punto de tu vida es tan importante la soledad?

Es muy importante porque cualquier persona que haga esto que hago yo, necesita estar solo. No podés orquestar una banda o armar una orquestación musical con mucho ruido alrededor, cuesta mucho concentrarse, es un poco de lo que te decía antes.

O cuando estás escribiendo un libro, necesitás silencio… en mi caso, pongo música bajita para escribir. Necesitás estar solo, es muy importante, si no, no te podés concentrar.

Ahora, para vivir no, por supuesto. Necesitás el afecto de tus amigos, de tus hijos, de tu pareja, de tu familia. Incluso los conciertos son hechos atávicos, que son ceremoniales, que son en grupo. Por supuesto, hay uno que canta y que es como el chamán de la ceremonia, pero los conciertos los hacemos entre todos. Básicamente es un ritual al que tenés que entrar de una manera y salir de otra. Salir de otra porque casualmente el hecho de aunar allí los cuerpos, las aspiraciones, los corazones y las emociones hacen que eso sea una especie de hecho alquímico, yo diría, donde tu psiquis y tu cuerpo salen de una manera diferente a como entraron.

Ahora decías que cuando compones pones la música bajita. ¿Qué música oyes cuando trabajas?

Generalmente tengo ahí “mis compositores”, pero van cambiando las obras. Digamos que lo que más me gusta para escribir es Haydn, Mozart, Beethoven, Schubert, Schumann, las sonatas… de todos esos autores escucho las orquestales y las de piano solo. Con eso entro como en un mood… a veces también con el jazz, pero el jazz me distrae mucho [risas], me llama mucho la atención y me saca. Pero la música europea de 1700 en adelante me coloca —no sé por qué— en un lugar que es como un río cálido; la pongo muy chiquita, muy bajita, porque también te distrae, y la pongo en un lugar en donde puedo estar totalmente cómodo.

Desde la portada de La ciudad liberada, y cuando empiezas a oír el álbum —con Aleluya al sol—, enseguida nos recuerdas la importancia que han tenido las mujeres en tu obra. ¿Cómo interpretas el momento que se está viviendo en la industria del entretenimiento con el fenómeno del #MeToo y todas esas denuncias?

Me parece que nadie se puede enojar porque cualquier persona del mundo busque libertades civiles dentro del ámbito democrático. Eso se suma a todos los hombres y mujeres que buscamos libertad a lo largo de tantos años. Siempre será bienvenido todo eso; siempre estar de pelea por los derechos es fantástico. Que tengan la forma que tengan, en cualquier lugar del mundo, yo te diría que son muy bienvenidos todos estos nuevos movimientos. Se agradece que aparezcan; al final todas las personas que hacemos esto lo hacemos buscando eso.

Me parece fabuloso que las mujeres salgan a pelear y a decir las cosas que les parecen mal, y que salgan a hacer barricada a la calle. También hay que salir a buscarles [la participación en] los parlamentos, porque al final así se cambian las cosas. Me parece que, a lo mejor ahora, cuando se barra un poco toda la cosa de la vida mediática, eso tiene que ir indiscutiblemente a los legisladores, y ahí sí las cosas se empiezan a mover de verdad.

En ese mismo sentido, ¿cómo ves la situación actual de la política en América Latina? A veces siente uno que oscila entre la izquierda y la derecha. ¿Qué ves tú ahí? Sí, pareciera un espadeo atávico… pero no es solo aquí en América, creo que en todo el mundo se ve. Ahora hay un viraje brutal a la derecha en todos lados. Quiero decir que hay que saber mirar la historia sentado en un sillón, después cambia el viento a favor y va para el otro lado.

Cuando entrás en años empezás a ver todo, no como una humorada, porque no lo es… En medio de todo se carga la vida de mucha gente, pero sí empezás a ver que pareciera como una especie de respiración que hay en los pueblos.

Lo que pasa es que ahora ingresó un nuevo protagonista en la vida del mundo, y está en los medios de comunicación, que antes no tenían el poder que tienen ahora. En este sentido, en esta visión, Steven Spielberg hizo un film extraordinario [The Post] e hizo una crítica feroz a la ética y a la moral de los medios de comunicación, y creo que le va a hacer muy bien a toda la gente que participa en esas actividades.

¿Qué relación con ese contexto tiene La ciudad liberada?

La ciudad liberada es un álbum de un hombre de 54 años, totalmente libre, que no le debe nada a nadie, lleno de influencias, porque uno también es un cúmulo de influencias, y se inserta de una manera muy anacrónica porque es un álbum que está totalmente extirpado de la época en su propia génesis. Imaginate un álbum que tiene 18 canciones en una época en la cual solo se producen EP desde las discográficas. Es un álbum freak, entonces en ese sentido es un álbum que respira libertad por todos lados. No pide permiso… “Hola, ¿cómo le va?”. Hay miles de géneros allí adentro, hay híbridos nuevos… creo que es un álbum que representa bien a toda la gente que no quiere ser uno más de la manada.

¿Cuál es tu perspectiva frente al momento actual que vive la música en términos creativos?

Es un poco lo que te acabo de decir; la perspectiva es infinita porque la música es un lenguaje inagotable, no tiene límites. Por ejemplo, si quisieras estudiar música puedes estudiarla toda tu vida; siempre vas a descubrir algo nuevo que no conocías. Lo mismo pasa con el cine o la literatura, con cualquier arte o humanística. No hay límites porque aparte del lenguaje específico, después está el corazón de cada mujer o de cada hombre que se exprese. Eso sí que realmente es diferente y las combinaciones son infinitas, y las perspectivas son infinitas para la creación. Que el medio o la media esté frenada en una situación de parálisis creativa no quiere decir que me toque ni mucho menos. Al contrario, me siento muy lejos de todo eso.

Ese predominio de cosas como el reguetón, el trap o todos estos DJ, y ver cómo las bandas se van extinguiendo… y las fábricas de guitarras entran en quiebra. Un poco de eso te preguntaba…

[Risas] ¡Claro! Fijate en los estudios de grabación, ya casi ni se usan, o son estudios muy chiquitos y muy reducidos. Yo me siento parte porque también soy un espectador de lujo en primera fila de la gran tradición de inventiva musical americana del siglo XX, entonces esa es mi casa. Es una casa grande, enorme, llena de color, llena de cuartos, de muchísima música, de muchísima tradición y de mucha modernidad también.

También puede ser que este sea un poco de ruido de la época, unos años con un poquito de basura, y nada más que eso. Es tan fuerte la tradición americana, y digo americana de Alaska a Ushuaia, que es una fuerza muy potente, entonces posiblemente todo esto sea un ratito nada más.

¿Cómo te relacionas con las nuevas formas de mercadeo y de distribución de la música con todo lo digital?

Para eso tengo a los mánagers, a la compañía Sony Argentina, que me llevan muy bien y me dan libertad absoluta. Mi tarea está en la sala de ensayo, adentro de mi casa escribiendo, en los teatros… después lo del mercadeo lo hace alguien más. No nací con ese talento.

En la década pasada hiciste algunos discos como independiente. ¿Cómo fue eso de estar primero con las grandes disqueras, luego estar en la independencia y después volver?

Me pasó varias veces, en los años 80 también. En Ey! me sacan de EMI, después en Rey sol me sacan de Warner. Son movimientos pendulares; como que justo está de jefe alguien al que no le caes bien, o no le gusta la música porque tiene otros intereses y no quiere vincularse con vos, y tú tampoco te sientes cómodo con esa gente. Entonces, igual hay que hacer música, vas y la grabás con un amigo en algún garaje, lo hacés de alguna manera.

Va oscilando… yo creo que la verdadera independencia es de espíritu, la primera de todas. En lo económico tenés que pelear siendo independiente con los independientes, y en las multinacionales con esas multinacionales… entonces, la primera independencia es la del corazón.

Pasando a un tema más técnico, en alguna entrevista hablabas de la infamia que implica el Pro Tools [software de grabación y producción que desde hace años se emplea en la mayoría de álbumes]. ¿Qué es lo infame que encuentras en su uso?

[Risas] Mirá, fue una anécdota muy graciosa cuando estábamos mezclando Rock and roll revolution con Joe Blaney en [los estudios] Electric Lady en Nueva York. Entonces en un momento se paraba el Pro Tools porque —aunque que tengas un Pro Tools de última generación— son computadoras. Entonces se paró en un momento y Joe pegó un golpe en la mesa y dijo: “¡Pro Tools it’s not profesional!”, y se fue, se salió del estudio, se salió enojado a la calle a caminar un rato porque ese día ya había pasado un par de veces.

Hay algo que tiene… cuando escuchás con atención los últimos 15 años de música, notás lo que se llama el “protuleo”, lo que sería la corrección política que hablamos antes. Sería el intento falso de hacerte pasar por algo que no sos. Si la voz no es afinada, te la afina; si está corrido el bombo te lo acomodan. Personalmente, uno de los proyectos que tuvo este álbum fue salirnos del Pro Tools. Si bien se grabó en Pro Tools, no se corrigió. Se dejaron hasta las desafinaciones de voz, dejamos todas las incorrecciones, por eso el álbum suena como una especie de salvajada en medio de la época. Esa es un poco de la infamia que produce el Pro Tools, que te aleja de lo que realmente tocas o del espíritu de la interpretación musical.

Finalmente, hay mucho de declaración de principios en todo el disco, en la portada, en el sonido, en las letras. Todo es una gran declaración de principios…

¡Total! No fue hecho con esa intención, no es un álbum provocativo, es decir, no es que venga a provocar a nadie ni a patear los tachos de basura y llevarme a tu hermana de tu casa. Es simplemente como quería hacerlo, como queríamos hacerlo porque también lo trabajamos muchísimo con Diego Olivero, que fue el coproductor, y los músicos de la banda participaron dándole un carácter increíble al álbum.

Pero de alguna manera también siento que tenés razón en eso de que ha hecho una declaración de principios en un aspecto. Esa declaración de principios en realidad lo único que ha dicho tendría un solo ítem que es: “Buenos días, muchachos, muchachas, hoy me levanté y tenía ganas de hacer esta música”, no mucho más que eso. Lo que pasa es que eso a lo mejor tiene un valor impresionante en una época de tanta hipocresía. Así es que lo entiendo así, y te lo agradezco.


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