Natalia Lafourcade, las musas de una Mexicana Hermosa

La cantautora habla sobre Musas, su último disco, y la forma en que –sin querer queriendo- terminó haciendo un disco íntimo y revelador


POR MARCELA GUERRERO | 25 Aug de 2017


Los últimos años han sido maravillosos para Natalia Lafourcade; atrás quedó la jovencita que nos cantaba En el 2000, y hoy la encontramos convertida en un referente para la música latinoamericana, sin fronteras geográficas ni generacionales.

Hasta la Raíz –creado en medio del dolor causado por una ruptura amorosa- le permitió barrer en los Grammy y enfrentar un espectro de público más amplio a partir de un disco muy personal. En Musas subió la apuesta y se fue a lo esencial acompañada por las cuerdas y las maderas de Los Macorinos. Esto fue lo que contó la artista mexicana a ROLLING STONE.

¿Cómo tomaste la decisión de hacer un disco como Musas después del éxito de Hasta la Raíz?

Fue algo bastante orgánico, realmente no tomé una decisión demasiado consciente acerca de lo que quería hacer con mi siguiente disco porque ni siquiera sabía qué quería hacer. Todavía estaba de tour con Hasta la Raíz, teníamos todavía por delante un año de viajes y de concierto, entonces no había la prisa de visualizar el siguiente disco.

Sin embargo, cuando llegaba a mi casa en México, sentía la necesidad de acercarme a la música de otra manera, y de regalarle algo a mi feeling y a mi corazón, musicalmente hablando. El proyecto con Los Macorinos era una idea que tenía hace muchos años en la cabeza; siempre voy pensando proyectos que pongo en hold y digo ‘en algún momento voy a hacer eso’, y ese era un proyecto que tenía en la mira, entonces tomé la decisión de ocupar el 2016 para elaborar eso, para explorarlo y ver qué pasaba. Entonces le hablé a Los Macorinos para ver si estaban dispuestos a aventurarse a explorar conmigo, y me dijeron que sí.

Entrevista Exclusiva

Empezamos a trabajar, yo me iba de viaje y regresaba a mi casa, me encontraba con Los Macorinos; tuvimos comidas deliciosas donde escuchábamos vinilos, hacíamos listas de canciones, y llegó un momento en el que teníamos más de cien para meter en estos volúmenes. Poco a poco fuimos tejiendo el proyecto, hasta que en un punto ya estábamos ensayando porque íbamos a entrar al estudio de grabación.

Mientras todo esto pasaba nadie lo sabía; no le dije a mis managers, ni a mi disquera, ni a nadie, era un proyecto como escondido.

Entonces un día le mostré a mi equipo de trabajo todo lo que tenía y se emocionaron tanto que dijeron: ‘este tiene que ser tu siguiente disco’. Y yo les decía que no pensaba que fuera mi siguiente disco, porque no se parecía a mis últimos proyectos, no tiene nada que ver, que es más por gusto propio. Y ellos me insistieron que tenía que ser el siguiente disco, porque es bellísimo. Entonces le dimos el giro y comenzamos a grabar. Estuvimos ensayando y preparando para entrar al estudio de grabación y hacer estos volúmenes, y así fue como sucedió.

Tú eres una mujer muy joven. ¿Cómo es tu relación con toda esa música vieja, con esa nostalgia que puede implicar? ¿Cuáles son los recuerdos que esa música evoca en ti?

Siento que es una música que tiene una fuerza muy particular. Hoy en día me cuesta más trabajo encontrar esa fuerza y espíritu en la música que hoy en día se hace, porque tiene un espíritu distinto. Siempre he sentido que nací en la época equivocada, porque cuando llego a mi casa y le pongo play a mi tornamesa, me encuentro escuchando música de otras épocas. Por eso te digo que realmente estaba intentando hacer un proyecto que alimentara mi corazón y mi alma. Que tuviera más que ver con mi gusto personal. Los Macorinos fueron músicos que me acompañaron mucho tiempo en mi gira de Hasta la Raíz, los escuchaba mucho tocando con Chabela. Entonces escuché otras cosas como Atahualpa Yupanqui, esencias como de guitarra acústica, el sonido de la madera, todo es me generaba mucha nostalgia y mucho calor. Quería hacer algo similar. Hacer un disco que le diera a la gente la posibilidad de tranquilizarse, de encontrarse con ellos mismos. Algo sin tanta producción, sin instrumentos electrónicos ni nada. Buscar los instrumentos de madera con una resonancia natural. Lo lindo ha sido cómo la gente lo ha abrazado.

¿Escuchabas esa música cuando eras niña o tu acercamiento fue posterior?

Escuchaba la música pero no por gusto. Era la música de mi casa. Mis papás escuchaban mucha música clásica, como Violeta Parra y Armando Manzanero. Compositores que escuchaban mucho, pero yo no le ponía mucha atención. Luego de grande comencé a valorar mucho esa música, luego de escuchar mucha música en inglés como Billie Holiday y Louis Armstrong y quería encontrar la manera de cantar eso. Me di cuenta que era igual de poderoso y bonito, y era en español. Ahí me di cuenta que había grandes canciones en español y cambió mucho mi gusto. Valoro mucho esa música que no valoraba de pequeña. Me han dado mucha enseñanza e inspiración para componer mis propias canciones.

En ese mismo sentido, ¿qué diferencias encuentras entre Natalia como cantautora y Natalia como interprete?

Creo que más bien encuentro que en ambas debe haber una conexión muy fuerte con la palabra. Creo que la diferencia es, el hecho de que son canciones mías o de viejos compositores, que de alguna manera te hacen sentir intimidado y temeroso, a la hora de decir que voy a hacer una canción mía al lado de una de Violeta Parra. Meter una composición dentro del paquete. Pero cuando te quitas ese peso y no piensas tanto en el hecho de que estás haciendo algo que se va con estos grandes compositores, y más bien piensas en el poder de la palabra, la fuerza de lo que quieres contar y expresar, toma otra dimensión. No importa si lo hiciste tú o alguien más, importa lo que dice y la emoción y la canción. He encontrado eso, que las canciones tienen una energía que viene de otro lugar, como que viene del más allá. Hubo un momento que yo estaba cantando Qué he sacado con quererte de Violeta Parra y yo sentía que ella estaba ahí conmigo, como diciendo: “¿Qué vas hacer con esta canción?”. Hubo una cosa muy mística y de mucha magia en este disco.

La industria y las grandes disqueras sienten un interés renovado por el rescate de estas músicas, de artistas que están haciendo lo que tú has hecho, ¿qué crees que está pasando, tanto el público como las disqueras, para que vuelvan mirar esos tiempos, esos compositores y esas canciones?

Yo creo que en general, en el fondo todos necesitamos esa caricia a nivel espiritual. Eso que nos permite emocionarnos. Yo creo que realmente todos los géneros que existen hoy en día, no es que esté mal el uno o el otro, también qué padre estos nuevos sonidos tecnológicos, como del futuro, todo lo que pasa con el género del reggaetón, que a la gente le gusta bailar y la fiesta. Pero yo creo que todos eventualmente tenemos la necesidad de bajar, tener ese calor de otro lugar. Tampoco estoy segura que deba ser así. Por ejemplo, la idea y la sensación que yo tenía con este proyecto no era sacar un disco. Solo quería escuchar música que me hacía bajar como poniendo a Atahualpa Yupanqui. Sentía que aterrizaba mi energía, mi rush. Todo me hacía bajar y yo pensaba: ‘Qué maravilloso sería sacar un disco con Los Macorinos, qué delicia de música’. No hay instrumentos modernos, solo Chabela cantando con estos señores. Me preguntaba si podía hacer algo a mi estilo, algo que me hiciera conectarme con otra fuerza, que esa fuerza no viniera del sonido, sino de la palabra. Entonces, empecé a trabajar en el proyecto a mi manera y por mi cuenta, sin pensar que eventualmente mi disquera y mi manager se fueran a sentir tan emocionados como por un disco oficial. Fue una cosa muy orgánica y espontánea, lo que me da alegría porque siento que no hubiera podido hacer un disco de otra manera, me habría sentido muy presionada. Venía de tener un disco que rebasó mis expectativas.


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