P&R: Celso Piña

El “rebelde del acordeón” ha llevado su fusión musical a casi todo el mundo


POR SANTIAGO ANDRADE | 18 Jul de 2018

Cortesía Tuna Records / Jacobo Parra


Celso piña es un mexicano muy colombiano. Se enamoró del acordeón gracias a la música de Alejo Durán y Alfredo Gutiérrez, pero su cariño por la música norteña jamás se ha quedado atrás. A principios del nuevo milenio le dio un giro al instrumento al fusionarlo con hip hop, ska y rock. Luego saltó al escenario de todo el planeta y, con confianza, asegura que el “único continente en el que me falta tocar es Oceanía”.

¿Qué crees que tiene tú música que contagia a personas de tantos luga- res diferentes?

Creo que es lo mismo que me contagió al escuchar a los Corraleros de Majagual, Alfredo Gutiérrez, al maestro Alejandro Durán, Andrés Landero y a muchos más que llegaban a mi tierra, Monterrey. Es lo mismo que siente la gente al escuchar los ritmos colombianos, principalmente la cumbia, y luego de ahí se deriva el paseo, el vallenato, el merengue, el son, el cumbión, el mapalé. Creo que el ritmo es lo que nos mueve a todos en el mundo.

En Monterrey hay un festival vallenato, ¿verdad?

Claro que sí, está agarrando vuelo y me llena de emoción como pionero del género colombiano. Yo fui el primero que lo tocó en México. La gente que me escuchó al principio, comentaba que yo estaba loco porque estaba interpretando algo que ellos no conocían. Yo les decía que con tiempo lo iban a conocer. Y mira qué lejos hemos llegado. El festival está en pañales, pero es algo. Quizás mañana sea grande, no como Valledupar, pero sí el mejor de todo México.

Has tenido mucha influencia de artistas colombianos. ¿Cómo llegaron estos músicos a tu vida?

Por medio de discos allá por los 70. Yo conseguía los álbumes, ponía mi toca- discos y empezaba a aprender. Cuando me topé con Aníbal Velásquez, le conté mi historia y me preguntó: “¿Entonces nadie te enseñó?”. Yo le conté que no, solo ustedes. Me dice: “Pues eso es muy grande. Si algunos con maestros no aprenden”. Es que yo tenía demasiadas ganas, sentía una necesidad grandísima de interpretar su folclor. Y aquí estamos gracias a la tenacidad. Por eso digo que todo joven que tenga un sueño, que lo persiga hasta que se le haga realidad. Es muy bonito porque hoy volteo atrás y pienso: “Órale, Celso, de veras que le echaste muchas ganas”. Ya hemos recorrido casi todo el mundo. El único continente en el que me falta tocar es Oceanía. Fíjate lo grande que es la música.

Acá en Colombia el acordeón es un símbolo. Hay incluso leyendas como la de Francisco el Hombre que enfrentó al diablo tocando el instrumento. ¿Cómo se ve el acordeón en México?

En una parte de México, en Monterrey, Nuevo León, una región a la cual pertenezco, te digo que hay festivales de música norteña donde se exponen los mejores acordeonistas con bajos sextos, que acompañan el acordeón norteño. Es muy padre. En Chiapas tenemos la marimba, en Veracruz el son jarocho —mucha arpa, mucho violín, mucha vihuela, mucha jarana—, en Guadalajara tenemos el mariachi. Cada estado tiene su folclor. Y la única parte donde se usa el acordeón, donde es un símbolo como en Valledupar, es en Nuevo León, mi tierra.

¿Cómo conociste a Gabriel García Márquez?

En Monterrey el maestro iba a presentar un libro a un museo y la organización lo recibía con nuestro folclor, acordeón, bajo sexto y tololoche. Le aventaban unos corridos y el señor gustaba de eso. Una vez, uno de los organizadores me dice: “¿Qué te parece si recibimos al maestro con su folclor, con su música?”. “Pos me parece bien”, le dije. Me preguntó si quería a todo el grupo y le respondí que no, que algo más vallenatero: acordeón, caja y guacharaca. Llegó el día, fuimos al museo, empezamos a ambientar. Cuando se abren las puertas y entra el señor con todo el séquito de seguidores, la crema y nata de Monterrey. Seguí tocando, él fue entrando, volteó hacia donde estábamos nosotros y, en vez de sentarse, se dirigió al centro del salón, se desabrochó su americana [saco] y empezó a bailar. Lógicamente lo siguió su esposa y después todos, hizo un baile tremendo.

Me mandó a llamar después, me felicitó y me dio las gracias por andar poniendo su cultura musical bien alto por todas partes del mundo. La próxima vez que estuve por ahí también le di la bienvenida, pero llevé su libro y me lo autografió. Me puso: “De su hincha, Gabriel García Márquez, para Celso Piña”. Vieras cuánto me han pedido ese libro. Me lo han querido comprar, cabrón. Es mi libro y no tiene precio. Y a todo el mundo se lo presumo. Sobre todo cuando tengo entrevista con un periodista o con un escritor. “Miren chavos, ándale, pa’ que veas con quién me ando rozando” [risas].


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