50 años de Yellow Submarine, el clásico de la psicodelia

La aventura de John, Paul, George y Ringo se ha destacado por ser una obra maestra de arte pop animado, y esta nueva entrega nos recuerda por qué sigue estando adelantada a su tiempo

POR DAVID FEAR | 30 Jul de 2018

<p>Los Beatles en Pepperland. Subafilms Ltd.</p>

Los Beatles en Pepperland. Subafilms Ltd.


No los vemos corriendo por una calle estrecha, riendo y tropezándose mientras los persiguen cientos de fans. Tampoco están cautivando a Ed Sullivan ni a la prensa estadounidense; no están en la nieve con los brazos entrelazados; ni yendo al carro blindado en el que salieron del Candlestick Park después de su última presentación pública –eso ya pasó–. No están discutiendo en el estudio o en aquel agridulce concierto en un tejado –eso está por venir–. No, los Fab Four están en una batalla entre el bien y el mal. Más específicamente entre ellos y payasos explosivos, tipos que arrojan manzanas, un enorme guante asesino y los cotidianos, Blue Meanies [“Malditos azules”]. Los Beatles protagonizan Yellow Submarine, las caricaturas psicodélicas que adornaron la película animada de 1968, que se estrenó hace ya 50 años en el Reino Unido. No importa si han pasado décadas o algunos días desde la última vez que usted la vio, es incluso más rara de lo que la recuerda.

John, Paul, George y Ringo tenían un contrato de tres películas con United Artists, y su manager, Brian Epstein, buscó un último proyecto para resolver ese asunto pendiente. Sin embargo, el grupo no quería hacer otra película –ni siquiera les gustaba Help! (1965)–. Además, estaban trabajando en un nuevo álbum; una colección de canciones nostálgicas. Por lo tanto, Epstein se reunió con Al Broad, un productor que había participado en las aventuras animadas de los Beatles en televisión, y se preguntó si valdría la pena hacer un largometraje animado. Esto distanció al cuarteto, pues odiaban la serie (uno los entiende al escuchar los acentos de sus versiones animadas), pero al menos no tenían que estar involucrados. Y no les molestaba, si con eso cumplían el contrato; simplemente pedían que no hicieran otra desventura moptop. Cómo pasa el tiempo…

Brodax reunió a un equipo creativo: el animador canadiense, George Dunning, el director de efectos visuales, Charles Jenkins, el veterano caricaturista de los Beatles, Jack Stokes, Mike Stuart, y varios escritores, incluyendo al profesor de latín y futuro autor de Love Story, Erich Segal. (El poeta de Liverpool, Roger McGough, fue incluido después para darle ese toque de descaro regional a la película. No obstante, sigue en discusión el no haberle dado el debido crédito). Fue Jenkins quien sugirió añadir al artista gráfico checogermano, Heinz Edelmann, conocido por su trabajo en la revista Twen, y quien sería el responsable por la apariencia lisérgica de la película. (También fue él quien sugirió que construyeran la historia como una serie de cortometrajes. “El estilo debía variar cada cinco minutos para mantener el interés”). La historia cuenta que el grupo no sabía qué camino coger, luego Sir George Martin aparece, los reúne en 1967, y les pone el nuevo álbum inédito Sgt. Pepper’s Lonely Hearts Club Band. De repente, hubo una conexión. Los Beatles se convirtieron en los reyes del Verano de Amor, se pusieron trajes de banda musical y crearon un entorno lleno de referencias a su alrededor.

Con el tiempo a los Beatles les gustó, pero Paul quería que fuera más como un clásico de Disney, solo que con la música de ellos. Les gustó tanto que quisieron grabar una escena poscréditos antes de ir a India para estudiar la meditación trascendental. La película también tenía nueva música orquestal de Martin –ver el lado dos de la banda sonora– y cuatro nuevas canciones, grabadas bajo presión y con algo de resentimiento. Con una actitud relajada, los Beatles decidieron “regalar” algunas canciones que rechazaron por no estar a la altura. No es coincidencia que It’s Only a Northern Song de George Harrison suene como un simple ensayo, o un experimento sin éxito de nociones sónicas, las cuales terminaron explorando a profundidad en Sgt. Pepper. O que All Together Now construya una atmósfera para un final digno de bar. Pero no es lo más impresionante que escribió el McCartney del 68, aunque felicitaciones por la frase “¿puedo llevarme a mi amiga a la cama?”; después hablaremosmás de esta canción. Y It’s All Too Much no es suficiente. La única que se destaca del resto, es Hey Bulldog de Lennon, una canción densa que desemboca en el White Album, el cual, a su vez, señala el camino a la desilusión y disolución. Pero quitaron la canción de la versión estadounidense de la película.

Todo eso, combinado con 10 canciones viejas y una historia sin forma definida que involucra a la ciudad de Pepperland bajo el asedio de detractores de piel azul, conviritó a Yellow Submarine en un singular logro sinérgico: un musical que convirtió a las estrellas de pop en arte pop. (Hubo otro intento de duplicar la fórmula, pero no fue tan… exitoso, por decirlo de una manera agradable). Pero viéndola ahora como un artefacto de la banda a finales de los 60 y de los tiempos en que la produjeron, lo que impacta es la manera en que la cuentan. Es una maravilla visual que vale la pena ver un millón de veces y que sigue sorprendiendo; la escena de Eleanor Rigby es sensacional, es una sinfonía de un Reino Unido sombrío, creado en un estilo de animación que sugiere a un Terry Gilliam deprimido. Y a pesar del hecho de no estar demasiado involucrados en el proyecto –sus voces fueron hechas por actores-, es una síntesis de su espíritu de equipo y de sus emociones compartidas; desde la explosión de color de Carnaby Street hasta el hecho de que hay suficientes juegos de palabras hippies para alimentar a media docena de actores del Teatro Firesign.

Y así es cómo presentan a los Fab Four: Ringo es una extensión de su personaje en A Hard Day’s Night, un pobre tipo al que siempre le pasan cosas malas; nunca está “feliz de estar aquí”. Lo vemos por primera vez siendo perseguido por un submarino amarillo, al parecer, como sugerencia de un John drogado. En cuanto a Lennon, aparece en el minuto 18 como el monstruo de Frankenstein y no es necesario ser un freudiano para ver esto como su ambigüedad de ser una criatura “creada” por la fama. George Harrison aparece como un mago cósmico, con el viento despeinando su cabello y a horcajadas sobre algo de color morado. De fondo hay música oriental, porque, según Ringo, es “Sitarday” [Juego de palabras entre Saturday, sábado, y Sitar, instrumento tradicional de la India]. Paul es el último en aparecer. Los chicos abren la puerta, hay música a todo volumen y el Beatle “lindo” entra entre aplausos. Paul se arregla la corbata, atrapa un ramo de flores y pregunta alegremente como si fuera el líder del grupo: “¿Qué pasa, chicos? ¿Blue Meanies?”. Y sin que la banda aporte algo, parece que algo no encaja en este cuento de hadas.

En cuanto a las imágenes alucinógenas, Yellow Submarine no es para ver y olvidar, es más como una droga de inducción al mismo pop psicodélico de los Beatles. Para muchos, la primera vez que vieron a los Fab Four fue en caricaturas los domingos por la tarde. Los veían como superhéroes con disfraces locos, luchando contra bestiales aspiradoras, montando dinosaurios multicolores, y salvando a todos. (El escritor de Mojo, Mat Snow, dice que a pesar de las raras proporciones de los cuerpos de las caricaturas, representan bastante bien cómo los niños ven a los adultos.) Recuerdo oír Nowhere Man, Lucy in the Sky With Diamonds y When I’m 64 –en su totalidad, con la cuenta regresiva de Plaza Sésamo de un minuto y cuatro segundos– antes de escuchar Can’t Buy Me Love y I Wanna Hold Your Hand. Recuerdo ver a los Beatles animados antes de a los descarados de A Hard Day’s Night y a los tontos temperamentales de Help! Incluso aparecieron como niños en un momento. “La película es adecuada para todas las generaciones”, declaró George Harrison. “Todo bebé de tres o cuatro años, ve Yellow Submarine”.

En EE.UU. la primera conmoción de los Beatles fue a través de elaborado vello facial caricaturesco e imágenes surrealistas que se podrían describir como Peter Max-imalistas. Éstas ofrecieron un punto de entrada para nuevos Beatlemaniacos, por lo que es increíble pensar que la película solo fue creada para cumplir con una obligación contractual. Claro que el largometraje es mucho más que eso, y para la deslumbrante escena final –el cuarteto retozando en un país de las maravillas del color del arcoíris– parece que se ha “atravesado el espejo” varias veces. Pero espere, hay una sorpresa más. Ahí es cuando los verdaderos Beatles aparecen. Están vestidos con camisas cafés, algo aburridas en comparación a los hispters con onda londinense que vimos antes, pero estos son los reales, de carne y hueso. Alegremente bromean entre ellos y John se entretiene con un viejo telescopio. Luego, cantan al unísono el coro de All Together Now, y sentados en un teatro, escuchan al público unirse: “One two three four/Can I have a little more?” Y lo que parecía ser una frase de segunda mano de McCartney, ahora, 50 años después, es un himno.

Muchos no pensamos en All Together Now cuando se trata del problema cultural que estamos viviendo. Pero el escuchar a la gente repetir la frase con tanto ánimo y cada vez más rápido, en lo que recuerdan la historia del grupo, lo que les pasó después, y todo lo que ha pasado desde del estreno de la película, en el año más tumultuoso de los EE.UU. y el momento en que nos encontramos ahora, hace llorar a cualquier estadounidense. Nos han dado otra oportunidad de hacer catarsis. Todos. Juntos. Ahora. (All Together Now).

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