Alcolirykoz: Los ninjazz de Aranjuez

Recorriendo los caminos y las historias abreviadas de dos primos y un vecino que sobrevivieron por y para el rap. Los recovecos que los llevaron a crear un par de obras maestras

POR RICARDO DURÁN | 11 Aug de 2017

<p><i>Fotografía por JULIAN GAVIRIA</i></p>

Fotografía por JULIAN GAVIRIA


Al ver sus fachadas, Aranjuez parece un barrio popular como cualquier otro. Sin embargo, sus calles y ventanas abren paso a más historias de las que una vida alcanza para contar. Es un lugar extraño para los extraños, pero amado a muerte por quienes han crecido y sobrevivido allí. Por muchos años este sector del nororiente de Medellín fue sinónimo de una violencia innegable y aterradora, pero de unos años para acá se ha hecho visible por el rap que nace en sus esquinas. De allí salieron los Crew Peligrosos de Esto tiene lo suyo, Mera vuelta y Medayork.

De allí son también Gambeta, Kaztro y Fa-Zeta, los tres Alcolirykoz, los Ninjazz de Aranjuez. En sus esquinas también creció Gilmer Mesa, el escritor que en 2015 ganó un Premio Nacional de Novela con La cuadra (Random House). En su libro, Mesa cuenta las historias de las que fue testigo durante los años 80, cuando el Cartel de Medellín impuso su ley infame y se llevó por delante miles de vidas. La palabra ‘miles’ no funciona acá como figura retórica. Literalmente fueron miles de muertos en un solo barrio.

Moviéndose entre la realidad y la ficción, La cuadra muestra la vorágine de un barrio que se llenaba de muchachitos perdidos entre balazos, carencias, drogas, alcohol, un despertar sexual retorcido y la ilusión del dinero fácil. Es visceral sin caer en el morbo fácil y conmueve hasta las entrañas. No es la historia de Escobar para gringos (como Narcos), es dolorosamente nuestra y tan universal como cualquier clásico de la literatura.

¿NO LOS HAN VISTO? Alcolirykoz es hoy por hoy el combo rapero más respetado en el hip hop nacional. Su relevancia y proyección es innegable.
¿NO LOS HAN VISTO? Alcolirykoz es hoy por hoy el combo rapero más respetado en el hip hop nacional. Su relevancia y proyección es innegable.

La novela hace un retrato del entorno en el que nacieron los miembros de Alcolirykoz, que con el tiempo terminaron haciéndose grandes amigos del autor. “Yo no soy rapero, pero para mí ellos están en otro nivel en todo”, dice Gilmer, que es profesor universitario y melómano experto. “Yo quisiera de corazón que ellos la peguen porque sería un premio de la historia al talento sincero y honesto; para estos manes el rap ha estado incluso por encima de la supervivencia, y eso a mí me parece muy valioso”.

“Yo siento a Gilmer como cuando los nadaístas iban donde Fernando González porque necesitaban ver dónde putas estaban parados”, confiesa Gambeta, MC y beatmaker de AZ. “Ya estaban mamados de mirar a Nietzsche, a los alemanes o los franceses, y se preguntaban dónde estaba el referente antioqueño de ellos”. Acá hay raperos paisas que hablan de poetas y filósofos, para que te vaya quedando claro.

Mesa y Alcolirykoz (además de algunos cuantos más) se han convertido para la gente del barrio en motivos de orgullo que ayudan a desdibujar un poco la historia de violencia y estigmatización que hoy no ha acabado del todo para Aranjuez, en una búsqueda que se replica en muchos otros lugares de la ciudad.

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Allí, en alguna esquina surgió hace muchos años un grupo de muchachitos que se hizo llamar Arnez (una deformación del nombre del barrio), y se fueron metiendo en el mundo del rap por culpa de los videos que entonces veían en MTV o MCA. Primero fueron Kris Kross y Vanilla Ice, que era lo más populares entonces; después llegó Cypress Hill y la cosa no paró. Hacia 1997, Gambeta y su amigo “Cirilo” (de 13 años) empezaron a trazar planes: “Eran unas reuniones todas charras. Dos peladitos sentados en una sala, dizque: ‘¿Qué queremos?’, y yo era como: ‘Para mí sería una chimba si en muy poquito espacio decimos mucho, ¡qué pereza todo ese relleno! Y la chimba algo más metafórico’. Todo eso que yo hice con el “Ciri” se aplicó luego en Alcolirykoz”.

La música era la literatura de la esquina; Los Pasteles Verdes, Los Terrícolas y Los Ángeles Negros, además de los boleros, la música cubana y la salsa brava de los viejos eran los referentes, hasta que un día “La Bruja”, un amigo del parche, apareció con Prosas para leer en la silla eléctrica, de Gonzalo Arango, y el nadaísmo les voló la cabeza. Gambeta los recuerda así: “Yo cogí eso, y ¡ay, gonorrea, eso era rap! Luego empezamos como cuando hay featurings en un disco [refiriéndose a los autores citados por los nadaístas], comenzamos a buscar a esos manes, y ‘nos perdimos en el bazuco’… a mí me cogían esas trasnochadas dizque leyendo…”.

Kaztro, con su afro enorme y su acento inconfundible, lo interrumpe para asegurar que en su biblioteca hay “libros de Nietzsche y Rimbaud porque los manes los citaban ahí, entonces iba yo a la librería y preguntaba: ‘¿Tiene tal?’. Yo leía a esos manes, y tenían cosas buenas, pero no eran lo que uno veía en los nadaístas, que eran muy propios, muy de uno”.

Siendo un poco mayor, y trabajando por ahí, Kaztro no rapeaba, pero tenía la forma de apoyar a los de Arnez con la plata de los buses y con lo que podía costar un beat cualquiera (alcanzaron a dejar unos tres temas grabados de esa etapa). Fue su mecenas hasta que un día se animó a lanzarse con algunos coros en un concierto pequeño, tal vez el primero en el que pudieron cobrar algo. Luego “Cirilo” se fue a prestar servicio en la Policía y le pidió a Gambeta que lo esperara mientras pasaba ese año. La respuesta fue “¿cómo me iba a quedar un año sin hacer nada, con el proyecto tirado?”.No rotundo.

Gambeta, Kaztro y Fa-Zeta encontraron en el rap la posibilidad de ser lo que veían imposible por culpa de la timidez. Fa-Zeta (que aún no se unía al grupo) no sabía bailar, pero descubrió que podía hacer mover a la gente si se hacía cargo de la música en las fiestas; Kaztro había empezado a escribir sus cosas, y aunque le costó, se armó de valor para mostrarle esos textos a su primo.

El primer concierto bajo el nombre de Alcolirykoz (un nombre de la A a la Z, como el de su barrio) fue en un evento llamado Hip4, en 2005, y terminó siendo un desastre. Preocupados por hacer el mejor show posible, ensayaron hasta quedarse sin voz, eso debió dolerles en el alma, pero la obsesión por hacer lasCosas como Dios manda se hizo aún más fuerte.

Kaztro y Gambeta, que se había criado juntos, ahora estaban definitivamente unidos por y para el rap, con la idea de seguir contando lo que pasaba en su entorno en un tono descaradamente culebrero y marcado por los nadaístas. La letra de La eterna fue un primer experimento con esa intención: “Contamos con un ejército de 200 chismosas por cuadra, humoristas que hablan mal de la suegra y periodistas que nos consagran como una ciudad peligrosa, cosa que me alegra”, dice esa canción que aparece en el primer demo de AZ, En letras mayúsculas (2007).

En ese año alguien organizó un concierto del mítico Method Man (Wu Tang Clan, Method Man & RedMan) en Medellín, y los AZ —que apenas estaban empezando a hacerse visibles fuera del barrio— fueron escogidos para abrir el show.

Para entonces Fa-Zeta todavía no entraba, y solo lo haría después de comprar sus tornamesas (con la prima que le pagó una empresa de textiles en la que trabajaba) y de tomar cantidades navegables de licor junto a los primos raperos con los que había empezado a parchar de vez en cuando. Los aparatos no eran suficientes, tenían que hacerse amigos. Para sobrevivir, Kaztro (que estudio algo de electrónica) y Gambeta (interesado en el diseño gráfico), terminaron “escampando” en empresas de estampación, con empleos tan precarios que los jefes eran incapaces de negarles un permiso para ir a dar un concierto. Y la intención era justamente esa, meterse a trabajos que pagaran apenas un mínimo, sin una perspectiva interesante a la cual aferrarse para no correr el riesgo de olvidar la música que los mantenía vivos. El rap estaba (y sigue estando) por encima de todo; las dificultades económicas no tenían por qué nublarles el buen juicio.

Después Fa-Zeta (la primera persona que compró el demo de En Letras Mayúsculas) entró de lleno AZ, no solo como DJ invitado en vivo, y luego empezaron a trabajar en un álbum completo. Encontraron por casualidad, y por fortuna, a “Askhap” (Diego López, a quien califican cariñosamente como “un nerd” con el que hoy siguen trabajando) y se metieron con él a Boombawa, el estudio donde empezaron a crear Monumento a la Crisis. En la producción y los beats el salto fue enorme. Empezaron haciendo loops, Gambeta se engomó con los samples y aprendió gracias a la música y los computadores que le prestaban amigos como “El loco” y “El kumis”, que los recibían en su casa, sin importar que hicieran bulla hasta la madrugada.

Mientras pensaban en la portada, Henry Arteaga de Crew Peligrosos, los contactó con Julián Gaviria, un fotógrafo que tenía cierta reputación porrabajar con muchas bandas en Medellín. Gaviria ya conocía la música de Alcolirykoz, pero se enloqueció cuando le pasaron las nuevas canciones, y estuvo muy dispuesto a ir más allá de las fotos. El título de Monumento a la crisis no lo convencía; le parecía bien para cualquier grupo de rap convencional, y en los AZ encontraba todo menos eso. Ellos, por su parte, tenían miedo de hacer algo que no fuera bien recibido por los raperos.

Al ser ajeno al mundo del hip hop, Gaviria les ayudó a perder ese temor, animándolos a abordar nuevas estéticas para alejarse de los clichés. Les dijo “ustedes tienen que ser peliculeros, porque no podemos desaprovechar todo ese universo gráfico de sus letras, para que la gente reciba cosas con una narrativa más elaborada”. Y justamente “peliculeros” es un término que hoy puede ajustarse perfectamente al trío; sus videos, sus letras y sus portadas reflejan un profundo interés por la cinematografía. Gaviria ha estado con ellos desde aquel primer álbum, y se ha convertido en un cuarto mosquetero, amigo, asesor, fotógrafo, realizador y alcahueta.

El título del disco fue reemplazado por La revancha de los tímidos (2009), inspirado por el carácter de los tres, el cine, y La Revancha del Tango, de Gotan Project. La portada mostraba a Fa-Zeta lavándose los dientes, a Kaztro rapándose, y a Gambeta afeitándose. Este primer álbum —lleno de rimas culebreras, jazz, swing y dixieland— empezó a abrirles espacios en medios y escenarios en los que el rap nacional no entraba fácilmente.

Gambeta cuenta que con el paso del tiempo “el rap empezó a dar más de lo que uno le pedía, y cuando eso pasa, uno no puede flaquearle”. Empezaron a salir presentaciones y los empleos no les daban tiempo para ensayar lo suficiente; hacer las cosas a medias nunca ha sido lo suyo, y empezaron a sentirse muy frustrados. “Si queríamos hacer lo mejor, había que meterle todo, y las empresas le quitaban tiempo a uno”, asegura Kaztro.

Lo más difícil fue empezar a organizar los gastos para vivir sin la entrada regular que antes les aseguraba un salario. Gambeta recuerda que en esa época lo llamaron para un evento en el que le pagaban más o menos la mitad de un salario mínimo mensual por una hora de presentación: “en vez de ponerme feliz, yo dije ‘¿qué hago? Con esto me gané 300 lucas en una hora, y mañana madrugo a trabajar ocho horas o más para ganarme 20 mil pesos”. Más tarde, en 2013 llegó el momento en que Fa-Zeta pedía tantos permisos, que fue despedido de la empresa de textiles. “Menos mal me echaron, porque desde ahí empecé a ver el mundo de otra forma”.

Con una disciplina de trabajo poco común, continuaron haciendo que pasaran muchas cosas sin esperar nada de nadie; crearon piezas como El despilfarro (EP de 2011) y Viejas recetas, remixes y otras rarezas (2012). Este último LP tiene una portada que muestra al grupo en un paseo de olla, en uno de los diseños más auténticos que ha visto la música nacional.

Gambeta ganó batallas de freestyle en las que quedaron por el camino personajes que hoy ocupan las cimas del mainstream, tocaron en los festivales más importantes del país (Altavoz, Festival Iberoamericano de Teatro, Estéreo Picnic, Concierto Radiónica), y abrieron shows para grandes como Manu Chao y Canserbero.

En 2015 se encontraron celebrando 10 años —de calle y de carrera— en el Teatro Pablo Tobón de Medellín, donde sus familias vieron finalmente materializados los sueños en los que nadie creyó una década atrás; aparte de su amor enfermizo por el rap, no tenían una sola razón para hacerse ilusiones. En un barrio donde muchos escogían el crimen para sobrevivir y ser respetados, ellos se decidieron por el arte. El amor de sus familias, y los consejos de los mismos bandidos (“cuando estaban borrachos y trabados nos decían que no nos metiéramos en eso”, recuerda Fa-Zeta), además del amor por el hip hop, les hicieron tomar este camino. “Casi todos los manes con los que yo empecé están muertos. Además, yo nunca vi ningún mérito en ser pillo”, asegura Gambeta.

Ahora están terminando su cuarto LP. Y no se trata de cualquier disco, es el sucesor de Efectos secundarios (2014), el trabajo que trae No hay flores en Venus, que grabaron con Lianna, y Anestesia Local [Episodio 2], que merecería un capítulo aparte porque los puso en boca de todo el mundo. La canción cuenta un episodio real en el que saliendo de un show en Aranjuez acompañados por “Kometa”, un amigo tatuador y grafitero que quiso rayar alguna pared durante la caminata, fueron atacados con golpes y puñales por un grupo de malandros. Kaztro y Gambeta resultaron seriamente heridos, pero salieron de esa con ganas de contar el incidente, usándolo como excusa perfecta para denunciar las fallas del sistema de salud y la torpeza de la Policía, mientras hacían su declaración de principios definitiva: “Mi seguridad social se llama R-A-P”.

Dejaron muy claro que no eran un grupito más, y en El Salón de la Injusticia rindieron tributo a Jaime Garzón para decirnos que nuestra Constitución está preñada “y no sabe de quién, se sospecha de ‘El Gran Colombiano’ por ser el mayor actor para cortometrajes de villanos…”. Una joya.

Como si fuera poco, Efectos secundarios contiene Otra canción larga, una de las cumbres más altas que han alcanzado. Se trata de una maravilla de seis minutos en la que repasan sus vidas desde una esquina del barrio amado en el que Gambeta y Fa-Zeta siguen viviendo. Nada de lo que quepa en estas páginas puede hacerle justicia a esa canción, que parece un viejo álbum de fotos lleno de amigos perdidos, familias adoradas, tesoros empeñados, lecciones de vida, trabajos detestables, cuadernos llenos de amor y pistolas llenas de miedo, páginas y páginas de esos recuerdos que hacen llorar. Por felices o dolorosos.

Sin contar con disquera o management formal, ya han logrado presentarse en gran parte de Colombia y llevar su show a México; a comienzos de este años estuvieron en Estados Unidos.

Al cierre de esta edición no habían definido el nombre del nuevo álbum; para ellos no es una decisión a la ligera. Tamaño oficio, La penúltima cena y Dobles de acción han sido algunas de las opciones contempladas. Este disco —llámese como se llame— es otra obra maestra en la que despliegan sin pretensiones un universo enorme de sonidos, rimas virtuosas, narrativas ingeniosas y una fascinante oscuridad.

Fa-Zeta dice que “el rap puede ser la música de músicas porque se puede alimentar de la salsa, del jazz o del soul”. Eso es evidente en este nuevo trabajo, donde hay un coro de niñas que adorna un tema dedicado a Los Sospechosos de Siempre (Brian Singer); guiños a Nas para acompañar a Rocca como invitado de lujo; un clásico cursi de Nek que habla de calles peligrosas; una caminata disco/funk que pone a bailar hasta al más tieso; una pieza junto a Sadat-X con rimas sobre Ganesh, Charles Mingus y Camilo Sesto; un homenaje a los históricos del rap nacional grabado con La Etnnia, nada más y nada menos. Y no hablamos de N.A.D.A., Changó o Equipo de carretera, porque ya deberías conocerlas. La última en sumarse fue una fiesta de rap paisa y licor barato en compañía de Rulaz Plazco para festejar la picaresca y el legado de colegas legendarios como La Zorra o Tribu Omerta.

Esa fascinante oscuridad de la que hablamos es al mismo tiempo luminosa, divertida y reflexiva, espesa, brillante, prometedora y decisiva. Es una noche que se enciende de golpe para celebrar tantos días dedicados a las rimas y los beats. Melo.

Por ahora no nos queda más espacio para esta historia inconclusa, así que “el último en dormirse, por favor, que apague el foco”.

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