Cómo aprendí a dejar de preocuparme y amar la saga de Rápido y furioso

Por qué aceptar estas películas de autos gigantes con llantas chillonas y ridiculez total me ayudó a creer de nuevo en los éxitos de taquilla

POR DAVID FEAR | 26 Apr de 2017

<p>Sí, las películas de Rápido y furioso son ridículas, y muy divertidas. <b>Matt Kennedy</b></p>

Sí, las películas de Rápido y furioso son ridículas, y muy divertidas. Matt Kennedy


El salto logró el truco.

Ya sabes cuál es. Sucede aproximadamente cuando va una tercera parte de Rápido y Furioso 6. Estamos viendo una persecución que involucra a un villano británico que se tuerce el bigote; la recién resucitada heroína Letty, interpretada por Michelle Rodriguez (realmente no estaba muerta, sólo tenía amnesia, pero eso no importa); el equipo de Dom Loretto, interpretado por Vin Diesel; varios autos; y, por supuesto, un tanque.

Mientras esta persecución tipo gato y ratón avanza por el camino, Dom y el tanque se encuentran lado a lado en la carretera, los separa un vacío largo. El villano pide a Letty (quien había sido cooptada por su antiguo compañero de operaciones clandestinas y ahora se ha puesto en contra de su familia, pero eso no importa) que revise algo afuera del tanque. Ahora ella está parada sobre esta arma sobre ruedas que va a 130 kilómetros por hora. El villano empieza a girar la metralleta, lo que significa que ahora está apuntando a su ex, quien se aleja al otro lado del abismo.

Al ver a su amor encaramada peligrosamente en el vehículo militar, Dom hace lo que la mayoría de nosotros haría: se sale de su auto deportivo y se balancea sobre el parabrisas. (¿Quién conduce?, se preguntarán. Tal vez alguna presencia divina. Tal vez la voluntad colectiva del público. Posiblemente el manager de Diesel. ¿Por qué están preguntando esto?). Gracias a una serie de eventos increíblemente bien sincronizados, el tanque se voltea y lanza a Letty por los aires, justo al espacio entre los carriles. De alguna manera, el auto de Dom se dirige hacia la barandilla. Se estrella de lado. Dom sale proyectado hacia adelante. Y por un momento glorioso los dos están suspendidos en el aire. Él la logra agarrar y el proyectil humano se estrella contra la ventana delantera de un auto estacionado.

Las palabras no le hacen justicia. Sólo véanlo. Pausen en el minuto 2:38. Recuerden respirar.

Olviden, por un momento, que la película sobre hombres que hacen carreras callejeras, las mujeres que los aman y los policías encubiertos que los persiguen (y eventualmente se les unen), se había convertido en una exitosa saga de seis películas. Olviden que cualquier parecido con la serie original ya había desaparecido, para favorecer el constante aumento del elenco, que persigue criminales internacionales, capos de droga y los bíceps de Dwayne Johnson. Este fue el momento en que la franquicia de Rápido y furioso dejó de lado cualquier parecido con la realidad. Es el punto de cambio, el desvergonzado insulto al mundo en que vivimos, el de las reglas de física y probabilidad, que te enamora o desencanta. Si fueran como yo, la reacción sería la siguiente:

1. “Maldita sea, no puede ser. No. Puede. Ser”.

2. “Eso fue completamente ridículo. Real, profunda y estúpidamente ridículo. Y trascendental. Y ridículo”.

3. “¿Por qué no puedo retrocederlo y volverlo a ver? ¿Por qué este teatro no tiene esa opción?”.

4. “Ok. Estoy atrapado”.

Volví a ver la primera Rápido y furioso, me puse al día con las siguientes entregas, y me encontré a mí mismo enamorándome de algo alegremente ilógico, felizmente estúpido, orgullosamente inundado de sensiblería pop que impulsa este universo. Y como muchísimas personas en el mundo el fin de semana pasado, me senté en una silla de una sala de cine, para que Rápidos y Furiosos 8 me llevara de La Habana a Nueva York y a una remota y helada región de Rusia, con un nombre lleno de consonantes; para ver a Charlize Theron interpretar a una villana tipo James Bond, con rastas y pelo rubio (hace 20 años hubiera sido una chica Bond); y ocasionalmente ver acercamientos de un zapato pisando un acelerador. Un hombre compra una boleta para ver esta película para experimentar algo tan sutil como un motín carcelario, tan sutil como la dama Helen Mirren con un acento parecido al de Dick-Van-Dyke, algo tan sutil como una lluvia de carros cayendo desde un edificio.

Un crítico debe ser lo suficientemente honesto para aceptar que es este tipo de hombre.

No es que los críticos no hayan explorado estas populares películas por un tiempo, para celebrar legítimamente que esta saga sea la única franquicia gigante que refleja genuinamente su diversidad geográfica en la pantalla; o que el énfasis en la “familia” —el pegamento conceptual que une las persecuciones vehiculares, las aventuras de espionaje y el sentimentalismo bañado en cerveza Corona— tenga un enorme atractivo en una época moralmente confusa. Pero para otros [un escritor se mira en el espejo], la noción de poder celebrar películas que trafican con tanta exageración, y que tenga como protagonista a un actor que suena como Sylvester Stalllone con gripa, requiere superar una berrar de esnobismo. El truco está en no preguntarse si la saga de Rápido y furioso es arte. No lo son, y ninguna cantidad de escenas sobre familia o la representación de personajes auténticos van a hacer que lo sea (a pesar del prestigio en cámara y fuera de ella en la segunda entrega). La cuestión aquí es, ¿de qué tipo de arte bajo estamos hablando?

Y la respuesta a la que este espectador llegó, después de mucho escribir y de ver la tercera entrega de la saga, es que son una clase de películas cuya exuberancia y frívolo gusto de la puesta en escena, los giros de la trama tipo telenovela, su heroísmo y sus tonterías cada vez más absurdas, da en el clavo tamaño IMAX (el viraje hacia la vía de James Bond no es coincidencia, incluso si no crees que el elenco tipo anuncio de Benetton sea una respuesta multicultural al contoneo blanco de las películas de James Bond, los films de la era de Daniel Craig se han aventurado en un territorio tipo Bourne, y la saga de Rápido y furioso han venido a llenar ese vacío de tramas de espionaje). La serie prospera en su habilidad para aumentar las apuestas: ¿Te gustan los héroes calvos y musculosos? Aquí hay un héroe más calvo, más musculoso, más grande y vamos a incluir una versión británica tosca. ¿Te gusta ver autos engallados compitiendo contra aviones? ¿Qué tal un auto mejorado contra un submarino nuclear? Ahora el cielo es el límite, y ese cielo puede estar lleno de autos cayendo en picada desde un avión.

Universal Pictures
Universal Pictures


Una vez que esta saga se escapó de las ataduras realistas, pasaron de ser películas tipo B a convertirse en algo así como una mega tienda —un centro comercial donde puedes probar tareas tipo Misión imposible, combates de lucha libre (mira la pelea entre Michelle Rodriguez y Ronda Rousey en la séptima entrega), celebridades de las películas de acción, tiroteos, piruetas análogas, un espectáculo generado por computador, películas de superhéroes y un poco de comedia en ocasiones. El desastre también aparece: la secuencia que más se acerca a la felicidad completa en la nueva película involucra un montón de autos controlados remotamente que se estrellan entre sí como un tsunami de metal. Si Dwayne Johnson y Jason Statham escapándose de la cárcel usando sólo su fuerza no genera asombro, ese accidente lo hará. Las películas eran vulgares antes de ser poéticas. Ocasionalmente, tienes suficiente suerte para encontrar ambos ingredientes en una sola escena.

Vamos a películas diferentes por razones diferentes, y vamos a las tontas y divertidas para satisfacer un apetito que La decisión de Sophie, Shoa o Disparen sobre el pianista no logran llenar (aunque idealmente, eres un espectador omnívoro y quieres probarlo todo. Ve a comer sushi y/o ensalada en medio de tus hamburguesas grasosas). Los éxitos de taquilla de estos días usualmente tienen los dos primeros ingredientes de las películas tontas y olvidan el tercero: demasiados son, para usar una frase de Matt Zoller-Seitz, algo así como “productos con sabor a película”. Las películas de Rápido y furioso han logrado restaurar esa sorprendente emoción de tal forma que te das cuenta de lo estúpidas que son en realidad sin negar esa tonta alegría que da el viaje. Lo que me convenció no fue rendirme porque resistirme era inútil; fue la posibilidad de ver qué pasaba. El resultado fue saber que, con la cantidad adecuada de excesos, todavía puedes asombrar al público. Vas a creer que Vin puede volar.

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