Conozca las historias más duras de ‘La cuadra’

ROLLING STONE presenta el primer capítulo de la novela que compite por el Premio Nacional de Novela 2018

POR GILMER MESA | 19 Jul de 2018


La cuadra, del escritor antioqueño Gilmer Mesa, narra las historias de un grupo de muchachos en un barrio popular de Medellín que resulta atrapado en el holocausto de la violencia que Pablo Escobar desató en todo el país a finales de los 80 y comienzos de los 90.

En 2016 la novela recibió el Premio de Novela de la Cámara de Comercio de Medellín y luego fue publicada por Penguin Random House, siendo nominada ahora para el Premio Nacional de Novela 2018 que entrega cada dos años el Ministerio de Cultura.

El libro es un testimonio muy personal, construido con base en acontecimientos reales que permiten a Mesa edificar una historia de ficción que nos muestra una faceta desconocida de una de las etapas más aterradoras de nuestra historia.

Foto Julian Gaviria
Foto Julian Gaviria


El sicariato, el dinero fácil, la ostentación, la violencia más brutal, un retorcido despertar sexual, la generosidad, la ternura y la pérdida de la inocencia se entrecruzan en las dolorosas historias de “Kokorico”, “Chachachá”, “Denis” y otros tantos que convivieron con Los Priscos, el tristemente célebre ejército del cartel de Medellín.

Junto a Pilar Quintana, que participa con La Perra; Antonio García Ángel, con Declive; Orlando Echeverri Benedetti, con Criacuervo, y Roberto Burgos Cantor, con Ver lo que veo, la novela de Mesa es una de las cinco finalistas.

ROLLING STONE PRESENTA su primer capítulo:

1 - La cuadra

Particular historia esta que paso a relatar, pues todos los que en ella aparecen están muertos, irremediablemente muertos hace muchos años, salvo yo, que he sido preservado en alcohol para contarla. Al rebujar el viejo cofre que sirvió de osario durante más de una década a los restos de mi abuela y que tomé para mí después de esparcir sus cenizas en el mar, me encontré una fotografía vieja que había tirado ahí, como al descuido, hace algún tiempo: en ella se ve a un grupo de niños de similar edad, algunos disfrazados y otros no, pero todos sonrientes y felices, con la felicidad que da la simpleza de estar con los amigos, en un tiempo en que ese concepto no se había corrompido y el sencillo hecho de estar juntos bastaba para el regocijo sincero y total. Hasta ahora que la remiro me doy cuenta de que es tal vez la única imagen en donde aparecen juntos y reunidos todos los del combo de la cuadra: era un 31 de octubre, día de Halloween o, como se conoce en mi ciudad, día de los brujitos, una fecha esperada con ansias porque, además de los atuendos que nos preparaban en nuestras casas, era día de regalos y dulces que repartían los pillos y malandros, los dueños del barrio y en especial de la cuadra, la banda de Los Riscos. Recuerdo con nitidez ese día porque mi mamá me disfrazó de pitufo por ser mis caricaturas preferidas, y lo que a simple vista era un detalle de increíble amor y condescendencia para conmigo, se transformó rápidamente en un formidable bochorno, pues más que nada por desconocimiento y descuido, que atribuyo a tener que sortear el centro de la ciudad en busca de disfraces para tres hijos con gustos y edades disímiles, me compró el disfraz invertido, pues los pitufos eran unos muñequitos azules que usaban pantalones y gorros blancos y que vivían en una comarca en casas hechas de hongos, y mi atuendo era una camisa blanca que simulaba el torso desnudo de los pitufos y unos pantalones y un gorro azules, lo que me llevó a ser el hazmerreír de todos los muchachos de mi comarca, y pese a mis objeciones a la hora de salir a la calle ataviado así, mi madre se puso seria y me obligó a afrontar con decoro las risotadas y escarnios que mi disfraz suscitaba en mis amigos, y como siempre fue mi hermano mayor el que salió en mi rescate diciéndome Fresco, que al que lo joda yo lo reviento, pero él mismo no pudo disimular las tremendas ganas de reírse que le dieron al verme vestido de pitufo a la inversa, sin embargo salí a la calle como todo el mundo y pasé un día bueno con regalos, dinero y muchos dulces. En la foto aparecen todos, mi hermano disfrazado de bruja, mi primo Denis de punkero, Clarens de pordiosero, Yiyo de agente de tránsito, Mambo de mujer, Pepe de policía, Omítar de muñeca, Marcos también de pordiosero y el Calvo, Kokorico y otros sin disfraz, ya que estaban grandecitos para andar en esas y por tal razón los disfraces no eran comprados sino improvisados e inventados con lo que pudieran, dependiendo de la creatividad de cada quien. Fue la última vez que se disfrazaron en su mayoría, porque de ese año en adelante las cosas iban a transformarse en la cuadra de muchas formas y la vida de estos muchachos cambiaría radicalmente.

El primer cambio fue de aspiraciones y perspectivas, pues hasta ese momento las ambiciones de los chicos se limitaban a tener un buen juguete o algo de dinero para un roca pastel y una gaseosa, pero esa época fue la de la avasallante invasión de los pillos y su forma de vida, con su derroche de dinero y su ostentación de valor y prestigio, auspiciada por el Cartel de Medellín a todos los barrios, y el nuestro fue uno de los focos principales de exhibición de esa nueva y redituable profesión, lo que hizo que todos los niños y jóvenes de la cuadra y del barrio viraran hacia ese horizonte que proponían la esquina y la vida en el hampa, una existencia al límite, con mucho dinero y aparentemente fácil, donde se premiaba justo lo que la familia y la sociedad sancionaban, la rebeldía, la violencia y la temeridad, y donde se conseguía con desenvoltura todo lo que uno quisiera, pues bastaba con ser valiente, leal y obediente con los patrones, que eran quienes conseguían los trabajos y quienes para ese momento eran poco menos que Dios para todos los muchachos de la cuadra. Esto llevó a que todos los pelados que se estaban criando juntos y que eran amigos prácticamente desde que nacieron, porque sus padres también lo habían sido desde siempre, fueran los primeros en querer pertenecer a la banda que cada día crecía más en potencia y riqueza, y en abandonar rápidamente los juegos infantiles con los que habían crecido, la persecución que llamábamos chucha, el escondidijo, yeimi, boy y los partidos de fútbol callejero, para adoptar actitudes más acres que se reflejaban en los nuevos esparcimientos, pues ya no eran policías y ladrones sino pillos y tombos, y la chucha se transformó en el maligno romilio, una práctica que conservaba de la antigua la persecución pero que ahora incluía penas y castigos siniestros para el que atraparan, como comer frutas podridas o soportar una ronda de patadas de todos losparticipantes o quemonazos con unas pelotas duras de carey que ardían como un infierno en la piel. Recuerdo el día en que el Calvo no pudo atrapar a nadie porque el juego cada vez se volvía más intenso y ya no se limitaba a la cuadra, sino que tenía por escenario el barrio entero, claro que sin que nuestros padres lo supieran, así que era muy difícil acertar en la búsqueda, y al no conseguirlo el persecutor era el que se veía impelido al castigo, y el del Calvo fue ejemplar: lo desnudamos y lo envolvimos en alambre de púas que había en una construcción cercana y así, raspado y humillado, lo dejamos en un solar deshabitado cerca de una hora, hasta que entre todos decidimos que ya era momento de soltarlo; él no pronunció palabra de dolor ni queja alguna, se limitó a soportar con gallardía y estoicismo su condena. Se consideraba tácitamente que este juego y sus penas tensaban el carácter y lo hacían más duro y recio a uno, por lo cual negarse a participar era considerado una ofensa, una muestra imperdonable de debilidad y cobardía y motivo suficiente para ser expulsado del combo en el acto, y a este cambio de solaces le siguieron rápidamente el cambio de mentalidad y el de patrocinio. Hasta hacía poco la mayor aspiración era crecer rápido para conseguir un trabajo que permitiera ayudar a la familia, menesterosa por lo regular, pero con la llegada del hampa al barrio ese auxilio se podía conseguir sin ser mayor de edad y aparentemente sin tanto esfuerzo, además de mucho más cuantioso, con el agregado de que a la par del dinero se adquiría prestigio y respeto, algo que no otorgaba sino el crimen, no la riqueza y el trabajo, ni mucho menos el estudio, solo el crimen, y para quienes nacimos en un barrio popular de una ciudad como esta, el respeto es más necesario para sobrevivir que el aire, sin él no se es nada o, mejor, no se es nadie, y un don nadie en una jungla de concreto, como son las cuadras de estos barrios, no sobrevive, y si lo hace la pasa muy mal, es la eterna víctima. Algunos pensarán que son aspiraciones vacuas y cosas de adolescentes, pero cuando uno nace, crece y se reproduce viendo a sus similares morir todos jóvenes, sus expectativas de vida no superan los veinte años, y es entonces cuando la única vida posible y vivible es la adolescencia, ahí es donde se tiene que ser alguien, no hay tiempo de espera, no hay mañana ni tiempo de más para pensar en proyecciones de futuros holgados, que son casi imposibles de alcanzar, no hay visiones de porvenires promisorios ni paciencia para esperar mejores épocas con profesiones buenas y nobles que prometen recompensas monetarias y espirituales, solo hay un presente y es ahí, en ese tiempo donde es importante ser alguien, y para serlo es necesario pertenecer al combo y no solo pertenecer sino ganarse un puesto de rango, demostrando todos los días la valía sin pensar en un mañana, es una vida joven, de jóvenes, en donde llegar a viejo no es una realidad ni un proyecto, ni tan siquiera un sueño, llegar a viejo bajo estos códigos es una deshonra, por lo tanto, los muchachos que crecimos en este barrio veíamos en los bandidos mayores el pináculo de realización de nuestra existencia, la máxima pretensión y el diseño de vida por emular, la esquina y el crimen nos mostraban la manera como se salía de pobre y como se llegaba a ser alguien.

A todos nosotros nos tocó el combo formado, por lo que cuando estuvimos en edad de pertenecer ya existían los pillos de la esquina y ya tenían un recorrido, así que lo primero era ser acogidos por ellos, que nos aceptaran, nos asistieran y nos patrocinaran. Fue por entonces que los muchachos más grandes, como mi hermano, mi primo, Clarens, el Calvo y otros, empezaron a juntarse con los pillos y a encargarse de guardarles los fierros o hacerles mandados, abriendo el camino para lo que a la postre sería el destino de todos. En una niñez pobre, el lugar donde se nace es de vital importancia, es donde uno fundamenta su existencia, ahí se condensa todo lo que hay de importante en la vida, ahí están la familia, los amores, los amigos y el acomodo vital a los quehaceres cotidianos, que le permiten a uno el desarrollo intelectual y biológico, por eso, para uno que nunca conoció más allá de las fronteras del barrio, que no tuvo viajes ni otros paisajes para comparar, que no percibió el universo como algo abierto e infinito, que no participó de la naturaleza como vórtice espiritual, sino que tuvo en todos los ámbitos la cerrazón propia del enclavado en un barrio popular, del encerrado por las fronteras invisibles de una ciudad, la cuadra se le transforma en un mundo, en el único e importante mundo que tiene para vivir y crecer, y la calle personal es la verdadera patria, lo primero que crea un sentido real de posesión en la necesidad de pertenencia que es natural en el ser humano, la cuadra ofrece el primer impulso de satisfacción, por ella se crea un instinto de afecto que trasciende lo físico. Por eso, los que nacimos en una de estas calles siempre creímos que la nuestra era la mejor y se lo hacíamos saber a todo el que se atreviera a compararnos, por eso en los diciembres nos esforzábamos para engalanarla y que brillara más que las otras, por eso en los torneos de fútbol hacíamos hasta lo imposible por salir campeones, siempre tratando de demostrarle al barrio que la calle era el mejor vividero del mundo, porque en ella la vida era distinta, y con esta motivación como adarga no fue nada difícil conseguir que todos los habitantes de estas pocas casas que conforman la cuadra gestaran, alimentaran, patrocinaran y solaparan la creación de un combo que tendría fama mundial y le otorgaría el renombre que con tanto ahínco había buscado desde siempre. Algunos de manera frontal, otros de forma tangencial, pero cada uno participando de una forma de violencia ordinaria y privativa de nuestros barrios, y con la aquiescencia disimulada de todos, la cuadra pasó de ser el sitio soñado de la infancia a una academia de formación de delincuentes. Esta es la historia de esa cuadra y de los muchachos que en ella nacieron, crecieron, amaron, pelearon y murieron, que son los mismos que aparecen en la foto, mis amigos.

Portada La Cuadra
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