Crestas, pogos, taches y fango: El nacimiento de La Pestilencia

El disco La muerte…un compromiso de todos cumple tres décadas este 2019, y aprovechamos para recordar la historia del punk en Bogotá a través de los integrantes originales de La Pestilencia

POR SANTIAGO DE JESÚS | 27 Feb de 2019

<p>​Archivo: Jorge León Pineda</p>

​Archivo: Jorge León Pineda


Bogotá a mediados de los años 80. Hay pocas motos en las calles, encharcadas por la lluvia, y la gente se mueve en “buses cebolleros”, esos que andan con la puerta abierta para que sus pasajeros no mueran asfixiados. No existe el metro. El bigote está de moda. La vista nocturna desde Monserrate tiene miles de puntos iluminados. Muchos “rockeros” siguen hablando de amor y paz, parecen estancados en los 70 con consignas hippies que en el resto del mundo han sido remplazadas por otras ideas. Solo se consiguen discos de metal o punk en un puñado de tiendas especializadas del centro. Las canciones cortas con letras contestatarias suenan en los barrios marginales de Medellín. El fenómeno del “rock en español” en Colombia empieza a asomarse, pero los sonidos más fuertes no tienen una presencia importante.

Mientras tanto, se recibe con bombos y platillos a Juan Pablo II, el narcotráfico se fortalece a toda velocidad y sus balas han llegado a personajes públicos de primer nivel, como el ministro Rodrigo Lara Bonilla. El M-19 y el Ejército han hecho lo suyo en el Palacio de Justicia. Armero ha dejado de existir. Parece el escenario ideal para el nacimiento de una banda de punk.

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Dilson Díaz vivía en Medellín y amaba a Black Sabbath. Su gusto comenzó con I Am Going Insane cuando escuchaba La voz de la música, un programa de radio de la capital antioqueña. En el barrio tenía un amigo que era unos cinco años mayor que él, solía cambiar discos y le terminó enseñando sobre bandas y diferentes géneros.

En ese momento, a finales de los 70 e inicios de los 80, Medellín era una ciudad tranquila. En el barrio los niños andaban en patines por la calle, construían rampas y saltaban. Los más grandes llegaban en motos. Pero la sombra de Pablo Escobar y el sicariato comenzaban a posarse lentamente sobre estos jóvenes motociclistas. Dilson recuerda que Byron de Jesús Velásquez, quien participó en el asesinato de Lara Bonilla, “era de los mejores pilotos” que se veían en el barrio.

Volviendo a la música, el rock duro en ese momento tenía más presencia en Medellín que en Bogotá, y había agrupaciones como Piro o Nash. Un día en el que Dilson iba al patinódromo pasó por la Plaza de Banderas y escuchó a Fénix en una prueba de sonido. Estaban tocando covers de Black Sabbath. “Ahí me entro el gusanillo de ‘yo quiero tener un grupo de rock’”, recuerda.

Unos años después se marchó a Bogotá con su mamá y sus abuelos, pero el cambio fue tan fuerte que a los seis meses regresó a la casa de una tía en Medellín y “me encuentro con otro mundo”, relata. Habían llegado álbumes de Slayer, Metallica, Venom, y de algunos grupos de punk. Cada vez que hacían “notas” (fiestas), Dilson llegaba con un casete para que le pasaran música. El rock había aterrizado en Medellín y no se iba a ir.

En cambio, Dilson sí se iría. Volvió a Bogotá con 15 años, y una tarde fue a la emisora Radio Fantasía al programa La nave rockosa. Llegó con sus discos, habló del pogo, de Mutantex, de P-Ne, de Parabellum. El presentador le dijo que regresara otro día para hacer una hora con toda su música: el punk español de Eskorbuto y La Polla Records; desde Argentina sonaban Los Violadores; y gracias a las recopilaciones Punk and Disorderly conocía a Dead Kennedys y GBH.

“Empecé a hablar de las cadenas porque pogueaban con cadenas puestas. El uno llegaba y le tiraba un gargajo al otro y este man, ‘Uy severa energía’. Y el tipo cagado de la risa”, comenta. “Entonces entró una llamada y era Héctor Buitrago”.

Era un punk del Restrepo que estudiaba biología en la Universidad de los Andes, tenía una gran colección de música y un bajo. “Llegó a mis manos de una manera muy mágica”, revela Buitrago, “perteneció a Pocho, el bajista de Génesis”. Tocaba en una banda llamada La Brigada Criminal, con la que hacía covers de grupos españoles de punk, pero habían pocos músicos que conocieran el género y mucho menos que supieran tocar un instrumento. El proyecto no prosperó.

Tras esa llamada se encontraron en la casa de Héctor. “Llego allá y él no tenía casetes. Tenía 150 discos de punk, metal, de todo. El man bacanísimo”, explica Díaz. Se hicieron amigos y empezaron a frecuentar bares con Arley Cruz (primer vocalista de Neurosis) y un parche de rockeros.

“Nos ponían una canción, armábamos pogo, caíamos encima de las mesas, volvíamos eso un mierdero y nos echaban”, cuenta Dilson. “Nosotros salíamos cagados de la risa. Ya nos estábamos haciendo la cresta y todo el rollo. Héctor tenía una grande, verde”.

Mientras tanto, al fondo, en los televisores, jugaba Millonarios contra el Unión Magdalena. Al mismo tiempo, el M-19 se tomaba el Palacio de Justicia, desaparecían decenas de personas y Colombia cruzaba la puerta para entrar a la época más oscura de su historia, cuyo lastre se sigue sintiendo hoy. Esto influiría en las letras de una banda que ya tenía su semilla plantada.

La música que escuchaban Dilson y Héctor la encontraban en las casetas de la 19 (aunque Buitrago tenía contactos en el extranjero que le mandaban álbumes), donde todos los melómanos iban a comprar, conocer e intercambiar discos. Allá, en la tienda de Gonzalo Valencia o el Sastre, se encontraban en un fin de semana a Carlos Vives, a periodistas culturales como Eduardo Arias y a personajes icónicos de la radio como el Doctor Rock (Gustavo Arenas) o Lucho Metales. Quienes llegaban iban en busca de algo que no sonara en la radio, que era el medio que mandaba la parada musical en la época. Había vendedores especializados en metal y punk, pero cuando llegó el thrash metal con Slayer, Metallica o Sodom, empezó a crecer un movimiento. No era lo mismo escuchar una canción de Black Sabbath de hace 15 años, que lo más reciente de Kreator. Era la música de una generación que no encontraba en las emisoras algo que realmente la moviera.

Lo curioso de este grupo de melómanos era que la gran mayoría no tocaba ningún instrumento. Ni tenían. A los artistas de ese entonces no les interesaba el punk ni el metal, eran géneros raros y pesados. Algunos de los músicos que tocaban rock en español, que a mediados de los 80 estaba en crecimiento, pasaban por ahí pero no se involucraban en la movida.

La mayoría de rockeros en Bogotá eran hippies. La capital, en comparación con los movimientos culturales relacionados con la música en el resto del mundo, parecía paralizada entre el hipismo y el pop rock de los 80.

Francisco Nieto tenía una guitarra y tocaba con una banda que se llamaba Mad Max. Escuchaba Iron Maiden y otras agrupaciones de heavy metal de los 70 y principios de los 80. Pero el resto del grupo prefería irse a tomar pola o fumarse un porro que ensayar con seriedad. Él también iba a comprar álbumes en la 19, en especial de metal. Cuando llegaron los discos de Sodom y Destruction se sintió totalmente identificado. Prefería las guitarras de estas agrupaciones que las composiciones punk.

Conoció a Héctor en una de esas tiendas, y a Dilson en una de las reuniones/fiestas que armaban con toda la música que llegaba. Alquilaban un bar y caían todos los del combo a conocer lo más reciente. Muchas veces, Díaz terminaba gritando canciones como Fuck Authority de Raw Power. En uno de esos alaridos, Buitrago le propuso que armaran su propia banda. Al poco tiempo le preguntó a Francisco si quería ser el guitarrista.

Los tres ensayaron por primera vez con el baterista de Brigada Criminal en la casa de Francisco, en el barrio los Alcázares. Hicieron una lista de covers y comenzaron. “Empezamos con Antimilitar de R.I.P. El man tocaba como 20 segundos, tiraba las baquetas y estaba mamado”, relata Dilson, y en chiste añade: “Un tipo raro. Los bateristas siempre son raros, así ha sido toda la vida. O raros o complicados”.

Estaba claro que necesitaban alguien que golpeara con ritmo, precisión y aguante, pero Dilson y Héctor no conocían muchos músicos. El que mejor se movía en esa escena era Francisco, así que le pidió a Jorge León Pineda que le recomendara a alguien. La respuesta la tenía al frente.

Jorge León era unos años mayor que el resto. Estaba trabajando como periodista en el periódico La República, específicamente en la sección agropecuaria, y había comenzado a escribir sobre música de vanguardia europea en la edición dominical de El Tiempo. Roberto Pineda Duque, su bisabuelo, compuso la música del himno de Bogotá.

Después de estar un par de años en Europa, Jorge León regresó a Colombia en julio de 1986 y comenzó a tocar batería con un grupo de jazz en una pizzería al norte de Bogotá. Pero su pasión por descubrir música lo llevó al metal, género que lo enamoró a punta de doble bombo y golpes a toda velocidad. Era un universo musical por explorar en su instrumento. En un punto llegó a tener una colección de 4.000 álbumes, incluyendo la discografía de Celtic Frost, Metallica, Slayer y Corrosion of Conformity.

“En esa época ya tenía un máster en batería. Tocaba jazz, Zeppelin, Black Sabbath”, dice Dilson sobre Jorge León. “Él siempre trataba de ir muy a la vanguardia de lo que estaba sonando. La ciudad era hippie total. Uno no veía a nadie con pensamiento moderno de nueva música, te hablo del ‘86. Es que no había. Al man le aburría eso entonces le pareció bacano tocar algo nuevo, más rápido. Y se vinculó al proyecto, pero no era su perfil”.

EL VERDADERO PUNK Con taches, botas y chaqueta de cuero, Héctor era la encarnación del punk. Jorge León recuerda que en un toque, botó el bajo y se fue a poguear. "Me tocó regañarlo", dice el baterista.
EL VERDADERO PUNK Con taches, botas y chaqueta de cuero, Héctor era la encarnación del punk. Jorge León recuerda que en un toque, botó el bajo y se fue a poguear. “Me tocó regañarlo”, dice el baterista.


Francisco le pasó casetes para montar algunos covers. Ahí escuchó Ratos de Porão, La Polla Records y Narcosis. “Yo oí esas baterías y para mí eso era pan comido con la escuela que tenía. Les muestro a mis amigos y se mueren de la risa”, recuerda Jorge León. “Pero me gustó”.

La Pestilencia había nacido, aunque todavía no se llamaba así. No tenía nombre. Se reunieron a ensayar en la casa de Héctor, en el Restrepo. Los tres instrumentos formaban un triángulo (la guitarra estaba conectada al mismo amplificador de bajo de Buitrago). En el medio se paraba Dilson sin micrófono. Comenzaron con canciones de Olho Seco, Chaos U.K. y Los Violadores, aunque solían meter un tema de metal, lo cual fue fundamental para definir el sonido del grupo.

“No me gustaba la guitarra ruidosa, sino el estilo de Anthrax, que era más frenada. El guitarrista tenía un grupo que se llamada S.O.D., que para mí sonaba con más fuerza y tenía el golpe más exacto”, explica Francisco. “Eso hizo que el sonido de La Pestilencia tuviera una esencia de metal en los ritmos”. También veían videos de Minor Threat, que Héctor había conseguido para tomar referencias sonoras y visuales.

De hecho, una de las características principales de la banda de Ian MacKaye fue su relación con el movimiento straight edge, con el que seguían una vida libre de drogas y alcohol. La Pestilencia y los amigos del grupo eran totalmente sanos, aunque no necesariamente por seguir este pensamiento. Francisco dice que seguramente era por dos razones: la primera era la falta de plata, y la segunda, que quienes iban a los toques solían desahogarse con la música, en lugar de emborracharse.

“A quienes ‘pillaban’ consumiendo narcóticos o asumiendo actitudes de ‘pepos’, los expulsaban”, escribió Jorge León en el texto La Pestilencia: Pioneros de un movimiento marginal y musical en Bogotá.

Desde el primer ensayo, el baterista quedó flechado con la banda. Le encantó la crudeza y empezó a meterse en el punk, pero aprovechó su experiencia como músico de jazz para guiar al grupo y crear una identidad. Después de todo, era el único que sabía qué hacer a la hora de componer y ensayar, por eso se encargó de aterrizar las ideas que traía el bajista.

“A cualquier cosa que tocáramos le ponía ritmo, era muy bueno”, revela Francisco. “Éramos tan básicos que cuando empezamos a ensayar ni sabíamos que había que contar ‘un, dos tres, cuatro’. Decíamos ‘¡ya!’. No teníamos eso de los tiempos ni la velocidad. Jorge nos contaba y arrancábamos. Todo eso fue un aprendizaje”.

Después de ensayar y empezar a componer sus propias canciones, la banda comenzó a buscar lugares dónde tocar. Dilson vivía en La Candelaria, y cuando no estaba en la 19 o ensayando, se quedaba callejeando en el barrio con Arley y otros amigos. El punto de encuentro era al lado de un teléfono público. “Un día llegó el man que le hacía mantenimiento. Lo destapó y se le cayó un papel”, cuenta el cantante. “Ahí estaba el número de ese teléfono, que se volvió nuestro, nos llamaban ahí”. Ahí mismo, el vocalista recibió la llamada que se traduciría en el primer concierto del grupo.

El nombre para el toque, La Pestilencia, lo propuso Héctor y todos estuvieron de acuerdo. Luego les avisaron a todos sus amigos que se presentarían. Cuando llegaron al bar, frente a Bavaria, se encontraron con Darkness, la icónica banda de metal. Jorge León tuvo que tocar la batería de Óscar Orjuela porque no había espacio para montar las dos. En 1986, en Bogotá no existían los problemas entre punkeros y metaleros, eso vendría un poco más tarde.

“Con los toques de Pestilencia nos pasó de todo”, cuenta Dilson. “Siempre destruían el lugar, se dañaban las mesas, si había una lámina de madera llegaba alguno y la arrancaba. Lo que nos quedaba se lo dábamos al dueño para los daños y salíamos sin plata. En el primer concierto me gané creo que 1.500 pesos. Creo que nos dieron 6.000 y los repartimos”.

La banda tocó en todo tipo de escenarios. Desde colegios importantes de Bogotá, como el Andino y el Nueva Granada, pasando por una fiesta con el público de Compañía Ilimitada, hasta bares que estaban a punto de cerrar, discotecas que habían pasado de moda e incluso, en una ocasión, en un evento elegante al que asistieron intelectuales y periodistas radicados en la ciudad. En tres años pasaron de tocar para 30 amigos, a llenar tabernas donde llegaban 200 personas.

Una de las primeras sesiones de fotos en la casa de Francisco.

“Los primeros toques eran puro infierno”, recuerda Jorge León. “Imagínese, los metaleros mechudos que eran más hippies y llegaban los 10 punkeritos a darse pata, eso nunca se había visto en Bogotá. Quedaron asustados contra la pared. En esas primeras presentaciones era la novedad”.

De hecho, hubo toques en los que Dilson y Héctor terminaron pogueando con el público. El baterista recuerda una historia en la que estaban tocando y vio el bajo tirado en el piso. “Alzo la cabeza y está allá dándose pata con los punkeros”, cuenta Jorge León sobre un concierto en el que Buitrago saltó de la tarima en medio del concierto. “Me tocó regañarlo… Él era punk de verdad, su actitud, tenía unas botas de policía, grandulón, grueso”.

La escena era cruda y seria, no una moda, y aprovechando que trabajaba en El Tiempo, Jorge León le contó al director de Lecturas Dominicales que en Bogotá estaba surgiendo una subcultura. Pero como apenas estaba abriéndose un camino en el periodismo, y en el periódico había gente “estirada”, nunca contó que era parte de esa movida. En noviembre de 1986 salió el artículo en el que se mencionaba a La Pestilencia. Al siguiente mes tocaron sobre la carrera séptima con calle 62, tres días después de que Campo Elías Delgado asesinara a 29 personas en el restaurante Pozzetto, en esa misma cuadra.

El siguiente paso era presentarse en Medellín. En la capital antioqueña ya había una escena punk que fue grabada por Víctor Gaviria en Rodrigo D. No Futuro. Los bateristas hacían sus instrumentos con canecas, y encontrar una guitarra o un bajo era una odisea. Pero en medio de la violencia que vivió Medellín en la segunda mitad de los 80, la música se convirtió en un escape para muchos jóvenes que no querían caer en el juego de la muerte entre pandillas, carteles y sicarios. Su música, la de agrupaciones como Mutantex, Pestes y Profanación, hizo parte de la banda sonora. Muchos de los actores naturales que participaron en la película murieron en medio de aquel infierno.

Por otro lado, gracias a la fuerza de Parabellum y la figura de Bull Metal, el punk y el metal habían caído en un radicalismo que trazó una línea muy agresiva entre los dos movimientos. “De todo lo que hizo, un 90 % fue buenísimo para la música, pero un 10 % fue muy malo”, explica Dilson. “Ese 10 % fue el metalero radical, que si no sos así, eres una caspa… Se daban chuzo porque uno es punkero aguapanelero y el otro es chatarrero. Los chatarreros eran los metaleros y los aguapaneleros eran los punkeros. Ese insulto sale en la película”.

La Pestilencia fue invitada a un festival punk en Copacabana, cerca de Medellín, donde la gente cortaba sus chalecos a mano para pegarle parches y taches, tomaba alelí (alcohol antiséptico con gaseosa) y olía pegante. Ya había discos de grupos colombianos del género, pero el sonido dejaba mucho que desear. Lo mismo sucedía con los conciertos. En esa presentación, a la banda que tocaba antes se le cayó un tambor de la batería (hecha con canecas de basura y parches de radiografía) y un tipo tuvo que quedarse parado el resto del show sosteniéndolo. Al final, Dilson, Héctor, Francisco y Jorge León decidieron no tocar, pero se dieron cuenta de que su grupo era diferente al resto.

En 1988, la banda tuvo problemas internos y Dilson regresó a Medellín a vivir con su familia. La Pestilencia ya era una banda conocida, la gente iba a los ensayos o a los conciertos para grabar canciones y aprenderse temas como Olé o Fango, así que el resto de los miembros intentaron seguir con otros vocalistas, pero ninguno daba la talla.

Dilson volvió de Medellín, visitó a Jorge León en la pizzería donde tocaba y le propuso que grabaran las canciones para dejar evidencia del trabajo que se había hecho. Hablaron con Héctor y Francisco, que estuvieron de acuerdo. Ensayaron unas cuantas veces en la casa del bajista, se presentaron en la Universidad Nacional en un concierto que terminó en disturbios y después en el coliseo El Campín con otras bandas de Medellín y Bogotá.

1989 comenzó con los cuatro reunidos para terminar de arreglar las canciones y prepararse para el disco. Jorge León habló con Camilo Ferrans (guitarrista de Génesis) para averiguar un estudio. Él le dijo que Arturo Astudillo (de Los Flippers) manejaba Grabar Estudios en Chapinero. Miró precios, cuadró caja y -animado porque un músico icónico del rock colombiano trabajara con ellos- se reunió con Héctor y Astudillo. Llegaron a un acuerdo y el bajista le pidió la plata prestada a su mamá.

Durante el proceso de grabación, Dilson se estaba quedando en una casa en la que cerraban la puerta a las 9:00 p.m. “Un día me quise quedar hasta más tarde y tuve que dormir en una silla en el Parque Nacional hasta que fueran las seis para irme al estudio” recuerda. “Se me fue la voz y me tocó grabar así. En Si.cai.ros yo estaba disfónico… tocó así porque debíamos entregar el disco en tal fecha o si no CBC (la empresa que prensó el álbum) subía los precios”.

Hubo tres personas fundamentales que colaboraron en estudio, haciendo trabajo de producción para que el álbum, a pesar de la crudeza de la música, tuviera un buen sonido. Además de Astudillo y Ferrans, también los acompañó Guillermo Noriega. Y aunque ninguno era cercano al punk, respetaron la idea del proyecto. Incluso lo mejoraron gracias a la experiencia que tenían.

RECONOCIMIENTO DE LOS MÁS GRANDES La carta que Jello Biafra le escribió a Héctor Buitrago.
RECONOCIMIENTO DE LOS MÁS GRANDES La carta que Jello Biafra le escribió a Héctor Buitrago.


Dilson recuerda que, en un punto, a Jorge León no le salía bien el tresillo, entonces se sentaban con él y lo apretaban hasta que lo lograra. Con Francisco, tras grabar la base y como no había metrónomo, se enfocaban en el tempo. Hubo unos temas en los que el bajo no sonaba muy claro, sobre todo en las partes rápidas. Astudillo les dijo que podían dejarlo así, pero que también se podría cambiar. Esas cuatro canciones las terminó tocando el guitarrista en las cuatro cuerdas.

“Mis respetos y admiración a Arturo Astudillo. Si no tuviera la autoridad que él tenía, no se le hubiera podido dar ese toque de profesionalismo a la producción”, dice Jorge León al resaltar el papel que tuvo el icónico Flipper. Fue gracias a él que hubo una diferencia notable entre La muerte… un compromiso de todos y los otros álbumes de punk grabados en Colombia en esa época.

El título fue una burla a una campaña del gobierno que decía “La vida un compromiso de todos”. “Era también una crítica a seguir las reglas de la sociedad, desde la cuna hasta tu tumba tienen elegido tu camino”, explica Héctor.

La inversión fue de 810.500 pesos colombianos, y todo el disco se grabó en unas 40 horas. El álbum mostraba la variedad de sonidos en La Pestilencia con letras que buscaban concientizar a los oyentes. Sed de poder parecen gritos de black metal sobre la música de Sex Pistols. Cartoneros y Pestilencia son grindcore. En Destrucción y muerte es evidente el trabajo en estudio con el juego de guitarras en estéreo. Vive tu vida suena al punk español más clásico, sumándole ese “Déjate ya de servilismos”. Apatía es instrumental con gritos endemoniados al final. Olé es punk antitaurino. Fango es una adaptación de un tema de The 4-Skins que habla de “un ministro asesinado/ otros masacrados”. Si.cai.ros es un juego de palabras con los CAI sobre el atropello policial. Desmontemos esta farsa trata la elección popular de alcaldes.

El 1 de abril de 1989 salió el disco. Se hicieron 1.000 copias que se vendían a 1.900 pesos cada una y se dividieron entre las tiendas musicales de Bogotá, Cali y Medellín. Fue reseñado por fanzines especializados en punk de Estados Unidos y Europa gracias a los álbumes que Héctor envió a sus contactos. Uno de ellos compartía una bodega con Jello Biafra (cantante de Dead Kennedys), quien un día le escribió a Buitrago desde San Francisco pidiéndole una copia “de La Pestilencia del grupo La Muerte”. Una pequeña confusión.

El 26 de agosto de 1989, unos meses antes de que Pablo Escobar ordenara poner bombas en las oficinas de El Espectador, el DAS y el avión de Avianca, se hizo en el Polideportivo de Pereira el único concierto en el que los cuatro integrantes originales de La Pestilencia tocaron juntos después de la publicación del álbum. Según el contrato que todavía guarda Jorge León, la banda cobró 100.000 pesos y el empresario Carlos Uriel Murcia se encargó de pagar los pasajes y la estadía. Se presentaron con Inquisition y fue un éxito brutal. “Yo siempre llevaba unos cinco o seis pares de baquetas y me tocó regalarlas todas”, rememora Jorge León.

Héctor ya conocía a Andrea Echeverri y tenían un bar llamado Barbarie (que es el inicio de otra historia). Y les iba bien. Además, el radicalismo de la escena lo tenía agotado. El baterista se sentía igual, prefería enfocarse en el periodismo y encontró en Cristo un nuevo camino. Había una incertidumbre en el aire y la inseguridad en los conciertos no permitía que tocaran tranquilos. “De alguna forma andábamos con guardaespaldas”, comenta Jorge León. “Un amigo que era un mancancán, le decían ‘El marrano’. En los pogos cuando iban a cascarle a cualquiera de la banda, él nos defendía”. Cuando Dilson los llamó para una presentación en Armenia, ambos ya se habían bajado del bus.

La Pestilencia se trasladó a Medellín, allí Díaz encontró a un nuevo bajista y baterista. Francisco lo acompañó hasta 1994, después de lanzar Las nuevas aventuras de…, el segundo trabajo discográfico de la banda, pero como vivía en Bogotá, y La Derecha estaba empezando a hacer ruido, prefirió enfocarse en el grupo liderado por Mario Duarte.

Aunque han pasado tres décadas de su lanzamiento, La muerte es un disco cuyas letras siguen teniendo vigencia. “De alguna manera siento que el Estado se sigue burlando de nosotros, y lo hablo desde la perspectiva de sentarme a escribir una letra y tratar de que llegue a un pensamiento, que cambie y aporte”, explica Dilson. “¿Qué ha cambiado realmente? Los nombres de los formatos de violencia, los nombres de los tipos de injusticias. Es que todo sigue exactamente igual”.

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Colombia. 2018 - 2019. Bogotá está repleta de motos y, desde Monserrate, en la noche, se ven millones de casas y edificios alumbrando. Todavía no existe el metro. Quedan pocas busetas, pero los buses nuevos contaminan igual. El bigote es poco común. Hay todo tipo de rockeros, metaleros, punkeros, raperos, hardcoreros, reguetoneros y un montón de “eros”. Las pocas tiendas de discos que sobreviven en la era digital son frecuentadas únicamente por melómanos. El rock está muy lejos de ser el género que manda.

El país recibió hace más de un año al papa Francisco con todos los juguetes. Iván Duque es el presidente con la popularidad más baja al inicio de un Gobierno. Los escándalos de corrupción cobran vidas y los políticos o millonarios involucrados parecen ser intocables. Los estudiantes hacen 10 marchas en un semestre exigiendo más recursos para la educación pública. Cientos de líderes sociales asesinados. 30 años después, la muerte sigue siendo un compromiso de todos. Fango, fango, fango, fango.

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