De Sapo Muerto para el mundo

El Burro Mocho cumplió 85 años y sigue en la lucha, recordándonos —sin quererlo— que le debemos muchísimo

POR RICARDO DURÁN | 16 May de 2018

<p><b>SU AMADO REQUINTO.</b> En los 90 unos ladrones tuvieron la “decencia” de devolvérselo.</p>

SU AMADO REQUINTO. En los 90 unos ladrones tuvieron la “decencia” de devolvérselo.


“Son bromas del animal”, dice Noel Petro cuando explica que Sapo Muerto (el pueblo en el que supuestamente nació) es un lugar creado por su imaginación. El Burro Mocho realmente nació en Buenos Aires, corregimiento de San Pelayo, en el Departamento de Córdoba, y a los tres meses lo llevaron a vivir a Cereté. “Una vez dije en Venezuela que era de Buenos Aires, Córdoba, y en seguida dijeron que era argentino, ¡mieeerda, el lío! Entonces dije que era de Cereté”.

Esa es solo una de las tantas historias que cuenta el gran Noel Petro mientras recorre las oficinas y estudios de los medios para promocionar un nuevo sencillo titulado El hombre sin cachos. En el proceso lo ha acompañado su mánager, Liam Puche, un joven de Montería que se ha propuesto sacar adelante un proyecto que busca exaltar y preservar el legado de un artista que desde mediados del siglo pasado ha creado e interpretado canciones fundamentales para la cultura popular colombiana. Basta recordar temas como Cabeza de hacha, La papaya, Azucena, Playa de nudistas o Yo conozco a Claudia (parte de su legendaria historia con la cantante Claudia de Colombia), para tener una perspectiva del impacto que Noel Esteban Petro Henríquez ha tenido en varias generaciones de colombianos y colombianas que han bailado y cantado sus éxitos.

El personaje de El Burro Mocho surgió sin ninguna premeditación: “Yo vivo inventando cosas: ‘Mamá, estoy triunfando, mándeme pa’l pasaje’, ‘soy más mejor que La Burra Claudia’, en los espectáculos yo mismo pido otra…”. Habla de un barrio en el que “nacieron todos los burros” y allí le dieron ese apodo con el que se quedó para siempre.

Cuando Puche conoció a Noel Petro descubrió una gran historia que no se relaciona exclusivamente con él como artista, sino que describe gran parte de la evolución de nuestra industria musical y ese epicentro que fue Medellín en la época dorada de Discos Fuentes y Sonolux.

“Yo he tenido el placer de adentrarme en su familia, en su historia y su psiquis, y pienso que el mayor logro de El Burro Mocho es el hecho de salir adelante… [teniendo en cuenta] el lugar de donde viene y lo que ha alcanzado con mérito propio, con uñas y dientes, porque nadie se lo ha regalado”, dice el mánager. “Es un mérito de superación”.

En los años 50 Noel Petro se fue con una muda de ropa y con Alfonso Suárez, quien lo invitó a Medellín para que conociera a Edmundo Arias. Allí, en 1953, empezó a grabar, y su versión de Cabeza de hacha se convirtió en el primer gran éxito. A partir de ese punto —a pesar de su característico humor y de hacer música fiestera— todo ha sido trabajo duro y mucha disciplina. “A las cinco de la tarde yo estoy empijamado y cojo el requinto a hacer ejercicios, estudio cinco horas todos los días, me cuido muchísimo, no salgo a parrandas ni me trasnocho… un animal completamente distinto a lo que la gente se imagina”, aclara.

VIVIR TRIUNFANDO A pesar de los pesares, el maestro conserva un espíritu envidiable.
VIVIR TRIUNFANDO. A pesar de los pesares, el maestro conserva un espíritu envidiable.


Para él todo guitarrista debería practicar cinco horas diarias: “Si no lo haces, los dedos se te ponen tiesos”. Esa determinación ha guiado buena parte de su trabajo, en una labor inspirada por toda la música que oyó de niño. “El Burro es un animal moderno”, asegura. El rock & roll le llegó con Elvis Presley, encontró el requinto con Los Panchos, de México, pero quiso tener uno eléctrico porque había escuchado al guitarrista cubano Gilberto Urquiza, una leyenda del bolero que usó una guitarra eléctrica en muchas de sus interpretaciones. “Ese sonido me penetraba, me encantaba”. Hizo mil sacrificios (“yo he pasado más hambre que un ratón de ferretería”) hasta que logró que unos fabricantes de instrumentos en Medellín le construyeran su primer requinto eléctrico.

En los 90 hubo un atraco en su casa, se llevaron todo, y el maestro salió en los medios pidiendo a los ladrones que se quedaran con lo que quisieran, pero que devolvieran su instrumento. Los delincuentes —que seguramente habían oído mil veces sus canciones— se apiadaron y dejaron el requinto en la caseta de un vigilante para que El Burro lo recogiera. Hoy lo saca orgulloso de su estuche, luciendo una correa de AC/DC, y empieza a tocar mientras sonríe. “Antes tenía una de Megadeth”, dice el mánager en medio de risas.

El proyecto de Puche busca materializarse en un libro, un documental y un álbum en el que los grandes clásicos serán interpretados junto a artistas como Alfredo Gutiérrez, Pedrina y Rio, Adriana Lucía, Systema Solar, Martina La Peligrosa, Puerto Candelaria y El Freaky.

A los 85 años Noel Petro no piensa en el retiro y recuerda el disco de oro que recibió por Azucena como el momento más feliz de su carrera. “Me siento contento de volver a tomar un nuevo aire, porque hay un momento en el que —no en público— no creen en ti, se olvidan de ti y te echan a un lado… yo he llorado más de tres veces”, dice el maestro, cuya humildad le permite abrir su corazón con la confianza de una conciencia tranquila. El Burro Mocho ha pasado por todas, viviendo la gloria y el olvido, proyectando siempre una alegría auténtica, que no busca disimular los golpes de la vida. “Me preocupo mucho por ser mejor todos los días, por salir adelante, porque las humillaciones que ocurren en estas cosas… no son nada sabroso”, confiesa. “En cambio, un plato de mondongo, ¿qué problema tiene?”.

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