Denis Lavant, una vida poética

Uno de los actores franceses más importantes (Holy Motors, Tuvalú) conversó en el FICCI 57 sobre su oficio y su ética

POR RODRIGO TORRIJOS | 18 Apr de 2017

<p><b>SERGIO I RODRÍGUEZ/ARCHIVO LABORATORIOS BLACK VELVET FICCI57</b></p>

SERGIO I RODRÍGUEZ/ARCHIVO LABORATORIOS BLACK VELVET FICCI57


‘Cuando me convertí en actor nunca lo pensé”, aclara Lavant refiriéndose al agotador juego de las entrevistas. “Mi objetivo era actuar y ser aceptado en el mundo de los actores. Me parecía improbable estar entre esos semidioses que yo veía entrar en escena. Me fasciné por el teatro, una vida de ficción, una vida poética. Todo esto de hablar de mí mismo, de mi profesión, lo confronté y me desestabilizó cuando comencé a hacer cine”.

Encontró el cine por casualidad. Lo suyo eran el circo y las tablas. Léos Carax lo vio cuando calentaba caminando sobre las manos para interpretar a un personaje menor. “En ese primer film hicimos entrevistas y eso intimida. Luego se domina y se encuentra gusto. Hablar de mi profesión, de la ética en relación con la actuación. No es algo que disfrute, hace parte del ‘servicio al cliente’”.

Rumbo al celuloide hubo una transición. Desde el fondo del cuadro Lavant supo darse volumen. “Siendo extra adquirí una autonomía de trabajo casi inimaginable. El hecho de no tener que hacer preguntas, de saber lo que debo hacer, justificar mi presencia. Es una manifestación física, algo que pasa por el cuerpo y también por la imaginación. Es convertirse en algo que vive, es el hecho de no aburrirse. Divertirse incluso si no hay movimiento, si no tiene nada para decir, de todas maneras hay que alimentarlo”.

Consciente de su papel al servicio del arte, del placer de la escena y del juego en ese lugar peligroso, Lavant expone los fundamentos de su ética actoral: “Mi ética es algo vago, se concibe de forma instintiva, son valores morales o espirituales, sobre la dignidad del ejercicio del arte, de tener la suerte de establecer una relación con la vida y vivirla, evitando hacer trampa”, asegura Lavant. “Volverse adicto a hacerse notar, al dinero, al poder… desconfío de esas adicciones y relaciones perversas con la sociedad y la vida. Eso sería primordial en mi ética de trabajo. Es importante una ética de dignidad en relación con su profesión y su función en la sociedad. Para eso hay que estar siempre despierto, no aceptar cualquier cosa, buscar siempre un valor artístico. Yo podría actuar gratis, no es por dinero”.

Para Lavant la ética está íntimamente ligada a los objetivos de la creación. “Critico las deformaciones de la sociedad, deformaciones del poder, ese interés de individuos que ya teniendo medios quieren amasar bienes, esa voracidad en relación con el dinero y de ejercer poder sobre otros… es algo de lo que desconfío, pero hace parte de este mundo. Si hago algo que me da júbilo, eso quiere decir que estoy en buen camino. Pienso que el engaño es el dinero. Entre más tenemos, más necesitamos. Mi valor es continuar en algo espiritual, una espiritualidad poética. A partir de esta actitud la gente viene a verme, tiene ganas de trabajar conmigo, la mayoría de las veces tienen también esta relación con el mundo, si no es así, no participo. Mi vida se construye a partir de esa elección, es lo que me hace viajar, es la razón por la que estoy aquí”.

Pero cuando se está ante un grande surge la pregunta. ¿Cuál es su debilidad? Lavant sonríe, se toma un momento. “Mi punto débil es el hecho de ser permeable, influenciable, sensible a la mirada de la gente, a la bondad, a la maldad, a la desconfianza, incluso cuando no actúo, poner eso en práctica frente a un realizador que va a decirme esto o lo otro. ‘Actúa esto para mí’. Ser influenciado, esculpido emocional y físicamente por la mirada de un director o ser extremadamente sensible a un texto. La vida de todos los días es ser vulnerable a la menor mirada en la calle, estar a merced de la gente, como si no tuviera protección, una especie de molusco maleable… eso me da una gran vulnerabilidad, pero también capacidad para imaginar, proyectar un escenario catastrófico, un poco cruel, imaginar lo peor. Me pone en la vida real con una tendencia a asustarme de mí mismo, con ésta capacidad para crear lo trágico, considerar lo peor. No me deja estar seguro, por eso me disfrazo, me transformo. La actuación me da una personalidad para enfrentar el mundo”.

RELACIONADOS

Denis Lavant, una vida poética
Vér

Deja tu opinión sobre el articulo: