El arriesgado negocio de Jared Leto

¿Cómo logró un muchachito drogado y salvaje convertirse en estrella del rock, del cine y en un muy exitoso inversionista en tecnología? Las victorias de un líder muy particular

POR BRIAN HIATT | 26 Dec de 2017

<p>Leto en Los Ángeles, 6 de julio de 2016. Fotografía por Theo Wenner</p>

Leto en Los Ángeles, 6 de julio de 2016. Fotografía por Theo Wenner


​Jared Leto lleva un sombrero de paja ridículo esta mañana, una cosa gigante que no parece haberle costado siete dólares en una tienda de esquina. ¿Y por qué no? Ha llegado así de lejos por andar haciendo cosas locas durante toda su vida: su actuación, su música, sus inversiones en tecnología, sin mencionar su carácter enigmático, intelectual y el hecho de ser muy, muy atractivo. “Yo no chapoteo”, dice. “Me sumerjo al mil por ciento”. Así que si necesita protección del sol para una caminata, por supuesto que lo hace en grande. De cualquier modo, Leto recientemente cumplió 44 años. “No me siento viejo”, dice, y parece quizás de 29, así es que el cuidado de su piel no debería cuestionarse.

Son las 11:15 a.m. de un jueves de junio y Leto ya hizo algunas grabaciones para el quinto álbum de su banda, Thirty Seconds to Mars, que tocaba rock grandilocuente antes de alcanzar grandes coliseos, con Leto como líder bajo el principio operativo de que el problema de Bono es su excesiva timidez. Leto parquea su modesto vehículo —una camioneta Yukon GMC que tiene desde 1996— en una polvorienta carretera de Malibú, listo para una caminata por uno de sus caminos favoritos, en un montañoso parque estatal de 8 mil acres en donde todo parece familiar. Con el entusiasmo de un guía turístico, Leto señala lugares que aparecen en El planeta de los simios y M*A*S*H.

Debajo de la camisa sin abotonar, lleva una camiseta de NEPAL I LOVE YOU que tiene en varios colores —la recuperación de la nación tras el terremoto es una de sus causas, aunque nunca ha tenido la oportunidad de ir allí (sí hizo una visita humanitaria a Haití, donde también estuvo cuando era niño)—. Tiene pantalones de senderismo, zapatos verdes para caminatas con cordones amarillos y uno de los muchos pares de medias con rayas que él y su hermano y compañero de banda, Shannon, intercambian para Navidad cada año. Lleva consigo un morral azul que contiene, entre otras cosas, mezclas de frutos secos y termos de agua. Durante el transcurso de una intensa caminata de tres horas y media, Leto, un vegano de mucho tiempo, pica un poquito de la mezcla (“Soy un vegano tramposo. No como carne nunca. Pero si la mamá de alguien hizo galletas, probablemente les daría un mordisco, o si estoy en Alaska y hay salmón fuera del río, tal vez comería”). No toma del agua que trajo, asumiendo (acertadamente) que yo no sería lo suficientemente inteligente para traer. “Generalmente no traigo agua”, dice. “Soy como una lagartija”.

Probablemente no sea un reptil, pero definitivamente hay en él algo extraño, casi inquietante, y no es solo el peculiar brillo de sus ojos verdes y azules, ocultos bajo gafas de aviador. Es cálido y amable, sin el distanciamiento que suele llegar tras años de fama. Pero también parece curiosamente autoperfeccionado, como si se hubiese redimido en la Iglesia de la Letología, más elegante que cualquier Homo sapiens, moviéndose con suave como una serpiente. Recientemente se hizo una prueba genética con resultados reveladores: “Tengo mucho de Nehardental”, dice. “Quizás por eso soy tan bueno escalando”. Hay una escena de Artifact, su interesante documental de 2012 sobre la valiente disputa de su banda contra su disquera, EMI, en la que bromea lamentando las imperfecciones musicales de los “humanos”.

El cielo está limpio y ocasionalmente aparece un águila. En el camino adelante, una serpiente pasa deslizándose. La caminata empieza a ponerse interesante mientras enfrentamos una pared rocosa sobre un arroyo, en donde nadan jóvenes universitarios. Desde aquí cada movimiento es arriesgado, y Leto lo hace con facilidad y velocidad, todo el tiempo guiándome en un montón de movimientos específicos.

“Quédate muy cerca de mí”, dice. “Solo pon tus manos y pies donde yo lo haya hecho. Y quédate súper relajado. No te agarres de más. Solo confía realmente en tus pies. ¡Muy bien! ¡Estás vivo!”. Esa guía, que se da durante horas, requiere paciencia y concentración extraordinaria, pero lo disfruta, y lleva constantemente a personas nuevas por este camino —hay fotos de paparazzi, por ejemplo, del actor recorriéndolo con dos mujeres jóvenes—. De todos modos, este tipo de escalada no es nada para él (El Capitán, con más de 900 metros, en Yosemite, va más con él).

Leto disfruta de las metáforas sobre escalar, así que quizás no sea exagerado anotar que su carrera en el espectáculo ha sido tan difícil como los terrenos que le gusta recorrer. Hace una década se aproximaba a la mitad de sus 30 siendo un actor respetado pero difícilmente taquillero con una trayectoria incierta, y una incipiente carrera musical —potenciada por el delineador— que la mayoría de adultos consideraba, cuando mucho, un asunto de vanidad. “Había muchas personas que no entendían”, dice Leto. “Había gente que pensaba que estaba loco. Hubo películas que no hice porque tenía pequeñas giras, y la gente se enloquecía con eso. Algunas de esas terminaron siendo las películas más grandes que se hayan hecho”.

Ahora, gracias al arduo y constante progreso su banda, un Oscar en 2014 por su valiente interpretación de una mujer transgénero con sida en El club de los desahuciados y su rol principal como el Guasón en el potencial éxito de taquilla El escuadrón suicida, es tanto una estrella de rock como un actor de primera, logros que nadie en su generación ha estado cerca de alcanzar. “Más de un actor ganador del Oscar ha entrado en mi oficina y ha dicho: ‘Puedo ser un rockero famoso, ¡ayúdame!’. Él es el único que lo ha logrado”, dice el mánager musical de Leto, Irving Azoff.

Thirty Seconds to Mars, la banda de Leto, rompió un récord mundial de shows en su gira 2010-2011.
Thirty Seconds to Mars, la banda de Leto, rompió un récord mundial de shows en su gira 2010-2011.

Hay que resaltar que la carrera de Leto apenas está despegando de verdad, luego de empezar en 1994 —antes de que muchos fans de su banda nacieran— con su memorable papel en My So-Called Life como Jordan Catalano, un estudiante torpe y seductor. Su nuevo estatus llega después de un receso de seis años en la actuación —entre 2006 y 2012— para enfocarse en su carrera musical. “No está atado a nada”, dice su compañero en El club de los desahuciados Matthew McConaughey. “Está en su propio viaje. Si tiene claro su próximo movimiento, sabe disimularlo muy bien, pero al mismo tiempo está muy consciente de lo que hace”.

Trotando por un sendero, Leto hace una pausa, encuentra un asidero y empieza un ascenso como gato por el lado vertical de una montaña. La ruta parece imposible, descabellada, pero ha sido tan confiable que me encojo de hombros y empiezo a seguirlo. Después de un momento, se ríe, se baja y enfila por un camino razonable. “Solo estoy jodiendo”, dice aún riendo. “¡Estás loco! ¿Por qué no dijiste nada?”. Es muy divertido, sin duda. También muestra parte de la naturaleza que le permitió convertirse en el Guasón, y no está lejos de algunas letras de Thirty Seconds to Mars como: “I’ll wrap my hands around your neck so tight with love [Agarraré tu cuello muy fuerte y con amor]” y “I punish you with pleasure / I pleasure you with pain [Te castigo con placer / Te doy placer con dolor]”.

Nunca dejó de ser el Guasón durante la fimación de la Escuadrón Suicida.
Nunca dejó de ser el Guasón durante la fimación de la Escuadrón Suicida.

“¿Practicabas deportes en el bachillerato?”, pregunta Leto. Él no lo hacía. “Estaba ocupado drogándome”, dice. “Que era como una especie de deporte”. En estos días, dice, es “esencialmente” straight-edge y además no toma. “Hay muchas formas de cambiar tu estado mental o salirte de ti mismo”, dice.

Pronto estamos a 100 metros por encima del arroyo, moviéndonos entre largos y mortales vacíos. “Si te caes, te rompes la cabeza”, dice Leto, anotando que un guía profesional “probablemente” usaría una cuerda. Solía asumir que moriría joven, aunque ya no tanto. “Es un pensamiento bastante común, especialmente para cualquier narcisista maniático”, dice sonriendo. “Y si vives la vida con algo de riesgo, o has visto a gente morir joven, es más fácil entender que es una posibilidad”.

Tras alcanzar un punto seguro, hacemos una pausa y Leto observa las cimas de las montañas y el cielo. “¿No es una locura?”, dice apoyándose contra unas piedras. “Cualquier día en que tengo al menos algún momento en la naturaleza me siento mejor”.

Hijo de una hippie con inclinaciones artísticas y un padre ausente, Leto siempre ha necesitado algo de peligro: fue arrestado algunas veces, le encantan las escaladas difíciles, y Thirty Seconds to Mars tocó tantos shows en su gira de 2011 que apareció en el Libro Guinness. “Cuando te comprometes con algo aparentemente imposible”, dice refiriéndose a los ascensos metafóricos y literales, “y enfrentas cosas que parecen hostiles, sientes: ‘Oh, guau, lo hicimos’. Es una gran sensación. Y un poquito de dolor no cae tan mal”.

Hacia el final de nuestro viaje atravesamos una zanja con una inclinación de casi 90 grados. Leto la enfrenta primero, con los brazos abiertos como una araña, mientras me anima a agarrarme de una cadena que alguien dejó allí. “Esa era una cadena como de jardín de Home Depot”, me dice 24 horas después. “No era necesariamente algo en lo que quieras depositar tu vida”. Es, tal vez, un poco tarde para decir eso. Se ríe y pregunta: “¿Pero te divertiste?”.

Lo hice, aunque es difícil en este momento no pensar en una línea Angela Chase/Claire Danes de My So-Called Life, a pesar de que sea un recuerdo distante para Leto: “¿Por qué eres así?”.

Sin embargo, podría ser peor. “Si el Guasón diera esta entrevista”, dice Leto de la nada, “definitivamente te castraría y te haría comer tus testículos. Solo por diversión. Y eso si le caes bien”. Leto se divirtió mucho interpretando al Guasón, mucho más de lo que se divierte usualmente, aunque se hirió seriamente en el set, lastimándose el hombro mientras colgaba de un helicóptero. Tuvo su transformación física habitual, pero esta vez fue algo muy rutinario en Hollywood. Se puso metal en los dientes y levantó pesas para ganar músculos, en vez de los supremamente peligrosos juegos que ha llevado a cabo en el pasado, matándose de hambre hasta un estado casi esquelético para El club de los desahuciados y ganando 27 peligrosos kilos de grasa para interpretar al delirante asesino de John Lennon en la desafortunada Chapter 27 de 2007. “Antes sentía que debía sufrir para obtener algo valioso”, dice. “Y eso es ridículo”.

Leto hizo 12 semanas de actuación formal, a través de un programa al que se apuntó y casi no asistió. Esa es toda su educación actoral formal. Pero compensa eso con su versión extrema del método de actuación, que combina preparación intensa con una inmersión en el personaje a todas horas mientras filma la película.

Hace años su búsqueda por la verosimilitud pudo haberlo llevado a situaciones aterradoras. Pasó semanas viviendo en las calles de Nueva York con un grupo de adictos preparándose para su papel de un tipo que se mete tanta heroína que los doctores le cortan un brazo en la pesadilla narcótica de Darren Aronofsky, Requiem por un sueño, de 2001. Leto no se inyectó heroína durante su tiempo en las calles pero “ellos se metían droga y yo me inyectaba agua”, dice. “La gente estaría incómoda si se inyectan y tú no. No compartía agujas. Inyectarte cualquier cosa es algo intenso. Eso fue hace mucho. No lo haría de nuevo”.

Después de su receso de Hollywood, la mayoría de los guiones dejaron de llegar, pero Leto resultó leyendo el guion de El club de los desahuciados y quedó fascinado por Rayon, el personaje obsesionado con el glam rock, a quien veía como una mujer transgénero en vez del hombre transexual que sugería el guion. Tuvo su primer contacto con el director Jean-Marc Vallée a través de una llamada de Skype, y ya estaba en la piel de Rayon, a pesar de que no le habían dado el papel todavía. “Estaba vestido como una mujer”, dice Vallée, “y me estaba coqueteando. Y lo hizo durante 25 minutos”.

Vallée y McConaughey nunca estuvieron con Leto en el set, solo con Rayon. “Trató de robarme cosas”, dice McConaughey. “Literalmente: mi navaja de bolsillo, encendedores, etc.”. Para Vallée, tratar de dirigir a alguien que no reconoce del todo que está actuando fue desconcertante. “Me sacó de mi zona de confort”, dice, y recuerda que no estaba ni siquiera seguro qué pronombres eran apropiados de usar con Leto en el set. “No sabía cómo referirme a él o ella porque era toda una dama. Era una chica, y ¡era sexy!”. En un punto, recuerda Vallé, McConaughey —quien también estaba haciendo un poco de método actoral en un personaje homofóbico dispuesto a aprender— vio a Leto paseándose por el set y le dijo: “¡No sé si comerte o patearte el culo!”. El día que la película terminó, Leto compartió un solo momento por fuera del personaje con McConaughey, pero no dejó que Vallée conociera a Jared hasta meses después.

Fue la actuación de Leto en El club de los desahuciados —junto con su carrera musical y en general su loca reputación— lo que ayudó a que el director de El escuadrón suicida David Ayer (Día de entrenamiento) pensara en él como el Guasón. “Creo que necesitas algo de locura en algo así”, dice Ayer. “Y su personalidad espectacular, saber cómo controlar una multitud, parecía una habilidad interesante para el Guasón”.

La última persona que interpretó al Guasón, por supuesto, fue un asombroso y aterrador Heath Ledger en El caballero de la noche de Christopher Nolan que creció a niveles legendarios cuando sufrió una sobredosis letal con pastillas tras completar la película, ganando luego un Oscar póstumo en la categoría Mejor Actor de Reparto, el mismo premio que se llevó Leto a casa cinco años después. “Heath hizo una actuación impecable como el Guasón”, dice Leto. “Es una de las mejores interpretaciones en el cine. Había conocido antes a Heath. No lo conocía mucho, pero era una persona hermosa”.

Leto tuvo sus momentos de duda sobre reclamar el legado de Ledger, pero le animó el hecho de que el personaje ya había existido en varias interpretaciones antes que él, desde los cómics originales hasta César Romero y Jack Nicholson a las voces para caricaturas de Mark Hamill. “Pensé que solo había sido representado por Heath y que nunca había sido un cómic, que nunca hubo innumerables versiones, tal vez pensé que sería inapropiado. Pero pensé que dada la historia, estaba bien. Lo bueno de que otras personas lo hayan hecho es que sabes en qué dirección no ir”.

Como era de esperarse, el proceso de Leto se enrareció rápidamente. Empezó a ver videos de asesinatos reales en YouTube, hasta que tuvo que parar. “El Guasón es alguien que está increíblemente cómodo con la violencia”, dice Leto. “Estaba viendo violencia real, consumiendo eso. Hay muchas cosas que puedes aprender de las personas en acción. No todo acto de violencia se comete en medio del frenesí. Recuerdo haber visto eso. La gente calmada. Habían tomado la decisión de salir y hacer algo, y no es un arrebato”. Sus ojos se vuelven un poco fríos. “Es metódico y a veces incluso hipnótico y deliberado”.

En el set se referían a él solo como el Guasón o Sonriente o, como lo llamaba Ayer, “Mr. J”. Leto llevó a cabo una serie de bromas infames; le mandó una rata viva al tráiler de su compañera Margot Robbie; envió balas y lo que Leto describe como “condones usados” a los otros actores.

“Mira, no eran condones usados”, dice Ayer. “Seamos sinceros. Estaban por fuera de sus empaques, pero no habían sido usados. Y, por supuesto, yo estaba mortificado: ‘Jared, guarda eso, sal de aquí, ¿qué estás haciendo?’”.

El Guasón era popular en el set de El escuadrón suicida, al borde del acoso y todo el mundo aplaudía de verdad cuando aparecía. Leto improvisaba constantemente. Se llevó particularmente bien con el rapero y actor Common, quien tiene un pequeño rol como secuaz en la película. “No tenía miedo de estar frente a mí, como si fuera a besarme”, dice Common. “Podías sentir el peligro, podías sentir la sexualidad, la locura, pero de todos modos había algo tranquilo en él”.

Si voy a tener un pasado, prefiero que sea de opción múltiple”. Ese es el Guasón hablando en un diálogo famoso entre los nerds de los cómics, pero no es difícil imaginar a Leto diciéndolo sobre su propia vida. Desde sus primeras entrevistas, ha sido vago y engañoso sobre los detalles de su infancia. “He mentido tanto al respecto que ya no sé cuál es la verdad”, asegura. “Recuerdo a River Phoenix diciendo en una entrevista que trataba de mentir tanto como fuera posible, y asumí ese enfoque desde entonces”. Como relató en su discurso de aceptación del Oscar, su madre, Constance, los tuvo a él y a Shannon en la adolescencia en Bossier City, Luisiana. Allí vivieron una existencia extravagante, bohemia y a veces marcada por la pobreza; entre comunas, e incluso en Haití, donde Constance estuvo de voluntaria (durante algunos años hubo un periodo más estable en el que ella se casó con un dentista que, se dice, adoptó a Jared y Shannon, dándoles su apellido. Pero la pareja se divorció y Jared nunca habla de esa época).

Los amigos de Constance eran artistas de varias estirpes —pintores, escultores, artistas de performance—, y desde pequeños Jared y Shannon se sintieron estimulados a crear. “No había límites”, dice Shannon. “Ni barreras. Tenemos una grabación en la que yo golpeo unas ollas y Jared le pega a una guitarra mientras grita, como a los cinco años”. Leto aprendió piano en un instrumento que recogió en la carretera y al que le faltaban “más o menos la mitad de las teclas”.

Cuando niño Jared no tenía ambiciones de estrellato —las únicas ocupaciones que se imaginaba eran artista o vendedor de drogas—. “Los dos tenían riesgos y recompensas”, dice Jared con una sonrisita torcida. “Ni siquiera conocía la palabra ‘celebridad’. No tenía afiches de la gente que me gustaba en la pared. Por ejemplo, oí unas 16.413 veces Led Zeppelin II. Ni siquiera sabía cómo eran esos tipos. Pensaba que los músicos y actores y esta clase de gente eran mágicos. Era como la realeza: o nacías con eso o pasaba por un golpe de suerte o genialidad”.

En sus años de adolescencia, Leto se metía en muchos problemas. “¿Mi experiencia con las drogas?”, dice. “Las probé, muchísimas. Algunas eran muy divertidas. Hay algunas pocas que te vuelven mierda. Creo que en algún punto hay que tomar una decisión. ¿Va a ser esta mi vida? Yo tomé la decisión de perseguir otros sueños. Creo que eso es lo jodido de muchas drogas: el costo de oportunidad es demasiado alto. Algunas drogas son increíbles, pero el riesgo comparado con la recompensa no tiene proporción. Vi demasiados ejemplos de lo que no hay que hacer”.

Con su hermano Shannon y su madre Constance cuando ganó el Oscar como Actor de Reparto en 2014.

También hubo algunos robos pequeños, y tal vez cosas peores; dice que fue arrestado varias veces y da pistas de un incidente “que involucró una pistola y algo de cocaína”. Nunca lo cogieron robando, al menos. “Siempre fui muy rápido”, dice. “Creo que había unos policías encubiertos en una tienda y salieron corriendo detrás de nosotros. Mi amigo se quedó sin aliento y empezó a andar más lento. Lo agarraron, lo tiraron al suelo y yo seguí corriendo. Hay pocas sensaciones mejores que huir de la policía y escapar”.

Leto se retiró de su secundaria de Washtington D.C. en décimo grado, pero reconsideró su decisión y volvió. Desde allí fue transferido a varias escuelas de arte. Terminó en la Escuela de Artes Visuales de Manhattan, donde estudió pintura y fotografía. “Tenía miles de negativos que yo mismo procesé”, dice. “Entraba al cuarto oscuro y salía como ocho horas después: ¿A dónde se fue el día? Me encantaba el cuarto oscuro”. Su colección de negativos se perdió o fue robada: “Si alguien por ahí las tiene, por favor llámeme”. La fotografía y sus visitas frecuentes a los teatros de cine arte hicieron que pensara en una carrera como director, así que dejó la universidad después del primer año y se fue a Los Ángeles con la vaga idea de que podía conseguir un trabajo como actor que lo llevaría a ser director.

En cambio, fue casi inmediatamente contratado en My So-Called Life de ABC. El programa, que rivalizó con Freaks and Geeks como la mejor serie sobre secundarias gringas, duró una sola temporada en 1994, pero tuvo infinitas repeticiones en MTV dos años después. A Leto todavía le cuesta dimensionar el impacto en su imagen y su carrera porque solo pasó unos pocos meses grabándola. “Siento que fue una etapa muy corta de mi vida”, dice. “Digamos la verdad, ¡casi ni hablaba! Siento mucha gratitud por haber empezado ahí, pero se tomaron demasiado en serio el personaje. Creo que, para algunas personas, tal vez las chicas y especialmente las mujeres de esa época, era un reflejo de algo en sus vidas. No lo sé. Tuvo un impacto en la gente, pero siempre hay un desequilibrio con lo que la experiencia significó en mi propia vida”.

Leto fue casi cosificado en el show. En una jugada progresista, interpretó esa clase de objeto del deseo que suele estar reservado para las mujeres. “Oh sí”, dice. “Ya era hora. Me alegra haberlo hecho”.

My So-Called Life convirtió a Leto en material para Hollywood, y él escogió cuidadosamente su primer papel protagónico: Prefontaine de 1997, una biografía del desafortunado corredor universitario Steve Prefontaine, que fue un fracaso aunque Leto actúa mucho mejor ahí de lo que la película merece. “Eso es lo malo de las películas”, dice. “Te rompen el corazón”.

En todo ese tiempo, Jared —que había debutado públicamente en la música como parte de la banda ficticia Frozen Embryo en My So-Called Life— estaba escribiendo canciones. Invitó a Shannon, que acababa de atravesar su propia fase problemática, a mudarse a Los Ángeles, empezaron a hacer música juntos y firmaron un contrato discográfico en 1998. “Queríamos música que hablara por sí misma”, dice Shannon. “Empezamos escogiendo diferentes nombres para la banda —Life on Mars fue uno de los primeros— porque Jared no quería ser reconocido como: ‘Ah, Jared Leto con su banda’. Metíamos todo en nuestros carros e íbamos a tocar en bodegas de pizzerías”.

Hoy en día, thirty Seconds to Mars encabeza festivales en otros continentes y grandes teatros en EE. UU., pero las primeras reacciones fueron de escepticismo, por decir lo menos. “Jared Leto tiene una banda”, escribió el tabloide punk-rock Buddyhead en 2002, por la época en que la banda finalmente estrenó su debut. “Sí, lo sabemos, y ¿quién no tiene una banda? Se llama Thirty Seconds to Mars porque Frozen Embryos se separó. Aunque ninguno de nosotros ha oído sus canciones sabemos que comen mierda”.

Leto recientemente compró, como haría cualquiera, una antigua base aérea secreta en Los Ángeles que pronto será su hogar. Es una de las propiedades más especiales de toda la ciudad: una estructura blanca de concreto con un profundo subterráneo, lo suficientemente grande para albergar 250 empleados, de los cuales varios trabajaban en grabaciones secretas de pruebas atómicas en su amplio edificio de más de 15.000 metros cuadrados cuando estaba operando. Un dueño anterior lo medio convirtió en una especie de casa, agregándole una piscina atrás y otros detalles. “Es como la mansión de un tipo pobre”, dice Leto. “Es poco convencional, pero creo que cuando la termine va a ser muy acogedora. Bueno, no va a ser como la casa de la abuela, pero será un lugar divertido para vivir, como un jardín de juegos enorme”.

Las instalaciones dan mareo, son demenciales y parecen interminables. Literalmente es 100 veces mi apartamento. Subiendo las escaleras hay una torre de control con una vista espectacular; abajo hay sótanos extraños debajo de extraños subsótanos, que llegan tan adentro de la tierra que hace frío.

En algún lugar hay un gimnasio donde Leto entrenó para el Guasón; en la pared hay fotos enmarcadas de famosos momentos del personaje en el cómic, además de fotos de Bruce Lee y Arnold Schwarzenegger. Cerca, hay una guillotina real “para la gente que se porta mal”.

Hay un estudio de grabación, varias salas de proyección, un espacio de oficina decorado con un enorme logo de Napster que estaba en las oficinas originales de la compañía. Hay bóvedas reales con avisos de Top Secret. “Hay toda clase de rumores sobre este lugar”, dice Leto, señalando un lugar inexpresivamente. “Ahí es donde grabaron la toma del alunizaje”. Por ahí hay un triciclo infantil y una silla de madera cubierta con lo que parece ser sangre. Insiste que las cosas estaban ahí cuando compró el lugar.

El año pasado ofreció una fiesta de Halloween allá (disfrazado del Papa), usó una sala de proyección para mostrar videos aterradores. “Había un corredor embrujado y daba a una habitación de sadomasoquismo justo aquí”, dice. “Fue interesante que toda la gente que hizo fila para que los nalguearan eran mis amigos que trabajan en tecnología”.

Nos sentamos y hablamos en una enorme habitación soleada con tubos expuestos en la pared, donde hay algunos sillones de cojines grises, sillas de mimbre y una simple mesa de madera, contrastando con un mar vacío de baldosas grises y blancas. Nuestras voces hacen eco.

Reunir la plata para la casa y las interminables renovaciones que vendrán seguramente no fue difícil para Leto. Además de sus ganancias en el espectáculo, se ha convertido en un hábil y muy solicitado inversionista en tecnología, apostando desde el comienzo en la compañía de casas inteligentes Nest, antes de ser comprada por Google por USD3200 millones. También tiene acciones de Reddit, Uber, AirBnB y Slack, entre otras, y ha creado varias compañías propias, incluyendo la web Vyrt. Admite que “eventualmente” estas inversiones podrían ser más lucrativas que sus ingresos por la música y las películas combinados. Leto lo pinta apenas como otra pasión personal que resultó dando resultado. “En la tecnología hay un desenfrenado optimismo de lo que somos capaces de hacer”, dice. “Me gusta cuando me encuentro con eso; soy muy curioso y me gusta interactuar con gente brillante, eso me inspira”.

Leto bromea diciendo que su frenética mezcla de actividades está “diseñada para distraer a la gente, así nadie pregunta por mis 10 años de matrimonio y los dos hijos que tengo en Arizona”. Aunque es fácil asumir que Leto tiene una vida social nivel DiCaprio, han pasado años desde que insinuó una relación en público: se supo que salió con Cameron Díaz y Scarlet Johansson. “Incluso si estuviera en una relación o si posiblemente tuviera hijos, no sé si compartiría esa información públicamente”, dice, y después agrega: “¿Sabes qué he aprendido de las mujeres? No sé nada de ellas”. No hay verdades, sugiere, que apliquen a todas las mujeres como grupo. “Al ir envejeciendo veo que son solo personas. Solo veo personas”. No ha decidido si se va a casar. “Es simplemente como son las cosas”, dice. “No creo que haya tomado una decisión definitiva”. Pero entonces, anota, tal vez tenga algún hijo por ahí. “Uno nunca sabe”, dice. “Alguien podría aparecer en un show y darme una visita sorpresa. ¿Papá? En cierto sentido, eso sería putamente hermoso”. Parece casi melancólico mientras medita la teórica visita de un hijo sorpresa. “¡Sería una sorpresa increíble!”.

Leto no piensa demasiado en su legado o en la muerte, aunque siente curiosidad por el más allá. “Es emocionante imaginar cuál es el siguiente paso”, dice, con más brillo en los ojos de lo normal. “No creo que haya conciencia allá. No como entendemos la conciencia. Habría una reconexión con el universo. Pero todo esto podría ser un gran juego también. Quién sabe si esto es siquiera real como percibimos lo real”. Le impresionaron los comentarios recientes del fundador de Tesla, Elon Musk, diciendo que probablemente vivimos en una simulación estilo Matrix. Desde hace tiempo ha tenido la misma creencia. “Ciertamente es posible”, dice Leto, señalando avances en la realidad virtual. Y como le están saliendo las cosas, ¿quién puede culpar a Jared Leto por ver la vida como una especie de videojuego que está a punto de dominar? En algún punto le pregunto si la gente lo ha subestimado. “Para riesgo de ellos mismos”, dice con seriedad completa. Después se ríe. “Solo estoy jodiendo. ¡Es un chiste! Asegúrate de poner: ‘Se ríe’. Pon un punto final ahí”.

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