El asedio de Raqqa

En los frentes de batalla de la guerra secreta entre EE. UU. y el Estado Islámico

POR SETH HARP | 15 Nov de 2017

<p>PODER ESTADOUNIDENSE Un marine desplegado en el norte. Siria, marzo de 2017.</p>

PODER ESTADOUNIDENSE Un marine desplegado en el norte. Siria, marzo de 2017.


Una hora antes del amanecer se puede ver la Vía Láctea desde una azotea en Raqqa. La asediada capital del Estado Islámico en Siria, alguna vez hogar de cientos de miles de personas, ha sido bombardeada hasta quedar a oscuras, pero desde el centro de la ciudad se puede oír la recitación del llamado a la oración, algo similar a un trance. Un destello repentino de luz roja ilumina el horizonte y un estruendo parecido a trueno distante sacude los tejados. Tan pronto pasa, continúa la lectura de las escrituras, hasta que es silenciada nuevamente por el destello y el ruido de una bomba estadounidense. Desde 2013, cuando los combatientes del EI asumieron el control de la ciudad, Raqqa se ha convertido en el lugar más violento del mundo. Una zona salvaje donde castigos medievales como la decapitación y la crucifixión son impuestos en las calles y donde enfermedades como el polio y la fiebre negra se propagan sin dificultad. Según una publicación reciente en Internet, hecha por el último grupo de ciudadanos-periodistas, “cientos de civiles han caído muertos y heridos durante las últimas semanas y se ha presentado una destrucción masiva de la infraestructura, las áreas residenciales y los servicios públicos básicos de la ciudad”. Naciones Unidas ha dicho que “no hay ningún lugar peor en el planeta”.

A comienzos de este año, el tempo de los ataques aéreos alcanzó un accelerando devastador como preludio a una invasión terrestre respaldada por EE. UU. El 6 de junio las Fuerzas Democráticas Sirias (FDS), una coalición conformada principalmente por milicias kurdas, apoyadas por fuerzas aéreas estadounidenses, atacaron desde el este y el oeste y lograron un rápido avance durante 10 días, en el que ocuparon una vieja base militar antiguo fuertela mayor parte de los suburbios y mercados de las zonas industriales. Pero el hora ana, co se vio mermado una vez llegaron al agreste terreno urbano. El EI ha tenido años para preparar una red de trincheras y túneles en Raqqa y está dispuesto a aguantar tanto como pueda, tal como ocurrió en Mosul, en el vecino Irak, donde las fuerzas iraquíes, apoyadas por EE. UU., lucharon durante ocho meses antes de declarar la victoria.

Para los cerca de 4 mil combatientes del EI agrupados en Raqqa —muchos de ellos extranjeros voluntarios— no hay salida. El río Éufrates limita con Raqqa al sur y todos los puentes han sido destruidos. Las FDS controlan el campo hacia al norte y ahora están divididas en dos fuerzas que tratan de acorralar al EI en el centro de Raqqa para liquidarlo. “Cualquier combatiente extranjero que se encuentre aquí va a morir en Raqqa”, les dijo a los reporteros Brett McGurk, el principal vínculo estadounidense con las FDS.

Grupos de soldados estadounidenses están incorporados a las FDS, pero poco se sabe de ellos. La presencia de militares estadounidenses en Siria ha crecido exponencialmente desde 2014, cuando los primeros comandos élite llegaron para asesorar a las nacientes FDS. Hoy hay 14 bases de EE. UU. en territorio sirio. Las tropas terrestres incluyen miembros del Ejército, la Marina, la Fuerza Aérea y los Cuerpos de Marines, pero el Gobierno no dice exactamente cuántos hay, dónde están, qué están haciendo ni cuánto tiempo permanecerán allí.

Algunos han muerto y otros tantos han sido heridos en combate, pero como con casi todo lo que tiene que ver con la presencia de EE. UU. en Siria, los números son confidenciales.

A pesar de la escala de la operación, el Pentágono insiste en mantener la reserva y se niega a involucrar reporteros, por lo que toda la información es canalizada a través de los portavoces en Bagdad. Turquía e Irak le han impuesto un bloqueo a Siria que impide que la mayoría de reporteros independientes se acerquen a las fuerzas estadounidenses en el campo de batalla, y los soldados aparentemente tienen órdenes de no responder preguntas ni de dejarse fotografiar.

Luego de cruzar ilegalmente el río Tigris hacia Siria en un bote inflable el 23 de junio, me reúno con un par de periodistas kurdos que me llevan hasta Raqqa. Al norte de la ciudad pasamos por un campo de refugiados para las miles de personas que han escapado de la confrontación. Las carpas al lado de la carretera están remendadas con lienzos, lonas de plástico, esteras de caña y pieles de animales. Por nuestra ventana apreciamos escenas de guerra devastadoras: viudas vestidas de negro pidiendo comida; un minusválido desnutrido en una silla de ruedas; una vaca tomando agua de una alcantarilla. Al llegar a Raqqa y pasar por fachadas con grafitis del EI, las calles se ven como si hubieran sido impactadas por una lluvia de meteoritos: están llenas de cráteres y de huecos de balas. No hay un solo civil en la calle.

Una mañana estamos atravesando un barrio recién liberado y, de repente, divisamos un convoy estadounidense: tres vehículos blindados inmensos conocidos como MRAP, construidos para resistir explosiones de minas. Los escolta una Toyota Hilux, conducida por un par de soldados kurdos. El convoy gira hacia una carretera destapada y lo seguimos a la distancia en una camioneta vieja que cascabelea todo el camino. Los estadounidenses se mueven a través de un botadero de basura y sus carros de 13 mil kilos levantan una nube de polvo que cubre todo, menos sus luces traseras y sus antenas.

Nuestra camioneta entra a la carretera destapada, pero la Toyota que escolta al convoy nos cierra. Mis colegas kurdos saludan al soldado kurdo que va manejando y le muestran las credenciales de prensa fingiendo estar perdidos. Mientras hablan, estoy en la silla trasera, detrás de un vidrio negro filmando los vehículos blindados mientras entran al patio de un edificio abandonado. Pero el último vehículo para de repente. Su torreta computarizada gira y se fija en nuestra camioneta en un movimiento tan rápido como el de un insecto. Debajo del cañón de su arma hay una cámara de video, un sensor infrarrojo y un telémetro láser, un núcleo de lentes negros que parecen los ojos de una araña. Me doy cuenta de que pueden ver a través de la puerta de la camioneta: una imagen térmica mía —verde, azul y roja— en la silla trasera, y mi corazón y mi cerebro irradiando un rosado intenso. Por la forma en la que estoy arrodillado sosteniendo el celular me podrían confundir con un tirador enemigo.

CIUDAD EN RUINAS. Un barrio bombardeado en Raqqa, donde el El asumió el control en 2013 y todavía cuenta con 4 mil terroristas combatientes. "Cualquier combatiente extranjero (del El) que este aquí morirá", dice las fuerzas de la coalición.
CIUDAD EN RUINAS. Un barrio bombardeado en Raqqa, donde el El asumió el control en 2013 y todavía cuenta con 4 mil terroristas combatientes. “Cualquier combatiente extranjero (del El) que este aquí morirá”, dice las fuerzas de la coalición.


Experimento una ola inesperada de miedo y humillación. La pena del indefenso. Como veterano de la guerra de Irak, sé lo que se siente ser el que está observando por la mira. Ahora, por primera vez, tengo una idea de lo que es ser un civil —un “nacional local”, en jerga militar— en uno de los países a los que EE. UU. ha invadido: Afganistán, Irak y, ahora, poco a poco y en secreto, Siria.

Al este de Raqqa, en un barrio destruido llamado Sina’a, me reúno con un pelotón de kurdos de las FDS que habitan una casa de dos pisos plagada de botellas de agua, latas de gaseosa y comida llenas de moscas, papeles de dulces y pan viejo. Hay un gran número de colillas de cigarrillos en los pasillos y se han hecho fogatas para cocinar en el suelo. No hay agua, pero eso no ha impedido que usen los baños. Los cerca de 30 combatientes que llevan viviendo allí las últimas dos semanas son más que todo adolescentes, chicos y chicas de buen ánimo, que se la pasan conversando y bromeando, tomando bebidas energéticas, fumando cigarrillos y mostrándose videos de combate y música en sus celulares. Visten uniformes de las FDS inspirados en el camuflaje utilizado por el Ejército estadounidense, tenis y, en algunos casos, sandalias y medias, además de unas prendas para la cabeza bastante cómicas: kuffiyas, pañoletas, sombreros de tela, gorros de vendedor de periódico e incluso sombreros trilby. Ninguno tiene puesto nada blindado ni utiliza casco.

Su comandante es Tekoshin Derik, una mujer de 19 años de ojos azules y un mechón morado. La teniente que la acompaña se ve incluso menor, quizá de 17 años, y tiene dos trenzas rubias que sobresalen de una gorra camuflada. Sé que las kurdas sirias son radicalmente feministas, pero no puedo evitar pensar cómo alguien de la edad de Derik llegó a convertirse en la encargada del un pelotón de infantería. “La edad no tiene nada que ver”, dice, mientras enciende un cigarrillo con una actitud presumida de adolescente. “Es cuestión de disposición contra el enemigo”.

Los kurdos no eran la primera opción de aliado de EE. UU. en Siria. La mayor parte de las FDS están conformadas por jóvenes sirios como estos, pero sus comandantes más experimentados, los primeros en organizar la resistencia al EI, eran veteranos de una guerra marxista-leninista por la independencia de los kurdos en el sureste de Turquía, miembro de la OTAN y aliado de EE. UU. Los kurdos ya no son comunistas, pero se adhieren a una ideología de extrema izquierda anarcofeminista que se acerca más a Ocupa Wall Street que a cualquier cosa del Medio Oriente. Su movimiento autónomo, conocido como la Revolución de Rojava, ha atraído a voluntarios izquierdistas de los seis continentes, pero Turquía, bajo el mando de su cada vez más autoritario presidente islámico, Recep Tayyip Erdoan, está obsesionada con evitar que establezcan un territorio independiente en su frontera sur. Cuando el EI atacó a los kurdos, a quienes consideran no creyentes, Turquía se alió en secreto con el EI como el enemigo de su enemigo.

Miembros jóvenes de las FDS se refugian en una casa abandonada. “La edad no tiene nada que ver con esto”, dice una de las comandantes adolescentes. “Es cuestión de voluntad”.

EE. UU. intervino en Siria por la misma época llevando a cabo ataques aéreos contra el EI en 2014 durante el cerco a Kobanî, con el fin de evitar lo que parecía un genocidio inminente. A medida que los kurdos comenzaron a combatir territorio del EI, la improvisada alianza kurdo-estadounidense evolucionó en una coalición más formal que se oponía a los turcos, quienes consideran a cualquier kurdo armado como un terrorista.

Con el fin de apaciguar a Turquía y no ser vistos como si estuvieran apoyando a una etnia en una guerra sectaria, EE. UU. ayudó a organizar a las FDS, que también incluyen milicias árabes, asirias y cristianas. Apoyadas desde el aire por Estados Unidos, las FDS se han logrado desplazar hacia el norte de Siria, haciendo que el EI retroceda hacia Raqqa una finca a la vez, una aldea a la vez, un pueblo a la vez. Durante este esfuerzo, soldados estadounidenses han hecho parte de docenas de batallas que casi no han sido reportadas en EE. UU., incluyendo la toma de Tabqa Dam en mayo, en la que cientos de comandos de ese país combatieron con apoyo de la artillería de los Marines y helicópteros armados. Pero esas fueron escaramuzas en comparación con una ciudad del tamaño de Raqqa.

Estoy a punto de preguntarle a Derik qué hacía antes de la guerra, pero me doy cuenta de que eso fue hace seis años y que tan solo era una niña. En su lugar, le pregunto qué va a hacer cuando termine la guerra. “Esta guerra nunca terminará”, declara, quitando humo de cigarrillo de en medio, “y nunca dejaremos de defender a nuestra gente”. Estamos sentados en un asqueroso sofá de cuadros, cuando una serie de explosiones hace que todos se alejen de puertas y ventanas. Derik me dice que es un dron del EI lanzándole granadas a la ametralladora que está montada en el techo de la casa. Todos se congregan en la escalera central a esperar el bombardeo. Sirven té. Otra serie de detonaciones estremece el edificio, esta vez una ráfaga de mortero. Derik toma el radio; un penoso dispositivo con seis pilas D adheridas. Hay confusión al otro lado de la línea y solo se oye una estática incomprensible. “¿Desde dónde están disparando?”, pregunta Derik. Luego de una pausa, la voz de su interlocutor describe con dificultad una ubicación. “Muy bien, amigo, es mejor que vayamos por ellos”, dice la comandante y envía a tres combatientes a que acompañen a aquellos que ya están afuera para atacar la posición del mortero del EI. Junto con sus armas, llevan una caja de botellas de agua y un mazo. La chica de trenzas rubias está entre los escogidos, así que se cuelga el rifle, abraza a sus amigas y les da la mano a los hombres. Mientras baja la escalera tiene lágrimas en los ojos, pero esboza una sonrisa.

A través de una ventana enrejada de la escalera, una hilera de silos de grano explota a más de un kilómetro bajo una salva de artillería. Olas de polvo emergen en el calor del medio día. Derik me dice que son los Cuerpos de Marines utilizando sus obuses para bombardear a los francotiradores del EI que están encima de los silos. Le pregunto acerca del papel de EE. UU. en la lucha. Habla de una sala de comando conjunto, pero de resto minimiza la presencia estadounidense, algo que sucede con casi todos los comandantes de las FDS.

No sé si indirectamente están buscando más apoyo o si son cómplices en los esfuerzos del Ejército de EE. UU. por minimizar sus actividades en Siria. Entre otras cosas, Derik niega que los soldados estadounidenses estén participando en el combate directo. “No he visto ningún estadounidense en el frente de batalla”, dice. Pero cuando nos estamos marchando veo un Humvee parqueado afuera, justo detrás de la casa, medio escondido debajo de una enredadera. En la silla delantera hay dos comandos caucásicos de barba. Me miran sin ninguna expresión a través de sus lentes negros. Trato de tomarles una foto, pero nuestro escolta de las FDS me quita el brazo. “Es prohibido y se pondrán de mal genio”, me dice.

Soldados de las FDS disparan contra el EI al oriente de Raqqa.
Soldados de las FDS disparan contra el EI al oriente de Raqqa.


El EI se ha atribuido ataques terroristas que han matado a más de 2 mil personas en más de 20 países desde 2013. Pero la lucha de la coalición estadounidense en Siria está siendo librada por fuera de cualquier marco legal reconocible. Ni el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas ni el Congreso de EE. UU., que tiene poder exclusivo para declarar la guerra conforme al Artículo I de la Constitución, ha autorizado el uso de la fuerza. En los libros existe una ley que le permite al presidente dirigir acciones militares en contra de cualquiera que haya “planeado, autorizado, ayudado o cometido” los ataques del 11 de septiembre de 2001, un estatuto que ha sido utilizado para justificar el uso de la fuerza por parte de EE. UU. en media docena de países; no obstante, el EI no existía en 2001. Es fruto de la insurgencia de Irak. Su jefe, Abu Bakr al-Baghdadi, era un prisionero en Abu Ghraib. Al Qaeda combate en Siria como Jabhat al-Nusra y ha sido enemiga del EI desde 2014.

En agosto de 2013 el presidente Obama buscó la aprobación del Congreso para bombardear al régimen de Bashar al-As sad, luego de que el dictador sirio utilizara gas sarín contra sus propios ciudadanos en la actual guerra civil de su país. Pero la resolución, llevada al Senado, nunca logró una votación. “Si los miembros del Congreso estuvieran obligados a asumir una postura afirmativa a favor de la intervención, para muchos de ellos sería un voto difícil debido a lo que el país ha vivido en Irak y Afganistán”, dice Jason Brownlee, un profesor de la Universidad de Texas que estudia las intervenciones estadounidenses en Medio Oriente. Aparte de las protestas ocasionales de legisladores aislacionistas como el senador Rand Paul, el Congreso simplemente entrega el dinero cuando el Pentágono lo solicita: 14.600 millones de dólares hasta ahora, sumados a otros 14.000 millones reservados para 2017. “Si uno debatiera el permanente estado de conflicto desde el 9/11, inmediatamente se preguntaría cuáles deberían ser los límites”, dice Brownlee.

“Los halcones (políticos que apoyan las guerras) no quieren poner restricciones en el papel, ¿y para qué pedir permiso cuando nadie va a poner un freno? Luego de que el EI asumiera el control de un territorio del tamaño de un país en el verano de 2014, Obama no se preocupó por buscar aprobación para la Operación Determinación Inquebrantable, la campaña contra el EI del Pentágono en Irak y Siria. Aunque el entonces presidente dijo en 16 ocasiones que “ningún soldado pondría sus botas” en Siria, envió a 50 comandos élite para asesorar a las FDS en octubre de 2015 y otros 250 seis meses después. La primera baja estadounidense en combate sucedió en noviembre de 2016, cuando un ingeniero naval falleció por un dispositivo explosivo a las afueras de Ayn Issa. Para diciembre de 2016 el número de comandos se había elevado a 500.

Yo estaba reportando en Siria en ese momento y era claro que las FDS planeaban atacar Raqqa. A lo largo de un frente fangoso de mas de 400 km, veía la frase Rakka em hatin (“Allá vamos, Raqqa”, en kurdo) pintada con spray en casas demolidas y autos abandonados. Pero si EE. UU. les hubiera dado a las FDS los vehículos blindados y las armas antitanques que necesitaban, Turquía se hubiera visto obligada a tomar represalias de formas impredecibles. Los generales principales de Obama esta- ban a favor —se habría condenado a Turquía— pero los funcionarios civiles y los diplomáticos eran más escépticos. Luego de siete meses de debate interno, Obama decidió aprobar el plan del Pentágono, que también especificaba desplegar cientos de artilleros del Cuerpo de Marines a las afueras de Raqqa. Pero, para ese entonces, el periodo de Obama había terminado.

El equipo de Obama le pasó el plan a la nueva administración, en la que se encontraba Michael Flynn, escogido por Donald Trump como asesor de Seguridad Nacional. Pero, tal como se le obligó a admitir posteriormente, Flynn recibió medio millón de dólares para hacer lobby a favor del Gobierno de Turquía y rechazó el plan para armar a los kurdos, incluso antes de que Trump se posesionara (un mes después, Flynn fue obligado a dimitir debido a sus contactos secretos con Rusia).

“Debemos mantenernos alejados de Siria”, dijo Trump, y criticó a Obama por usar la fuerza militar sin la autorización del Congreso. Durante la campaña, Trump también comentó que tenía un “plan secreto” para “aplastar” al EI. Pero el 27 de febrero el secretario de Defensa, James Mattis, presentó una propuesta que la mayoría de los analistas consideran como una apuesta más grande a la estrategia de Obama. En abril Trump firmó con reserva una orden que permitía que el plan de Obama procediera sin modificaciones obvias.

Al cabo de 24 horas comenzaron los envíos de armas. Una fuente de las FDS me envió un video de militantes kurdos parados al lado de una carretera celebrando mientras un convoy con remolques llenos de Humvees, vehículos blindados, ametralladoras y sistemas de morteros ingresaba a Siria acompañado de Marines estadounidenses. The Washington Post llamó al despliegue “una nueva escalada”, porque los Marines son soldados regulares, no comandos élite.

Sin embargo, en noviembre de 2016 me reuní con un grupo de voluntarios de izquierda, estadounidenses y europeos, que afirmaron haber luchado hombro a hombro con los Marines en una batalla por un pueblo llamado Tal Saman. “Tenían uniformes que los identificaban como marines”, dice Tommy Mørk, un voluntario danés. Si eso es cierto, significaría que el Cuerpo de Marines se encontraba en Siria antes de que el despliegue de la 11.a Unidad Expedicionaria de Marines se llevara a cabo de manera oficial.

También hay razones para creer que el número actual de tropas en tierra es más alto que el divulgado por el Pentágono. Ryan Dillon, coronel del Ejército de Estados Unidos y portavoz de la Operación Determinación Inquebrantable, me dijo que las regulaciones militares limitan el número de personal que puede estar en un país en un momento determinado; para Siria, ese número es exactamente de 503 personas. Cuando le expliqué mi cifra de despliegues divulgados públicamente, la cual ascendía a 1.000 soldados y Marines, él aclaró que el límite no incluye a aquellos desplegados de “forma no permanente”, lo que el Pentágono interpreta como menos de 180 días. Así las cosas, en teoría, podría haber cualquier número de tropas en Siria, miles o incluso decenas de miles, y los portavoces del Ejército seguirían diciéndoles a los reporteros que el número es 503. Las normas de combate también han sufrido a una modificación silenciosa. Al comienzo, el Ejército dijo que los soldados estadounidenses estaban en Siria para “asesorar y ayudar” a las fuerzas kurdas. Pero en algún punto de 2016 eso se convirtió en “asesorar, ayudar y acompañar”, un cambio sutil que les permite a las tropas estadounidenses salir de los cuarteles al campo de batalla. Algo cuestionable en todo caso.

La administración Trump anunció recientemente que no divulgaría más información acerca de las “capacidades, número de fuerzas, ubicaciones o movimientos de las fuerzas en Siria o fuera de ese país”. El panorama, ya borroso, se volvió completamente negro.

Al recorrer los pueblos y aldeas al norte y al oeste de Raqqa, donde están concentrados los militares estadounidenses, aprendo a reconocer sus vehículos armados desde la distancia: techo apilado con cajas de munición y raciones, un lanzacohetes colgado detrás de la cabina, una llanta de repuesto en la puerta trasera, un gancho de remolque en el parachoques y una antena de aspecto potente. Sus Toyota Hilux blancas y Land Cruisers siempre están cubiertas de lodo seco; sin embargo, al apreciarlas bien, se puede ver que el lodo se ha aplicado deliberadamente con una esponja, tal vez para efectos de camuflaje. A juzgar por sus uniformes disparejos y barbas desaliñadas —símbolos de estatus no permitidos en soldados comunes— se trata más que todo de Rangers del Ejército, boinas verdes y comandos SEAL de la Marina.

Después de 16 años de guerra continua, el Ejército ha aprendido a reducir las bajas manteniendo al personal dentro de los vehículos (de las docenas de estadounidenses que vi en Siria, ninguno tenía sus botas, literalmente, en el suelo). Según el Departamento de Defensa, 40 militares estadounidenses han muerto desde que se desplegó la Operación Determinación Inquebrantable, tres de ellos en Siria. El Pentágono no dice cuántos más han sido heridos argumentando “seguridad operativa” imprecisa y asuntos de “privacidad”, pero en respuesta a una investigación de Military Times en enero, algunos oficiales han admitido en silencio que el número está en ascenso.

En julio, en lo que pareció ser una maniobra deliberada para fastidiar a EE. UU., la agencia estatal de noticias de Turquía publicó un mapa que revelaba las ubicaciones de 10 bases estadounidenses en Siria. Yo personalmente observé dos bases en la parte septentrional del país dominada por los kurdos que no estaban en el mapa turco. Hay otras dos bases estadounidenses en el desierto del sudeste conocido como Badia: una guarnición de comando con un sistema de cohetes de largo alcance en el cruce fronterizo de Tanf y una base de patrullas en un lugar llamado Zakf. Eso suma por lo menos 14 bases de los Estados Unidos, un número que Dillon no ha confirmado ni rechazado.

En una ocasión excepcional, los militares permitieron que a unos pocos periodistas escogidos se les diera una visita guiada a una base en las afueras de Kobanî. Hablé con uno de los reporteros después y me dijo que había “cientos” de soldados estadounidenses en la base, a la que describió como “enorme y polvorienta” (tomaba cinco minutos recorrerla en auto). Comentó que los soldados estaban ocupados construyendo cuarteles y que ya habían construido un depósito de municiones capaz de almacenar 36 mil kilos. Estaba muy impresionado por la pista de aterrizaje, pavimentada y ubicada debajo del nivel del suelo, por lo que a un observador en tierra le daría la impresión de que los aviones desaparecen después de aterrizar.

Camino a Raqqa paso por una base construida alrededor de una planta de concreto; cuenta con instalaciones inmensas y estructuras industriales de 20 pisos de alto. Algunos ciudadanos que están tomando gaseosa en frente de una tienda cercana me muestran un video de lo que parecen ser misiles lanzados desde adentro del recinto. Eso me recuerda una oscura notificación de la Fuerza Aérea que leí en marzo, en la que se anunciaba la muerte del sargento de personal Austin Bieren, de Umatilla, Oregon. Bieren, de 25 años y muy activo, murió de “posibles causas naturales” en un lugar no revelado “al norte de Siria”. Había sido asignado a la 21a. Ala Espacial, una unidad cuya función normalmente tiene que ver con la operación de sistemas de alerta de misiles y detección de objetos espaciales.

La planta de concreto está rodeada por un perímetro de bermas sucias, paredes de protección y alambres de púas. En la entrada, detrás una hilera de pinos, puedo divisar dos estadounidenses en una garita. “No se puede acercar”, me dice un civil. ¿Y qué pasaría si lo hiciera? “Le dispararán”, dice. “¿Qué pasa si los llamo en inglés y les muestro mi pasaporte?”. “Ni siquiera le harían preguntas”, reitera el hombre. En mi quinto día en Siria visito una estación de primeros auxilios en el extremo oriente de Raqqa, donde se han registrado explosiones desde el amanecer. A media mañana llega un camión y seis soldados de las FDS se bajan cojeando y sangrando. Su posición fue impactada por un mortero del EI. Uno de ellos está inconsciente y debe ser transportado en una manta empapada en sangre, mientras los médicos ayudan a los otros heridos. La estación es una carpa muy pequeña y solo hay una camilla —que en realidad es una mesa de centro— en la que recuestan a un soldado cuyas piernas han sufrido cortes por metralla.

Los otros yacen en el suelo o en el andén gimiendo de dolor y rogando por agua. El médico de las FDS comienza a hacer su trabajo: pone inyecciones, corta uniformes y aplica desinfectante en las heridas. Es un escena caótica. El doctor solo ha tenido tiempo de atender a tres de los heridos cuando, de repente, llega un Humvee. En el asiento delantero, detrás de un vidrio blindado, puedo ver a dos estadounidenses con gafas negras, pero no se bajan del vehículo. Un combatiente de las FDS de pelo largo y mirada desorientada se baja de la parte trasera ayudando a un compañero que ha sido herido por un francotirador. Lo ponen en la mesa de centro mientras consiguen pinzas y tijeras. El médico corta un pedazo de carne del hombre y lo tira al suelo, donde las moscas se dan un banquete. Luego toma un tubo de plástico flexible y lo inserta profundamente en la herida haciendo un ruido impactante. Es una operación para aliviar el neumotórax; una afección en la que la presión del aplastamiento del pulmón se acumula en la cavidad torácica después de haber sido penetrada por una bala.

Luego de esto converso con el doctor, un kurdo que habla turco y se parece a Vladimir Putin. Me dice que la situación médica es muy mala. La falta de electricidad es un problema grave. La operación de neumotórax, por ejemplo, no debería haber sido practicada en un ambiente de más de cinco grados y acá estamos a 46 grados en la sombra. Me dice que los suministros médicos son extremadamente inadecuados, que el Ejército de EE. UU. lo les ha dado nada. Me cuenta que hay un hospital estadounidense donde pueden tratar los casos más serios, pero es a una hora de distancia por carreteras en pésimo estado.

Según Dillon, actualmente hay personal médico estadounidense en el país tratando heridos de las FDS junto con tropas estadounidenses, y estos equipos de trauma se están trasladando más cerca del frente de batalla y llevan unidades de refrigeración para preservar la sangre. Pero hoy el doctor realiza una operación tras otra sin ninguna ayuda, silenciosamente y en el calor extremo. En la distancia el ruido de la artillería es implacable. El médico opera a 12 hombres en un lapso de 90 minutos. Todos sobreviven, con una posible excepción.

El soldado que yace en el andén en una manta es el herido más grave. Parece haber recibido la peor parte de la explosión del mortero en su cara y no responde. Respira con la ayuda de un resucitador bombeado a mano. Cuando lo cargan en la ambulancia, en el umbral de la muerte, hay tres reporteros (incluyéndome a mí) grabando lo que probablemente serán sus últimos instantes de vida. “No es bueno filmar”, me dice mi traductor, Jan, mientras se cubre sus ojos y se aleja.

Entre viajes al frente de batalla, visito Manbij, una ciudad poblada por kurdos y árabes al oeste del Éufrates. La operación del verano de 2016 para expulsar al EI fue la primera batalla por una ciudad importante de Siria en la que participaron las fuerzas estadounidenses. Fue una lucha brutal, y montones de escombros todavía bloquean las aceras. La basura se amontona alrededor de faroles rotos y el olor a muerte flota en el canal central de la ciudad. Pero hay signos de renovación: ruido de martillos y taladros, sandías a la venta, hombres jóvenes recién afeitados caminando, una fiesta de bodas precedida por chicas llenas de flores.

Soldados estadounidenses en una base improvisada al norte de Raqqa.
Soldados estadounidenses en una base improvisada al norte de Raqqa.


En un recinto vigilado del Gobierno me reúno con un comandante kurdo llamado Adnan Amjad, jefe del Consejo Militar de Manbij, que fue recientemente improvisado para mantener la seguridad. “Durante la liberación tuvimos muy buena coordinación con el Ejército de EE. UU.”, dice Amjad, un hombre intimidante de pelo corto y gris que carga una pistola en el cinturón. “EE. UU. estableció un centro de comando conjunto y proporcionó armas, camiones, municiones y dispositivos GPS para dirigir ataques aéreos”, dice. Más de 100 tropas estadounidenses están estacionadas ahora en un par de bases en el campo, principalmente para disuadir los ataques de Turquía, que invadió un pedazo del norte de Siria para impedir que las FDS avanzaran más hacia el oeste. A lo largo de la entrevista, Amjad despotrica contra el Gobierno turco, y sus ayudantes intervienen frecuentemente para reforzar sus argumentos u ofrecer alguna prueba adicional de una presunta colusión turca con el EI. “La comunidad internacional y los Estados Unidos necesitan impedir que Turquía nos amenace”, dice uno de los ayudantes de Amjad. “Si no luchamos contra el EI, ellos estarían en EE. UU.”.

En una declaración por correo electrónico, la Embajada de Turquía negó rotundamente el apoyo al EI, pero hay pocas dudas de que ese país está trabajando para frustrar la alianza entre los kurdos y EE. UU. El Ejército turco a menudo bombardea posiciones de las FDS alrededor de Manbij, a pesar de la presencia de fuerzas estadounidenses. Con el fin de disuadir a otros combatientes, los norteamericanos han comenzado a patrullar la frontera entre los turcos y los kurdos en vehículos blindados que ondean banderas estadounidenses, una táctica que puede provocar un choque directo entre los turcos y los Estados Unidos. Turquía ya mató a un joven estadounidense llamado Michael Israel, un voluntario de izquierda, en un ataque aéreo en noviembre de 2016. El 26 de junio Turquía trasladó tanques y artillería al cruce fronterizo de Tal Abyad, amenazando la retaguardia de las FDS. En respuesta seis Rangers del Ejército de Estados Unidos recorrieron el lugar en camiones ligeros armados. Según un periodista local, los guardias turcos de la frontera les dispararon a los Rangers a casi 400 metros. Era solo una demostración de fuerza, pero las “patrullas abiertas” fuera de Manbij comenzaron a recibir ataques directos en agosto. El 29 de ese mes la coalición de Estados Unidos dijo que había presentado una protesta oficial al Gobierno de Turquía. El mismo día, las FDS anunciaron que Amjad había muerto luchando contra el EI en Raqqa; un periódico conservador turco, fiel a Erdoan, celebró las noticias llamando terrorista a Amjad.

Siria es un campo de batalla extremadamente complejo, lleno de conflictos de poderes internacionales: sunitas contra chiitas; Irán contra Arabia Saudita; Turquía contra los kurdos; y ahora EE. UU. contra Rusia. Por invitación de Assad, Rusia tiene varios miles de soldados y mercenarios en Siria que le están ayudando a luchar contra el Ejército Libre Sirio. Esa batalla se está librando aparte de la ofensiva kurda contra el EI, pero la superposición es inevitable. Con el régimen avanzándole al EI desde sur, las tropas rusas y estadounidenses están esencialmente en extremos opuestos de un campo de tiro. Los convoyes rusos han sido fotografiados aquí en Manbij, y se dice que es la primera vez desde la Segunda Guerra Mundial que soldados rusos y estadounidenses han operado en la misma ciudad.

Rusia y EE. UU. mantienen comunicaciones para evitar un choque accidental, pero no se puede decir lo mismo de Irán, que ha desplegado a miles de combatientes sectarios para apoyar al régimen sirio. Los agentes iraníes han dominado Irak desde el final de la ocupación estadounidense, y un punto de apoyo en Siria podría crear un corredor hasta el Hezbollah financiado por Irán en el Líbano, lo que le daría a Irán un puente terrestre sin obstáculos desde Teherán hasta el Mediterráneo. “Un esquema antiguo”, le dijo un comandante rebelde respaldado por EE. UU. recientemente a Al-Monitor. “Sin embargo, estamos esperando”. Una guarnición estadounidense en el cruce fronterizo de Tanf, donde ya se han producido algunos tiroteos, se interpone en el camino de Irán para controlar la carretera de Bagdad a Damasco. En mayo las fuerzas estadounidenses lanzaron un ataque aéreo contra una columna de milicianos iraníes que se aproximaba hacia ellos, y dos veces en junio derribaron drones iraníes, uno de los cuales había disparado contra las fuerzas estadounidenses que patrullaban el desierto.

Tropas estadounidenses patrullan el norte de Siria para disuadir los ataques aéreos turcos sobre los kurdos. “Si no estuviéramos peleando contra el EI, ellos estarían en EE. UU.”, dice un combatiente kurdo.
Tropas estadounidenses patrullan el norte de Siria para disuadir los ataques aéreos turcos sobre los kurdos. “Si no estuviéramos peleando contra el EI, ellos estarían en EE. UU.”, dice un combatiente kurdo.


Al volver de Manjib pasamos por una base estadounidense cuya ubicación nunca ha sido revelada. El terreno es caliente y seco, con pequeñas colinas de pasto decolorado y ortigas crujientes. Un rebaño de ovejas se mueve a través atardecer en una bruma de polvo. La base, rodeada por muros altos y alambres de púas, cubre varias hectáreas en el costado de una carretera de dos carriles. El soldado estadounidense que presta guardia se sienta derecho, apuntando su rifle en la dirección de nuestro taxi. Y en la azotea del edificio hay otros dos soldados —uno negro y uno blanco— ambos sin camisa. El hombre negro enciende un cigarrillo y se inclina sobre el parapeto. El otro frota su barriga cervecera. No parecen tener ningún afán de nada.

El 29 de junio viajamos al frente occidental de Raqqa, donde se han producido los enfrentamientos más intensos. Aquí el paisaje urbano es inquietante y desierto. Las calles son más anchas y los edificios más grandes, además están agrupados en bloques de apartamentos, por lo que es difícil mantener un registro de la línea entre los pequeños equipos de las FDS y el EI; ambos parecen tener muchos menos combatientes de lo que afirman. El EI es una presencia casi fantasmal, que se ajusta a sus orígenes en la insurgencia encubierta. Se cree que sus principales líderes, entre ellos al-Baghdadi y sus lugartenientes, en su mayoría iraquíes exbaasistas, han acampado en el valle del río Éufrates. Los combatientes que dejaron atrás tienen que depender de tácticas sorpresivas: ataques veloces e inmolaciones, especialmente bombas suicidas en autos.

Estamos caminando por una calle llena de escombros y postes de luz derribados, siguiendo un guía que nos han asignado las FDS, un soldado kurdo de unos 20 años. Algunos tiros de rifle suenan desde los apartamentos carbonizados, pero cuando miro hacia arriba, todo lo que veo son cortinas rasgadas a la deriva en las ventanas vacías. Le pregunto a nuestro guía si sabe quién está haciendo esos disparos, pero está preocupado, escudriñando con una mano encima de sus ojos. Dice que hay un dron ahí arriba. A pesar de ser un mediodía caluroso, se puede ver una luna creciente en el cielo. No veo ningún don, pero oigo un ruido débil, como un mosquito zumbando en la oreja, por eso nos agachamos en la entrada de un edificio cercano.

El EI no tiene fuerza aérea, pero ha aprendido a equipar helicópteros cuadrirrotor con interruptores improvisados capaces de soltar granadas de 40 milímetros. Cada comandante de las FDS con el que hablo dice que los drones son su mayor problema. Son casi imposibles de detectar y sus cámaras digitales pueden buscar objetivos de alto valor, como los comandos estadounidenses. Después de haber introducido los drones en las guerras modernas, el Ejército de Estados Unidos ahora está luchando para defenderse de ellos. En el campo de batalla han aparecido prototipos de rifles de ondas electromagnéticas para desactivar drones, y un periodista holandés en Kobanî me dijo que, cuando fue a utilizar su dron con cámara hecho en China, se dio cuenta de que había sido programado en la fábrica para no funcionar en Siria.

El edificio donde nos estamos escondiendo huele a mierda humana. Mis ojos se ajustan a la oscuridad y veo que hay un enorme agujero en el medio del piso. Aparte de los drones, los túneles son el otro aspecto que preocupa a los comandantes de las FDS. Cada metro cuadrado de Raqqa está vigilado por drones y satélites, y es observado por aviadores estadounidenses sentados en cubículos en Virginia. Por eso el EI excava entradas y salidas a pasadizos subterráneos dentro de edificios o en arboledas. Sus atacantes suicidas aparecen detrás de las líneas de las FDS y se inmolan o descargan un rifle hasta que los derriban. Este túnel es lo suficientemente grande. Podría caber un auto. Hay un cabrestante oxidado y un aparejo trucado encima de él y los cuartos traseros están tan apilados con tierra excavada que nuestras cabezas rozan el techo. Busco taladros o perforadoras, pero nuestro guía me dice que el EI cavó esto a mano, con palas y picos. Soy escéptico, pero él simplemente se encoge de hombros. “Es yihad”, dice.

El dron se mueve y continuamos nuestro camino, nos dirigimos a una posición de las FDS en el frente de batalla. Trepamos por montones de grava excavada y caminamos entre edificios vacíos que retumban con fuego de francotiradores. Parece que estamos peligrosamente expuestos, pero a nuestro guía no parece importarle y sigue caminando por delante con su rifle colgando en una mano.

En la planta superior de un edificio de tres pisos nos encontramos con un escuadrón de las FDS árabes: seis reclutas descalzos de partes recién liberadas de la provincia de Raqqa entrenados apresuradamente y armados con un puñado de rifles chinos. Ha sido reportado que las FDS han reclutado jóvenes y los han obligado a luchar contra el EI. Estos muchachos tienen una mirada de temor en sus ojos y sus palabras suenan preparadas. “Esta es nuestra primera oportunidad de luchar contra el EI”, dice Hilo Alguna, un hombre de 19 años con dientes rotos y tatuajes en una mano. “Estamos felices”.

Nos sirven tazas de té azucarado y nos muestran el edificio, que le quitaron recientemente al EI. No me he bañado en cinco días y creo que podría tener pulgas, pero todavía estoy horrorizado con la suciedad del lugar. La basura se apila en la escalera y los tablones han sido puestos sobre vidrios rotos y muebles astillados. Hay un estante de libros que me da miedo tocar, ya que he escuchado demasiadas historias de dicen que el EI esconde minas terrestres en lugares inocuos.

En un estante hay un paquete de ampollas de pseudoefedrina, que los combatientes del EI usan para permanecer despiertos durante varios días. En el cuarto de atrás, que tiene una ventana abierta, hay un montón de documentos. Un antiguo Corán ilustrado, escrito en turco y recuperado de los restos, se ofrece como prueba del nexo entre Turquía y el EI. Me muestran un “pasaporte al paraíso”, un folleto motivacional que el EI distribuye a sus combatientes condenados, que los autoriza a entrar al cielo luego de morir. Al hojear las páginas, pienso en la potencia simbólica de un pasaporte en un país como Siria, cuando, de repente, una granada de cohetes estalla contra el alféizar.

Salimos rápido de la habitación con los oídos zumbando. Mi traductor, Jan, regaña a los chicos árabes por no decirnos que el EI estaba tan cerca, pero solo lo miran fijamente. Nuestro guía todavía está en la habitación con las pilas de documentos y algunos pedazos de cemento a sus pies, cuando otra granada estalla contra la pared. El hombre se limpia la nariz con la parte trasera de su mano y mira hacia otro lado, como si despreciara la puntería del enemigo. Los demás estamos en la escalera. Les pregunto a los miembros de las FDS si van a montar un contraataque. Discuten entre ellos y deciden esperar a que los estadounidenses lancen una bomba. Se sientan alrededor de la tetera y encienden cigarrillos.

No se sabe cuánto tardarán las FDS en liberar a Raqqa. La lucha podría durar meses o más, pero incluso en ese entonces la participación de EE. UU. en Siria no habrá terminado. Dillon me ha dicho que las fuerzas estadounidenses ayudarán a las FDS a perseguir al EI más allá del Éufrates, y los funcionarios norteamericanos han rechazado repetidamente establecer un cronograma para una retirada. Por ahora, solo podemos esperar que los militares estadounidenses no repitan los mismos errores de Vietnam, Afganistán e Irak: una invasión prolongada que lucha contra una insurgencia local que prospera en la guerra. Sabemos cómo termina esa historia, o cómo no termina.

Después de esperar casi dos horas decidimos retirarnos antes de que el tiroteo y el bombardeo se vuelvan más intensos. Hay un avión volando despacio, lo suficientemente bajo para ver que es un A-10 estadounidense; una aeronave de combate vieja y pesada que utiliza cañones rotatorios para apoyar la infantería. Nos paramos allí como unos idiotas y vemos cómo gira lentamente hacia nuestra dirección. Cuando abre fuego genera un ruido ensordecedor y sale humo de sus cañones giratorios. Un huracán de balas impacta un grupo de palmeras delante de una casa a cien metros de distancia y levanta una gran tormenta de polvo. Finalmente, nuestro guía considera oportuno correr.

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