El grafiti en tiempos de Peñalosa

Efímera, esa es la naturaleza del grafiti y tal vez allí radica su belleza. Un arte que está siempre expuesto a la rutina y dispuesto al cambio para transmitir un mensaje contundente de pared a pared

POR LIZ DÍAZ | 10 Oct de 2017

<p>6o homenaje a Diego Becerra, Calle 116 con Av. Boyacá, donde fue asesinado por la Policía.</p>

6o homenaje a Diego Becerra, Calle 116 con Av. Boyacá, donde fue asesinado por la Policía.


El arte callejero despierta amores y odios; es un tema que ha tomado mucha fuerza desde que Bogotá fue nombrada Capital Latinoamericana del Grafiti gracias a los artistas nacionales y extranjeros que han dejado una colorida huella en la grisácea y fría metrópoli colombiana, lo que arroja como resultado un trabajo creativo impactante para los turistas que visitan a diario sectores como La Candelaria, la Av. Carrera 30 o que transitan por la Calle 26.

Una actividad ingeniosa que no le tiene miedo a la alcaldía conservadora que hace unos meses intentó silenciar a los artistas “limpiando” distintas fachadas del centro histórico de La Candelaria y sus alrededores, con el argumento del Decreto 529 de 2015 en el que resalta el deber del Estado sobre “velar por la protección de la integridad del espacio público y por su destinación al uso común, el cual prevalece sobre el interés particular”.

Sin embargo, “hay casas de estos lugares antiguos de las ciudades que no se van a mejorar solo por tapar los murales de blanquito, algunas de ellas están vacías por dentro o son parqueaderos, y la excusa es que el grafiti está dañando las casas cuando estas realmente se caen por el polvo o el abandono”, dice Jesús David Rodríguez, director general de la plataforma cultural de arte urbano Gráfica Mestiza. Al parecer la protección del espacio público se queda en estorbar las expresiones artísticas, descuidando temas esenciales como la seguridad, la iluminación y el aseo sin darse cuenta de que alrededor de este arte también se desarrolla comercio, turismo, educación, intercambio de conocimientos y una identidad única en torno a la ciudad y su pasado.

Así mismo, el patrimonio cultural de la ciudad se convierte en el segundo argumento de la Alcaldía para llevar a cabo estas jornadas de pintura de fachadas: “Son bienes de interés cultural aquellos inmuebles o muebles declarados como tales por las autoridades competentes, que por su valor excepcional requieren de un tratamiento y protección especial”. Una protección que según Jahir Dimaté, guía y gestor del Bogotá Grafiti Tour, está siendo usada por el Distrito con la intención de obtener la certificación como destino turístico sostenible —una etiqueta de promoción que solo tienen el Centro Histórico de Cartagena y Puerto Nariño—, que permite cambios en las políticas, las prácticas empresariales y el comportamiento de los habitantes del lugar para lograr un sector sostenible. “Ahorita sí hay un interés hacia La Candelaria porque con el grafiti se dieron cuenta del potencial que tiene este sector para el turismo, cuando antes tenían el barrio totalmente abandonado. Pero ahora lo que quieren básicamente es que se vea como la ciudad amurallada porque con ese título a la ciudad le entran más recursos y se vuelve un lugar más refinado, más costoso, en el que se cobran más impuestos”, afirma Jahir. Un potencial que equivale a tener un nuevo espacio turístico en La Candelaria similar al de Usaquén, en el que las casas coloniales sean uniformes, donde los turistas encuentren restaurantes sofisticados y espacios de encuentro cerrados que cobren por sus servicios, lugares en los cuales el Estado tenga mayor control y a los cuales no todos tendrían acceso.

Voluntarios en jornada de limpieza.

Voluntarios en jornada de limpieza.


Previo a la jornada de limpieza el Instituto Distrital de Patrimonio Cultural prometió a los grafiteros que por cada muro borrado iban a dar a ese mismo artista otro espacio legal donde pudiera dejar otra obra, además de abrir más proyectos de arte callejero con el fin de mantener esa identidad de grafiti en La Candelaria. Pero al sol de hoy la promesa no ha sido cumplida y el Distrito no está otorgando ni un solo permiso para salir a hacer pintadas.

Pero no todo es malo. Posterior al asesinato del joven grafitero Diego Felipe Becerra, familiares y artistas urbanos han trabajado en la creación de las primeras leyes de grafiti que fueron aprobadas en el 2013 para Bogotá, con el fin de garantizar la máxima protección a los artistas plásticos, muralistas y grafiteros que desarrollan a diario la práctica responsable de grafiti. A su vez buscan prevenir y revertir la estigmatización y criminalización de la práctica, que desde el mismo Peñalosa se ha mostrado como vandálica, para así encontrar espacios de concertación. El reto ahora es que esta norma aplique para todo el territorio colombiano con la Ley Nacional de Grafiti y muralismo Diego Felipe Becerra, pues es evidente que los involucrados en este arte están muy lejos de ser los vagos que rayan las paredes por rayarlas y que se encuentran personajes con altos niveles académicos y habilidades artísticas indiscutibles.

Franco y los artistas de Ink Crew lograron esta obra de arte luego de vivir dos meses junto a los vecinos del barrio Los Puentes.

RÍO DE LA VIDA. Franco y los artistas de Ink Crew lograron esta obra de arte luego de vivir dos meses junto a los vecinos del barrio Los Puentes.


A la final el futuro es prometedor: Bogotá sigue mandando la parada en esta escena a nivel nacional y latinoamericano entrando en el top de ciudades como Río de Janeiro, Sao Paulo y México “cada vez hay más cosas positivas para nosotros, cada vez más galerías nos prestan atención, se abren más festivales y aunque no tienen tanta visibilidad, hay muchos artistas colombianos que están saliendo a pintar y que son reconocidos en grandes ciudades del mundo. Estamos a un paso de que las leyes nos amparen para que dejen de vernos como criminales”, dice el grafitero Dast. Estamos lejos de que esta práctica rebelde desaparezca. No hay forma de controlarla ni de prohibirla porque las paredes gritan a diario realidades sociales que aportan a la memoria y que terminan siendo un regalo del artista para la ciudad y hace parte de nuestra identidad.

Grafiti hip hop en Bogotá

JULIÁN PORTILLO

En el movimiento del hip hop el grafiti puede ser considerado como una forma artística de resistencia a la autoridad y una forma de expresión para hacerse sentir en la ciudad. Esa ilegalidad y crítica social que los MC plasman en sus líricas es expresada por los grafiteros en muros, metros, vallas, tuberías, túneles y demás espacios a lo largo y ancho de la ciudad.

A Bogotá llegó el hip hop hace unos 30 años. Primero el break dance, luego los MC, los DJ y los grafiteros. Entonces eran muy pocos los jóvenes que rayaban en la ciudad. En muchos casos también rapeaban y bailaban como en el caso de Ata Pimienta, de la Etnnia, o Kasar de Golpes (hoy en día Sofos Len), quienes fueron de los primeros que con aerosoles llenaban de algunos tags y piezas el centro y sur de la ciudad. Era muy emocionante ir por las calles en horas de la noche, con aerosoles en la maleta, esperando encontrar un buen muro o un reto más grande para dejar plasmada alguna idea propia o colectiva, por eso con el paso de los años fue tomando más y más impulso.

Se hizo habitual encontrar en la ciudad tags o firmas de figuras como Croyant, Ecks o Fear, quien fue de las primeras mujeres reconocidas en este movimiento. Con el crecimiento año tras año del festival Hip Hop al Parque, el movimiento de grafiti exigió su espacio allí. Buscaban aprovechar la infraestructura y el reconocimiento del festival para dar a conocer su trabajo. El espacio les fue dado, y hoy es común ver que durante los días de este evento se lleven a cabo grandes piezas de muy alto nivel. Actualmente esfrecuente ver en edificios representativos de la ciudad obras de gran formato hechas por colectivos y artistas como Ink Crew, Toxicómano Callejero, Saint Cat + Perversa, 80BK, Fco, Ledania, MDC (Mientras Duermen Crew) y APC , entre otros.

A pesar de las acciones de la Alcaldía, el arte urbano ha estado tomándose a Bogotá; muchas campañas publicitarias de grandes marcas lo emplean en sus comunicaciones. Y hay casos en los que las alcaldías locales brindan los espacios para este tipo de expresiones, contrastando con la persecución policíaca y las propuestas represivas de algunos gobernantes. Muchos aún recordamos que —mientras persiguen a los grafiteros, tapan sus obras y los sancionan— la misma policía acompañó y protegió a Justin Bieber mientras rayaba un muro en la Avenida ElDorado.

Hace poco fue noticia de gran impacto un proyecto llamado Punto Magenta (El río de la vida), el mural más grande del país, ubicado en el barrio Los Puentes, de la localidad de Rafael Uribe Uribe (en Bogotá). Este se convirtió en la obra más grande de la capital; en el proceso muchos grafiteros de la ciudad se unieron, y con apoyo de la alcaldía intervinieron más de 200 vi- viendas para generar no solo un cambio estético, sino también una transformación cultural que continúa venciendo el estigma según el cual el grafitero es un vándalo y no un artista.

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