El hombre que está construyendo el futuro

Una mirada a la vida hiperactiva —y al controvertido éxito— de Bjarke Ingels, el arquitecto más innovador del mundo.

POR MARK BINELLI | 21 Apr de 2017

<p><b>FOTOGRAFÍA POR PARI DUKOVIC</b></p>

FOTOGRAFÍA POR PARI DUKOVIC


El convoy de autobuses partió del Palazzo una mañana despejada de primavera y atravesó un silencioso Las Vegas Strip hacia el desierto de Nevada. Los autobuses llevaban a un grupo de periodistas de tecnología, inversionistas, ingenieros curiosos y comerciantes. Con ellos viajaba uno de los arquitectos más célebres del mundo, Bjarke Ingels. Pasaron por montañas, árboles espigados y un campo brillante de paneles solares antes de llegar finalmente a su destino: un recinto de remolques y contenedores rodeado por una cerca de alambre de púas. Alguien sugirió con gracia que parecía un escenario de pruebas nucleares.

Veníamos a presenciar la primera demostración de una nueva empresa de transporte supersónico, llamada Hyperloop One. El multimillonario de la tecnología, Elon Musk, esbozó el concepto en 2013 y dio su bendición a los fundadores, aunque no estuvo directamente involucrado. Esencialmente el plan era que Hyperloop revolucionara los viajes de carga y pasajeros, disparando cápsulas a través de tubos a presión a velocidades de más de 1100 km/h (¡más rápido que un avión comercial!), mediante un sistema de propulsión eléctrica de cero emisiones. Esto podría significar viajes de media hora de Los Ángeles a San Francisco.

La prueba, un primer ensayo del sistema de propulsión, se produjo sin problemas. Después de un conteo regresivo similar al de los cohetes, un trineo con rieles pasó de cero a 186 km/h en poco más de un segundo, levantando una cresta de arena en el extremo posterior. La multitud aplaudió, a pesar de la brevedad del espectáculo. En medio de la emoción en la tribuna, muy pocas personas se fijaron en un danés guapo y robusto, vestido con una chaqueta negra y con una cámara colgando de su cuello.

A sus 41 años, Bjarke Ingels podría describirse como un arquitecto famoso, lo que significa que personas fuera de su profesión pueden señalar uno de los edificios que ha diseñado, aunque no lo reconocen a él. En persona desprende un carisma juvenil que por un minuto sugiere un niño prodigio de Silicon Valley y, al siguiente, un presidente de fraternidad. Siempre parece entretenido por el mundo a su alrededor, especialmente si hay un elemento caótico —un estado de ánimo que denota con una sonrisa pícara, como si estuviera disfrutando de los nervios de los demás.

Su rasgo más distintivo son sus ojos, unos pozos oscuros en los que uno casi puede ver su propio reflejo. Aunque hoy no: aquí en el desierto lleva puestas unas gafas oscuras de aviador, tan delgadas que lo desorientan a uno, como esos vidrios de torres de oficinas diseñados para repeler pájaros y balas.

Foto: DBOX/BIG
Foto: DBOX/BIG


Ingels ha venido a Las Vegas porque su firma, Bjarke Ingels Group, o BIG (le encantan los juegos de palabras), se ha asociado con Hyperloop para diseñar sus cápsulas y estaciones. Teniendo en cuenta que formgivning, la palabra danesa para diseño, se traduce como “dar forma”, Ingels está especialmente emocionado con el proyecto de Hyperloop porque, tal como me dice, “es la primera vez que realmente somos capaces de hacerlo (de darle forma a algo completamente nuevo)”.

La sensibilidad alegre y futurista presente en toda la obra de Ingels hace que él encaje perfectamente con Hyperloop. La representación de las dos monografías de BIG, Yes Is More [Sí, es más] —a esto me refiero con los juegos de palabras— y Hot to Cold [De frío a caliente], podrían adornar un pabellón de la Ciudad del Mañana en una feria mundial. Pero Hyperloop es apenas uno de los encargos de alto perfil, extraordinariamente ambiciosos, con los que BIG está haciendo malabares hoy en día. La lista también incluye al nuevo Googleplex, un completo rediseño de la sede de 24 hectáreas de la compañía en Mountain View, California; la Big U, una pared marítima en el Bajo Manhattan para prevenir inundaciones por mareas altas, por cuyo diseño Ingels recibió 335 millones de dólares; una restauración por 2 millones de dólares del Southern Campus del Smithsonian Institution en Washington D.C.; y el 2 World Trade Center, la última de las nuevas torres programadas para elevarse en la Zona Cero, un edificio de 278.000 m2 que parece una torre de bloques construida por niños de siete años (una especie de escalera en la que cada uno de sus escalones tiene un jardín en la azotea inspirado en un clima distinto).

Debido a los altísimos costos, es poco frecuente que un arquitecto tan joven como Ingels esté involucrado en proyectos tan codiciados; la mayoría de los “arquitectos estrella” del mundo —Frank Gehry, Daniel Libeskind, Richard Meier, Jean Nouvel— le llevan, por lo menos, una o dos generaciones. De hecho, la fama internacional de Ingels es relativamente reciente, y se ha dado luego de haber transformado una serie de asignaciones bastante cotidianas en estructuras visionarias y deslumbrantes.

Sus primeros edificios principales fueron complejos de vivienda en Copenhague, uno de ellos tenía sus patios gemelos divididos por una figura gigantesca en forma de ocho (una ciclorruta inclinada que les permite a los residentes subir en bicicleta los 10 pisos del edificio). Más tarde fue contratado por la ciudad de Copenhague para diseñar una planta que convirtiera residuos en energía, una especie de incinerador de basura. Para ese proyecto, actualmente en construcción, y programado para inaugurarse completamente en 2018, Ingels decidió transformar el techo inclinado en una pista de esquí de 2,8 hectáreas. Para recordarles a los ciudadanos su huella de carbono, la planta también contará con una imponente chimenea que emite enormes anillos de “humo” (son de vapor) perfectamente circulares cada vez que la planta le bombee una tonelada de dióxido de carbono a la atmósfera. Cuando Ingels comenzó tenía un socio único; trabajaban y vivían juntos en el mismo apartamento. Hoy, BIG cuenta con 100 empleados en Copenhague y 150 en Nueva York, y tiene 40 proyectos distintos en todo el mundo, en los que se muestra la estética característica de BIG, una mezcla que incluye jovialidad, a veces alocada, y una dedicación seria a la sostenibilidad y la innovación.

El nuevo estadio de los Washington Redskins estará rodeado por un foso en lugar de una cerca, en el que los seguidores podrán practicar kayak o pasar el rato en una playa artificial. La sede de Google, un proyecto conjunto con el arquitecto británico Thomas Heatherwick, estará constituida por una serie de “microclimas” con marquesinas de vidrio; adentro, los espacios de oficina modulares serán apilados y barajados a petición por crabots (sí, grúas robots). Un pabellón diseñado por Ingels para las Serpentine Galleries de Londres, que será dado a conocer este verano, está hecho con unas cajas de fibra de vidrio abiertas que el propio Ingels, en un post de Instagram, comparó con los bloques de Minecraft; su Museo de Lego, actualmente en construcción en Dinamarca, parece hecho de ladrillos gigantescos de la popular marca.

Foto: DBOX/BIG
Foto: BIG

El VIA 57 West de 35 pisos en Nueva York, el primer edificio residencial terminado por Ingels en Norteamérica (y su primer rascacielos), es una reluciente pirámide con vista el río Hudson. Desde la orilla del río en Nueva Jersey, podría pasar como la vela de un gigantesco barco. Entre el VIA 57 West, el Big U y el 2 WTC (además de las propuestas para un rascacielos en la parte norte del High Line y un edificio reinventado en el exterior de Penn Station), Ingels podría estar destinado a rediseñar el panorama de Manhattan como ningún otro arquitecto en los últimos tiempos.

El honorable crítico de arquitectura Paul Goldberger describió la propuesta del 2 World Trade Center de Ingel como, “una de las torres más notables y provocativas de la última generación”. Y Aaron Betsky, decano del Frank Lloyd Wright School of Architecture, escribió en el blog Deezen que Ingels “es el arquitecto que más les gusta a mis estudiantes, por encima de cualquier diseñador de hoy en día”.

Dicho esto, a menudo hay una calidad ligeramente condescendiente con los elogios a Ingels, como para popularizar una profesión tan sujeta a la teoría como la arquitectura. Conocí a Ingels por primera vez el día después de su aparición en un segmento laudatorio de 60 Minutes, en el que sintió que la pieza periodística lo había retratado como un “vendedor”. Más tarde, expresó: “Creo que la más grande crítica/cumplido que me hacen es que yo soy ‘bueno comunicándome’. Lo que implica que uno es malo a la hora de hacer. Para mí, es una fortaleza que haya claridad. Sabemos lo que estamos haciendo y, por eso, también lo podemos explicar. El hecho de que algo sea entendible y reconocible no significa que sea poco sofisticado o banal. Simplemente significa que es claro. Y si uno no lo puede explicar no significa necesariamente que sea tan brillante que los mortales corrientes no lo puedan entender. Puede que simplemente no tenga sentido”.

El día antes de la prueba del desierto, Hyperloop hizo su presentación inicial en un centro de eventos diseñado por Gehry en el centro de Las Vegas. Ingels, que acababa de llegar de Nueva York, donde vive actualmente, llegó tarde, pero logró sentarse a tiempo para oír a Brogan BamBrogan, cofundador de Hyperloop, describirlo como alguien “putamente genial” desde el escenario. Como un producto del Silicon Valley, Hyperloop, que ha recaudado USD 100 millones en capital inicial, se estaba vendiendo a los potenciales inversionistas utilizando un lenguaje de ciencia ficción utópica combinado con el de P.T. Barnum.

Para ese fin, no nos estaban presentando una modificación mundana a un concepto viejo como un tren de alta velocidad; no, Hyperloop, según su página web, estaba “reinventando el transporte para eliminar las barreras de tiempo y distancia”.

Foto: DBOX/BIG
Foto: IWAN BAAN/BIG

La propia sensibilidad de BIG, basada en el optimismo amigable con la tecnología de la cultura emprendedora y con un ojo cuidadoso en la narración, se siente compatible con el tono de BamBrogan. “Nuestras ciudades no están polucionadas porque tengan que estarlo”, escribe Ingels en Yes is More. “Son lo que son porque así las hicimos”. Más adelante, expone lo que él llama “sostenibilidad hedonista” —una sostenibilidad que, a través de un diseño y tecnología inteligente, rechaza el viejo “concepto puritano en donde uno no debería tomar duchas largas o hacer viajes largos en sus vacaciones”—, y esencialmente le permite a la gente lograr exactamente lo que quiere sin hacer ningún sacrificio en estética ni confort. “En vez de tratar de cambiar a la gente, podemos cambiar el mundo”, insiste Ingels.

Después de la presentación, Ingels se dirige al bar y pide un vodka con soda. “He trabajado como arquitecto durante 20 años y me molesta que el motor de la economía haya sido inmaterial”, dice. Se refiere a Internet, y dice que proyectos como Hyperloop son un feliz desarrollo de su profesión. Alguien le pregunta a Ingels acerca de otros proyectos en los que esté trabajando. Él menciona uno más pequeño: un hábitat para pandas en el zoológico de Copenhague. “Los pandas tienen necesidades muy específicas”, dice Ingels. “¡Son un cliente exigente! Mi trabajo es mucho más interesante cuando el cliente es exigente. Y nada puede ser más exigente que una especie diferente”.

Ingels ordena otro vodka. BamBrogan se acerca a saludar. Es un personaje fascinante. Este ingeniero de SpaceX, la compañía de vuelos espaciales de Musk, nació bajo el nombre de Kevin Brogan, pero luego se casó con una mujer llamada Bambi y decidieron combinar sus nombres para formar un nuevo apellido, BamBrogan. Posteriormente cambió su nombre de Kevin a Brogan. Es un hombre alto y desgarbado y tiene un bigote extravagante de actor porno; esta tarde viste jeans rotos, tenis y una camisa blanca de vestido desabrochada en el centro del pecho, y, como un villano en un set de película de Bond en sur de California, está cargando y acariciando a su Chihuahua, Toby.

Ingels señala a BamBrogan y dice,: “No tomes esto a mal, pero… ¡Nicolas Cage!”, BamBrogan parece confundido. Ingels explica que tiene un hábito de ver dobles de celebridades en la gente. “No quiero decir Nicolas Cage ahora”, aclara. “Quiero decir, Nicolas Cage en Wild at Heart. ‘¿Alguna vez te había dicho que esta chaqueta representa un símbolo de mi individualidad y mi creencia en la libertad personal?’”, BamBrogan se ríe. Ingels se voltea hacia un joven inversionista y le grita: “¡Edward Snowden!”. Al hombre no le parece divertido.

Hay otra ronda de bebidas. BamBrogan está cada vez más animado. “Estoy muy metido en esto de: ‘¡Este es el siglo XXI!’”, declama fuertemente. “La edad de engranajes y grasa ha terminado. Tenemos que cambiar el futuro. ¡Estos otros mariquitas no lo harán! ¿Quién lo hará?”. Ingels asiente con la cabeza y le recomienda un libro sobre velocidad escrito por el teórico cultural francés Paul Virilio. Más tarde, BamBrogan dice: “Estoy tratando de pensar en una experiencia de viaje que me haga pensar: ‘Dios, esto es impresionante’. Uber es probablemente el ejemplo más cercano, ya que es conveniente. Creo que es lo mejor que puedo decir de los viajes”.

Ingels sonría y dice: “No estoy de acuerdo. Ve al Lobby de uno de estos hoteles y camina por las escaleras hasta el piso más alto”. Bam brogan asiente. “Bien, bien, es cierto”, dice. “Un ascensor es una experiencia muy buena”.

Alguien le pregunta a Colin Rhys, el director de diseño de experiencia de Hyperloop, acerca de las perlas que adornan sus meñiques, y él explica que eso data de los días en los que tocaba en una banda. “Yo tengo lo mismo”, dice Ingels inexpresivo, “excepto que las tengo en la punta del pene”.

Mientras espera un taxi, Ingels se escabulle para orinar en los arbustos. Un guardia de seguridad se da cuenta y señala la cámara de vigilancia, pero no le dice más. En el taxi, Ingels asiente cuando ve su edificio favorito en Las Vegas, la pirámide Luxor. “Es una idea muy pura, aunque es un poco repugnante por dentro”, dice. Más tarde le pregunto a Ingels si hay alguna ciudad en la que haya encontrado más inspiración. Piensa la pregunta, pero, en cambio, trae a colación un viaje de campamento que hizo recientemente en Islandia. “Cuando estás en una ciudad, todo parece muy limitado”, dice.

“Caminas por la acera y paras en los semáforos en rojo, y entras a un vestíbulo y tomas un ascensor. Solo puedes hacer lo que se supone que debes hacer. Por otro lado, lo que me gusta de estar en la naturaleza es que puedes subir una colina, cruzar un arroyo descalzo. Es un mundo de posibilidades, como un parque infantil para adultos. Y todavía puedes recordar cómo jugar. En la mayoría de nuestros proyectos tratamos de hacer que la ciudad se parezca un poco más a eso. Intentamos crear más posibilidades y no simplemente cosas que se supone que uno debe hacer”.

Como con mucha gente brillante a la que le gusta hablar con aforismos, es difícil saber cuándo tomar a Ingels en serio. Su discurso es muy f luido, ¿pero cuál es la relación exacta de la sinceridad con el cinismo, de la elocuencia con los sofismas, de una imaginación desinhibida con hablar mierda?

O tal vez estas preguntas son cínicas, y el entusiasmo superficial de Ingels, el cándido futurista, es una verdadera expresión de su ser interior. Ingels creció en una casa pequeña de un piso en un suburbio al norte de Copenhague con la espectacular costa danesa a solo unos minutos; tiene dos hermanos y él es el del medio, sus dos padres son profesionales (su padre es ingeniero, y su madre dentista). Todo suena bastante idílico, teniendo en cuenta las altas calificaciones que tienen los países escandinavos en sus índices de calidad de vida y felicidad personal. Pero Ingels se sentía molesto con lo que veía como limitaciones del socialismo danés.

Hay una palabra danesa para elevar lo colectivo sobre lo individual janteloven. “Básicamente significa que todo el mundo es igual”. Kaspar Astrup Schröder, un director de documentales danés que ha pasado los últimos años trabajando en una película sobre Ingels, me dice: “Bjarke sentía que no estaba siendo reconocido en Dinamarca, porque allá no les gusta que la gente sobresalga. Por eso se fue”.

Cuando niño, Ingels pasaba horas ensimismado, llenando compulsivamente cuadernos con dibujos. Cuando se inscribió en la Royal Academy of Arts en Copenhague, soñaba con convertirse en novelista gráfico (Yes is More, la primera monografía de BIG, está escrita a manera de cómic), pero finalmente Ingels descubrió y se obsesionó con el trabajo del arquitecto holandés Rem Koolhaas y decidió darle un uso diferente a sus habilidades como dibujante.

Foto: DBOX/BIG
Foto: IWAN BAAN/BIG

Luego de graduarse obtuvo un trabajo en la oficina de la firma de Koolhaas, OMA, en Róterdam (donde había hecho una práctica durante la universidad) para trabajar en uno de sus proyectos más grandes, un rediseño de 165 millones de dólares de la rama central de la Biblioteca Pública de Seattle. En 2001 abandonó OMA con otro joven colega, Julien De Smedt, y regresó a Copenhague, donde comenzaron su propia firma, PLOT; cinco años después, los dos socios se separaron e Ingels formó BIG.

Ingels reconoce que, desde el comienzo, tenía habilidad para causar revuelo. Sus firmas fueron algunas de las primeras en subir todo a sus páginas web —inscripciones a concursos, propuestas rechazadas, cualquier diseño fantástico que fueran a exhibir— porque, en ese punto, con pocos edificios terminados en sus portafolios, no tenían nada más que mostrar. Tenían un resort de cero emisiones diseñado para Azerbaiyán, con la forma de los picos de las siete montañas más famosas del país, con su propio ecosistema alimentado con energía eólica y solar; el majestuoso Superharbour, una isla artificial con forma de estrella en el mar Báltico destinada para ofrecer propiedades costeras de primera en Dinamarca; y las 3 mil unidades de vivienda asequible con terraza en una “Gran Muralla” ondulada que rodearía un parque en el centro de Copenague.

Ninguno de esos proyectos se construyó finalmente. Pero eso no importó, porque la audacia y el ingenio de los diseños de BIG —incluso para proyectos conscientes del presupuesto y no muy llamativos, como incineradores de basura y complejos de viviendas económicas— hizo que los clientes potenciales tomaran nota. En 2006, Douglas Durst, uno de los desarrolladores de bienes raíces más grandes de Nueva York, dio una conferencia en Copenhague, después de la cual el propio Ingels se le presentó preguntándole: “¿Por qué todos sus edificios se ven como edificios?”. Intrigado, Durst empezó a seguir la carrera de Ingels; en 2010 contrató a BIG para diseñar Via 57 West, el rascacielos residencial en un área no desarrollada de Hell’s Kitchen que se ha convertido en el proyecto más grande y costoso completado hasta la fecha por el arquitecto.

Durst había estado tratando de desarrollar ese terreno por más de una década, originalmente como un sitio de almacenamiento de datos (este plan fue desechado después del 9/11). “Vimos una ubicación maravillosa, con vista al río”, dice Ingels, “pero también estaba justo en la autopista West Side y al lado de unas instalaciones de saneamiento y una planta de energía. Así surgió esta idea de un patio, un oasis que fuera un refugio del ruido circundante de la ciudad”. Pero ¿cómo construir un patio dentro de la densidad de un rascacielos? “En Europa los patios funcionan porque los edificios tienen cinco pisos de altura”, dice Ingels. Cuando llegan a los 40 pisos, de repente no resulta muy agradable estar en ese agujero oscuro” .

<=” “=”” p=”“> Así se desarrolló la forma piramidal asimétrica del edificio, en la que los lados empinados maximizan la cantidad de luz y la vista al río Hudson. “En lugar de imponer nuestra voluntad, tratamos de ver lo que hay realmente, y luego la insertamos en la edición y articulación de las cosas que queremos que ocurran. Tradicionalmente se diría que todas esas limitaciones son algo que paraliza la creatividad del artista. Pero realmente creo que algunos de nuestros proyectos más osados no han sido concebidos para un concurso —cuando uno está teóricamente libre de proponer lo que quiera—, sino en colaboración directa con los clientes”.

De este modo, en casos como el del estadio propuesto para los Redskins, para el que BIG tiene que tener en cuenta varios factores, algunos de ellos existencia les, como, por ejemplo, cómo hacer que ver fútbol sea llamativo para los espectadores, cuando la experiencia televisiva es mejor cada día y mucha de la experiencia del estadio está dominada por las mismas pantallas. “Los estadios son un dinosauro”, dice Ingels. “Han sido diseñados por las mismas tres o cuatro oficinas globales. Y luego se convierte en una profecía, en donde uno tiene que ser un diseñador de estadios para diseñar uno. Eso significa que todos son lo mismo”.

Ingels decidió concentrarse en la parte de la experiencia del fútbol en vivo que no se puede replicar en casa —el aspecto comunal de asistir a un juego, en particular la parte previa al juego en donde la gente cocina en la parte trasera de su auto y se toma algo. En vez de tener un océano plano de asfalto, el parqueadero sería nivelado y tendría pasto sintético sobre tierra reforzada con fibra de vidrio, haciendo que los picnics fueran más placenteros y que fuera posible parquear vehículos pesados; reemplazar la cerca de seguridad por un foso, “en invento más simple del mundo”, enriquecido con playas, kayaks y una ola de surf perpetua, haría que el estadio fuera un destino de verano cuando no hubiera juegos de temporada; y modificar la forma de pastilla ovalada del estadio por una especie de “papa Pringle” multiplicaría el número de asientos de 50 yardas.

Descrito alguna vez por la revista de diseño Surface como “el príncipe soltero de la arquitectura”, Ingels ahora tiene una novia en serio, Ruth Otero, una arquitecta española que conoció en Burning Man, y compró un apartamento en el barrio Dumbo de Brooklyn el año pasado (él cree que los altos niveles de tributación en Dinamarca sofocan la innovación). Como una especie de frambuesa en el janteloven, una de las primeras cosas que hizo cuando se trasladó a Nueva York fue comprar un Porsche, por el que pagó, “un precio ridículo según los estándares daneses. Allí, los impuestos y el precio de la gasolina son tal altos que nadie compraría uno”. Pero al comienzo no podía deshacerse de su socialista nórdico interior: luego de su primer viaje frustrante a Harvard, donde dictaba un curso en ese momento, casi abandona el auto en Boston. Después de eso, tomó el tren.

Foto: DBOX/BIG
Foto: PETER BOEL/BIG

La comunicación inteligente de Ingels y su habilidad para vender conceptos de diseño potencialmente transformadores, ha ido en ambos sentidos cuando se trata de la reputación de BIG. “Bjarke es el rey indiscutible del ingenio en la arquitectura”, dice Oliver Wainwright, el crítico de arquitectura de The Guardian, “pero a veces te deja con ganas de algo más para masticar. La mayoría de los arquitectos buscan metáforas mucho más profundas. Son renuentes, creo, a explicar su proceso de una manera tan directa, transparente y, sí, infantil”.

Mirando hacia atrás a Yes is More, Ingels dice: “Creo que nosotros mismos nos hicimos una especie de flaco favor. Quiero decir, tuvo una muy buena aceptación, pero creo que fue un poco más fácil para nuestros críticos desechar lo que hacemos considerándolo como dibujos animados, porque literalmente hicimos una historieta. Pero, ya sabes, los que nos quieren odiar nos odiarán, ¿cierto?”. Si el cómic pareció algo tonto y poco serio, el hábito de Ingels de comportarse como si estuviera haciendo una audición para un show con temas de arquitectura en Viceland ha hecho poco para ayudar a su causa.

Una tarde en Nueva York nos reunimos en el lobby del VIA 57 West. El edificio fue elegido como el Mejor Edificio Alto de las Américas por el Consejo de Edificios Altos y Hábitat Urbano, lo que es equivalente a ganar un premio por Mejor Película. Los inquilinos ya se habían comenzado a mudar, pero Ingels me señala unos paneles faltantes en el lobby y dice que le parece muy incómodo mostrar algo que no está completamente terminado.

Y sin embargo, a pesar de las quejas de Ingels, el edificio es una maravilla, una pirámide construida por extraterrestres. El exuberante patio se siente como un oasis que silencia totalmente el ruido del tráfico de la carretera que está abajo. Un tercio de las unidades tienen balcones empotrados, que hacen que partes de la fachada parezcan una especie de circuito. “Uno termina teniendo todas estas texturas y una gran variedad de luces, sombras y reflejos”, dice Ingels. Él eligió acero inoxidable para los paneles del techo, porque “es esencialmente el material más indestructible que se puede encontrar” y, “en lugar de reflejar la luz directa, en realidad se ilumina un poco”. Dondequiera que te pares —en la acera, en el patio, a tres cuadras de distancia— es difícil que tus ojos le quiten la vista de encima.

Ver el edificio tan hermosamente construido lo hace a uno querer creer que el discurso de Ingels acerca de la “sostenibilidad hedonista” es posible, que la fe secular en la tecnología y el diseño, encarnados en el culto de Steve Jobs, valen la pena. Quién sabe, quizá Hyperloop reinvente el transporte, eliminando las barreras de tiempo y distancia. Desafortunadamente, desde la prueba del desierto, Hyperloop ha encontrado obstáculos en el camino. BamBrogan dejó la compañía luego de un rompimiento público y desagradable con su cofundador, Shervin Pishevar, un inversionista de riesgo que ya había invertido en compañías como Uber.

Junto con otros tres exejecutivos, Bam- Brogan presentó una demanda contra la empresa, alegando, entre otras cosas, irregularidades financieras por parte de Pishevar y un comportamiento amenazante de su hermano (que fue captado por cámaras de vigilancia, al parecer, dejando una cuerda con un nudo de ahorcado en la silla de la oficina de BamBrogan); Hyperloop respondió con una contrademanda alegando que BamBrogan y sus compañeros litigantes habían estado conspirando para formar una empresa rival. Ambos casos todavía están pendientes.

“Pensé que esos chicos de Hyperloop parecían un poco inestables”, dice Ingels con una sonrisa cuando nos encontramos en el VIA 57 West. De todos modos, BIG mantiene su contrato en la arquitectura del proyecto. En Las Vegas, Ingels había estado obsesionado con cómo podrían lucir las estaciones, utilizando la estación de Pensilvania de Nueva York como “un referente de lo que queremos exactamente; un centro comercial claustrofóbico y laberíntico. ¡Es una lástima que uno de los arquitectos más grandes de los Estados Unidos, Louis Kahn, haya muerto en el baño en ese lugar!”.

Otro de los retos principales del diseño es psicológico: ¿Cómo hacer que la experiencia del pasajero de ser lanzado a través de un tubo a velocidades increíblemente altas no sea completamente aterradora? Ventanas, para hacer que las cápsulas sean menos claustrofóbicas y no se sientan como un ataúd, sería la solución obvia, si no fuera por el problema del tubo mismo. Jakob Lange, un gran aliado de BIG, propuso una solución elegante: si se hacen orificios de 10 centímetros en el tubo cada 10 metros, y si también se hacen ventanas en las capsulas, y si estas se mueven 300 metros por segundo, el pasajero registraría las imágenes del mundo exterior a 30 fotogramas por segundo (la velocidad de una película). “Sería impecable”, dijo Ingels. “Como mirar a través de la cerradura de una puerta”.

Pase lo que pase con Hyperloop, Ingels permanece en movimiento. Entre nuestras reuniones en Las Vegas y Nueva York, pasó gran parte de su verano en Europa: en Venecia, para la Bienal de Arquitectura; en Londres, para la inauguración de su pabellón de la Serpentine Gallery; en Copenhague, visitando a su familia (y también comprando impulsivamente una casa flotante). Aunque huyó de Copenhague porque le parecía asfixiante, se siente cómodo en un lugar donde “todo tu grupo genético está dentro de 10 kilómetros” .

<=” “=”” p=”“> En el patio del VIA 57 West, Ingels mira a su alrededor, hacia los senderos inclinados del jardín y dice: “Creo que esto se va arraigar bastante bien. Hace dos meses, no había nada aquí. En los próximos años, volver va a ser más divertido”. Ingels saca su smartphone y me muestra el tráiler de la película de Doctor Strange de Marvel, en el que su edificio es un lugar destacado en la toma de apertura. Sonríe y luego habla de varios ajustes pequeños que ha tenido que hacer a lo largo del proceso de diseño y construcción. “Tan pronto se cambia un pequeño ingrediente, tienes una cascada de consecuencias con las que hay que lidiar”, como un efecto mariposa, pero para Ingels significa también “escapar del statu quo”.

“¿Conoces la definición de ciencia ficción de Philip Dick?”, pregunta. “Dice que la ciencia ficción no es una ópera espacial, aunque suceda a menudo en el espacio, y no es una historia del futuro, aunque muchas veces suceda en el futuro. Dice que la ciencia ficción es una historia donde la trama se desencadena por algún tipo de innovación. Con frecuencia es innovación tecnológica, pero puede ser política, social, cualquiera que sea. Y la historia es una exploración narrativa de la posibilidad de esa innovación, de esa idea. Y no solo el escritor, sino el lector, puede pensar e imaginar cómo sería nuestro mundo si ese algo fuera distinto”, dice Ingels.

“Por eso se puede decir que la ciencia ficción es el medio donde se hace eso de forma narrativa”, continúa el danés. “Pero la arquitectura es una disciplina donde se tiene la posibilidad de hacerlo realidad. Hell’s Kitchen es como es. Todo el mundo es como es. Y nosotros hacemos algo diferente”. Ingels levanta su mano con el entusiasmo de un director de orquesta. “¿Y cuáles son las consecuencias para todo lo que nos rodea?”.

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