El letal tratamiento a los refugiados en Europa

Un celebrado autor reflexiona sobre el error fatal de deshumanizar a millones de personas necesitadas

POR ALEKSANDAR HEMON | 09 Feb de 2016

<p>Inmigrantes pasando a través de un campo de registro en la frontera entre Grecia y Macedonia en enero. <b>Sergey Ponomarev/The New York Times/Redux</b></p>

Inmigrantes pasando a través de un campo de registro en la frontera entre Grecia y Macedonia en enero. Sergey Ponomarev/The New York Times/Redux


Mi prima Ljilja está casada con un hombre llamado Muhamed. Solían vivir en Bijeljina, un pueblo en la frontera de Bosnia barrido a principios de 1992 por tropas serbias que erradicaban al país de sus musulmanes. Temiendo por su vida, Muhamed le pagó a un extraño para que lo llevara a través del río a Serbia, en donde podría esconderse. Unos días después, Ljilja dejó su trabajo como profesora y abordó un bus para seguirlo con su hijo bebé, Damir. En la frontera tenía miedo de que la devolvieran o la lanzaran al río. Por suerte, sus documentos fueron revisados por un antiguo estudiante que los dejó pasar. Poco después, los paramilitares serbios golpearon al padre de Muhamed hasta la muerte.

La familia terminó en Francia. Durante 16 meses vivieron en un lugar para refugiados: un pequeño cuarto, dos familias, camarotes atiborrados. Damir se demoró un poco en empezar a hablar, pero cuando lo hizo fue en bosnio y francés. Una vez consiguieron los papeles para quedarse, el gobierno local les dio un apartamento diminuto. Estaba completamente vacío: no tenía muebles, ni camas, ni estufa, ni refrigerador, nada. Lo único que tenían eran dos bolsas de lona que les había dado la Cruz Roja con ropa de bebé. Pronto la prima de Muhamed les envío algunas cosas, incluyendo una cuna que había logrado conseguir a través de sus amigos franceses. Por un tiempo, Ljilja y Muhamed durmieron en el piso. Muhamed buscó trabajo desesperadamente, su nombre obviamente musulmán era un impedimento. Tuvieron que acudir a un comedor de beneficencia más de una vez.

Para resumir: a la edad de diez Damir construyó su primer robot; a la edad de quince escribió un código para controlar a través de Internet otro robot que había construido. En el presente, a la edad de 25, está en un doctorado en la Université Paris-Sud en Orsay, el mejor instituto de investigación de inteligencia artificial de Francia, uno de los mejores cinco del mundo. Se siente 80 por ciento francés y 20 por ciento bosnio. Cuando lo conocí, vi el futuro más allá de mí, y no puedo empezar a imaginar las cosas que él es capaz de hacer.

Mientras tanto, el Primer Ministro francés Manuel Valls, que gobierna desde un indefinido estado de emergencia producido tras los ataques del 13 de noviembre en París, insiste en que los refugiados “desestabilizan nuestras sociedades”. Katue Hopkins, una “columnista” de un tabloide británico y una devota de Trump, ha escrito: “Estos inmigrantes son como cucarachas. Pueden verse un poco como la Etiopía de Bob Geldof alrededor de 1984, pero están diseñados para sobrevivir una bomba atómica”. Matones enmascarados en Estocolmo aleatoriamente golpean a los hijos de los refugiados; el campamento en el pueblo francés de Calais ha sido asaltado por trúhanes anti refugiados; un grupo alemán anti islámico, PEGIDA, ha liderado manifestaciones a lo largo del continente. Europa no tiene una política común en torno a los refugiados, pero ciertamente está desarrollando éticas en común.

La aproximación oficial actual al problema está fundamentada en la esperanza que una carrera de obstáculos por toda Europa disminuirá el flujo de refugiados (un millón en 2015). Todo lo que aliente a los refugiados a ver los beneficios de morir en otra parte ayuda: chalecos salvavidas defectuosos y ahogamientos frecuentes (esta semana 27 personas murieron camino a Lesbos, 11 de ellos niños); la ausencia de ayuda logística y humanitaria; aparte de ONGs y voluntarios amateurs; abuso de los ladrones y la policía; pagarle a Líbano (en donde los refugiados son el 30 por ciento de la población) y Turquía para que los mantenga en campos cercados, etc. Mientras que países como Hungría y Polonia ponen alambre de púa en sus fronteras para impedir que los refugiados “desestabilicen nuestras sociedades”, el Acuerdo Schengen, crucial para la idea y práctica de la libre circulación entre fronteras de la Unión Europea, está a punto de ser suspendido. Incluso a Alemania, que ha sido un país que da la bienvenida, al menos hasta el incidente en Año Nuevo en Colonia –en donde cientos de mujeres fueron robadas y mancilladas por hombres de “apariencia árabe o norafricana”–, no le importa que el número de refugiados sea reducido antes de que lleguen allí.

Toda la estrategia de la carrera de obstáculos se beneficia de la deshumanización. Imágenes sindicadas muestran como hordas de refugiados empujan las cercas, desbordan estaciones de tren, rebosan los ferris, parecen zombis, convirtiendo su individualidad en algo irrelevante e invisible. Refiriéndose a los “inmigrantes”, el Primer Ministro británico David Cameron ha utilizado términos como “enjambre” o “montón”, un grado apenas menor a “cucarachas”. El efecto de despojar a los refugiados de sus posesiones (como la ha hecho Dinamarca) asegura que incluso aquellos que entren, lo hagan como si fueran nada. Y cuando existe una individualización de algunos refugiados usualmente es contingente al hecho de que están muertos: un niño encallado y ensangrentado puede tener un nombre y una vida, pero muy pocos otros son representados como completamente humanos. En algún lugar de Europa alguien debe estar desarrollando un videojuego con puntos ganados por cada refugiado sin nombre eliminado antes de alcanzar Londres o Copenhagen.

Cada vez que veo a Damir, pacientemente me presenta sus ideas brillantes sobre la inteligencia artificial, la nanotecnología y la microbiología; él le explica gentilmente a su viejo tío la ética de los algoritmos auto aprendidos y las lógicas de la evolución dirigida. Algunas de sus ideas son multimillonarias, pero él prefiere subirlas a páginas gratuitas. Hace un cuarto de siglo, escapando de la masacre de los musulmanes bosnios, logró sobrevivir en los brazos de su madre a través de fronteras hostiles. Y, si Damir y gente como él no son el futuro de Francia y la Unión Europea, entonces es que éstas no tienen ningún futuro. Al cerrar la puerta a los refugiados, Europa está cerrando la tapa de su propio ataúd acolchado de satín.

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