El milagro psicodélico

Una mirada al movimiento clandestino que busca demostrar los poderes curativos del MDMA, la ayahuasca y otros alucinógenos

POR MAC McCLELLAND | 22 Jun de 2017

<p><i>ILUSTRACIÓN POR GONI MONTES</i></p>

ILUSTRACIÓN POR GONI MONTES


El Dr. X es un padre de familia. A las 4:37 p. m. de un día festivo está prendiendo una parrilla, a punto de tomar unas pinzas y una cerveza. Sus niños juegan en el patio. Aunque ahora es una persona muy educada, el Dr. X creció en medio de la pobreza. Hace dos horas caminaba en el jardín con una mujer para ayudarle a superar los efectos de una dosis de MDMA. En la mañana, él mismo le había administrado esa dosis que la dejó supremamente drogada. Esto es lo que se conoce como terapia psicodélica asistida, una nueva práctica cada vez más popular, que consiste en administrar sustancias psicotrópicas para tratar un gran número de condiciones físicas, psicológicas y espirituales. Algunas personas salen tambaleándose de estos “viajes”, como se llaman las sesiones en este lenguaje semioficial. Algunos deben quedarse muchas más horas que las cinco habituales, lloran o esperan recuperar el equilibrio emocional, acostados sobre un colchón mientras exploran los secretos, traumas, creencias o tristezas de su subconsciente.

La novedosa terapia del Dr. X (una o dos sesiones de MDMA y luego, si se necesita, más viajes con hongos alucinógenos) es absolutamente ilegal. El MDMA y los alucinógenos están entre las substancias controladas y consideradas peligrosas en Estados Unidos. De ser descubierto, podría perder su licencia médica, a sus hijos e incluso su libertad. “Esto es en realidad parte del cuidado de la salud”, dice en su defensa. Para explicarlo de manera simple, la terapia con MDMA —que genera una intensa actividad neuronal incluyendo la liberación de adrenalina y serotonina (que mejoran el estado de ánimo)— ayuda a disminuir el miedo y permite que los pacientes interactúen y enfrenten partes de su psiquis que de lo contrario no podrían afrontar. En general se considera que las drogas psicodélicas permiten una introspección del ego y una nueva perspectiva de uno mismo y sus recuerdos, y así lograr un mejor entendimiento y una cura de sí mismo.

El Dr. X es internista, así que sus pacientes no buscan psicoterapia. Pero a medida que continúa con esta terapia, cada vez ve más “la correlación entre la conciencia y la enfermedad”, dice, “cualquier enfermedad”. Narcolepsia, cataplejía, enfermedad de Crohn, diabetes; después de una terapia psicodélica, los niveles de azúcar en la sangre de un paciente se redujeron en un 30%. Aquellos que sufren de alergias a alimentos han descubierto en sus viajes que se han estado atacando a sí mismos internamente. “La conciencia es algo muy poco valorado”, dice el Dr. X, “la usamos en todas las demás facetas de nuestras vidas y valoramos su aspecto intelectual, pero negamos su parte emocional o intuitiva”. La terapia psicodélica “ha devuelto mi pasión y mi convicción en el acto de sanar. Creo que es la mejor herramienta para lograr el bienestar, entonces me siento moral y éticamente obligado a abrir ese espacio”.

Actualmente —en el aspecto legal— estamos en medio de un renacimiento psicodélico. Las universidades de Nueva York, Nuevo México, Zúrich, Johns Hopkins, Alabama y California-Los Ángeles se han unido con el Hefter Research Institute, que se especializa en investigación sobre alucinógenos. Las universidades y el instituto están haciendo estudios sobre el tabaquismo, alcoholismo, la ansiedad causada por el cáncer terminal y la dependencia a la cocaína. El Instituto Usona dona recursos para estudiar la “medicina para expandir la consciencia”, con el fin de combatir la depresión y la ansiedad, realizados en la Universidad de Wisconsin- Madison; desde el año 2000 la Asociación Multidisciplinaria para Estudios Psicodélicos (MAPS, por su nombre en inglés), una organización sin ánimo de lucro con sede en California, ha estado donando recursos para ensayos clínicos con MDMA en sujetos con estrés postraumático, en su mayoría veteranos del ejército, pero también policías, bomberos y civiles. En noviembre, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) aprobó la fase 3 de los ensayos clínicos sobre el uso de MDMA en el tratamiento del estrés postraumático. MAPS se ha comprometido a donar 25 millones de dólares para el año 2021, a la vez que apoya o realiza investigaciones con ayahuasca (una mezcla de plantas amazónicas), LSD, marihuana de uso médico e ibogaína (el extracto farmacéutico del arbusto africano Tabernanthe iboga). Adicionalmente la organización está patrocinando un estudio sobre el uso de MDMA para tratar la ansiedad en adultos con autismo, que se adelanta en el centro médico de la universidad UCLA. Adicionalmente, acaba de concluir otro estudio sobre el uso del MDMA para tratar la ansiedad en pacientes con enfermedades terminales.

“Si no tuviéramos una idea sobre la posible importancia de estos medicamentos, no los estaríamos investigando”, dice el Dr. Jeffrey Guss, profesor de psiquiatría en la Universidad de Nueva York e investigador del proyecto sobre cáncer y uso de alucinógenos. “Su importancia se ha registrado y se ha sabido durante miles de años, han sido usados en contextos religiosos y medicinales. Su potencial y la importancia de estudiarlos hablan por sí mismos”.

Los optimistas piensan que si todo sale bien, dentro de 10 o 15 años, los psicodélicos se podrán recetar legalmente, no solo para tratar condiciones específicas, sino también para buscar el crecimiento personal. Mientras tanto, según el director ejecutivo de MAPS, Rick Doblin, “hay cientos de terapeutas dispuestos a trabajar con psicodélicos ilegales”, todos ellos clandestinos, como el Dr. X. Estos están en Florida, Minnesota, Nueva York, California, Colorado, Carolina del Norte, Pensilvania, Nueva Inglaterra, Lexington, Kentucky. “Hay cientos en los Estados Unidos”, dice, “aunque están regados por todo el mundo”.

“HAN SIDO USADOS EN CONTEXTOS RELIGIOSOS Y MEDICINALES. SU POTENCIAL Y LA IMPORTANCIA DE ESTUDIARLOS HABLAN POR SÍ MISMOS”

Como en cualquier campo profesional, los practicantes clandestinos varían en calidad, experiencia y método. Algunos son médicos profesionales, como el Dr. X, o terapeutas, y algunos tienen un entrenamiento menos convencional. No todos usan las mismas substancias y no usan una sola necesariamente. Algunos trabajan con éxtasis, hongos o ayahuasca, que se ha puesto de moda en ceremonias de autoexploración a través del mundo. Otros administran 5-MeO-DMT, que se extrae de una rana del desierto de Sonora, México; y algunos ofrecen iboga o ibogaína, que, de acuerdo con la escasa investigación disponible, puede ser una de las curas más efectivas para la adicción a los opiáceos, aunque también puede causar complicaciones cardiacas fatales.

Los terapeutas clandestinos difieren en sus drogas de preferencia y en cuáles son más efectivas para ciertas condiciones. Sin embargo, su creencia los une: “Las personas involucradas están arriesgando sus carreras y su libertad para ayudar a otros a alcanzar la libertad emocional, y están en desacuerdo con la prohibición”, dice Doblin. “El que haya gente dispuesta a hacer estas terapias corriendo grandes riesgos personales dice mucho sobre lo que piensan acerca de las posibilidades del uso de estas drogas en psicoterapia”.

Sin embargo, hay limitaciones. Lo psicodélicos no son para todos ni son infalibles. Ningún investigador o proveedor (clandestino o no) ha dejado de señalar que ciertas condiciones preexistentes hacen que su uso no sea apropiado, y que, aunque los peligros no son tan graves como se ha querido hacer creer en la lucha contra las drogas (a excepción de la ibogaína), los resultados pueden ser adversos. La ayahuasca es tan tóxica cómo la codeína —aunque esta última causa muchas más muertes— y los hongos son un poco menos tóxicos. Algunos estudios han descubierto daños cerebrales en usuarios crónicos de éxtasis, pero en 2010, los investigadores de la escuela de medicina de Harvard hicieron un estudio con un grupo de mormones usuarios de éxtasis —que la iglesia no había prohibido— que no consumían otras drogas o alcohol.

Los resultados no demostraron consecuencias a nivel cognitivo; estudios controlados sobre las dosis de MDMA en terapia no han hallado evidencias de neurotoxicidad o cambios permanentes en los transmisores de serotonina.

¿La cura? La popularidad de la ayahuasca, una mezcla alucinógena de plantas amazónicas, ha llevado a un boom en el turismo psicodélico
¿La cura? La popularidad de la ayahuasca, una mezcla alucinógena de plantas amazónicas, ha llevado a un boom en el turismo psicodélico


El LSD no se queda en el cuerpo para siempre (su promedio de vida es de algunas horas). Pero a nivel de comportamiento, hay consumidores de éxtasis que han muerto por golpes de calor, por beber agua en exceso o no beber agua en fiestas; ha habido ataques e incluso un asesinato en ceremonias de consumo de ayahuasca para extranjeros en Perú, y esos viajes han aumentado gracias a la popularidad de la substancia.

La principal preocupación tiene que ver la gente que se asusta durante o después de un viaje muy largo, pero esto no ha sucedido en ninguno de los estudios médicos, aunque no es raro que los pacientes tengan experiencias difíciles en sus viajes.

Se estima que en Nueva York y el Área de la Bahía se realizan 120 rituales cada semana.
Se estima que en Nueva York y el Área de la Bahía se realizan 120 rituales cada semana.


El Dr. Charles Grob, profesor de ciencias del comportamiento en UCLA, quien ha hecho estudios sobre el MDMA, ayahuasca y psilocibina, dice que es una cuestión de hacer pruebas, preparación y tener apoyo de expertos. “Esto es medicina seria, con M mayúscula”, dice, “y si no estás atento a ti mismo y no pones atención a lo básico, puedes meterte en problemas”.

Incluso en las mejores circunstancias, el proceso que se da con la terapia psicodélica a menudo no está libre de dolor. “Lo que sucede no es que las personas encuentren felicidad y todo mejore”, dice el Dr. Michael Mithoefer, el investigadorprincipal de los estudios con MDMA en Charleston, Carolina del Sur. “Estas drogas hacen que el proceso de sanación sea posible, no fácil”.

Cuando una persona toma 125 miligramos de MDMA puro —suficiente como para inmovilizarla— y alguien le pide que observe lo más oculto de su ser, “es algo que desestabiliza”, advierte el Dr. X. Pero esto tiene un propósito: “Permite que nos abramos”, dice. “Algunas veces la medicina puede estabilizar a una persona que pasa por una situación difícil. Otras veces, puede agitar la locura para que puedan procesarlo. Algunos se sienten rejuvenecidos y listos para retomar sus vidas, pero otros se sienten agotados, divididos. Algunos me han dicho: ‘La experiencia cambió lo que pensaba sobre mí mismo’”.

Dejando de lado las limitaciones y retos, hasta ahora la evidencia da un optimismo cauteloso a los investigadores sobre las posibilidades del uso de psicodélicos para sanar y cambiar. Si tienen razón, la comercialización puede ayudar a ampliar las opciones para el tratamiento de ciertas condiciones —trauma, depresión, ansiedad, adicción— que impactan a millones de estadounidenses y, en últimas, moldean nuestro mundo. “Si avanzamos y comprendemos mejor que estas substancias solo deben usarse en condiciones óptimas”, dice Grob, “habrá un impacto positivo a nivel individual, familiar, colectivo y social”. En estudios legales como este, los participantes aseguran que la terapia psicodélica está entre las cinco experiencias más importantes de su vida, junto con el nacimiento de un hijo.

Esto ya lo hemos visto; desde los años 50 hasta los 70 se documentaron más de 40 mil casos de tratamientos psicodélicos en mil artículos de medicina, que cubrían problemas de adicción, estrés postraumático, trastorno obsesivo compulsivo, desórdenes antisociales y autismo. A pesar de los buenos resultados, dice Grob, el “salvaje y desinhibido entusiasmo de los 60”, contribuyó a que hubiera desenlaces negativos en el uso recreacional de las drogas, lo que dio a los legisladores los argumentos necesarios para prohibir la investigación durante décadas. Y así como las investigaciones legales van en aumento, también lo han hecho las prácticas clandestinas. Cada vez se publican más resultados positivos de investigaciones; más doctores y pacientes las leen; se conocen más historias con cifras favorables.

“El secreto ha sido revelado”, dice Grob, y, junto con el aumento desmedido de casos de depresión, sobredosis con opiáceos, suicidios de veteranos y civiles, así como un aumento en el interés por el bienestar y la salud, la demanda por estas terapias va en aumento. Los investigadores han reiterado que no deben y no pueden atender pacientes clandestinamente, pero algunos admiran la disposición de los profesionales que actúan en la ilegalidad, porque saben que a veces la salud no puede esperar y los psicodélicos son fundamentales. “Los respeto”, dice Guss, de NYU. “Soy miembro del establecimiento más respetado, entonces, de cierta manera estamos aislados de la sabiduría y los conocimientos de la comunidad clandestina”. Su amplia experiencia, que no ha sido documentada, contiene detalles de las posibilidades de la medicina, así como de las dificultades encontradas, sus retos e inconsistencias —la variedad de formas en la que los psicodélicos pueden cambiar las vidas—. “Estoy interesado en aprender lo que los terapeutas clandestinos nos puedan enseñar”, dice Guss.

Mi primer acercamiento a la terapia psicodélica fue hace algunos años, cuando un doctor me dijo que mi vagina estaba ‘deprimida’. Fui a un examen pélvico porque sentía que algo andaba mal; en la siguiente consulta, los resultados fueron negativos y tuve que responder miles de preguntas sobre el estrés postraumático que estaba sufriendo por amenazas de violencia sexual. Simplemente me dijeron que mis genitales estaban tristes. Estaba en San Francisco, practicaba mucho yoga y no podía creer que mi vagina tuviera un desorden emocional. Sin embargo, quedé intrigada cuando la doctora me dijo que conocía a un terapeuta que podía curar años de trauma en cinco horas, mientras le dijera la contraseña secreta. Ella me dio el número de ese terapeuta, quien trabajaba con MDMA.

Nunca llamé y después me fui a vivir al otro lado del país. Años después estaba de vacaciones en la costa y mi esposo salió a trotar; yo me quedé sola y pensé en suicidarme. En el auto, mientras hacía una diligencia, pensé en lanzarme por un precipicio y caer al Pacífico.

Sí, tenía una historia difícil: estrés postraumático, un trastorno depresivo grave y pensamientos suicidas. Técnicamente estaba discapacitada de forma permanente, pero estaba mucho mejor, trabajaba, iba a karaoke, tenía una vida. Tenía retrocesos y episodios graves, pero no estaba tratando mis “problemas”. Sin embargo, la noche antes de ese episodio, empecé a gritar en un restaurante, sentía que estaba perdiendo el control, no podía detenerme para evitar el escándalo. Ahora que había logrado detener el carro y estaba de vuelta en el hotel, gritaba contra una almohada. Llamé a un terapeuta y rogué que me diera una cita de emergencia. Mientras estaba en su consultorio, en posición fetal, pregunté en voz alta si debía intentar la terapia con MDMA.

Curiosamente (o por arte de magia), ella tenía el número de otro terapeuta que trabajaba con drogas psicodélicas.

La terapeuta que me dio la segunda referencia me contó que tenía un paciente con el que había trabajado por años y que había hecho un viaje. La diferencia en la condición de ese paciente era como el día y la noche. Cuando llamé, la mujer dijo que debíamos vernos en persona. Cuando nos encontramos, me dijo que mi lucha era la razón por la cual la terapia con MDMA debía estar disponible para el público. Dijo que me podría ayudar mucho más, en unas pocas sesiones, que todos esos años de terapia convencional.

Después de otra conversación llegué a la cita nerviosa, emocionada y desesperada, con el estómago vacío (como ella me lo había indicado), a una encantadora habitación. Después de hacer una plegaria, me tomé la píldora de polvo blanco y me acosté en la cama con el diario que me habían dicho que llevara, mientras que la doctora salió para darme privacidad. Me habían dicho que el viaje con psicodélicos realmente empieza antes, cuando decides hacerlo, y realmente había estado teniendo más problemas desde que tomé la decisión. Esperar a que la medicina hiciera efecto no fue distinto.

El viaje. 9:35 a. m.

Estoy llena de dolor, gratitud y terror. Estoy mucho más tensa, más intocable desde que anoté esto en mi calendario. Mi cuerpo debe estar aferrándose y tensionándose en preparación para dejarse tr…

9:55

Fue el momento en que llegó la duda sobre la inutilidad, la falta de sentido de este esfuerzo. Hace un momento, estaba viendo muchas lágrimas púrpura. Quiero ir a leer el periódico y tomar té en algún lugar.

En ese momento la terapeuta, que había vuelto a entrar, me dijo que estaba más drogada de lo que yo pensaba y que me recostara y dejara que mi mente viajara.

Exclusiva

No esperaba alterarme o viajar en el tiempo, pero vi imágenes de mi vida y visité a mis seres queridos. La terapeuta puso música de guitarra que al principio me pareció aburrida, pero luego se convirtió en la composición más hermosa que había oído. Respiraba profundo con los ojos cerrados y una mano en el pecho. Mi terapeuta había dicho que nuestro trabajo conjunto era confiar en mi intuición. Volví al origen de mi estrés postraumático. Volví a una habitación desolada donde un extraño me atrapó. Vi la escena, pero no salí abusada ni violada. El extraño venía hacia mí y con un movimiento rápido me agarraba por el cuello.

La escena se repitió una y otra vez. Ooooooohhhh. De repente podía ver. Esto no se trata de violación, como había pensado y como lo había tratado en terapia por años. Se trata de asesinato.

Durante semanas después, cada vez que me cruzaba con un hombre en la calle, oía una voz dentro de mí que me decía, feliz y segura: ¡Este hombre no te va a matar! Al pasar por la acera en una calle, ese hombre no te va a matar y ese hombre no te va a matar. Si conscientemente hubiera pensado que lo iban a hacer, me habría encerrado en la casa. No es de extrañarse que siempre estuviera cansada. Después del viaje, salí a la calle llena de energía. Ver el miedo de ese momento en el que moría ahorcada fue más o menos terrible, pero en realidad no lo fue, gracias al éxtasis. En cuanto me di cuenta de ello, ese momento perdió su poder sobre mí.

Para algunas personas el viaje con MDMA termina después de unas horas. Se sientan y comienzan a caminar. Beben el agua y comen algo, hablan un poco mientras pasa el efecto de la medicina y después se van.

A mí tuvieron que sacarme de mi viaje. Hacia las 2:00 p.m. la terapeuta me tuvo que sacudir; era hora de irme, mi esposo había llegado y ella tenía otro paciente que atender. Mi esposo, perplejo, me llevó a un hotel cercano, como estaba planeado. Yo balbuceaba, al principio era placentero, pero después todo se volvió raro y oscuro. Llamé a la doctora y le pregunté si después los pacientes sentían que debían acabar con todos y cada uno de los aspectos de sus vidas, y me dijo que en realidad no, pero que en ese caso mi trabajo era “no hacer nada, muy lentamente”.

En los ensayos clínicos de MDMA los pacientes se quedan toda la noche. Las sesiones duran al menos ocho horas, porque ese es el tiempo en que tardan en producirse las reflexiones más profundas. Mi terapeuta nunca había tenido un paciente como yo. Los investigadores dicen que no es raro que el viaje se ponga feo un rato después.

Pero yo no sabía nada de eso. Esa noche corrí hacia el campo oscuro, sola. Sentía que cada aspecto de mi existencia era un error, y estaba aterrada. No sabía qué hacer conmigo, excepto por una cosa específica. Un mensaje claro se repetía una y otra vez en mi cabeza: divórciate.

“Es más fácil integrarse si tienes una vida: una empresa, una casa, una esposa”, explica el Dr. Y a un paciente en una sesión telefónica. El Dr. Y, que luce joven para su edad, comenzó la terapia tras perder a su pareja, su trabajo y mudarse, tres de los cinco eventos que más estrés causan según los psicólogos. El Dr. Y es psiquiatra, puede recetar medicamentos, pero en esta sesión pregunta a su paciente si estaría dispuesto a tomar ayahuasca. Quiere estar seguro de que el paciente está familiarizado con el proceso de “integración”, que también podría ser llamado “recoger los pedazos de tus bombas personales”. La mitad de los pacientes del Dr. Y cambian su vida radicalmente tras consumir ayahuasca. “Probablemente una cuarta parte piensan en terminar sus relaciones o divorciarse”.

El Dr. Y considera que el 90% de sus pacientes son aptos para tomar ayahuasca. Uno de cada 10 no debe hacerlo, aquellos con una historia de psicosis, manías o desórdenes de personalidad, pero por lo general son quienes no tienen un sistema de apoyo para la integración, o no están listos para manejar sus síntomas, mientras dejan los antidepresivos. Este es uno de los requisitos para los practicantes: como el MDMA y los alucinógenos, la ayahuasca aumenta los niveles de serotonina en el cuerpo, y si se toma junto con ciertos medicamentos, se corre el riesgo de un envenenamiento por serotonina.

El paciente del Dr. Y no presenta ninguna contraindicación, y el psiquiatra cree que es lo suficientemente fuerte psicológicamente para hacerlo, siempre que el propio paciente también lo crea. El Dr. Y le va a enviar los datos de contacto de terapeutas acreditados en su ciudad. “Tres noches [seguidas] son mejor que dos, y dos definitivamente son mejor que una”, me dice. La primera noche se toma la ayahuasca y el paciente empieza a abrirse; la segunda noche se explora más profundo, son como capas de autodescubrimiento. El alma es como una cebolla. A veces, pelar una de esas capas con ayahuasca incluye experimentar tu propia muerte. El Dr. Y da instrucciones al paciente sobre qué hacer en el mes previo a su viaje: nada de drogas, alcohol o sexo; no ver noticias o televisión violenta; reducir el estrés, meditar, encontrar el silencio. Y en la semana clave no comer carne, comida picante o fermentada. El Dr. Y —que ha experimentado cientos de ceremonias— dice: “Entre más limpio estés cuando vas a la ceremonia, más impacto va a tener”. Pase lo que pase, durante o después, el Dr. Y va a estar disponible.

Hay desventajas al hacer las cosas de manera clandestina. Además del obvio riesgo de arresto, los proveedores dicen que la ilegalidad hace que haya más riesgos en cada etapa del proceso. Puede haber dificultades con algo tan simple como conseguir y asegurar compuestos limpios. MAPS ayudaba a dirigir un programa de pruebas en MDMA y la mitad de las píldoras que recibieron no contenían MDMA; hay chamanes que le añaden otros alucinógenos más tóxicos a la ayahuasca para intensificar el viaje. El paciente mejor cuidado sigue estando en desventaja por la falta de conocimiento y apoyo. Incluso los mejores terapeutas no saben tanto como deberían. Una vez al año hay una conferencia secreta que reúne entre 50 y 100 terapeutas clandestinos en un lugar diferente cada vez. Pero una gran parte de terapeutas no asiste y las minutas y descubrimientos no se pueden publicar.

Adicionalmente, no todos los pacientes obtienen cuidados tan minuciosos o expertos como los pacientes del Dr. Y. algunos no reciben la preparación ni los cuidados que pueden necesitar porque no pueden pagarlos. En otros casos, por la clandestinidad, no pueden escoger a sus terapeutas y es difícil saber cuál es bueno. Un médico (a quien le digo que va a tener una identidad secreta como Batman, y me pregunta si puede ser Dr. Batman) que solía administrar psicodélicos para tratar la depresión y la ansiedad no lo hace ya porque empezó a ser un riesgo muy grande para su práctica legal; pero en casos extremos refiere a pacientes adictos a opiáceos con terapeutas clandestinos que administran ibogaína. “Conozco a varias personas que lo hacen”, dice, “pero solo confío en uno o dos de ellos, entre 10. Son enfermeras o terapeutas respiratorios que saben qué hacer en una emergencia”. Aparte de ellos hay toda una “subcultura” de terapeutas aficionados que administran ibogaína, dice el Dr. Batman. “Es un movimiento de adictos ayudando a otros adictos. No creo que sea bueno”. Según el Dr. Batman, lo mejor sería que la gente reciba un tratamiento para la adicción con ibogaína en una clínica acreditada por fuera del país. Según uno de estos centros en México, uno de cada 10 pacientes necesita atención médica, uno entre 100 necesita intervención médica seria, e incluso en escenarios hospitalarios, la gente puede morir. Pero no todos tienen el dinero para viajar a recibir el mejor tratamiento. “Es muy difícil para mí recomendar a alguien”, dice el Dr. Batman.

“SI COMPRENDEMOS QUE DEBEN USARSE EN CONDICIONES ÓPTIMAS, HABRÁ UN IMPACTO POSITIVO A NIVEL INDIVIDUAL, FAMILIAR, COLECTIVO Y SOCIAL”.

Incluso en el caso del MDMA y los alucinógenos, que son más seguros, el Dr. X dice que “el que tengamos que hacer esto a escondidas y enviar la gente a sus casas, en lugar de atenderlos en una clínica”, no es lo ideal.

Elizabeth Bast, artista y madre de 41 años, sentía que no tenía opciones cuando ella y su esposo, Joaquin Lamar Hailey (más conocido como el artista Chor Boogie), viajaron a Costa Rica para acceder a una terapia con ibogaína en un centro médico, cuando Hailey recayó en una adicción a la heroína que amenazaba con acabar con su vida. Al sentir que necesitaba otra dosis seis meses después, encontraron un proveedor clandestino más cerca, en los Estados Unidos. Según Bast, la ibogaína “fue crucial, salvó su vida”. La pareja comenzó a organizar y facilitar viajes para que otros adictos recibieran tratamiento. Pero hay muchos otros a quienes no pueden ayudar. Bast escribió un libro sobre su experiencia: “Recibo preguntas diariamente: ‘Mi hermano está muriendo y no puedo salir del país’. Nos encantaría poder apoyarlos, pero es demasiado riesgoso”.

La comercialización psicodélica no está libre de riesgos potenciales. Hay peleas en la comunidad clandestina sobre las regulaciones que implicaría la legalización; especialmente sobre quiénes podrían administrarlo y consumirlo y cómo; o si llevaría a que se vuelva corporativo, o un aumento en proveedores legales de baja calidad. Incluso ahora, en países donde es legal, “hay sitios en los que se hace de manera muy poco profesional”, dice Ben de Loenen, directora ejecutiva del Centro Internacional para Educación, Investigación y Servicio Etnobotánico (ICEERS), que provee recursos para usuarios y usuarios potenciales de ayahuasca e ibogaína. Grob, de UCLA, ha recibido llamadas de pacientes que con ansiedad severa y persistente durante meses después de una terapia psicodélica; él dice que es resultado de una mala preparación, falta de ética, malas prácticas o proveedores. También hay dudas sobre la sostenibilidad. Producto de la deforestación y el aumento en la popularidad de la ayahuasca, los chamanes han tenido que buscar más adentro en las junglas para encontrar las plantas para producirla. El aumento en la popularidad del 5-MeO-DMT, llamado “el sapo” por sus orígenes en el veneno del anfibio —el líquido se extrae, se seca y después se fuma (beberlo puede ser fatal)— ha significado un aumento en las incursiones a reservas indígenas. Si la cultura acepta las especies como el camino hacia la sanación o la ilustración, solo queda preguntarse cuánto tiempo puede sobrevivir.

Guss, el investigador de NYU, cree que en el futuro la terapia psicodélica como una especialidad de profesionales preparados, con un amplio campo de investigación. Por ahora existe la comunidad clandestina, países en desarrollo e Internet. ICEERS ofrece consejos para practicantes que están investigando, así como apoyo terapéutico a personas en crisis. MAPS ha publicado un manual sobre cómo hacer psicoterapia con MDMA, disponible en su página de Internet.

“Publicar esta información sobre cómo hacer la terapia contribuye, más que nada, con la seguridad”, dice Doblin. En páginas de Internet abundan los vendedores ilegales de ibogaína. Hay más de mil personas en la lista de espera para el último ensayo clínico sobre MDMA. “Hay gente desesperada que está haciendo esto”, dice Doblin.

Personalmente, mi integración tras el MDMA fue brutal. Aunque volví al hotel esa primera noche, mi estado no mejoró. No dormí tratando de no decirle a mi esposo que iba a dejarlo; él tampoco pudo dormir por mi agitación. Durante semanas estuvimos llorando mientras me preguntaba si quería seguir casada y yo no sabía responder; ni siquiera sabía cómo era mi personalidad o si era bisexual, como siempre había creído, o estrictamente gay. Un día pasé horas con la fantasía de llenar la bañera, tomarme todo un frasco de Ativan y cortarme las venas.

Después, en un estado de ánimo distinto, vi el plan en mi diario y descubrí ideas suicidas activas; si alguien hubiera llevado el cuaderno a la policía, me hubieran podido internar en una institución aún en contra de mi voluntad. Desde el principio mi terapeuta me recomendó más de un viaje. En una de las múltiples citas de seguimiento me dijo que la siguiente vez debía quedarme toda la noche. Accedí a hacer otro viaje, pero alguien me recomendó a un terapeuta clandestino diferente, quien me causó buena impresión cuando hablamos por teléfono. Entonces, una noche, tres meses después de mi primer viaje, en una habitación oscura y silenciosa, con otras tres personas y tras haber discutido minuciosamente los antecedentes de esquizofrenia en mi familia, tomé ayahuasca.

En la primera de las dos noches de la ceremonia me puse nerviosa de nuevo, pero menos que la vez anterior. Después de tomar casi una onza de la bebida fangosa, me acosté. Hubo destellos iniciales y estrellas fugaces detrás de mis ojos y, después de un tiempo, cuando los facilitadores comenzaron a cantar —canciones antiguas que, según ellos, vienen de la planta y la ayudan— apareció una visión de mí misma a los cinco años. Algo me sugería que había una historia detrás; algo malo había pasado y no lo recordaba. No me gustaba a dónde iba eso, y también pensaba que era basura. Las visiones se detuvieron. En su lugar, una ira intensa se apoderó de mí y estuve acostada durante cinco horas, pensando en subirme al auto e irme, mientras deseaba que todos en esa habitación se murieran. La siguiente noche, después de un día de ira en esa casa, la visión inicial que tuve fue nuevamente la de mí a los cinco años. Estaba de mal genio. Se rehusaba a hablarme, sin importar qué tratara de hacer para lograrlo. Sabía que tenía que lograr que me hablara, lo que implicó reconocer, durante siete horas, que me odiaba y que el odio hacia mí misma era mi mejor y más confiable amigo; y ese odio no iba a desaparecer hasta que me diera cuenta de cómo me había protegido. Cuando lo hice, le di un funeral vikingo y lloré como nunca había llorado en mi vida. Después tuve que enfrentarme a la vergüenza. Sentía dolor y náusea. Vomité dos veces cantidades abundantes de un líquido negro, una vez tan fuerte que me salpicó la mitad de la cara. A poca distancia, una mujer, que había tenido un accidente que la puso en una silla de ruedas por un tiempo, estaba acostada en silencio y sin moverse; un hombre rechinaba los dientes ante las visiones de su padre abusivo. Un participante revivía la noche en que su padre se suicidaba en el garaje. Pero esta vez cortaba la cuerda y bajaba el cuerpo sin dejarlo caer. Esta vez tenía la fuerza necesaria para bajarlo y sostenerlo en sus brazos; a pesar del horror y su sentimiento de fracaso, de los gritos de su madre y de la llamada a la policía, lograba abrazarlo por mucho tiempo.

“ESTAS MEDICINAS SON EXTRAORDINARIAS, PUES PARECEN SER MUY PROFUNDAS, INESPERADAMENTE CONSTRUCTIVAS Y SORPRENDENTEMENTE SEGURAS”.

En noviembre los resultados de dos grandes investigaciones mostraron los pacientes de cáncer que han recibido una dosis de alucinógenos para tratar la depresión y la ansiedad, han mostrado una recuperación a largo plazo. En febrero, un artículo publicado en la revista Journal of Psychopharmacology demostró que “la experiencia con drogas psicodélicas está asociada con una disminución del abuso y dependencia de drogas opiáceas”. Artículos médicos sobre la ayahuasca sugieren que puede ayudar a tratar la depresión, la ansiedad, así como lograr cambios en la estructura cerebral y la personalidad. Hasta ahora, en los ensayos sobre el uso de MDMA para tratar el estrés postraumático, no hay ningún paciente que no haya mejorado, y más del 80% han mejorado tanto que ya no se considera que tengan la enfermedad. Se estima que la efectividad de otros tratamientos para este problema está entre 50% y 70%. La cifra puede ser refutada, pero de acuerdo con Mithoefer (quien dirige los ensayos en Charleston), “cuando piensas que hay un 25% de fracaso, esas son millones de personas solo en Estados Unidos”. Todos los participantes ya habían sido tratados con terapia, drogas o, por lo general, ambas; adicionalmente, todos llevaban sufriendo estrés postraumático por años.

Pero “en últimas, la decisión de quitar los psicodélicos [de la lista de sustancias controladas] no es una cuestión científica”, señala Guss, “es una cuestión gubernamental. Podemos probar su seguridad y eficacia, pero sigue habiendo razones legislativas que no permiten que sean retirados”.

Las autoridades han perseguido el uso de psicodélicos durante siglos, tanto en Europa como en el Nuevo Mundo. Una de las razones es que hay quienes creen que el uso de psicodélicos puede llevar a levantamientos sociales. No es muy diferente a lo que se creía durante los 60, pero ahora sabemos mejor cómo actúan estas drogas y cómo mejorar sus resultados.

“Antes no teníamos tanta información”, dice el Dr. Dan Eagle, un psiquiatra certificado que hace consultorías en centros médicos tradicionales en todo el mundo. Su visión es “un renacimiento de los psicodélicos como la base de la redención de la psiquiatría moderna”. Gracias a los mapeos cerebrales, los investigadores pueden ver dónde hay una “mayor activación de las conexiones cerebrales cuando se usan alucinógenos”.

Esto ha ayudado a que los psicodélicos se hayan vuelto particularmente populares en Silicon Valley, donde la moda de la “autoactualización” se une a la facilidad para conseguirlos. En California, el químico de la universidad de Berkeley, Alexander “Sasha” Shulgin sintetizó y distribuyó MDMA entre los terapeutas durante décadas antes de su prohibición. Hoy en día, Doblin estima que, aunque no representa una mayoría, el 40% de la terapia psicodélica clandestina se hace en esta región. El año pasado el reportero de la revista California Sunday Magazine, Chris Colin, hizo un perfil sobre Entrepreneurs Awakening, una compañía que organiza viajes con ayahuasca peruana para presidentes de empresas de tecnología y empresas en surgimiento. Según el dueño, Michael Costuros, sus clientes son “personas muy exitosas, personalidad tipo A, que la usan para ser mejores en lo que hacen”.

“Estas cosas son tan poderosas”, dice Eric Weinstein, director general de Thiel Capital (la firma de inversiones de Peter Thiel en San Francisco), “que pueden adentrarse en patrones de comportamiento para mostrarle a las personas qué cosas pueden cambiar y hacer de otra manera. Esta familia de medicinas es extraordinaria, pues parecen ser muy profundas, inesperadamente constructivas y sorprendentemente seguras. La mayoría de las personas que las usan pueden descubrir comportamientos que no sabían que existían”.

Pero incluso para individuos altamente funcionales, el uso de psicodélicos no es solo una herramienta de optimización. Como dice Costuros, también les permite ser mejores personas: “Según lo que he visto, los presidentes se vuelven más sociables, se concentran más en las personas”. Después de una dosis de psicodélicos bien administrada, “no vamos a ver empresarios como Donald Trump, solo preocupados por las ganancias”. Después de un viaje con ayahuasca con

EA, un magnate de las armas dejó su negocio para fundar un programa de arte y música. Chris Hunter, el inventor de la bebida Four Loko, hizo un viaje con Costuros y salió como un hombre nuevo. “¿Por qué eres tan idiota?”, dice haberse preguntado durante el viaje. “¿Qué tal si te acercas a tu masculinidad de otra manera y en vez de ser dominante sobre las mujeres, las apoyas?”. Los consumidores de ayahuasca que ha investigado Grob en otros países “se vuelven mejores compañeros para sus parejas, mejores padres de sus hijos, mejores hijos de sus padres, mejores empleados, en general más responsables y aportan un mayor nivel de ética e integridad a todo lo que hacen”, dice.

Es posible que los psicodélicos logren transformar un amplio grupo de personas. Los estudios clínicos incluyen sujetos de una amplia categoría demográfica, incluyendo soldados, conservadores y ancianos que nunca han consumido drogas. Algunos de los pacientes del Dr. X definitivamente no son demócratas. Pero las personas que tienen acceso a terapias psicodélicas por lo general muestran algo en común: una buena situación financiera. “Si pudiera hacerlo legalmente, no rechazaría a nadie. Si pudiera hacerlo así, podría ayudarles”, dice el Dr. X. Le parece irresponsable hacer un viaje con una persona que no tiene los recursos necesarios para las terapias posteriores. Los clientes —así como los proveedores— son, en su mayoría, gente blanca: “Las sentencias para gente blanca de clase media son mucho más indulgentes que para las minorías y los pobres”, dice el Dr. X “Es una tragedia que no podamos trabajar con las personas más vulnerables, los que más lo necesitan”.

Por su parte, Doblin especula que la DEA no persigue a los terapeutas clandestinos porque tiene otras prioridades sobre quienes están tratando de sanar a unos pocos millonarios. Otra cosa es que la ayahuasca se ha vuelto popular entre los millonarios —así como ganadores del Nobel y celebridades del mundo de los negocios, dice Costuros— y los participantes de las casi 120 ceremonias que se realizan en Nueva York y el Área de la Bahía cada fin de semana. Pero, ¿quién sabe qué pasaría si estas terapias estuvieran disponibles para quienes no se adaptan tan bien el statu quo?

No está claro si la actual administración de EE. UU. piense cambiar o retardar el proceso de comercialización. Por ahora, las investigaciones continúan y las terapias clandestinas funcionan.

Para Weinstein, los casos de éxito demuestran la importancia de ofrecer mayor acceso. “Si no legalizamos, estudiamos y usamos estas plantas y otras medicinas, morirán personas que podrían salvarse. ¿Tal vez una dosis de ibogaína legal hubiera salvado a Prince? Algunas de estas drogas son antidrogas… y de todos modos se oponen a ellas. Quiero contradecir esa idea”.

Después de meses, todas esas partes que se habían mezclado en mí no terminaban de encajar. Sentía que necesitaba otra cita con la terapeuta y con el psicodélico. Así que me acomodé en el piso, pero esta vez en una habitación grande, iluminada por la luz de la luna que entraba por las ventanas. Oré por sentirme completa otra vez y me tomé una taza de ayahuasca.

La visión es, nuevamente, de mí misma a los cinco años.

Dicen que los psicodélicos no te dan lo que quieres, sino lo que necesitas.

Estoy en shock por encontrarme con la niña nuevamente, pero esta vez estoy lista para lo que tenga que mostrarme. La niña recuerda, yo recuerdo, aunque esa consciencia llega lentamente y la aceptación es más lenta.

Si creí que había llorado como nunca en mi vida en la sesión de ayahuasca anterior, estaba equivocada.

No puedo (no lo haré) resumir en poco espacio lo que pasó durante las horas, el día y la noche siguientes. En la segunda noche los facilitadores tuvieron que terminar la ceremonia sin mí. Los bendicen y fuman algo sobre ellos, los perfuman porque después de tanto tiempo ya han terminado, pero yo todavía estoy en lo profundo del viaje. Se turnan para estar conmigo y cantar. Es un proceso tan largo… tiemblo tanto y estoy tan enferma que mi facilitadora me da un baño con agua caliente.

Hiperventilo por mucho tiempo, hasta que dejo de hacerlo. Recuerdo la fantasía del suicidio en la bañera. El facilitador se sienta junto a mí mientras pone una toalla mojada en mi cara, cuello y cabeza. Le cuento y me acabo de dar cuenta de que no me voy a suicidar.

Ella cree que me refiero a que no me voy a suicidar en su tina, no en general. Pero cuando lo comprende, comenzamos a reír sobre el problema que sería para ella si me suicido allí, drogada en su casa. Bromeamos sobre eso: yo desnuda y ella tratando de salvar mi vida.

Estamos riendo, pero este momento es muy importante, y ambas lo sabemos. No estoy curada, pero estoy completa. Puedo divorciarme si es lo que considero indicado, pero no porque haya sido violada tantas veces que no puedo soportar la intimidad. Habrá más retos enormes, meses de apoyo profesional para superar el terror marcado en mi cuerpo pequeño e impotente ante la oscuridad y el peso de los adultos; pero uno de los resultados ya está aquí. Los años en los que activa o pasivamente pensé en suicidarme han terminado.

La gente sigue preguntándome: ¿Qué ha cambiado en tu vida desde tus viajes? ¿Qué diferencia ha habido?

Les digo que absolutamente todo es diferente. Porque antes me sentía fragmentada, pero ahora estoy aquí.

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