El poema sinfónico de Yuri Buenaventura

El músico vallecaucano y la Orquesta Sinfónica Nacional crean un ensamble perfecto que se traduce en una obra maestra

POR JUAN PABLO BENÍTEZ | 10 Aug de 2018

<p>Fotografía por Bastien Internicola</p>

Fotografía por Bastien Internicola


Martes 3 de julio. 4:35 de la tarde. El país está paralizado. La Selección Colombia acaba de ser eliminada del Mundial de Rusia. La tristeza se siente en el aire y se ve reflejada en las caras largas de muchos. Por su parte, la Avenida Jiménez, en pleno centro de Bogotá, es tan solo una calle fantasma y taciturna en la que el sonido que más sobresale es el de la leve lluvia vespertina que cae todos los días a la misma hora, como un ostinato que ya hace parte de la banda sonora de una ciudad a la que el sol visita cada vez menos. Sin lugar a dudas, es un panorama desolador.

Por fortuna vivimos en Colombia, ese país lleno de contrastes donde todo es posible, y donde es fácil pasar de la tristeza a la alegría en cuestión de minutos. A pocas cuadras de allí, más exactamente en el célebre Teatro Colón, se vive un ambiente completamente distinto: ingenieros de sonido, técnicos y auxiliares conectan cables, microfonean, ecualizan, hacen ajustes, maniobran consolas y corren de un lado a otro tras bambalinas, mientras los músicos se toman un café, fuman un cigarrillo, afinan sus instrumentos o simplemente calientan y repasan sus partes, listos para retomar el ensayo de la tarde luego de una pausa. Uno de ellos es el maestro Yuri Buenaventura, que tiene muy claro que, a pesar de que el día no terminó como muchos querían, el show debe continuar. Después de todo, la música reconforta el alma, impulsa la vida y nos ayuda a sobrellevar las penas.

¡VIVA LA MÚSICA! Arriba: "One, two, three", grita Dury. Bienvenida la manigua.
¡Viva la música! “One, two, three”, grita Dury. Bienvenida la manigua. Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia. María Alejandra León

Y es que aquí no hay tiempo que perder. La razón por la cual se llevan a cabo los ensayos tiene nombre propio: Manigua, un inmenso proyecto musical —con arreglos de los maestros Juan Andrés Otálora y José Aguirre— protagonizado por el salsero vallecaucano y la Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia, que cuenta con la titánica gestión de su gerente, Claudia Franco, y el apoyo del Ministerio de Cultura. Esta idea ha sido desarrollada durante más de cinco meses, y sus frutos serán un concierto en el Teatro Colón y la grabación de un álbum del mismo nombre. Y si bien no es la primera vez que se hacen este tipo de acercamientos entre la llamada música culta y la música popular (algunos estupendos, otros desastrosos), vale la pena resaltar que una garantía de calidad es la presencia de esta orquesta de virtuosos —bajo la dirección del maestro Paul Dury— que se ha caracterizado por salirse de su repertorio clásico, con el fin de ofrecerle al público propuestas arriesgadas e innovadoras (Andrés Cepeda, Harry Potter, Fonseca Sinfónico —con el que obtuvo un Grammy Latino en 2014—, entre otros).

Tampoco es la primera vez que Yuri Buenaventura se presenta en el Colón. “El primer colonazo que yo hice fue como en paracaídas, porque llegué con el presidente François Hollande, en la delegación presidencial. Yo venía en el avión con él. Fuimos a Chile, estuvimos acá y me pidieron que cantara Ne me quitte pas para los dos jefes de estado ahí en el Colón. Eso fue muy improvisado… fue terrible para mí porque fue a la carrera. El segundo Colón fue en un proyecto que se llamaba Del manglar al Colón, que fue una gira que se hizo el año pasado”.

Queda claro, pues, que cada presentación del artista en este escenario ha superado a la anterior, por eso en Manigua ningún detalle queda a la deriva, acá las cosas no se hacen a las carreras, y esto se ve en el profesionalismo de todo el equipo y en la tensión —en el buen sentido de la palabra— que se vive en los momentos previos al ensayo. “Prefiero que el piano esté abierto durante los conciertos, pero si por razones acústicas necesitamos cerrarlo, pues que así sea”, le dice el director Dury, desde el escenario, a uno de los ingenieros del palco, con acento extranjero y en ese tono serio tan característico de los directores de orquesta. “¿Y por qué están probando el bandoneón hasta ahora, si tuvimos un break tan largo?”.

UN CLÁSICO PARA EL SIGLO XXI Izquierda: la batuta y el oído del maestro Dury garantizan un sonido impecable.
Un clásico para el siglo XXI. La batuta y el oído del maestro Dury garantizan un sonido impecable.


El salsero tampoco pierde detalle alguno, es un maestro que siente un profundo amor y un respeto paternal hacia su arte. Sabe que lo mantuvo y lo mantiene vivo, sabe que es su alma la que está expuesta, sabe exactamente cómo deben sonar él y sus músicos para que la belleza y elegancia de su música y la poesía de sus letras lleguen intactas a los oídos de los espectadores. Por eso, camina por todo el escenario reconociéndolo, apropiándose de él, respirando su aroma. “Súbele a mi retorno… necesitamos más brillo en la voz… probemos los coros… ponme esta luz hacia este lado… no me estoy oyendo muy bien”, les dice con gran amabilidad a los encargados del sonido. Él tiene claro que es un trabajo de equipo. Y a pesar de ser un tipo verdaderamente genial, no tiene ínfulas de estrella, no tiene actitudes de diva, es dueño de un gran sentido del humor y de ese don de gentes que a muchos artistas les falta. “Yo sigo sintiéndome de la calle. Si estoy en una rumba en un sitio, soy feliz saliendo a fumarme un cigarrillo y hablando con los vendedores y con los que pasan. Posiblemente hasta me siento más chévere en el andén hablando con los que venden cigarrillos que con la gente que está adentro. Encuentro dinámicas musicales, textos, dialécticas que me nutren más la música que otras conversaciones”.

Lo que dice es cierto, esas dinámicas musicales, la dialéctica y las temáticas cotidianas y sociales están presentes en muchas de las canciones de su autoría. A pesar de vivir en Francia desde hace varios años, a Yuri Buenaventura no se le olvida de dónde viene (“Francia es mi madrastra y Colombia es mi mamá”). Todo ese Pacífico que hay en su sangre se manifiesta en el repertorio de este proyecto, que cuenta con 15 temas, incluyendo 12 propios, que el artista afirma haber escrito “desde la manigua”, como bien podría ser el caso de Vuelo, una canción que habla de un mito de un hombre negro que viaja en una titanoboa, en una anaconda gigante; de Banano de Urabá, un tema ligado a las espantosas y recurrentes masacres de esa región; o de Como la maleza, que surge de la vegetación. “Mi composición viene de las entrañas de la jungla, de las entrañas de la etnia negra y los Emberás. Así yo sea mestizo, mi etnia pertenece al Pacífico colombiano. Mis mitos son del Pacífico colombiano, la cosmovisión es negroide, es indígena, lo que me habita es negroide, es africano, de África del Oeste y de los indígenas. Mis composiciones vienen de allí, con el sueño de traer la luz de esos mitos, que son hermosos y hay que conocer”, comenta el músico.

EL GUERRERO. Buenaventura deja el alma en el escenario.
El guerrero. Buenaventura deja el alma en el escenario. Orquesta Sinfónica Nacional de Colombia. Cortesía Paola España Press


Ya son más de las 7 de la noche. El trabajo del día está a punto de terminar y todavía faltan algunas cosas por pulir. Los cerca de 100 músicos que se encuentran en el escenario tocan el repertorio de principio a fin, y Dury revisa las secciones que siente que necesitan más atención (la agudeza de su oído es un filtro totalmente confiable). Finalmente se siente satisfecho con los ajustes que ha hecho y despacha a los músicos, quienes después de estas jornadas maratónicas merecen un justo descanso, al igual que la voz de Buenaventura.

El día ha llegado y todo está listo, ya no hay marcha atrás. A las 11 de la mañana se presentará un ensayo general para los medios y los padres de los músicos. Se escucha “La 440” y los intérpretes afinan sus instrumentos; ese momento sublime en el que el público permanece en silencio, mientras en un crescendo se van oyendo los armónicos y la potencia característica de una orquesta sinfónica. Es una gran sensación. ¡La música todavía vive! Ver músicos de verdad respetando la música y tomándosela en serio en pleno 2018 —cuando los “artistas” necesitan meterle reguetón, vocoder o DJs italianos en yates y llenos de tatuajes a sus canciones para hacerse oír— devuelve la fe. “One, two, three”, grita Dury con batuta en mano. ¡Y comenzó esta vaina!

Con un preludio de tintes cinematográficos y una orquestación llena de dinámicas, que bien podría uno pensar como una obra del repertorio Romántico, la Manigua nos empieza a introducir en ella sin brusquedad. Se oyen las cuerdas. Entran los cobres. Todo crece. Y cuando la atmósfera está preparada, y los oídos se distraen por un segundo, suena un cimbronazo en el piano y comienza un tumba’o salsero. Y sale Yuri Buenaventura. Y se apodera del escenario. Y esa voz característica hipnotiza y nos hace olvidar la tristeza. Es un grande. Se ve feliz, y nos hace felices. La orquesta sinfónica se mezcla perfectamente con la salsa porque comparten su riqueza tímbrica. Y cuando uno piensa que todo está dicho, con una voz quebrada el salsero nos da las gracias por estar compartiendo este momento con él. Nos sentimos parte del viaje. La Manigua nos abrazó, y este guerrero nos hizo olvidar del mundo por un segundo.

EL GUERRERO. Buenaventura deja el alma en el escenario.
El guerrero. Buenaventura deja el alma en el escenario.

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