Elon Musk: el arquitecto del mañana

La vida de un hombre con ambición innovadora y corazón solitario

POR NEIL STRAUSS | 07 Feb de 2018

<p>El “rocketman”. Musk en SpaceX en Hawrhorne, California. El visionario. Foto por Mark Seliger</p>

El “rocketman”. Musk en SpaceX en Hawrhorne, California. El visionario. Foto por Mark Seliger


Es viernes por la tarde en la sede principal de SpaceX en Hawthorne, California, y Elon Musk está rodeado por tres de sus hijos: uno de sus trillizos y sus dos mellizos. Tiene puesta una camiseta gris y está sentado en una silla giratoria frente a su escritorio, que no está en una oficina privada detrás de una puerta cerrada, sino en un cubículo accesible en una esquina adornada con rarezas del espacio exterior, fotos de sus cohetes y recuerdos de Tesla y sus otras compañías.

Hay un afiche muy elocuente de una estrella fugaz con una frase que dice: “Cuando le pides un deseo a una estrella fugaz, tus sueños pueden volverse realidad. Excepto cuando es un meteorito dirigido a la Tierra que va a destruir toda la vida. Entonces estás perdido, sin importar lo que hayas pedido. Salvo que eso sea morir por un meteorito”.

Para la mayoría de la gente, esto sería sencillamente humor negro, pero en este ambiente también es un recordatorio del plan maestro de Musk: crear hábitats para la humanidad en otros planetas y lunas. Si no mandamos a nuestra civilización a una nueva Edad Media antes de que Musk o algún heredero de su sueño lo realice, entonces él será recordado como una de las figuras más influyentes del milenio. Los niños de todos los planetas terraformados esperarán que sea el Día de Musk, en el que tendrán el día libre para conmemorar el nacimiento del terrícola que inauguró la era de la colonización espacial.

Y esa es solo una de las ambiciones de Musk. Otras incluyen hacer que los autos, las casas y toda la industria imaginable que hoy usa combustibles fósiles pasen a emplear energías sostenibles; implementar una nueva forma de transporte a alta velocidad entre ciudades a través de tubos de vacío; aliviar el tránsito con un panal de túneles subterráneos con pistas eléctricas para autos y otros transportes; crear una interfaz entre mente y computadora que pueda mejorar la salud y el cerebro de los humanos; y salvar a la humanidad de la amenaza futura de una inteligencia artificial que quizás un día se vuelva loca y decida, de manera bastante racional, eliminar a la irracional especie humana.

Hasta ahora, Musk, de 46 años, no ha logrado ninguno de estos objetivos. Pero lo que ha hecho es algo que poca gente ha logrado: abrirse paso, sin experiencia de ningún tipo, y muy laboriosamente, en dos campos con desafíos altísimos —la fabricación de autos (Tesla) y de cohetes espaciales (SpaceX)— y crear los mejores productos de esas industrias, tal como lo indica cualquier medición significativa. Además, en el proceso ha logrado venderle al mundo su capacidad para alcanzar objetivos tan ambiciosos que, en boca de cualquier otra persona, serían meras fantasías.

“Hago seguimiento a las pérdidas cortas”, dice Musk, absorto al mirar el canal de información bursátil CNBC en su iPhone. Les habla a sus hijos sin levantar la mirada de la pantalla. Chicos, miren esto: Tesla tiene la posición corta más alta en toda la bolsa. Una posición corta de 9 mil millones de dólares”.

Sus hijos se inclinan sobre el teléfono y miran un cuadro lleno de números que yo no entiendo. Así que Griffin, su hijo de 13 años, me lo explica: “Están apostando a que la bolsa va a caer y ganan dinero con eso. Pero subió rápido, así que perdieron una suma ridícula”.

“Son unos idiotas que quieren vernos morir”, comenta Musk. “Tratan constantemente de inventar rumores falsos y de difundir todos los rumores negativos. Para ellos es un gran incentivo mentir y atacar mi integridad. Es horrible. Es…”.

Musk se va apagando, como le pasa muchas veces cuando le preocupa un pensamiento. Intento ayudarlo: “¿Poco ético?”.

“Es…”, sacude la cabeza y busca con esfuerzo la palabra adecuada. Después dice suavemente: “Doloroso”.

Es fácil confundir a alguien con lo que hace y convertirlo en una caricatura que se ajusta a una visión simplista del mundo. Nuestra cultura necesita de héroes y villanos, genios y tontos, modelos de vida y chivos expiatorios. Pero aunque algunos piensan lo contrario, Elon Musk no es un robot que llegó desde el futuro para salvar a la humanidad. Ni es un sabelotodo de Silicon Valley cuyas emociones fueron reemplazadas por una inteligencia artificial. En el transcurso de nueve meses siguiéndolo, de verlo hacer cualquier cosa, desde armar las estrategias para aterrizajes en Marte con su equipo de ingenieros aeroespaciales hasta planificar los próximos descubrimientos con sus expertos en inteligencia artificial, aprendí que está muy lejos de lo que indican su mito y su reputación.

El New York Times dijo que era “probablemente el empresario más exitoso e importante del mundo”. Es algo fácil de demostrar: tal vez sea la única persona que ha lanzado cuatro compañías avaluadas en miles de millones de dólares (PayPal, Tesla, SpaceX y Solar City). Pero, en su corazón, Musk no es un hombre de negocios ni un empresario. Es un ingeniero, un inventor y, como dice él, “un tecnologista”. Y, siendo un ingeniero talentoso, es capaz de encontrar las ineficiencias y errores de diseño de las herramientas que impulsan a nuestra civilización.

“Puede ver las cosas con una claridad que nadie puede entender”, dice su hermano, Kimbal. Habla del amor de su hermano por el ajedrez en los primeros años y agrega: “En el ajedrez, si eres un maestro, puedes pensar 12 jugadas antes. Y en cualquier situación en particular, Elon puede ver cosas con 12 jugadas de anticipación”.

Al poco tiempo los niños se van a la casa de su madre, la exmujer de Musk, Justine. “Me gustaría que Tesla fuera privada”, murmura Musk mientras se van. “De hecho, ser una compañía pública nos hace menos eficientes”.

Lo que viene después es solo silencio.

Está sentado frente a su escritorio, mirando su teléfono, pero no escribe ni lee nada. Después se acuesta en el piso y estira la espalda en un cilindro de cauco. Cuando termina, intento empezar la entrevista preguntándole por el Tesla Model 3 que lanzó hace una semana, y por cómo se sintió en un escenario, diciendo al mundo que había cumplido con un plan que llevaba 14 años construyendo: impulsar, a partir de autos eléctricos de lujo, un carro eléctrico para el mercado masivo.

El logro no es solo hacer un auto eléctrico de 35 mil dólares; es hacer un auto eléctrico de 35 mil dólares que sea tan bueno y tan solicitado que obligará a la competencia a eliminar poco a poco los autos de gasolina. Y, como era predecible, a los dos meses del lanzamiento, tanto GM como Jaguar y Land Rover anunciaron que planeaban dejar los autos de gasolina y pasarse del todo a los eléctricos.

Musk piensa por un momento, empieza a contestar y hace una pausa. “Déjame ir al baño. Después te pediré que repitas esa pregunta”. Hace una pausa más larga. “También necesito sacar otras cosas de mi cabeza”.

Cinco minutos después Musk todavía no ha regresado. Sam Teller, su jefe de personal, dice: “Vuelvo enseguida”. Varios minutos después, reaparecen juntos y se hablan al oído. Después Musk vuelve a su escritorio.

“Podemos reprogramarla para otro día si es un mal momento”, le ofrezco.

Musk golpea la superficie del escritorio con las manos, se recompone y declina mi oferta. “Quizás necesito un tiempo para entrar en el ritmo de las cosas”. Después suspira y abandona su intento de mantener la compostura. “Acabo de terminar con mi novia”, dice titubeando. “Estaba muy enamorado y me dolió mucho”.

Hace una pausa y corrige: “Bueno, en realidad creo que ella fue la que me terminó”.

Después, la respuesta a la pregunta anterior: lanzar el Model 3 fue una experiencia sorprendente, decepcionante y horrible. “Sufrí mucho emocionalmente en las últimas semanas”, comenta Musk. “Necesité toda mi fuerza de voluntad para el evento del Model 3 y hacerlo sin parecer el tipo más deprimido del mundo. Durante todo ese día, estaba en un estado lamentable. Tuve que levantarme, tomarme un par de Red Bulls, ver gente positiva y después decirme a mí mismo: ‘Toda esta gente depende de mí. ¡Tengo que hacerlo!’”.

Minutos antes del evento, después de meditar —tal vez por primera vez en su vida— para poder concentrarse, Musk eligió una canción muy reveladora para salir al escenario: R U Mine? de los Arctic Monkeys.

Musk habla sobre la separación un poco más y después pregunta honestamente, con cara seria: “¿Hay alguien con quien creas que deba salir? Para mí es muy difícil conocer gente”. Traga saliva y aclara, tartamudeando suavemente: “Busco una relación larga. No quiero algo de una sola noche. Estoy buscando una compañera seria, un alma gemela, algo así”.

Le digo que quizás no sea buena idea meterse directamente en otra relación. De pronto le conviene tomarse un tiempo para ver por qué no funcionaron sus relaciones anteriores: su matrimonio con la escritora Justine Musk, su matrimonio con la actriz Talulah Riley y su noviazgo reciente con la actriz Amber Heard.

Musk sacude la cabeza y hace una mueca: “Si no estoy enamorado, si no estoy con una pareja por mucho tiempo, no puedo estar feliz”.

Le explico que necesitar a alguien tanto como para sentir que no se es nada sin esa persona es codependencia.

Musk con el Tesla Model 3 en 2017.
Musk con el Tesla Model 3 en 2017.


Musk no está de acuerdo. “No es verdad”, responde con petulancia. “Nunca voy a ser feliz si no estoy con alguien. Me mata dormir solo”. Duda, sacude la cabeza, titubea y sigue. “No es que no sepa lo que se siente: estar en una casa grande vacía, caminando por los corredores escuchando solo el eco de mis pasos, sin nadie. Nadie en la almohada junto a mí. Mierda. ¿Cómo se puede ser feliz en una situación así?”.

Hay algo de cierto en lo que dice Musk. La cima puede ser un lugar solitario. Pero no para todo el mundo. Están solos en la cima los que también estaban solos abajo.

“Cuando era chico, yo solía decir algo”, continúa. Sus gestos son duros, hay una marea de emociones visible que empuja para romper con los muros contenedores. “’Nunca quiero estar solo’. Eso es lo que decía”. Su voz se convierte en un suspiro. “Y no quiero estar solo”.

Un tono rojo aparece en sus ojos mientras mira hacia adelante y está sentado, congelado, en silencio. Musk es un titán, un visionario, el tipo de persona que aparece solo un par de veces por siglo, pero en este momento parece un chico con miedo a ser abandonado. Y quizás esa la historia del origen de las grandes ambiciones de Musk, pero ya hablaremos de eso. Mientras tanto, tiene algo para mostrarme.

Exclusiva

Inspeccionando el Hyperloop, que transportará gente entre ciudades en tiempo récord. Mal clima.

“Si dices algo sobre lo que estás a punto de ver, nos puede costar miles de millones de dólares”, dice, y se levanta del escritorio. “Y terminarías en la cárcel”.

La atracción turística más interesante en Los Ángeles no está en muchas guías: es el área que rodea SpaceX, en la ciudad de Hawthorne, al suroeste. Si uno camina por Crenshaw Boulevard desde Jack Northrop Boulevard hasta la 120th Street, lo que va a encontrar es una ciudad del futuro en construcción. Es Ciudad Musk, una realidad alternativa, un triunfo de la imaginación, más emocionante que cualquier parque de Disney. En el lado occidental de la calle hay un cohete de casi 50 metros que simboliza el sueño de Musk de los viajes interplanetarios de costo relativamente bajo. Este cohete en particular fue el primero lanzado al espacio en la historia humana, y regresó intacto a la Tierra para ser lanzado una vez más al espacio.

En el lado oriental de la calle hay un estacionamiento para empleados que fue transformado en el primer túnel de la Boring Company, la solución subterránea de Musk para la congestión vehicular, y el futuro espacio para todos sus proyectos de transporte terrestre. Después, a lo largo de un kilómetro y medio detrás de Jack Northrop Boulevard, hay un tubo blanco de vacío al borde de la carretera. Es la pista de pruebas para el Hyperloop, el medio de transporte de alta velocidad entre ciudades de Musk. Al verlos juntos, los sueños de Ciudad Musk prometen conectar el planeta y el sistema solar con la posibilidad de cambiar la relación de la humanidad con dos de los aspectos más importantes de su realidad: la distancia y el tiempo.

Pero hay un edificio en particular en Ciudad Musk que muy pocos han visitado, y ahí es donde me lleva. Es el Tesla Design Studio, donde hoy debe hacer una revisión del Tesla Truck y otros prototipos de vehículos del futuro junto a su equipo de diseñadores e ingenieros.

En la puerta hay un guardia que se queda con mi teléfono y mi grabadora, y me dan esfero y papel para tomar notas. Musk entra al edificio y revela el Tesla Truck, el invento que busca ayudar a que la industria de camiones sea más ecológica (Musk ha contemplado la idea de crear un jet eléctrico supersónico, con despegue y aterrizaje verticales). Cuatro miembros clave del equipo Tesla están aquí —Doug Field, JB Straubel, Franz von Holzhausen, Jerome Guillen— y observan atentos mientras Musk revisa por primera vez la nueva configuración de una cabina en la que vienen trabajando.

Guillen me explica la idea del camión: “Pensamos: ‘¿Qué es lo que quiere la gente? Quiere algo confiable. Quiere el costo más bajo. Y quiere que el conductor esté cómodo’. Entonces reimaginemos el camión”.

Este es un ejemplo perfecto de la idea que quienes intentan copiar a Musk en todo el mundo siguen como una religión: el método de pensamiento de los principios básicos. En otras palabras, si se quiere crear o innovar, hay que empezar con un tablero en blanco. No aceptar ninguna idea, ninguna práctica o criterio solamente porque todos los demás lo estén siguiendo. Por ejemplo, si se quiere hacer un camión, entonces debe ser capaz de mover carga de manera confiable y se deben seguir las leyes de la física. Todo lo demás es negociable, incluyendo las reglamentaciones estatales, siempre y cuando se tenga en cuenta que la meta no es reinventar el camión, sino crear el mejor, sin importar si se parece o no a los camiones del pasado.

Como resultado de este tipo de pensamiento, Musk es capaz de ver una industria de manera mucho más objetiva que quienes han estado en ese negocio durante la mayor parte de sus vidas.

“Me dijeron, literalmente, que esto era imposible y que era un gran mentiroso”, dice Musk acerca de los primeros días de Tesla. “Pero tengo un auto y puedes manejarlo. No es un maldito unicornio. Es real. Ve a dar una vuelta. Es fantástico. ¿Cómo pueden seguir negándolo?”.

Desafortunadamente, cuando la gente se hace una idea sobre algo, tiende a no cambiarla, incluso cuando se le presentan evidencias que la contradicen. “Es muy poco científico”, dice Musk. “Hay una cosa que se llama física y es un método científico bastante efectivo para descubrir la verdad”.

“El método científico” es una frase que Musk usa mucho cuando se le pregunta cómo se le ocurrió una idea, resolvió un problema o decidió empezar un negocio. Así es como lo define para sí mismo, más o menos según sus propias palabras:

1. Plantea una pregunta.

2. Reúne la mayor cantidad de evidencia posible sobre ella.

3. Desarrolla axiomas basados en la evidencia y trata de asignarle una probabilidad real a cada uno.

4. Saca una conclusión basada en la contundencia para determinar: ¿Son correctos estos axiomas? ¿Son relevantes? ¿Conducen necesariamente a esta conclusión? ¿Con qué probabilidad?

5. Intenta refutar la conclusión. Busca refutaciones de otros para tratar de destruir tu conclusión.

6. Si nadie puede invalidar tu conclusión, entonces probablemente tienes razón, pero no es algo seguro.

“Ese es el método científico”, concluye Musk. “Es muy útil para resolver cosas complicadas”.

Pero la mayoría de la gente no lo usa, dice. Se concentra en el pensamiento mágico. Ignora contraargumentos. Forma conclusiones con base en lo que otros hacen o no hacen. Como resultado, el razonamiento que les queda es: “Es verdad porque yo dije que es verdad”, pero no porque sea objetivamente cierto.

“La intención fundamental de Tesla, al menos mi motivación”, explica titubeando, “era acelerar la llegada de la energía sostenible. Por eso abrí los códigos de las patentes. Es la única manera de hacer una transición hacia la energía sostenible”.

“El cambio climático es la amenaza más grande que enfrenta la humanidad en este siglo, después de la inteligencia artificial”, continúa. “Yo no dejo de decírselo a la gente. Odio profetizar desgracias, pero todo es diversión y risas hasta que alguien sale herido. Esta idea [del cambio climático] es compartida por todos los que no están locos en la comunidad científica”.

Durante los siguientes 20 minutos, Musk examina el Tesla Truck. Primero comenta los detalles técnicos, incluso algunos tan pequeños como las ventajas y desventajas de diferentes tipos de soldaduras. Después pasa al diseño, específicamente algo acerca del confort para el conductor, pero no puedo dar detalles acá por la mencionada amenaza de ir a la cárcel.

“Tal vez nadie lo compre por esta razón”, le dice a su equipo. “Pero si vas a hacer un producto, tienes que hacerlo lindo. Incluso si no impacta en las ventas, yo quiero que sea bonito”.

Según los cálculos de Musk, nuestras personalidades probablemente estén formadas un 80% por naturaleza y 20% por educación. No importa cuál sea esa proporción realmente, pero si se quiere entender el futuro que está construyendo Musk, es fundamental entender el pasado que lo construyó a él, incluyendo sus miedos a la extinción humana y a la soledad.

Más o menos durante los primeros ocho años de su vida, Musk vivió con su madre, Maye, que era modelo y nutricionista, y su padre, Errol, un ingeniero, en Pretoria, Sudáfrica. Rara vez los veía.

“No tuve una niñera o algo así”, recuerda. “Solo tenía una empleada de limpieza que estaba ahí para asegurarse de que yo no rompiera nada. No es que me cuidara. Yo estaba afuera haciendo explosivos y leyendo libros o construyendo cohetes y haciendo cosas que podían haberme matado. Me sorprende tener todos los dedos”. Levanta las manos y los examina, después los baja. “Fui criado por los libros. Los libros, y después mis padres”.

Algunos de estos libros permiten entender el mundo que está construyendo Musk, particularmente la serie de Fundación, de Isaac Asimov. Los libros se centran en el trabajo de un visionario llamado Hari Seldon, que inventó un método científico para predecir el futuro basándose en el comportamiento de la masa. Predice que a la humanidad le espera una era oscura, una Edad Media de 30 mil años, y crea un plan que incluye enviar colonias científicas a planetas lejanos para que la civilización mitigue el cataclismo inevitable.

“Asimov fue muy influyente porque estaba haciendo un paralelo serio con Decadencia y caída del Imperio Romano, de Gibbon, pero aplicó eso a un imperio galáctico moderno”, explica Musk. “La lección que aprendí es que uno debe tratar de implementar una serie de acciones que probablemente prolonguen la civilización y minimicen la probabilidad de una Edad Media o reduzcan su duración si llega a haber una”.

En esa época Musk tenía alrededor de 10 años y atravesaba su propia época de oscuridad. Hacía poco había hecho una jugada que cambiaría por completo su vida. Fue una decisión equivocada que surgió de una idea correcta.

Cuando sus padres se separaron, dos años antes, él y sus hermanos menores —Kimbal y Tosca— se quedaron con su mamá. Pero, recuerda Musk, “yo me sentía mal por mi padre, porque mi madre tenía a los tres chicos. Parecía triste y solo. Así que pensé: ‘Yo puedo acompañarlo’”. Hace una pausa, mientras parece que muchísimas imágenes titilan en su mente. “Sí, estaba triste por mi padre. Pero en el momento no entendí verdaderamente qué clase de persona era”.

Deja salir un suspiro largo y triste; después dice sin titubeos que no fue buena idea irse con su padre.

Según Elon, Errol tiene un coeficiente intelectual extremadamente alto —“es brillante como ingeniero, brillante”— y supuestamente fue la persona más joven en graduarse de ingeniero en Sudáfrica. Cuando Elon se fue a vivir con él en Lone Hill, un suburbio de Johanesburgo, Errol estaba, según su propio relato, ganando dinero en los negocios (muchas veces peligrosos) de la construcción y las esmeraldas. A veces era tanto que no podía cerrar su caja fuerte.

“Soy naturalmente bueno para la ingeniería, y eso lo heredé de mi padre”, dice Musk. “Lo que es difícil para otros, es fácil para mí. Durante un tiempo pensaba que las cosas eran tan obvias que todo el mundo debía saberlas”.

¿Como qué cosas?

“Por ejemplo, cómo funciona el cableado en una casa. Y un disyuntor, y la corriente alterna y la corriente directa, el amperaje y el voltaje, cómo mezclar un combustible y un oxidante para crear un explosivo. Pensé que todo el mundo lo sabía”.

Pero hubo otro aspecto de su padre que fue igualmente importante para hacer que Elon fuera quien es. “Era un ser humano horrible”, confiesa Musk. “No te imaginas”. Le tiembla la voz y habla de algunas de estas cosas, pero no da detalles. “Mi papá planeaba el mal en detalle”, dice.

En 1998 fundó PayPal con Peter Thiel.
En 1998 fundó PayPal con Peter Thiel.


Más allá del abuso emocional, ¿había maltrato físico?

“Mi papá no era físicamente violento conmigo. Solo fue físicamente violento cuando yo era muy chico” (Errol negó esto por e-mail y dijo que solo le “pegó” a Elon una vez, “en la cola”).

Los ojos de Elon se ponen rojos mientras sigue hablando de su padre. “No te haces una idea de lo malo que era. Cometió casi todos los crímenes que te puedas imaginar. Casi todas las cosas malas que te puedas imaginar, él las hizo. Eh…”.

Claramente hay algo que Musk quiere compartir, pero no logra pronunciar las palabras, al menos no en la entrevista. “Es tan terrible que no lo puedes creer”.

Le caen lágrimas por la cara. “No recuerdo la última vez que lloré”. Después mira a Teller para confirmarlo. “Nunca me has visto llorar”.

“No”, dice Teller. “Nunca te he visto hacerlo”.

El flujo de lágrimas se detiene tan rápido como empezó. Y una vez más, Musk tiene la cara gentil, fría e impasible que es conocida por el mundo exterior.

Ahora está claro que no se trata de alguien carente de emociones, sino de alguien con muchas emociones que fue forzado a reprimirlas para sobrevivir a una infancia dolorosa.

Al preguntarle si cometió crímenes, el padre de Musk dijo que nunca amenazó ni lastimó a nadie intencionalmente, que no lo acusaron de nada, excepto… un caso en el que aparentemente les disparó y mató a tres de cinco o seis personas armadas que entraron en su casa, y que luego lo absolvieron por considerarlo defensa propia.

En su email, Errol escribió: “Se me acusó de ser un gay, un misógino, un pedófilo, un traidor, una rata, una mierda (muchas veces), un bastardo (muchas mujeres a quienes no les correspondí) y mucho más. Mi (maravillosa) madre me dijo que soy ‘despiadado’ y que debería aprender a ser más ‘humano’”. Pero, concluyó: “Amo a mis hijos y haría cualquier cosa por ellos”.

Como adulto, Musk, con el mismo optimismo con el que se mudó con su padre cuando era chico, trasladó a su papá, a su esposa de entonces y a sus hijos a Malibú. Pero su padre, dice Elon, no había cambiado, y Elon cortó la relación.

“En mi experiencia no hay nada que puedas hacer”, dice acerca de haber aprendido finalmente la lección de que su papá nunca va a cambiar. “Nada, nada. Ojalá. Intenté todo. Traté con amenazas, con premios, con discusiones intelectuales, todo, para que mi padre mejorara, y él… al contrario, empeoró”.

En algún lugar de este vínculo traumático está la clave de la visión del mundo de Musk: creación versus destrucción, ser útil versus ser dañino, defender el mundo frente al mal.

Las cosas en el colegio no eran mejores que en la casa. Ahí Musk fue maltratado brutalmente hasta los 15 años.

“Durante mucho tiempo yo fui el más joven y el más pequeño de la clase, porque mi cumpleaños cae casi en el último día en el que te aceptan en el colegio, el 28 de junio. Yo me desarrollé tarde, así que fui el más joven y el más chico de la clase durante años. Las pandillas me perseguían y me tiraban al piso”.

Musk guardó los libros y empezó a aprender a defenderse con karate, judo y lucha. Esa educación física, combinada con un estirón que lo llevó a medir 1,83 m a los 16 años, le dio algo de confianza: “Empecé a golpear tan fuerte como me golpeaban a mí”.

Cuando peleó con el matón más grande de la escuela y lo tumbó de un puñetazo, Musk notó que nunca más lo volvió a molestar. “Me enseñó una lección: si estás peleando con un matón, no puedes apaciguarlo”. Musk dice las siguientes palabras con convicción: “Le tienes que pegar en la nariz. Los matones buscan personas que no van a defenderse. Si te conviertes en una víctima difícil, y le pegas en la nariz, quizás va a tratar de golpearte, pero después nunca más te va a pegar”.

Cuando tenía 17 años, Musk dejó la universidad y se fue a Canadá, donde nació su madre, allí después consiguió pasaportes para su mamá, su hermano y su hermana para que se le unieran. Su padre no le deseó lo mejor, recuerda Musk. “Dijo, con ánimo peleador, que seguro volvía a los tres meses, que nunca lo iba a lograr, que nunca iba a hacer nada con mi vida. Todo el tiempo me decía que era un idiota. Y eso, dicho sea de paso, es solo la punta del iceberg”.

Cuando Musk tuvo éxito, su padre incluso se adjudicó haberlo ayudado, a tal punto que aparece como un hecho en la entrada de Wikipedia de Elon. “Dice que nos dio un montón de dinero para empezar, a mi hermano y a mí, para que iniciáramos nuestra primera compañía [Zip2, que les vendía guías de ciudades online a los diarios]. Eso no es verdad”, asegura. “Él fue irrelevante. No pagó nada de nuestra universidad. Mi hermano y yo pagamos la universidad con becas, préstamos y teniendo dos trabajos al mismo tiempo. Los fondos para nuestra primera compañía salieron de un pequeño grupo de inversionistas de Silicon Valley”.

La historia de la carrera de Musk decora su escritorio. Hay un ítem de casi todas sus compañías, incluso una taza de X.com, el banco online que lanzó y que se transformó en PayPal. La venta de Zip2 se tradujo en un cheque de 22 millones de dólares que usó, en parte, para empezar X.com. Con los aproximadamente 180 millones de dólares, después de impuestos, que logró al vender PayPal, empezó SpaceX con 100 millones de dólares, puso 70 millones en Tesla, invirtió 10 millones en Solar City y ahorró un poco para él.

Uno de los malentendidos que más irritan a Musk es que lo encasillen y lo limiten, ya sea como un Tony Stark de la vida real o como el segundo advenimiento de Steve Jobs. Cuando en una sesión fotográfica le pidieron que se pusiera un buzo negro, la prenda emblemática de Jobs, se erizó. “Si me estuviera muriendo, y llevara puesto un buzo negro”, me dice, “con mi último aliento, me lo quitaría y trataría de tirarlo lo más lejos posible”.

¿Entonces, cuál es la ideología de Musk?

“Yo trato de hacer cosas útiles”, explica. “Esa es una linda aspiración. Y útil significa que sea de valor para el resto de la sociedad. ¿Son cosas útiles, que funcionan y hacen que la vida de la gente sea mejor, que hacen que el futuro parezca mejor, y que de hecho sea mejor también? Creo que debemos intentar que el futuro sea mejor”.

Cuando le pido que defina “mejor” comenta: “Sería mejor si mitigáramos los efectos del calentamiento global y tuviéramos aire limpio en las ciudades y no estuviéramos usando enormes cantidades de carbón, petróleo y gas en partes problemáticas del mundo, donde de todos modos se va a acabar”.

“Y si fuéramos una especie interplanetaria, eso reduciría la posibilidad de que un evento, natural o humano, borrara la civilización como la conocemos, como hizo con los dinosaurios. Hubo cinco eventos de extinción masiva en el registro fósil. La gente no sabe esto. Si no eres una cucaracha o un hongo —o una esponja—, estás jodido”. Se ríe. “Es como un seguro de vida, y hace que el futuro sea más inspirador si estamos ahí entre las estrellas y podemos irnos a otro planeta si queremos”.

Esta es la ideología de Musk. Y aunque es básica, es muy particular. Piensa en los otros nombres que asocias con la innovación en este siglo: son gente que construyó sistemas operativos, dispositivos, sitios web o plataformas de redes sociales. Incluso si no empezó así, la ideología en la mayoría de los casos se transformó al poco tiempo en ¿cómo puedo hacer que mi compañía sea el centro del mundo de mis usuarios? Así, redes sociales como Facebook y Twitter usan una cantidad de trucos para activar los centros adictivos de los cerebros de los usuarios.

Si los empleados de Musk sugirieran hacer algo así, probablemente les diría que están locos. Este tipo de pensamiento no funciona. “Es realmente inconsistente no ser como quieres que sea el mundo, y después, con un par de trucos, trabajar según un código moral mientras el resto del mundo opera con otro. Esto, obviamente, no es algo que vaya a funcionar. Si todo el mundo está tratando de engañar con trucos a todo el mundo todo el tiempo, solo habrá ruido y confusión. Es mejor ser directo y tratar de hacer cosas útiles”.

Habla acerca de construir una base permanente en la Luna y de seguir financiando SpaceX, creando cohetes para pasajeros capaces de viajar a cualquier ciudad del mundo en menos de una hora, una forma de transporte que él llama “Tierra-a-Tierra”. Le pregunto si hay algo que él crea que funciona y que sorprenda a la gente.

“Creo que ser preciso con la verdad funciona. Honesto y preciso. Yo trato de decirle a la gente: ‘Conmigo no tienen que leer entre líneas’”.

En otra ocasión, veo a Musk en una reunión del equipo de ingenieros de SpaceX, donde ocho expertos están sentados alrededor de una mesa con sillas rojas con respaldos altos, y le muestran una presentación con las últimas actualizaciones del diseño de la nave espacial para ir a Marte. Mientras Musk sigue los detalles técnicos con algunas de las mentes aeroespaciales más brillantes, también añade un elemento que va más allá de la logística y la ingeniería.

“Asegúrense de que no sea feo ni nada por el estilo”, aconseja en un momento. Después: “El aspecto de este no es muy bueno. Parece un lagarto asustado”.

En general, hay un tema que recorre las retroalimentaciones de Musk: primero, las cosas tienen que ser útiles, lógicas y científicamente posibles.

Después, quiere mejorar la eficiencia en todos los niveles: ¿Qué es lo que la gente está aceptando como un estándar de la industria, si hay lugar para una mejora significativa?

Desde ahí, Musk se esfuerza para que el producto final sea estéticamente bello, simple, cool, audaz y, según dice Musk en un momento en la reunión, “maravilloso”.

A lo largo del proceso, hay un elemento adicional que pocas compañías se permiten: personalización. Esto implica que Musk agregue sorpresas y referencias personales a los productos, como hacer que el volumen del sistema de sonido del Tesla llegue a 11 (en homenaje a Spinal Tap) o enviar una “carga secreta” al espacio en el primer lanzamiento de su Dragon que resultó ser un pedazo de queso (en homenaje a Monty Python).

Cuando Trump abandonó el acuerdo climático, Musk cortó sus lazos y trinó: “Dejar París no es bueno para Estados Unidos ni para el mundo”.
Cuando Trump abandonó el acuerdo climático, Musk cortó sus lazos y trinó: “Dejar París no es bueno para Estados Unidos ni para el mundo”.


Más allá de todo esto, lo más loco o emocionante para los empleados de Musk es el margen de tiempo en la que muchas veces él espera que se haga el trabajo. Por ejemplo, un viernes, cuando yo estaba de visita, un par de miembros del personal de SpaceX estaban yendo de un lado a otro frenéticamente. Resulta que durante una reunión, él les preguntó cuánto tardarían en sacar los autos de los empleados del estacionamiento y empezar a cavar el primer agujero para el túnel de la Boring Company. La respuesta: dos semanas.

Musk preguntó por qué, y cuando reunió la información necesaria, ordenó: “Empecemos hoy y veamos qué tan grande es el agujero que podemos hacer desde hoy hasta al domingo en la tarde, 24 horas diarias”. Tres horas después, los carros no estaban, y había un agujero en el suelo.

Por otro lado, Musk es famoso es por ponerse fechas límite ambiciosas con las que luego no puede cumplir. El Roadster, el Model S y el Model X se retrasaron, y ahora el Model 3 —con una lista de espera de casi medio millón de personas— está sufriendo sus propias demoras de producción. Hay muchas razones para esto, pero Musk resume: “Es mejor hacer algo bueno y tarde, que malo y temprano”. Así que uno puede esperar que Musk lo haga, pero quizás no a tiempo. Porque si no puede hacerlo, no va a fingir otra cosa.

“Yo espero perder”, dice Musk. Está en un edificio de tres pisos en San Francisco que acaba de ser amoblado. Pertenecía a Stripe, el procesador de pagos de tarjeta de crédito, pero ahora es de Musk, y alberga a dos de sus compañías: Neuralink y OpenAI.

Son imágenes de cómo pudieron ser Tesla o SpaceX cuando empezaron. Un pequeño grupo de gente entusiasmada trabajando con recursos limitados para lograr un objetivo distante y ambicioso. Pero, a diferencia de Tesla y SpaceX, no hay nada parecido a un mapa para llegar a estos objetivos, de hecho ni siquiera están del todo definidos.

OpenAI es una organización sin ánimo de lucro dedicada a minimizar los peligros de la inteligencia artificial, mientras que Neuralink trabaja sobre cómo implantar tecnología en nuestros cerebros para generar interfaces mente-computadora.

Si crees que estas son ideas contradictorias, piénsalo de nuevo. Neuralink permite que nuestros cerebros compitan en la carrera de la inteligencia. Las máquinas no pueden ser más inteligentes que nosotros si tenemos todo lo que tienen ellas más todo lo que tenemos nosotros. Al menos, si asumes que lo que tenemos los humanos es una ventaja.

Es un día inusual en la oficina: Musk le está mostrando un documental sobre la inteligencia artificial al personal de Neuralink. Frente a ellos, que están sentados en sofás y sillas, advierte las escasas probabilidades de que la IA sea segura: “Quizás tenemos entre cinco y 10 por ciento de posibilidades de éxito”, dice.

El desafío de OpenAI tiene dos caras. Primero, el problema de construir algo que es más inteligente que tú es… que es más inteligente que tú. Agrégale a eso el hecho de que la IA no tiene remordimientos, moral, emociones… y quizás la humanidad esté en problemas.

El otro desafío está en que OpenAI es una organización sin ánimo de lucro, y compite con los enormes recursos que tiene DeepMind, de Google. Musk le dice al grupo que él invirtió en DeepMind con la intención de monitorear el desarrollo de la IA de Google de cerca.

“Entre Facebook, Google y Amazon —y quizás Apple, pero a ellos parece importarles la privacidad— saben más sobre ti de lo que puedas recordar. Hay mucho riesgo en la concentración del poder. Así que si la IAG [la Inteligencia Artificial General] representa un nivel extremo de poder, ¿debería estar controlado por unas pocas personas de Google sin ninguna supervisión?”.

“Que duerman bien”, bromea Musk cuando termina la película. Después modera una discusión acerca de ella, escribiendo algunas ideas y desechando secamente otras. Mientras habla, se acerca a una taza, agarra un poco de palomitas de maíz, después la suelta en su boca y empieza a toser.

“Estamos hablando de las amenazas para la humanidad”, se queja, “y yo voy a morir ahogado por una crispeta”.

Son las 9:00 p. m. de un jueves, y estoy esperando en el vestíbulo de la casa de Musk en Bel Air para nuestra última entrevista. Baja las escaleras un par de minutos después, con una camiseta de Mickey Mouse en el espacio. Lo sigue una mujer rubia y alta.

Tal como dijo, no está solo.

La mujer es Talulah Riley, su segunda esposa. Se conocieron en 2008, y Musk le propuso matrimonio después de 10 días juntos. Se casaron en 2010, dos años después se divorciaron, y se volvieron a casar al año siguiente, y luego otra vez pidieron el divorcio, luego retiraron el pedido, luego lo hicieron otra vez y finalmente lo llevaron a cabo.

Musk sugiere hacer algo raro para él: tomar alcohol. “Mi tolerancia al alcohol no es muy alta”, dice. “Pero tiendo a ponerme como un oso cariñoso cuando bebo. Feliz y cariñoso”.

Nos sirve dos vasos de whisky, y los tres nos vamos a la sala, donde hay un fonógrafo Edison, una máquina Enigma y una radio de onda corta de la Primera Guerra Mundial.

Durante la entrevista, Riley se recuesta en un sofá cercano, prestando por momentos atención a la conversación, y por momentos a su teléfono.

Musk está con un ánimo diferente, y eso es algo que señalan quienes lo conocen. En un momento puede estar recitando sus frases favoritas del programa de dibujos animados que acaba de ver; después dando órdenes detalladas de manera cortante; luego ignorándote perdido en un pensamiento; más adelante pidiéndote consejo por un problema; al poco tiempo riéndose sin aliento durante cinco minutos; y finalmente actuando como si nunca te hubiera conocido. Y a lo largo de todo esto, aprendes a no tomártelo de manera personal, porque es muy probable que no tenga nada que ver contigo.

Empezamos hablando, o al menos yo trato de hablar, sobre la inteligencia artificial, porque un par de semanas atrás Musk había dicho en Twitter: “La competencia por la superioridad de IA a nivel nacional probablemente cause una Tercera Guerra Mundial, en mi opinión”.

Pero cuando le pregunto por eso, Musk se muestra irritado: “No tengo todas las respuestas. No estoy diciendo que tengo todas las putas respuestas. Déjame ser claro con esto. Estoy tratando de ver cuál es el camino que pueda llevar a un futuro mejor. Si tienes sugerencias en ese sentido, por favor dímelas”.

Riley se mete: “Creo que la gente piensa: ‘Elon Musk dice que todos vamos a morir’, en lugar de pensar: ‘Oigan, hay que tener ciertas regulaciones’”.

Queda claro al poco tiempo que Musk no tiene ganas de hablar de su trabajo. En su lugar, tiene un consejo que quisiera compartir con el mundo, desde su experiencia personal: “Me parece que, en el transcurso de la vida, uno aprende lecciones”, empieza con una media sonrisa irónica. “Y una lección que yo aprendí es: no trines cuando hayas tomado Ambien. Eso lo digo en la entrevista: trinar cuando tomaste Ambien no es muy sabio. Puedes arrepentirte”.

Musk agarra un libro publicado por The Onion y empieza a hojearlo, riéndose de manera histérica. “Creo que uno puede encontrar la esencia de las cosas en The Onion, y a veces en Reddit”.

Después, pregunta animado: “¿Has visto Rick and Morty?”. Y la conversación pasa de ese programa de animación a South Park, a Los Simpson, y al libro Hitchhiker’s Guide to the Galaxy.

Una de las frases de Hitchhiker’s, dice Musk, terminó siendo la regla número uno de su familia: “No entres en pánico”.

“Los chicos se asustaban por todo”, explica Riley.

“Esa es nuestra otra regla”, sigue Musk. “Tercero, la seguridad. No hay una regla dos. Pero incluso si no hay nada en segundo lugar, la seguridad no subirá al número dos”.

Nos interrumpe Teller, jefe de personal de Musk, que le informa que, mientras hablábamos, terminó un largo debate en el Concejo Deliberante de Hawthorne con un resultado de cuatro votos contra uno para que Musk pueda construir su túnel tres kilómetros en la ciudad.

“Bien”, dice Musk. “Ahora podemos cavar más allá de nuestra propiedad. ¡Cavar como demonios!”.

Se ríe de la expresión, y ahora entiendo que Musk no me invitó para hablar sobre sus proyectos y su visión. No se gana nada hablando de los problemas de la ciencia con alguien que no los entiende. Al final del día, solo quiere relajarse y reírse del mundo que está tratando de mejorar.

Me voy de su casa y todavía escucho sus risas en la puerta, y espero que cuando las colonias en Marte construyan sus primeras estatuas de Musk, no sean las de un hombre rígido con una expresión impávida mirando al espacio, sino de un osito cariñoso.

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