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Estas son las historias que más he buscado en mi computador desde que me llegó a la casa la edición anterior de ROLLING STONE

POR RICARDO SILVA ROMERO | 07 Mar de 2017

<p>Tomada de Facebook</p>

Tomada de Facebook


Primero

Alien versus terminator: no ha habido tregua. No hay. Fuimos del temor a que Donald J. Trump fuera presidente de los Estados Unidos al temor de que lo sea. Saturday Night Live, que lo enfurece como a un matón matoneado, como a un niño caprichoso a punto de decir “entonces no juego”, ha sido el alivio que se necesita camino a la debacle: de la interpretación genial de Alec Baldwin como “el presidente” —quizás sea bueno desde ahora escribirlo entre comillas— hasta la caricaturización devastadora que Melissa McCarthy ha hecho del secretario de prensa, Sean Spicer. Sin embargo, quizás sea Arnold Schwarzenegger, el reemplazo de Trump en la conducción del reality El aprendiz, quien haya encarado mejor al matasiete: cuando Trump volvió a quejarse en Twitter de los ratings del show, que va por su decimocuarta temporada, Schwarzenegger subió a Internet un video en el que le decía: “Hey, Donald, tengo una gran idea: ¿Por qué no intercambiamos trabajos? Tú regresas a la TV, ya que eres tan experto en ratings, y yo asumo tu trabajo para que la gente pueda dormir en paz otra vez”. Yo prefiero a Schwarzenegger. Preferiría a Stallone.

Segundo

De Darth Vader a Yago: en Colombia, mientras tanto, los políticos se preparan antes de tiempo para una nueva campaña presidencial. Y piensan si la estrategia del asesor trumpista Steve Bannon, que en cándidas entrevistas recomienda tomarse la política no como el anhelo de Luke Skywalker sino como el reino implacable de Darth Vader, puede servirles para reemplazar a Santos en la Casa de Nariño. Ya el maquiavélico José Obdulio Gaviria, del uribista Centro Democrático, ha puesto sus cartas sobre la mesa: su gran propuesta será echar para atrás el proceso de paz con las Farc como lo conocemos. Ya el vicepresidente Vargas Lleras, ansioso por llegar a presidente, y en permanente campaña, ha empezado a recurrir a barbaridades —le dio un coscorrón a un escolta, llamó patán al sexto presidente de la Asamblea Nacional de Venezuela, se lavó las manos como Pilatos ante el escándalo de Odebrecht— a la espera del destino de Trump: si Shakespeare hubiera descrito a Yago en estos años, seguro que lo habría hecho vicepresidente.

Tercero

El arco de una historia de amor: y ahora que hablo de Star Wars, que preferiría hablar solo de ese mundo que sí tiene pena y sí tiene gloria, pienso en la muerte de Carrie Fisher y Debbie Reynolds: digo “la muerte” porque fue una sola muerte, pero pienso en semejante tragedia porque ni repetir Cantando bajo la lluvia ni descubrir en HBO el conmovedor documental Bright Lights, ni desempolvar el DVD del stand up Wishful Drinking ni leer esa última entrevista corajuda con rolling stone, ni quedarse boquiabierto con aquella aparición especial en la astuta Rogue One ni escuchar en la dolorosa Hearts and Bones la frustración llena de amor de Paul Simon (“el arco de una historia de amor…”) han sido suficientes para despedirlas: habrá que leer The Princess Diarist o padecer la eterna ceremonia de los Oscar en busca de un homenaje o sacar de alguna caja el beta de Paseo dominical —la carrera de Fisher está llena de pequeños papeles maravillosos en Vecinos al ataque, Harry y Sally, Hannah y sus hermanas— para llegar a la última etapa del duelo.

Cuarto

Adagio en Sol menor: en un mundo justo, Manchester junto al mar, del brillante Kenneth Lonergan, se llevaría hasta el último premio de la temporada de premios. No diré mucho de su trama, porque tiene un par de giros que estremecen a cualquiera —y se vive y se ve cine a la espera de esos giros—, pero sí diré que Casey Affleck pronuncia sus líneas con una extraña voz castigada; que Michelle Williams vuelve a partirle a uno el corazón con unos pocos gestos; que la película recobra el talento de Lonergan, el director de Puedes contar conmigo (2000) y Margaret (2011), para retratar los entresijos y los misterios de las relaciones familiares; que el drama narra una bella condena, y de paso el eterno presente de una adolescencia, entre los silenciosos y azulados planos generales y una banda sonora de Lesley Barber —y Handel y Albinoni— que ha estado dándome vueltas en Spotify.

Quinto

Teología de la violencia: resulta increíble que, justo cuando tendríamos que estar enseñando a leer las imágenes — para combatir el peligroso “analfabetismo pictórico”, según dijo Roger Mello en el Hay Festival de Cartagena—, volvamos a estar en manos de las palabras. Lo digo porque el grupo guerrillero ELN, hijo del recalcitrante “marxismo leninismo”, pero también de la “teología de la liberación” —y salga usted en menos de 60 años de semejante trampa—, acaba de darle al país la palabra que ya cumplieron las Farc: hacer la paz porque la guerra se ha vuelto el hábito de los explotadores y de los explotados. No es fácil creerles a secuestradores ni a reclutadores de niños. Diga usted que le repugna lo que hizo la guerrilla, pero que cree en terminar la violencia sin violencia, aquí en Colombia, en el corregimiento de Twitter, a ver si los troles no le gritan “camarada” o “vendido”. Y sin embargo, lo cierto es que creer en la palabra y cumplirla sigue siendo la mejor manera de callar el horror.

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