Historial por Ricardo Silva Romero

Estas son las historias que más he buscado en mi computador desde que me llegó a la casa la edición anterior de ROLLING STONE

POR RICARDO SILVA ROMERO | 11 Dec de 2017


NOVIEMBRE

Primero: “Tiempos difíciles para ser hombre”. El psicopático Weinstein por fin fue denunciado por sus víctimas. Y apenas empezó a aparecer en las redes la sentencia “yo también”, que fue y es escalofriante porque dejó en claro que todas las mujeres han sido acosadas —100%: todas—, leí en los medios la extraña idea de que estos son tiempos difíciles para ser un hombre. No es así: son tiempos difíciles para ser un acosador, un matón, un farsante, un hijo de puta. Sin embargo, por deformación profesional, me veo en la necesidad de decir algo más: que esta no tiene por qué ser la era de “las mujeres contra los hombres”, sino la época de “las mujeres y los hombres contra los machos abusadores”, contra los profesores perversos, los jefes siniestros, los ninguneadores, los golpeadores, los explotadores, los feminicidas. Nada debe temer quien se porte como un hombre en el mejor de los sentidos, quien en resumidas cuentas viva la vida del lado de la igualdad y de la ley.

Segundo: la condena de Kevin Spacey. Y, sin embargo, por deformación profesional, me veo en la tarea de hacer un par de preguntas. Tomemos como ejemplo el caso de Kevin Spacey. Que, luego de ser denunciado por abusar de un montón de actores jóvenes, ha sido escaldado en las redes. Ha sido repudiado por hablar de su homosexualidad cuando estaba siendo acusado de depredador. Ha sido desterrado por Netflix, de la decadente House of Cards, ante las historias de sus despotismos. Ha sido reemplazado por Christopher Plummer en All the Money in the World cuando ya había sido editada. Y mis preguntas son: sí, nada peor para un actor que la gente sepa quién es detrás de cámaras, y Spacey ha sido, a todas luces, un manoseador, un cabrón. ¿Pero de ahora en adelante seremos incapaces de separarlo de sus personajes? ¿Podremos ver un día American Beauty sin pensar en sus abusos? ¿No solemos hacer eso con los muertos brillantes?

Tercero: “Todas esas historias sucedieron”. No es fácil comprar el arte genial de, por ejemplo, un asesino, pero antes de sumarse a la lapidación, ¿no es fundamental definir si lo que están diciendo sobre él en el paredón de las redes es cierto, si en efecto es un asesino como Spector o un psicópata como Cosby o un maltratador como Depp? Hay que creerles a las víctimas. Y luego, para que la verdad cicatrice, hay que creerles a los jueces. Pero esta nueva justicia exprés que empieza en testimonios corajudos y se propaga por las redes, y que no necesita de los tribunales ni de las cárceles porque el castigo es el escarnio público y quizás el fin de una carrera, no parece proponer “verdad” ni “reparación” ni “penas” ni “perdón” ni “resocialización”. Tomemos como ejemplo el caso del comediante Louis C. K., quien, en una amañada carta de perdón, reconoce que sus cinco víctimas tienen toda la razón, que él, en efecto, las sometió a verlo masturbarse: “Todas esas historias sucedieron…”. Y ya ha sido castigado con la abolición de su nueva película y con el fin de su imagen de feminista y con el fin de todo. ¿Y qué sigue para ellas? ¿Y qué sigue para él?

Cuarto: desde el principio hasta el final. Es un lapidario titular de la revista Vox: “Hollywood está expulsando rápidamente a sus depredadores, pero la película de Woody Allen va a ser estrenada”. Pero como yo acabo de leer Start to Finish, el extraordinario libro de Eric Lax sobre cómo hizo Allen su película El hombre irracional, me veo obligado a repetir que hay casos en los que la justicia de las redes no coincide con la justicia de los tribunales: el cineasta de Nueva York jamás ha sido acusado de ser un depredador sexual, sino que como recuerda el libro de Lax, fue exonerado en 1993 por los expertos y los policías y los jueces que lo investigaron con ganas de que fuera culpable de haber abusado —en 1992— de su hija de siete años. Que la gente lo deteste si quiere. Que la gente se resista, en memoria del vergonzoso fin de su pareja con Mia Farrow, a ver su nuevo drama: Wonder Wheel. Pero que no condene ni confunda casos ni repita versiones sin haber leído el libro: sin saber.

Quinto: y, mientras tanto, en Colombia. Creo en esta rabia, en este grito y en este movimiento contra los abusadores que nada que llegaba. Creo en este giro esperanzador de una historia protagonizada por matones y narrada por sus críticos. Creo, también, que están del lado de los déspotas quienes llaman a censurar las novelas protagonizadas por machistas, a repudiar las películas en las que un cuarentón tiene un romance con una veinteañera, a condenar por violentos a los que narran la violencia. Y, sin embargo, por deformación territorial, me veo forzado a preguntarme por qué el fin de los jefes matones no está pasando aquí en Colombia: ¿Porque acá no hay? ¿Porque aquí cualquier reclamo se ha callado a tiros? ¿Porque el abuso es una costumbre nacional? ¿Porque no es tan fácil ser valiente en un país en el que siguen faltando las oportunidades? ¿Porque no es lo mismo denunciar a uno de los magnates depredadores de allá que denunciar a uno de los dos de acá?

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