Iggy entre nosotros

Un concierto lleno de sudor, moretones y camisetas rotas con el creador de la llama que encendió el punk rock hace medio siglo.

POR JUAN FERNANDO RAMÍREZ | 07 Oct de 2016

<p><b>Foto: Andrew López</b></p>

Foto: Andrew López


El vitalismo de Iggy Pop a sus 69 años es aterrador. Sin detenerse a recuperar el aliento, sin reservar sus energías para una gira que recién empieza, el padrino del punk nos sometió durante 21 canciones a un espectáculo carnal y sugestivo que involucró bailes, stage divings, escupitajos y mucho cariño por la figura más imperecedera del rock and roll.

A veces cuesta recordar que la rebeldía y el enojo con el que salían los Stooges al escenario hace casi 50 años inspiraron una de las grandes (y últimas) revoluciones culturales del planeta. El punk rock ha sido manoseado y domesticado por las marcas y el statu quo, dándole un lugar inofensivo en el antiséptico panorama del rock en el Siglo XXI.

Toda esa llama que alguna vez fue tan primitiva y esencial se materializó anoche, milagrosamente, cuando Iggy Pop saltó al escenario. Alentado por los malignos riffs de I Wanna Be Your Dog, el impacto fue inmediato y no hubo tiempo para ajustarse al desborde de energía viril de Pop. Solo había que dejarse llevar. Ya en la segunda canción, The Passenger, Pop se abalanzó sobre el público sin avisar, en el que sería el primero de varios stage dives de la noche. Después de dejarse abrazar y transportar entre la masa de sudor y alaridos, Iggy regresó al escenario a cantar la favoritísima Lust for Life.

Foto: Andrew López


Alternando entre el material solista con clásicos de The Stooges, Iggy hizo alarde de todo el arsenal de frontman y su pavoneo reptiliano para manter viva la llama después de abrir con tres de sus mejores canciones. Y de su más reciente álbum, Post Pop Depression, solo se asomó Gardenia, porque Iggy no vino acá a promocionar nada. Incluso en temas más ‘tranquilos’ como Sister Midnight y Nightclubbing, Pop parecía alimentarse de los delirios y la brutalidad con la que reaccionaba el público en las primeras filas. El set continuó con monumentos como Real Wild Child, Search and Destroy y el blues asesino de Raw Power, una joya que a pesar de no tocar siempre, sacó a relucir en una noche perfecta. Hay que resaltar el protagonismo del público, un remolino de chicos y chicas que se abrazaban y golpeaban por igual, sin discriminar entre extraños y conocidos. Esto es lo que hace falta en los flácidos conciertos de música popular. Hay que agradecer que todavía se hagan shows en los que las lógicas del mercado y la posición de los listados no sean lo único que importa.

Después de saltar y gritar en el cierre de No Fun, todos esos chicos y chicas regresaríamos a casa con las cuerdas vocales calcinadas, camisetas rotas, brazos llenos de moretones, frentes sudadas y la satisfacción de haber visto tan de cerca a uno de los últimos dioses del rock and roll. Saludos a la rubia que me golpeó las costillas, todavía duelen. Y gracias a Iggy, por supuesto, para quien la edad es solo un número y jamás una excusa para dejar de hacer un concierto de rock amenazante.

Foto: Andrew López

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