Juan Cortés, entre la naturaleza y la tecnología

El joven artista bogotano recientemente presentó una muestra en el MoMA y se proyecta como una de las caras más nuevas e interesantes del arte colombiano

POR IGNACIO MAYORGA ALZATE | 04 Feb de 2016

<p>NUEVOS PAISAJES: “Es interesante cuando el arte puede señalar esos fenómenos que están escondidos. El paisaje está compuesto por muchísimas cosas más de las que vemos”, asegura Cortés. <b>Cortesía Juan Cortés</b></p>

NUEVOS PAISAJES: “Es interesante cuando el arte puede señalar esos fenómenos que están escondidos. El paisaje está compuesto por muchísimas cosas más de las que vemos”, asegura Cortés. Cortesía Juan Cortés


En marzo de 2015 Debbie Harry, vocalista de Blondie, la actriz Lisa Gaye y la curadora del Museo de Arte Moderno de Nueva York, Barbara London, se unieron a una singular mezcla de artistas, músicos y diseñadores para despedir a The Red Door. El lugar, recinto histórico de la cultura neoyorquina, que vio pasar en su larga historia a Richard Hell, Bad Brains, Jeff Buckley y The Rapture, era el niño consentido de Giorgio Gomelsky –primer manager de los Rolling Stones y The Yardbirds y contribuyente fundamental de la escena punk en aquella ciudad durante la década de los setenta– se había vuelto insostenible y próximamente sería demolido para erigir un hotel de lujo. Entre toda esa multitud un colombiano se robó la noche. Juan Cortés, artista de 26 años egresado de la Universidad de los Andes, se conectó a todos y cada uno de los aparatos electrónicos del local (algunos incluso utilizados por los Stones) para amplificar sus campos electromagnéticos y hacer visible el fantasma del Red Room en forma de ondas que emulaban fenómenos naturales como tormentas, brumas y huracanes.

Fue durante ese video concierto, que Cortés desarrolló en compañía del artista Daniel Neumann de Brooklyn, que los curadores de uno de los museos más importantes del mundo del arte, el Museo de Arte Moderno de Nueva York (MoMA), invitaron al colombiano a participar en una iniciativa que la institución venía adelantando que consistía en una exhibición y una serie de talleres en torno de la muestra exhibida. El artista, que entonces contaba con 25 años, obviamente aceptó la invitación y en octubre de ese mismo año regresó a Nueva York para adueñarse de un buen espacio del museo, con una muestra que se extendió hasta el 18 de enero de este año.

Cortés es el único artista de una familia de científicos e ingenieros, por ello su obra ha estado ampliamente influenciada por la ciencia y la tecnología. Mucho antes de empezar a estudiar Arte en la Universidad de los Andes en 2008, el artista bogotano ya se había interesado por la tecnología y las posibilidades que esta permite para acercarse a los distintos fenómenos que suceden en el mundo natural, la otra parte de sus obsesiones. “Todo viene de mi padre que es científico”, dice. “Él ha trabajado con investigaciones sobre el suelo, ha hecho muchas cartografías y ha estudiado muchísimos fenómenos naturales que tienen que ver con la tierra. De ahí viene el interés de trabajar con fenómenos climáticos, por ejemplo, o de trabajar con visualizaciones atmosféricas a través de imágenes satelitales”. Desde pequeño, acompañando a su padre a estas exploraciones, Cortés se sintió atraído por la manera en que máquinas imposibles podían medir datos invisibles que, sin embargo, estaban presentes en lugares como los páramos, los desiertos, los humedales y, también en las ciudades. Figuras como el electromagnetismo, y la manera de visualizar estos campos invisibles, son una constante de su obra.

Signo Natural de 2015. Una visualización de datos climáticos recolectados de un desierto. Fotografía: Cortesía Juan Cortés
Signo Natural de 2015. Una visualización de datos climáticos recolectados de un desierto.
Fotografía: Cortesía Juan Cortés

La obra del artista resulta en una reflexión sobre la naturaleza vista y percibida a través de la tecnología. En Signo Natural de 2015, Cortés recolectó datos de distintos paisajes naturales como desiertos y páramos durante 12 horas, estos luego se convertían en variables de un algoritmo que, al procesarlas, las convertía en imágenes. Los colores y los cambios de línea se producían dependiendo de la variación de los datos. El azar, que se representaba en errores de medición debido a los cambios intempestivos del medio ambiente o insectos que interferían con los aparatos de medición, era un componente clave del trabajo. “Hay un montón de cosas que se pueden explorar ahorita que la ciencia ha intentado leer a la naturaleza y el paisaje como datos, intentando entenderlo de forma lógica, numérica”, explica Cortés bajándole el volumen a un estéreo en donde estalla O Father O Satan O Sun! de Behemoth en el lugar donde trabaja, una suerte de laboratorio lleno de aparatos eléctricos que no logro entender por más de sus pacientes intentos de explicármelos.

“El concepto de paisaje ha cambiado mucho con esas posibilidades de estos nuevos instrumentos que han permitido leer muchísimas más variables de las que se podían leer antes, o ver otros fenómenos, que también componen el paisaje”, continua. “Es interesante cuando el arte puede señalar esos fenómenos que están escondidos. El paisaje está compuesto por muchísimas cosas más de las que solamente vemos. Está compuesto por ondas, información, datos, redes. Es interesante señalar y ver hacia dónde va ese paisaje contemporáneo”.

Esos datos ocultos del paisaje, que habitan el espacio como una presencia invisible que apenas percibimos, es precisamente lo que busca poner en manifiesto el artista: un mundo extraño lleno de variables que, solo por el hecho de que no podamos percibirlo, no implica que no lo estemos habitando. Los campos electromagnéticos que nos rodean en la metrópoli, conectados como estamos todo el tiempo a un aparato digital en nuestro bolsillo o en nuestras áreas de trabajo, forman una parte fundamental de los paisajes efímeros que crea Cortés en sus presentaciones en vivo, especies de conciertos arrítmicos en donde el ruido de aparatos tecnológicos forman patrones visuales, partículas que se unen y se desbaratan y que, como en su presentación en el Red Room en Nueva York, emulan las formas elípticas o tormentosas de los fenómenos naturales que han sobrecogido al hombre desde la primera noche de los tiempos. Así, entre cables y computadores, el artista bogotano crea experiencias estéticas y de escucha única que sobrecogen a los espectadores con el poderío explosivo de las tormentas y los huracanes. “El interés en principio fue desde el sonido y nace de una inquietud por la sonificación y visualización de campos electromagnéticos”, explica Cortés mientras pone Unknown Pleasures de Joy Division en el estéreo y la fantasmal presencia de Ian Curtis se materializa por un instante en la habitación, como un fantasma eléctrico que recorre cada uno de los rincones de su laboratorio. “De ahí nace el interés por coger cosas que están allí pero no siempre se pueden ver o escuchar fácilmente, como son los campos electromagnéticos. Y de ese interés por sacar lo que estaba escondido fue que partió el tema sonoro, y luego el tema visual fue el siguiente paso para mí”.

Cortés durante sus talleres en el MoMA. Fotografía: Cortesía Juan Cortés
Cortés durante sus talleres en el MoMA.
Fotografía: Cortesía Juan Cortés

Para su propuesta para el MoMA, el artista viajó por distintos lugares de Colombia buscando animales que sirvieran para ser representados, buscaba con esto alejarse de esta larga tradición del arte colombiano de representar la violencia y las problemáticas sociales. Asesorado por su amigo, el ingeniero Santiago Cortés, el artista construyó tres objetos que acompañaron los talleres, en donde se presentaron charlas sobre la posibilidad de utilizar la basura descartada para crear aparatos de medición, captación y traducción de los fenómenos electromagnéticos. Un tiburón, una serpiente y una rana, sirvieron como inspiración para el artista que creó tres piezas, en compañía de la reconocida marca de moda A New Cross, que servían para crear sus composiciones audiovisuales. De esta manera logró crear piezas de indumentaria que bien podrían ambientar cualquier video de Kraftwerk o Eurythmics.

La exposición en el MoMA le mereció a Cortés el reconocimiento de la escena artística norteamericana, siendo el artista invitado a una exposición en el Museo de la OEA en Washington en 2016, además de un tour de galerías y una residencia en Nueva York y exhibiciones nacionales en importantes galerías del circuito bogotano, como una enorme muestra que viene adelantando con David Vélez para la Galería Valenzuela Klenner que se extenderá desde el 20 de febrero al 20 de marzo de 2016. Así mismo, en abril de este mismo año, Cortés fue invitado como ponente para la Creative Tech Week, la reunión más importante del año sobre industrias creativas y gente que está dándole un enfoque novedoso y creativo a la tecnología. Todo ello gracias a Asher Remy Toledo un organizador de proyectos artísticos con sede en Nueva York quien fue la primera persona en aproximarse a Cortés, fascinado por su trabajo, y lo invitó a la icónica última noche del Red Door.

Para Orden Natural, la muestra que ocupará los tres pisos de la Valenzuela Klenner, Cortés y Vélez han preparado una muestra monumental que incluye esculturas, gráfica, enormes instalaciones, conciertos audiovisuales con pólvora, huracanes en vivo y más en una exposición que incluirá una amplia variedad de técnicas y obras. “Todas las obras que estamos haciendo tratan con el concepto de “destrucción” y la forma en que esto está presente en la naturaleza, sin ser una variable natural: la naturaleza no entiende lo que es la destrucción, la naturaleza entiende lo que es el cambio, entiende lo que es la forma de avanzar”, dice Cortés sobre la muestra. “Y, sobre esa idea, estamos haciendo variaciones sobre muchos tipos de obras, algunas incluso con procesos naturales y biológicos”. Para Orden Natural ambos artistas contaron con la asesoría del Departamento de Agronomía de la Universidad Nacional, de ingenieros químicos y de ingenieros mecatrónicos, convirtiendo a la muestra en una exposición completamente multidisciplinaria por la cantidad y la complejidad de los procesos que se están trabajando en las obras.

“Cartografía descompuesta: Cartografía compuesta a partir de fragmentos de ruinas y grietas”] Fotografía: Cortesía Juan Cortés
“Cartografía descompuesta: Cartografía compuesta a partir de fragmentos de ruinas y grietas”
Fotografía: Cortesía Juan Cortés

“La naturaleza es completamente inconsciente de ti”, dice Vélez. “Tú te mueres y para ti eso es un asunto terrible pero, para la naturaleza, no lo es. Solo eres parte de un proyecto mucho más grande”. La naturaleza, frente a la finitud humana, solo se va acomodando al proceso de la muerte y fin de la existencia de cada uno de los seres vivos que hacen parte del mundo. “Intentamos darle un nombre y un sentido espiritual o ético”, añade Cortés. “Más allá de lo moral y lo espiritual lo que importa es una necesidad de avance y de supervivencia de la naturaleza, de continuar con procesos que se escapan de la escala temporal humana”.

El hombre ha buscado controlar estos eventos y procesos naturales al reducirlos a espacios menores para poder estudiarlos para su control. En ese sentido, esfuerzos como la replicación de pequeños tsunamis en laboratorios científicos o los cultivos de polillas en laboratorios biológicos dan cuenta de este afán. “Estamos utilizando estos experimentos para dar cuenta de la inocencia humana, de la imposibilidad de controlar un fenómeno natural”, dice Cortés. Con la replicación de estos experimentos y su manipulación desde el campo del arte, Cortés y Vélez buscan crear una reflexión crítica sobre estos procesos humanos.

“Somos parte de algo mucho más grande que no entendemos. Es decir, si va a haber un terremoto en Bogotá, por ejemplo, ya se están dando las condiciones solo que no lo sabemos”, señala Vélez. “Muchas de las cosas que nos pasan en la vida vienen de una serie de acciones que ignoramos pero que ya están en curso”.

Para lo que sigue de este año, el artista bogotano seguirá trabajando en hacer visible lo invisible, a través de mecanismos que, como los sistemas que tienen los animales de su muestra en el Museo de Arte Moderno de Nueva York o sus complejas instalaciones para la Valenzuela Klenner, nos permiten escapar de la tiranía de lo que vemos para ser conscientes de todas aquellas redes que nos rodean, en el mundo natural y en la ciudad, que no vemos pero que están presentes, de esas poderosas fuerzas que están en curso y que controlan nuestro destino sin nosotros siquiera sentirlas hasta que se hacen presentes, con toda la energía y peso de los millones de años que duró la Tierra sin nuestra presencia, y los millones de años que sobrevivirá una vez nos hayamos ido y la hiedra retome las ciudades, las galerías y las salas de conciertos.

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