Justin Trudeau: la estrella del norte

Fue criado con los privilegios del jet-set, superó la tragedia y se convirtió en el primer ministro de Canadá. ¿Será la esperanza para el mundo libre?

POR STEPHEN RODRICK | 28 Jul de 2017

<p>Michael Kappeler/ZUMA</p>

Michael Kappeler/ZUMA


Empecemos sincronizando nuestros relojes. Estamos en el horario del este. La sesión legistativa ha concluído y el primer ministro de Canadá, Justin Trudeau, está a punto de dar su conferencia de cierre. Los reporteros recorren la galería, quejándose sobre el tráfico y los editores, como les gusta a los periodistas. Alguien dice que en 10 segundos se dará inicio y Trudeau avanza al podio. Luego hace un guiño y comienza a hablar de sus logros. El primero es un autoelogio por haber reducido los impuestos a la clase media. “Hemos dado más dinero mensual a nueve de cada 10 familias para ayudar con los costos de crianza de sus hijos”, dice Trudeau.

Es algo extraño de presenciar: habla en una voz modulada y serena. Su pelo oscuro es de un color que se encuentra en la naturaleza. En casa, lo esperan una esposa glamurosa y tres hijos fotogénicos, que no tienen la edad suficiente para sentarse en su silla durante la cumbre del G-20 la semana entrante o estar involucrados en escándalos de espionaje.

Cuando Trudeau les habla a las mujeres (más de la mitad de su gabinete está compuesto por mujeres y minorías) se detiene por un momento, pero no pierde el hilo. Sus palabras son coherentes y no será necesario usar un traductor de Google luego de que termine.

Habla de las medidas que se han adoptado para lidiar con la crisis de los opiáceos y menciona que la tasa de desempleo se ha reducido en el país. También usa la receta original de Clinton con la multitud: “Estamos enfocados en hacer que la gente se matricule en buenas carreras y en ayudar a las familias a salir adelante”, dice. “Pero sabemos que tenemos por delante un trabajo más arduo que el que ya hemos hecho”.

Después de esto saluda a la prensa.

“La relación entre la prensa y el Gobierno es esencial para cualquier buena democracia”, dice. “Cuando ustedes dan lo mejor de sí, nos recuerdan eso y nos instan a hacer lo mismo. Así que gracias a todos por su trabajo incansable”.

¿Dónde estamos? ¿En Narnia, en Coachella, en 2009? Estamos en Otawwa, Ontario, a solo 900 kilómetros de Washington, D.C..

Sin embargo, estamos a medio mundo de distancia. Acompáñenme a visitar un país liderado por un hombre que se pone camisetas de Hitchhiker’s Guide to the Galaxy cuando sale en televisión, monta en monociclo y le ha dado la bienvenida a 40.000 refugiados sirios con los brazos abiertos.

Los contrastes entre EE.UU. y Canadá no son solo superficiales. Trump le está quitando fondos a Planned Parenthood. Trudeau está a favor de la libre elección; los abortos se ofrecen como parte del sistema de salud en Canadá (ya conocemos la postura de Trump frente a eso). Mientras el fiscal general Jeff Sessions está tratando de hacer retroceder las leyes sobre la marihuana en Estados Unidos. En la frontera, Trudeau, quien admite que fumó marihuana después de ser elegido para el Parlamento, hizo campaña para legalizar la hierba en todo Canadá. Trump se retiró del Acuerdo de París. Trudeau está instando a las ciudades y estados de EE. UU. a trabajar con sus vecinos del norte para reducir las emisiones. ¿Qué pasa con la crisis de opioides de la que Trudeau habló en su conferencia de prensa? Su gobierno está buscando áreas de uso seguro para reducir las sobredosis, mientras que las muertes relacionadas con opioides en Estados Unidos han alcanzado niveles epidémicos.

Y luego tenemos a Rusia. El hijo de Trump se reunió con ciudadanos rusos que prometieron enlodar a Hillary Clinton. Por otra parte, la canciller de Trudeau es Chrystia Freeland, una canadiense de ascendencia ucraniana que ha sido vetada en la Rusia de Putin.

Justin Trudeau está tratando de hacer que Canadá sea grande de nuevo. Pero está utilizando métodos diferentes.

En una tarde reciente de verano, Trudeau se quita su chaqueta y nos sentamos en dos sillas en una esquina de su oficina en Parliament Hill. Tiene las mangas remangadas, su camisa es blanca y su corbata es azul. Me recuerda a Obama, mientras sonríe y me oye hablar de mi esposa canadiense. Pero cuando comienzo a hacerle preguntas asume su posición. Es admirablemente comunicativo cuando se trata de hablar de su recorrido personal, pero reservado al hablar de política. Mientras conversamos, Truseau, cuyo lado materno es de ascendencia escocesa, evade las preguntas acerca de Trump con una mirada que dice, “Hoy no, amigo”.

Siempre está promocionando su producto: una Canadá amable pero poderosa. Le pregunto por qué su país, rodeado por dos vastos océanos y una superpotencia en el sur, estaba incrementando sus gastos militares en 14 mil millones de dólares. Una parte, tenía que ver con que vivimos en un mundo muy peligroso. Y otra, según Truseau, tenía que ver con la espectacularidad de su tierra nativa.

“Un canadiense en suelo extranjero, ya sea un diplomático, un humanitario o un soldado, tiene un impacto extraordinario y poderoso”, me dice Trudeau. “La gente nos mira diciendo, ‘Vaya, eres canadiense –lease ‘no estadounidense’– y estás aquí para ayudar, no por el petróleo ni para decirnos cómo dirigir nuestro país’”.

Durante la campaña, Trump dijo que la OTAN era obsoleta. Trudeau no está de acuerdo y trata de expandir la influencia de Canadá en todo el mundo. Las fuerzas canadienses están instaladas en los países bálticos para disuadir la agresión rusa, y es la mayor presencia militar sostenida del país en Europa en más de diez años. Trudeau me cuenta una historia sobre Harjit Sajjan, su actual ministro de defensa, quien alguna vez fue comandante del ejército canadiense en Afganistán. Sajjan nació en Punjab, India, y lleva un turbante. El primer ministro relata cómo un jefe afgano cuestionó al comandante sobre su posición.

“El líder lo mira y le dice: ‘Espere, ellos dejan que un hombre como usted comande el ejército de Canadá?’”, dice Trubeadu, que claramente adora esta historia. “Harjit le dice, ‘Sí’, el otro le responde ‘tal vez, tal vez usted pueda ayudarnos realmente’”.

Los contradictores de Trudeau lo han declarado “emocionalmente inteligente”. Esto es una expresión canadiense para referirse a alguien atractivo pero con poca inteligencia. Pero ese no es el caso. Trudeau es hijo de Pierre Trudeau, primer ministro durante 15 años y un hombre icónico para el siglo XX en Canadá. Hay cosas que debe haber aprendido junto a “Papa”, como solía llamar a su padre. Pero a veces Justin no piensa las cosas. Tras la muerte de Fidel Castro, describió al dictador como “un líder inmenso que sirvió a su pueblo”, haciendo poca mención a las partes indecorosas del mandato de aquel déspota cubano. El día de Canadá, el discurso de Trudeau elogió a todas las provincias del país, pero de alguna manera se olvidó de Alberta, el mayor opositor provincial tanto suyo como de su padre. Trudeau saltó al escenario e intentó hacer las cosas bien. “Permítanme empezar diciendo que estoy un poco avergonzado, la emoción me jugó una mala pasada. Alberta, te quiero. Feliz día de Canadá”. Pero a las pocas horas, algunos políticos de Alberta estaban diciendo que el olvido había sido intencional.

Puede parecer un delfín moderno; de niño, viajó por el mundo con su padre, prácticamente como miembro del enviado oficial del primer ministro. Es narcisista. (Sus críticos lo llaman “Shiny Pony”.) Una vez, antes de un combate de boxeo definitivo para su carrera, fue sorprendido balbuceando al estilo Obama sobre su destino personal. Su esposa, Sophie, lo tomó del brazo, lo miró a los ojos y le dijo: “Sé humilde”. Sophie y Justin se conocieron en su ciudad natal de Montreal, y Justin decidió, al final de su primera cita, que eventualmente se casarían.

Trudeau no juega golf; hace snowboard. Es una persona auténtica. Siempre ha sido cómico y le gustaba hacer payasadas con sus amigos en las fiestas. El año pasado salió a pedir dulces disfrazado del piloto del Principito, mientras su hijo personificaba al personaje central del libro de Antoine de Saint-Exupéry.

Su peculiar sentido del humor no se anota puntos a expensas de sus enemigos. Trudeau, que es el equivalente a un demócrata de centro, ha devuelto un estilo optimista de gobierno (“caminos soleados”), tras el reinado de casi una década de Stephen Harper, un politico similar a Dick Cheney. Salimos de un cuarto lleno de retratos de reyes franceses – donde lo oigo cantar un verso desafinado de Like a Rolling Stone de Dylan– y me señala un retrato de Luis XIV. “Él era un verdadero optimista, creía en ‘caminos soleados’”, me dice Trudeau sonriendo. (Luis XIV era conocido como el Rey Sol. Entendí el chiste luego de que me enteré de esto).

Como primer ministro, Trudeau es fotografiado a menudo mientras trota o hace kayak por su tierra, algo que sorprende a los canadienses del común. Hace poco lo fotografiaron en Vancouver con unos chicos que iban a su fiesta de graduación mientras trotaba. De cierto modo, su fotógrafo oficial siempre está cerca. Uno de sus detractores me dijo que si se enfrentara a él haría que los mendigos y los desposeídos posaran con carteles que dijeran “¿Dónde está mi selfie?”.

Su país tiene algunos problemas. El enorme tamaño de Canadá lo convierte en un esclavo del combustible fósil, como Estados Unidos, tanto en el uso como en el comercio. Ningún campo petrolífero de Dakota del Norte puede compararse con los terrenos petrolíferos extensamente explotados de Alberta. Le pregunto cómo aborda ese tema con su apoyo irrestricto al Acuerdo de París.

“Es una gran pregunta”, me dice, mientras da la impresión de que no es una pregunta que le emocione mucho responder. “Una de las cosas que debemos entender es que no podemos sacar el gas, no podemos sacar el petróleo, ni los combustibles fósiles de la noche a la mañana –va a tardar algunas décadas. Tal vez podamos reducirlos, pero tiene que haber un periodo de transición”.

El ecológico Trudeau también es un firme defensor del oleoducto Keystone. Parte de él está pagando los pecados de su padre, quien gravó seriamente las ganancias de gran parte del petróleo de Alberta y redistribuyó los ingresos a lo largo del país. El joven Trudeau dio un discurso en Calgary hace algunos años y, al concluir, un hombre le dio la mano y le dijo, “Buen discurso, es un placer conocerlo, su padre era un pedazo de mierda”.

“La pregunta es ‘¿cómo lo transportamos entonces?’”, dice Trudeau. “Obviamente, los camiones son costosos y sucios, al igual que el ferrocarril, que además es potencialmente catastrófico. Los oleoductos son más seguros”.

Esto es debatible, como dirían los miembros de Standing Rock. En EE.UU. no se sabe mucho sobre el apoyo de Trudeau a una expansión del oleoducto Kinder Morgan entre Alberta y la costa de British Columbia, que bombea bitumen para vendérselo a los mercados asiáticos.

“¿Queremos estar encerrados en el mercado estadounidense como lo estamos ahora?”, pregunta Trudeau retóricamente. “¿O queremos tener la capacidad de internacionalizarnos o crear un nuevo mercado?”.

A pesar de estas contradicciones, el primer ministro es un líder progresista, racional y de pensamiento futurista. Sí, nació con lujos, pero sinceramente siente el dolor de sus ciudadanos porque ha tenido sus propias tragedias personales. La mayoría de los canadienses cree que realmente tiene los intereses de los 36 millones de ciudadanos en el corazón. En 2015, Trudeau fue al aeropuerto y les repartió abrigos de invierno a refugiados sirios. Uno de ellos le agradeció un año después en persona en la radio canadiense. Trudeau lloró. Otro bautizó a su hijo ‘Justin’ en honor al primer ministro. Mientras tanto, Trump está promoviendo prohibiciones a los musulmanes, y Mike Pence fue a la corte para evitar que cualquier refugiado sirio fuera a su estado.

“Si recibimos 40.000 refugiados sirios no fue porque el Gobierno enviara un par de aviones y firmara un decreto”, me dice Trudeau. “Fue porque las comunidades abrieron sus hogares, sus iglesias, sus centros comunitarios”. Todo el mundo dijo: ‘Pongamos de nuestra parte para darles un futuro mejor a estas personas en esta terrible situación’. Entendemos que traer gente aquí para que construya una mejor vida hace del mundo un lugar mejor y hace que nuestras comunidades sean mejores. Pero sólo he podido hacer esto porque los canadienses son abiertos, generosos y tienen grandes sueños para el país”.

Aquí está la parte ingeniosa. A Donald Trump le cae bien Justin Trudeau. Mientras el presidente le cuelga el teléfono al primer ministro de Australia, a Trudeau lo describe como su “nuevo amigo”. Esto puede ser por la forma en que lo miraba Ivanka durante su visita a la Casa Blanca, o porque está aumentando el gasto militar de su país en más de 70 por ciento, satisfaciendo la obsesión de Trump con que los aliados de EE.UU. paguen su cuota por los costos de defensa. “Tenemos un gran vecino en Canadá, y Justin está haciendo un trabajo espectacular”, dijo Trump en la Cumbre del G-20.

Mientras tanto, Trudeau ha ignorado en gran medida al presidente y está en el proceso de promulgar acuerdos comerciales y ambientales con los funcionarios estatales y locales. El New York Times reportó que Trudeau ha enlistado al ex primer ministro conservador Brian Mulroney para ayudar con Trump, y el gobierno de Ontario ha contratado una firma de cabildeo con sede en Nueva York para apoyarse en el gobernador de ese estado, Andrew Cuomo, buscando que las restricciones comerciales con Canadá no sean estrictas.

Pero pregúntele al primer ministro acerca de estas políticas y es claro que preferiría si nadie en los EE.UU realmente se diera cuenta de sus hazañas en el frente comercial.

“No siento que Canadá o yo tengamos algo que probar a través de hechos grandes y elocuentes”, me dice Trudeau mientras está sentado en la oficina del primer ministro, donde solía retozar tal como lo hacía JFK Jr. cuando niño.

“Obviamente no estoy de acuerdo [con Trump] en muchos aspectos, pero los canadienses esperan que yo logre dos cosas al mismo tiempo: enfatizar en donde discrepamos y ser firmes con los intereses canadienses”, dice Trudeau, aflojándose su corbata sin la chaqueta puesta. “Pero también tenemos una relación de trabajo constructiva, y salirme de mi camino para insultarlo a él o reaccionar de manera exagerada por todas las cosas con las que podamos estar en descaruerdo no es tener una relación constructiva”.

La conferencia de prensa de Trudeau ha terminado. El primer ministro está vestido con un esmoquin y su esposa Sophie está junto a él con un traje de gala. Estamos en un salón de baile en el Rideau Hall, el hogar del gobernador general de Canadá. El presidente italiano también está en la ciudad y cenará con nosotros.

A los canadienses no les gustará esto, pero Trudeau parece el típico primer ministro ideal de serie de televisión de Netflix. Al contrario de su padre, a Trudeau no le importa conversar en los cocteles. Sabe manejar el recinto; sonríe por aquí, saluda por allá.

Exclusiva

(En un evento de caridad, Trudeau derrotó a su oponente conservador. Chris Wattie/Reuters)Está acostumbrado a este mundo. Creció a medio kilómetro de distancia, en la residencia oficial del primer ministro. Nació el 25 de diciembre de 1971– fue el rey de las noticias de primera plana. Culminó un año impactante que vio a Pierre Trudeau, un introvertido hombre de 51, que además era el primer ministro, casarse en secreto con su novia de 22 años, Margaret, quien quedó embarazada instantáneamente. Un jubiloso Pierre salió de un hospital de Ottawa para anunciar el nombre de su hijo ante una horda de cámaras.

“Ha estado en el ojo público desde el momento en que nació”, dice Terry DiMonte, un amigo íntimo y DJ de Montreal que conoció a Justin cuando llamó a su emisora en busca de boletas de cine a finales de la década de los 80. Las comparaciones con un Camelot canadiense son inevitables. Sentado en su oficina en Parlamento Hill, Trudeau me muestra un agujero secreto en la pared donde solía esconderse. “La primera vez que entré aquí, pensé que las paredes eran más brillantes cuando era niño”, recuerda, “pero vi fotos y son exactamente del mismo color”.

Justin tuvo dos hermanos, pero fue él quien comenzó a viajar con su padre. El chico estaba en todo lado, y ante todos los mandatarios más importantes del mundo haciendo las cosas típicas de un niño durante las visitas de estado. Ahí tienes a Justin mostrándole su yo-yo al primer ministro sueco. Ves a Justin mientras Ronald Reagan le recita el poema The Shooting of Dan McGrew. Y allí está Justin echándole un ojo a la Princesa Diana cuando ella pasó por la residencia para nadar en secreto durante una visita de estado.

“Pude ver cómo en la diplomacia todo se basa en las relaciones personales y en la forma en la que uno se lleva con la gente”, dice Trudeau. “En la forma de escucharla. Por ejemplo, mi forma de hablar con Merkel es muy diferente a mi forma de hablar con Trump”. (Trudeau tuvo que desmentir un informe de Der Spiegel que decía que le pidió a Merkel ser más suave con Trump luego de que decidiera salirse del Acuerdo de París).

“La gente trata de insultarme diciendo ‘No es el hijo de su padre, es el hijo de su madre’. Inmediatamente les contesto ‘Muchas gracias’”.

Pierre tenía la imagen pública de ser el hombre más interesante de Canadá. Supervisó la redacción de una nueva constitución y, de alguna manera, mantuvo al país unido mientras la francoparlante Québec amenazaba con independizarse, la mayoría de las veces a través de las urnas, y muy pocas veces por medio del terror. En octubre de 1970, el Frente de Liberación de Québec asesinó a un ministro provincial y secuestró a un diplomático inglés. Pierre puso tropas en las calles de Montreal. Un periodista le preguntó hasta dónde llegaría en la restricción de las libertades civiles, y el primer ministro progresista respondió con la célebre frase, “Solo mírame”.

Sin embargo, detrás de la fachada pública, había conflictos en la casa de Trudeau. Gran parte del instinto público de Pierre era encubrir a un hombre herido y obsesionado con las reglas, que les decía a Justin y a sus hermanos en qué pisos de su casa hablarían inglés y en cuáles hablarían francés. Pierre hizo famosa una pirueta, aparentemente espontánea, detrás de la reina en 1977 en el Palacio de Buckingham, pero incluso eso fue planeado con antelación, en una señal de desdén canadiense por la pompa británica.

“Mi abuelo murió cuando mi papá tenía 15 años, y eso lo derrumbó”, me cuenta Trudeau, a pocos metros de donde su padre gobernó el país alguna vez. “Le dejó una marca que permanecería con él por el resto de su vida”.

Mientras tanto, su madre era una veinteañera y tenía comportamientos que, más adelante serían diagnosticados como trastorno bipolar. Los padres de Trudeau se divorciaron cuando él tenía seis años, y él se volvió el compañero de viajes de su padre y el paño de lágrimas de su madre.

“Mi madre ha sido generosa, sensible y muy vulnerable, pero siempre ha sido fuerte”, me dice Trudeau. “A pesar de sus dificultades con su salud mental, entendía a la gente y tenía mejores relaciones que mi padre”.

Cuando niño, Justin soportó titulares que mostraban a su madre celebrando con los Rolling Stones y bailando en Studio 54. Cuando comenzó a incursionar en la política, sus críticos decían que era más como Margaret que como Pierre. Pero eso no lo molestó.

“Mi papá era una figura increíblemente dura, brillante, fuerte en el sentido clásico de lo que eso representa, pero también tenía las debilidades que conlleva el hecho de ser una persona emocionalmente lejana en algunas ocasiones”, dice Trudeau, mientras sonríe tristemente. “La gente trataba de insultarme diciendo: ‘No es hijo de su padre, es hijo de su madre’. Y me gustaba responder de inmediato: ‘Muchas gracias’”.

Trudeu me deja viajar con él en un sedán a una presentación en el Acadian Games en Fredericton, New Brunswick. Llegamos, intento salir, pero mi puerta no abre. Él me observa como diciendo: “Sé paciente”.

“Tienes que esperar a que ellos abran”, dice, señalando a la Policía Montada de Canadá. Sonríe un poco y me comenta: “Me tomó seis meses entenderlo”.

Trudeau sale del carro y es rodeado por una multitud al estilo A Hard Day’s Night. Se supone que va a ver un partido de bádminton, pero eso no sucederá. En cambio, se abre paso entre un montón de niños sonrientes que empujan y parecen sacar unos 6.000 teléfonos. Trudeau responde con alegría, una característica que no comparte con Pierre, sino con el parlamentario James Sinclair, el padre de Margaret. Sinclair amaba más que nada caminar entre la gente, para hacer sentir sus seguidores igual de importantes. Su nieto es igual.

Una ola de adolescentes lo empuja dentro del gimnasio. Es un momento feliz, pero con un poco de nostalgia canadiense; estos jóvenes son los descendientes y sobrevivientes de la Expulsión de los Acadianos de 1775, cuando los británicos obligaron a los francoparlantes a irse a cualquier lugar entre Maine, Francia y, eventualmente, Luisiana. Ahora solo hay paz y amor. Es algo que nunca veré hacer a un político. Es un poco parecido a Obama, si él tuviera el permiso de pasearse por este incontrolable caos.

“Acuérdate de Roosevelt en la radio”, dice Noah Richler, periodista y miembro del Nuevo Partido Democrático. “Churchill era un gran orador. En cambio, Trudeau es terrible, pero se ve bien”. Un momento después, Richler le da un poco de crédito a Trudeau de mala gana. “Él ama este trabajo y es divertido verlo”.

Trudeau insiste en que hay una razón para estar tan cerca de sus seguidores. “Tengo el presentimiento de que no puedes hacer este trabajo a menos de que te mantengas en contacto con la gente”, me dice Trudeau en Ottawa. “Y eso significa estar tan cerca de ella como para que se sienta cercana a ti”.

El resto del día es igual de alegre, aunque hay menos parafernalia. Su próxima parada es en el Frederiction Fire House para la celebración de sus 200 años, donde bromea con el equipo de rescate. Una hora después, se sienta en una mesa de picnic junto a la costa del río Saint John para comer helado con sus seguidores, una postal perfecta del Grand Bay-Westfield, New Brunswick. Sigue tomando fotos mientras su personal lo empuja gentilmente al carro que lo espera. El día transcurre sin problemas, hasta que la caravana se desvía a una carretera lodosa. Me pregunto si hay algún problema o una amenaza de seguridad. Luego, veo al primer ministro bajar la ventana y dejar caer con delicadeza su cono de helado al pavimento. Trudeau no quiere ser visto tirando basura en una carretera canadiense.

El culto a la personalidad y el hecho de haber dejado caer su helado hablan del coreografiado ascenso al poder de Justin Trudeau, que inició con una avalancha y una procesión.

Luego de que Pierre se retirara de la política en 1984, se mudó a Montreal junto a sus tres hijos, Justin, Alexandre y Michel a Cormier House, una fría residencia diseñada con un estilo art déco cerca de Mount Royal. Pierre ocupó un cuarto alejado repleto de libros y recuerdos, mientras sus tres niños jugaban en el primer piso. Los cuatro solían reunirse a cenar y su padre les hablaba sobre Shakespeare y Thomas Hobbes. Justin estudió en un prestigioso colegio jesuita, en el que se juntaba con un grupo ecléctico de protestantes y judíos en una escuela católica, en su mayoría. Algunos se burlaban de él por los titulares que hablaban de las últimas proezas de su madre, pero la mayor parte del tiempo la pasaba solo. Su compañero Marc Miller lo describe “más como un acróbata, que como un atleta”, por aquella vez que llegó al colegio haciendo malabares en un monociclo.

Hubo días que Trudeau estuvo con sus hermanos y su padre paseando por la zona rural canadiense, caminando y navegando en kayak. Pierre, tal vez pensando que con su edad no vería a sus hijos cumplir los 30 años, estaba obsesionado con enseñarles todo lo que pudiera antes de morir.

“Él nos enseñó cómo hacer fogatas bajo la lluvia y a navegar en canoa”, dice Justin. “Todo esto con el objetivo de que nos pudiéramos defender en cualquier área de conocimiento”.

Justin, a sus 18 años, ya participaba en los debates de su colegio, argumentando que Quebec se debería quedar en Canadá, con frases elocuentes en francés como: “Canadá no se está cagando en Quebec”, mostrando esa espina que caracterizaba a su padre.

Estudió en la McGill University de Montreal, donde se unió al club de debate y se hizo amigo de Gerald Butts, ahora uno de sus asistentes, una amistad que se fortaleció con partidas de billar interminables. “Creo que uno de los más grandes logros de Justin es mantenerse como una persona normal”, dice Butts.

Tras graduarse, Trudeau se dirigió al oeste para trabajar como instructor de snowboard y luego como profesor en Vancouver. Su larga infancia terminó cuando cumplió 26 años. A Trudeau le informaron que Michel, su hermano menor, había muerto en una avalancha mientras esquiaba cerca al Lago Kokanee en British Columbia. La nieve lo arrastró hasta el lago y, a pesar de que sus amigos fueron rescatados, nunca encontraron a Michel.

El país presenció en vivo cómo los helicópteros y los buzos lo buscaban inútilmente. Justin viajó a Montreal para acompañar a su padre, pero el clima se volvió peligroso, y su familia tomó la decisión de detener la búsqueda. Dejaron que el más joven de los Trudeau descansara en paz bajo el agua.

Justin regresó a Montreal al final del año, luego de enterarse de que su padre tenía cáncer de próstata, algo que Pierre le había escondido a su hijo mayor porque no quería que abandonara a sus estudiantes a mitad de año. El joven vio cómo su padre se volvía cada vez más débil con el paso de los meses. Aun cuando el cáncer estaba matando el cuerpo de su padre, Justin está convencido de que la muerte de Michel destruyó su alma.

“Vi cómo murió mi padre”, me dice Trudeau con los ojos aguados. “Él no podía entender por qué Dios le había quitado a su hijo”.

Pierre Trudeau murió el 28 de septiembre de 2000. Justin, asediado por la prensa, se resguardó en un lugar inusual: la casa de su amigo y DJ Terry DiMonte, un lugar en el que los reporteros nunca buscarían.

El funeral de su padre fue en la basílica de Notre Dame en Montreal, la que alguna vez fue la iglesia más grande de Norteamérica. Para bien o para mal, iba a ser un momento memorable. Trudea reunió a Butts y Miller, unos viejos amigos, en la cocina de DiMonte. Con la ayuda ellos, escribió su discurso. “Él sabía que todo el país lo iba a ver”, recuerda Dimonte.

El funeral se llevó a cabo el 3 de octubre, con Castro y Jimmy Carter entre los asistentes. Justin habló sobre su padre y terminó con una frase de Robert Frost: “Él cumplió sus promesas y se ganó su descanso”. Empezó a llorar y a temblar. “Je t’aime, Papa”, dijo y apoyó su cabeza en el ataúd cubierto con la bandera de Canadá, antes de derrumbarse en los brazos de su madre y sus hermanos.

Se rumoreaba que Justin debería entrar a la política, incluso antes de la muerte de su padre, pero él se tomó su tiempo. Un año antes del funeral de Pierre, Dimonte y Trudeau fueron a almorzar, y Justin le explicó por qué no iba a entrar tan rápido a la política: estaba esperando el momento perfecto y quería estar alejado de la crisis del Partido Liberal. Los liberales sufrieron un decaimiento en el 2000, un periodo de 11 años en el que pasaron de controlar 172 a 34 escaños en el Parlamento. “Él sabía que el partido estaba más encaminado a caer que a reinventarse”, dice Butts.

Trudeau regresó a la universidad para una maestría en ingeniería. No se lanzó a la política hasta que anunciaron en 2007 que era candidato al Parlamento. Una de las cosas extravagantes sobre el sistema parlamentario es que los representantes del partido finalmente deciden qué candidatos competirán por el puesto. Trudeau fue enviado la sección Papineau en Montreal, a solo unos kilómetros de la casa de su padre, pero en un mundo totalmente distinto.

Papineau está lleno de inmigrantes africanos, haitianos y burgueses. Un separatista haitiano se quedó con el puesto y la sonrisa de Trudeau desapareció. Pero no se rindió.

Trudeau ganó inesperadamente en 2008, un golpe significativo porque el Partido Liberal fue derrotado súbitamente. Incluso ahora, como primer ministro, Trudeau se emociona por su primera vuelta.

“Derroté al candidato griego y al candidato italiano, en sus comunidades”, recuerda Trudeau. “Mi principal rival era una mujer haitiana, y hasta los haitianos votaron por mí”.

Antes de que pudiera preguntar, él tenía la respuesta.

“Canadá es un país donde las personas no siempre votan por lo superficial, sino que tienen en cuenta los valores”, me cuenta Trudeau. Es totalmente distinto a como sucede en Estados Unidos, donde el tribalismo domina la política. “Mi visión del país se ve reflejado en la comunidad”, dice.

Ha habido momentos escalofriantes en el periodo de Trudeau cuando su ética de ‘vive y deja vivir’ ha sido vulnerada.

En enero, un canadiense de 27 años asesinó a seis musulmanes en la mezquita de Quebec. Trudeau encontró un consuelo en las vigilias de la nación, pero el país y su líder estaban claramente traumatizados. “Los musulmanes, desafortunadamente, son víctimas frecuentes”, dice Trudeau. El contraste con las restricciones de Trump a los musulmanes y lo que un país puede ser no puede plasmarse con más claridad.

El paso de Trudeau de diputado a primer ministro fue menos elegante, pero mejor calculado de lo que parece. Mientras hago esta historia, me hospedo en el hotel Ottawa Hampton Inn, donde la vida de Trudeau cambió en un ring de boxeo.

Trudeau profesaba su deseo de aprender sobre Ottawa siendo un joven parlamentario que se complicaba con sus propias palabras. En 2011, Trudeau le dijo a un político conservador que era “un pedazo de mierda” en un debate en la Cámara de los Comunes. Él tuvo que disculparse y prensa conservadora se refirió a él como un tipo guapo y peleón.

Parecía que iba a caer en una trampa el año siguiente, cuando aceptó boxear contra Patrick Brazeau, un senador conservador, para una recaudación de fondos por el cáncer. “No creo que nadie pensara que era una buena idea”, dice Miller, su amigo y consejero. “Él dejó que todos lo subestimaran”.

En una noche de marzo de 2012, las probabilidades eran 3 a 1 contra Trudeau. Brazeau tenía el pelo largo y un montón de tatuajes intimidantes, en cambio Trudeau tiene un tatuaje de un cuervo y un planeta tierra. Brazeau se veía como un tipo que podía pelear con una docena de borrachos en una discoteca. La prensa conservadora estaba babeando, soñando con ver la muerte del “Shiny Pony”.

Los televisores cambiaron el hockey por el combate más famoso en todo Canadá. La pelea empezó y Brazeau no dudó en atacar a Trudeau con rapidez y lastimó a su rival con golpes directos.

Al comienzo, parecía que se iban a cumplir los deseos del público: ver a Trudeau inconsciente en la lona. Pero Trudeau aguantó la ráfaga de golpes de Brazeau y comenzó a conectar sus puños en su contrincante. Brazeau se veía asustado y finalmente el árbitro detuvo la pelea en el tercer round, cuando Trudeau atacó con una combinación de jabs a su oponente en una esquina.

La victoria fue doble: demostró que Trudeau podía respaldar sus palabras, y que el estereotipado y débil Partido Liberal podía aguantar un par de trompadas. Cinco años más tarde, y unos kilómetros más allá, Trudeau sonríe maliciosamente cuando le pregunto cuánto de la pelea estaba planeado. “No fue casualidad”, dice Trudeau. “Quería a alguien que fuera un buen contrincante, y nos tropezamos con un senador rudo de una comunidad indígena. Fue un gran rival. Vi la oportunidad como una buena historia para contar”, dice.

El domingo antes de conocer a Trudeau, el primer ministro estaba en Toronto bailando y marchando en el desfile por el orgullo gay. Su padre le heredó el Partido Liberal en su peor momento, luego de una desastrosa campaña que lo dejó con 34 escaños de 308 posibles en 2011. A Trudeau lo adoran en las redes sociales canadienses. Adam Scotti/Courtesy Prime Minister's Office
A Trudeau lo adoran en las redes sociales canadienses. Adam Scotti/Courtesy Prime Minister’s Office

Trudeau se convirtió en el líder del partido en 2013 e inmediatamente comenzó la “Obamanización” de los liberales: buscando cómo llegarles a los jóvenes y a las minorías por medio de las redes sociales. Incluso convocó a uno de los directores de campaña de Obama.

El carisma de Trudeau también ayudó. Richler sintió que la oposición estaba en problemas cuando recibió una llamada de un colega que había visto el trabajo de Trudeau en el desfile de Edmonton. “Mi amigo estaba sorprendido de cómo los jóvenes lo seguían”, recuerda Richler. Luego lo vio con fortaleza en los debates nacionales. “Ahí me di cuenta de que estábamos acabados”.

El partido de Trudeau arrasó y ascendió al poder el 19 de octubre de 2015, incrementando los votos de 2,8 millones en 2011 a casi 7 millones. Unos días después, su gabinete, un ejemplo exquisito del multiculturalismo en Canadá, marchó en el Rideau Hall. Un periodista le preguntó por el mensaje quería transmitir con su ejército de consejeras. Trudeau solo sonrió y respondió: “Porque es 2015”.

El mandato de Trudeau a veces ha sido como ver por primera vez a un niño de cuatro años montar una bicicleta sin ayuda: muchas promesas, muchas caídas. A veces también puede ser un malcriado. El año pasado, en la Cámara de Comunes golpeó por accidente los senos de la parlamentaria Ruth Ellen Brosseau, en un intento por detener las tácticas de sus oponentes. Como respuesta, el primer ministro se disculpó cuatro veces, convirtiéndolo en el blanco perfecto para los chistes de John Oliver.

“Le escribí y me respondió de inmediato: ‘El temperamento se apoderó de mí, no volverá a suceder’”, dice DiMonte. “Es como un padre para mí. Es amable y paciente, hasta un punto. ¿Es más refinado? Sí. ¿A veces un toro incontrolable? Absolutamente”.

Recientemente, Trudeau ha sido criticado por haber pagado 10.5 millones de dólares al canadiense Omar Khadr, un joven de 15 años que se involucró en un tiroteo afgano en 2002, que provocó la muerte de un soldado estadounidense. (El padre de Khadr era cercano a Osama Bin Laden). El adolescente estaba retenido en Guantanamo, donde fue torturado y transferido a una cárcel canadiense. Khadr fue liberado en 2015, luego de pasar la mitad de su vida encarcelado, y las cortes canadienses decretaron que sus derechos habían sido violados. Khadr demandó al gobierno canadiense, y Trudeau estuvo de acuerdo con una solución. Andrew Scheer, el líder conservador, dijo que el pago era “repugnante”, mientras que el primer ministro argumentó que la liquidación se pudo haber cuadruplicado si era llevado a la corte, añadiendo que “la medida de una sociedad justa no es sobre si defendemos los derechos de las personas cuando es fácil, si no sobre si reconocemos sus derechos cuando es difícil”.

El equipo de Trudeau tampoco cumplió con algunos objetivos de la campaña, incluyendo la reforma electoral, pero ninguno como la promesa que hizo Trudeau a 1.5 millones de ciudadanos indígenas en Canadá. El país creó la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, y publicitó el aprieto de más de 150.000 niños indígenas que fueron separados de sus familias desde 1883, para ubicarlos en orfanatos y escuelas residenciales. Otro consejo está investigando sobre los asesinatos y desapariciones de más de 1.000 mujeres indígenas, y ya está siendo criticado por su caótica organización. Trudeau ha prometido agua más limpia, nuevas escuelas y, la más importante, más autodeterminación sobre cómo los recursos serán invertidos en el país. Pero el progreso ha sido terriblemente lento. En su conferencia de prensa, Trudeau habló sobre la paciencia: “Nos tomó cientos de años llegar aquí. Se tomarán muchas más generaciones para terminar este legado”.

Unas horas después de la conferencia de prensa, Trudeau quiere mostrarme su visión de Canadá. Manejamos por 30 minutos a la Berrigan Elementary School en Nepean, un suburbio de Ottawa. Mientras la policía hace un chequeo de seguridad, yo espero en la parte de atrás del cuarto.

Me siento como en una sesión plenaria de tercer grado de las Naciones Unidas. El rector me contó que el colegio de 900 estudiantes contaba con más de 20 idiomas y con niños de más de 35 países. Pero aquí, los niños apenas hablan inglés, francés y su propia lengua. Me recordó algo que me dijo Richler sobre su país: “Canadá es tan grande que nunca estará completamente asentado. Necesitamos inmigrantes, tanto como ellos nos necesitan a nosotros”.

Trudeau entra y escucha a un niño indio hablar de un país donde se siente canadiense, y tampoco siente miedo de cantar el himno nacional de la India.

El primer ministro toma el micrófono y habla en inglés y en francés. “Las divisiones de un país pueden conducir a la debilidad, a peleas y discusiones”, dice. “Tenemos diferencias en Canadá. Diferentes historias, religiones e idiomas”. Mira a los niños con orgullo. “Descubrimos cómo hacernos fuertes con esas diferencias”.

Trudeu mira hacia atrás. En el pasillo hay cientos de niños que sostienen pancartas con las palabras “esperanza” y “respeto”. Toman sus mangas y sonríen. Hubiera sido cursi si no hubiera sido tan hermoso. Esta es la visión de Trudeau sobre lo que puede ser un país. Promueve la inclusión, mientras Estados Unidos construye muros, demostrando nostalgia por una época de homogeneidad que no volverá. En este momento, la Canadá de Justin Trudeau es un hermoso lugar para escapar de la tormenta estadounidense.

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