La cruzada radical de Mike Pence

Siendo gobernador de Indiana pisoteó los derechos de las mujeres, de la comunidad LGBTI y de los pobres. Además, es un incompetente. Conozcan a quien posiblemente será el nuevo presidente de EE. UU.

POR STEPHEN RODRICK | 17 Mar de 2017

<p><b>ILUSTRACIÓN POR DANIEL ADEL</b></p>

ILUSTRACIÓN POR DANIEL ADEL


La cosa pintaba bien. Unos 100 trabajadores de una fábrica de aires acondicionados en Indianápolis estaban sentados en sillas plegables esperando al presidente Donald Trump, que les había prometido por Twitter salvar sus empleos. Bueno, no todos sus empleos —730 se salvarían y 550 se irían a México—, aunque ese era un dato menor.

Después de un rato un hombre con el pelo plateado pasó al podio. “Es maravilloso estar de nuevo en Indiana”, dijo Mike Pence. “El estado de Indiana es un orgulloso estado manufacturero. Tenemos impuestos bajos, leyes hechas con mucha sensibilidad, grandes escuelas y carreteras, además de la mejor fuerza laboral de Estados Unidos”.

Su voz iba haciéndose más sombría al referirse a la forma como Carrier (la marca fabricante de los aires acondicionados) iba a enviar más de mil empleos a México. “En marzo nos reunimos con los líderes de la compañía, la verdad es que las políticas dirigidas desde la capital estaban literalmente mandando los empleos hacia otros países”.

Como casi todas las afirmaciones distorsionadas que Pence usó para defender a Trump durante el debate presidencial, esta no era ni remotamente cierta: Carrier empezaba a trasladar su planta porque a los empleados mexicanos les pagaría seis dólares por hora. Algunos críticos aseguran que Carrier decidió quedarse para no arriesgar contratos con el Gobierno, que podían sumar 5 mil millones de dólares. Temían una venganza bajo el régimen de Trump.

Ah, y luego Pence prometió 7 millones de dólares de exenciones tributarias. Incluso a Sarah Palin le pareció “capitalismo entre compinches”.

Luego Pence presentó al hombre: “Es un gran honor presentarles a un hombre de palabra, un ejecutor, el presidente electo de los Estados Unidos de América, Donald Trump”.

Luego pasó algo raro; bueno, no tan raro siendo Donald Trump. Habló sobre su gran victoria y luego admitió que su discurso de campaña prometiendo salvar a los trabajadores de Carrier había sido pura mierda. Solo cuando vio en TV a un trabajador diciendo que Trump salvaría su empleo, decidió actuar.

“Pusieron mi declaración y dijeron que Carrier nunca se iría”, dijo Trump con su sonrisa de millonario.

Foto: Timothy A. Clary/Getty
Foto: Timothy A. Clary/Getty

Los medios empezaron a tuitear furiosamente. El presidente electo acababa de aceptar que una de sus promesas de campaña era mentira, y que lo había recordado por casualidad viendo las noticias.

Ahí estaba Mike Pence, que ni siquiera parpadeaba. Resplandeciente e imperturbable, con una sonrisa de orgullo

congelada en su cara. 10 días después, docenas de trabajadores de Carrier y sus familias se reunieron en un templo al oeste de Indianápolis. Encendieron velas y oraron por los cientos de empleos que se iban a perder.

En una banca estaba sentado Chuck Jones, presidente local de la United Steel Workers. Él, un hombre ronco y canoso, se había convertido en héroe porque Trump lo había atacado por atreverse a cuestionarlo. Esa noche Jones estaba furioso con Pence. Me acerqué a él y le pregunté por el papel de Pence en el asunto de Carrier. “No hizo absolutamente nada”, dijo Jones.

Le recordé que él se había reunido con Pence en marzo. Jones sonrió con tristeza. “Déjame contarte sobre eso…”.

En marzo Pence se reunió con las directivas de Carrier, y Jones estaba allí con otros trabajadores, llevando carteles de protesta. Frente a las cámaras Pence invitó a Jones a reunirse. Pence culpó al Gobierno por la pérdida de empleos, Jones culpaba a la ambición corporativa.

—¿Por qué no respondió nuestra solicitud de reunión? —dijo Jones.

—Nunca la recibí —contestó Pence.

Luego Jones pudo ver que la carta había sido firmada por alguien en la oficina del entonces gobernador Pence. Se puso en contacto de nuevo y le prometieron una cita que nunca tuvo lugar. Pence se negó a declarar para esta historia.

“Sé que no le gustan los sindicatos, pero no se trata de eso. Se trata de seres humanos que no tendrán cómo sobrevivir”, dice Jones. “Él no hizo nada por nosotros”.

Viajando por EE. UU. me enteré de que Pence pagó su hipoteca con fondos de campañas políticas, actuó negligentemente en una epidemia de VIH y en un caso de contaminación con plomo, y firmó una ley contra los derechos de los homosexuales que casi le cuesta millones de dólares a Indiana. Casi enloqueció en televisión con George Stephanopoulos, actuó de forma inconstitucional en contra de los refugiados sirios, y al final de su mandato era tan impopular que su reelección era considerada peligrosa por el Partido Republicano.

Pence es el vicepresidente número 48 de EE. UU. Nueve de ellos han tenido que asumir la presidencia por caso de muerte o renuncia. Un 19 %. Teniendo en cuenta el carácter volátil de Trump, su imperio de pesadilla, su adicción por el pollo frito y su relación con Vladimir Putin, podemos decir que Pence tiene buenas probabilidades.

Entonces, ¿qué sabemos de él? Se benefició mucho de la cobertura que dieron los medios a la campaña, y como Trump parecía un chimpancé lanzando excrementos, Pence pasó casi desapercibido.

Sin embargo, su impacto como vicepresidente puede afectar a afroamericanos, mujeres, sectores pobres, y a cualquiera que no encaje en su visión del país. Y hay algo aún más aterrador: a diferencia de su jefe, Pence sí tiene una ideología. En la convención republicana de 2016 dijo: “Yo soy un cristiano, un conservador y un republicano, en ese orden”. De todos modos, su historial lo muestra como una antítesis de Jesús.

Vean esto: mientras Mike Pence fue gobernador, su relación con la minoría demócrata fue un desastre. Alguien sugirió que hicieran una comida con los demócratas. La mesa se preparó para 20 personas, pero solo fueron siete. El gobernador Pence gritaba a su esposa Karen (su principal consejera), que estaba al otro lado de la mesa: “¡Madre! ¿Quién preparó la comida de esta noche?”. Los invitados se miraban entre sí sin hablar. Acababa de decirle “madre” a su esposa.

Tal vez era una broma, pensaron. Pero pocos minutos después Pence gritó de nuevo: “¡Madre! ¿En qué vajilla estamos comiendo?”. Mamá Pence soltó un largo discurso sobre el origen de la vajilla. Después los demócratas invitados no sabían qué era más extraño: la absoluta incapacidad de Pence para conversar con ellos, o el hecho de decirle “madre” a su esposa en pleno siglo XXI.

Pence fue criado en los 60 como un lindo niño católico irlandés en Columbus, Indiana. Recibió el nombre de su abuelo, que emigró desde Irlanda y se convirtió en conductor de bus en Chicago. Su padre manejaba una cadena de estaciones de gasolina. Cuando era monaguillo, realmente parecía que tenía vocación de servicio.

Se quedó cerca a su hogar. En la universidad se sintió fascinado por la cristiandad evangélica, y tuvo una experiencia religiosa en un festival de música en Kentucky.

Se ha dicho que su conversión preocupó a la familia, especialmente a su madre. Conoció a Karen en la iglesia, cuando estudiaba leyes. Juntos hicieron más profunda su fe y se casaron en 1985. Han tenido tres hijos, y se dice que Pence describe a su esposa como la “guerrera de la oración” en la familia.

Pence entró a trabajar a una firma legal en Indianápolis, y empezaba cada día rezando junto a un colega. En 1988, a los 29 años, se lanzó al congreso, y llamó la atención por recorrer su distrito en bicicleta. Al comienzo la disputa estaba cerrada, pero Billy Linville, gerente de campaña de Phillip Sharp, buscó los documentos financieros de Pence.

“Era claro que estaba usando el dinero de la campaña para cosas personales”, me dijo Linville. “Hacía los pagos de su hipoteca, del carro de su esposa, su tarjeta de crédito y el mercado de la familia”.

Aunque esta no era una práctica ilegal en esa época, resultaba irónico que Pence criticara a Sharp por tener compromisos mientras él compraba espagueti con el dinero de sus donantes. La campaña de Pence se fue en picada, y él empezó a usar tácticas deplorables. Envió un correo con la foto de una cuchilla y varias líneas de cocaína, insinuando que Sharp era débil frente a las drogas. La más infame de sus acciones fue un comercial barato en el que un actor interpretaba a un jeque árabe para sugerir que Sharp había sido comprado por los petroleros extranjeros. El aviso fue denunciado por grupos de árabes-americanos y concejos editoriales, descrito como algo sórdido y malintencionado. Pence perdió las elecciones por 19 puntos.

La derrota no lo perturbó, y aprovechó su locuacidad para llevar su voz a la radio. Su programa tenía inclinación conservadora, pero parecía tan conciliador que algunos demócratas pasaban por él. De cualquier modo, en los 90 llegó el rompimiento entre aquel Pence rústico y el Pence que matoneaba desde el púlpito.

Se convirtió en presidente de un grupo conservador y empezó a publicar sus pensamientos en Internet. Escribió algunas cosas realmente sorprendentes: “El calentamiento global es un mito” o “A pesar de la histeria de la clase política y los medios, fumar no mata”.

Se hizo miembro de la junta del Indiana Family Institute, una organización contra el aborto y los homosexuales. En el año 2000 Pence se lanzó de nuevo al Congreso. Apoyó las iniciativas republicanas para recortar impuestos y aumentar el gasto militar, pero dejó en claro que era un guerrero cristiano, declarando que el congreso debía oponerse a cualquier esfuerzo por reconocer a los homosexuales como una minoría “discreta e insular”, basándose en las leyes contra la discriminación.

También argumentó que los recursos para la lucha contra el sida debían renovarse “solo si se dirigían a instituciones que daban asistencia para que las personas cambiaran sus conductas sexuales”. Muchos activistas homosexuales entendieron eso como apoyo a las “terapias de conversión”. En 2006 habló a favor de una enmienda constitucional que definía el matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer, asegurando que “el colapso social siempre ha estado relacionado con el deterioro del matrimonio y la familia”.

Sus planes han sido tan radicales que ninguno se ha convertido en ley, pero ha hecho declaraciones muy apreciadas por la derecha más radical en las elecciones. Pence decidió lanzarse a la gobernación en 2012, enfocándose en la parte económica, social, laboral y educativa, moderando su parte más conservadora.

Pence ganó con el 49 % y no tardó en perder la compostura. En 2013 Bill Oesterle, un republicano veterano que donó USD 150 mil a la campaña, tuvo varias conversaciones con él. Los legisladores del estado estaban considerando una enmienda que prohibía el matrimonio gay, y debería pasar por la legislatura antes de llegar a los votantes de Indiana. Pence permaneció en silencio. Oesterle le aconsejó no impulsar una enmienda de la derecha cristiana porque eso no le haría ningún favor.

—Necesitas acercarte a los del centro — recuerda Oesterle haberle dicho—. Es tu oportunidad para llegar a ellos.

—Lo entiendo —dijo Pence.

Semanas después, Pence anunció su apoyo a la enmienda, y su relación con Oesterle se dañó. “Ahí entendí que Mike Pence tenía intereses más allá de Indiana”, dice Oesterle suspirando. Por su parte, los republicanos moderados empezaron a ver que la meta de Pence como gobernador era apuntar a las primarias de Iowa y New Hampshire en 2016.

En el aspecto educativo, los trabajadores y los expertos de la academia daban los últimos toques a una proposición que postularía a Indiana para USD 80 millones en recursos, pero el día de la postulación Pence envió un email anunciando que Indiana no participaría. Empezó a decirse que la derecha religiosa lo presionaba para evitar que el gobierno federal dañara los corazones de los niños de preescolar. Pence acabó aprobando un programa con un presupuesto de 10 millones.

En los círculos políticos, la pareja de Katie Blair (activista de American Civil Liberties Union) y Megan Robertson (consultora republicana) representa un símbolo de Indiana saliendo de la era paleozoica. Me reuní con ellas en el centro de Indianápolis. Se conocieron en 2013 cuando Blair trabajaba para eliminar la enmienda que prohibía el matrimonio homosexual junto a Robertson, en ese entonces directora de Fredoom Indiana, una organización que aboga a favor de los LGBTI. Se casaron en noviembre. “No sabíamos que Mike Pence iba a hacer explotar el estado”, dice Blair.

Newscom
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A comienzos de 2015, un proceso judicial que legalizaba el matrimonio homosexual apareció ante la Corte Suprema de Estados Unidos. Sintiendo que podría pasar, los líderes cristianos de derecha de Indiana, y el mismo Pence, se escudaron en la Ley de Restauración de la Libertad Religiosa (RFRA), un proyecto de ley que permitía a los dueños de negocios de Indiana discriminar a los clientes homosexuales. Tuvo apoyo del Partido republicano y Pence lo vio como un premio de consolación. Les dijo a los oponentes que este no era antigay, sino a favor de la libertad religiosa.

Y luego salió la foto que mostraba a Pence firmando la ley rodeado de religiosas, monjes y tres líderes ultraderechistas de Indiana. No se le permitió acceso a la prensa. Estos tres hombres tenían ideas como la terapia de conversión, y decían que la homosexualidad está proscrita en la Biblia junto al adulterio y la bestialidad. La foto era tan impresionante que cuando un representante demócrata del estado la empezó a circular, algunos pensaron que era un montaje.

“Estaba furiosa con esta ley, y luego salió esa foto y no lo podía creer”, dice Robertson. Blair va directo al grano: “Pocas veces había sentido tanta rabia. Fue estúpido y ofensivo”.

En cuestión de días se desencadenó un Tsunami económico. Oesterle y otros líderes locales dijeron que no podían sumar más trabajadores a sus negocios en Indiana mientras la RFRA se mantuviera. Las convenciones empezaron a retirar miles de dólares de negocios, tal como lo hicieron cuando Carolina del Norte aprobó una ley homofóbica similar. La NCAA, con sede en Indianápolis, proclamó su rechazo. Pence fue invitado al programa This Week With George Stephanopoulos. Sus asesores le aconsejaron no asistir y Pence accedió. Pero luego, cambió de parecer.

Su aparición en televisión fue vergonzosa. Le preguntaron algo simple: “Conteste sí o no. ¿Es legal si un florista se niega a servir en el matrimonio de una pareja gay en Indiana?”. “El debate nos ha llevado a este punto gracias a la desinformación… la RFRA ha estado en los libros por más de 20 años. No aplica a las disputas entre personas a menos de que la acción del Gobierno esté involucrada”. El conductor del programa señaló que los que apoyaban la ley afirmaban que protegía a los floristas cristianos de tener que vender flores en un matrimonio gay.

“¿Es eso cierto, gobernador?”. Pence dio más vueltas. “El asunto es, ¿la tolerancia es de lado y lado, o no?”. Nunca respondió la pregunta y desperdició dos oportunidades para decir que no estaba a favor de la discriminación gay. Luego dijo que no revisaría la ley. En Indiana los legisladores estaban desesperados.

“Para mí, su carrera había terminado”, dice un famoso lobista. “El estado perdería millones de dólares. La situación que temíamos había empeorado gracias a la aparición en televisión. La ciudad ardía”.

The Indianapolis Star, un periódico no liberal, publicó un titular que decía “Arreglen esto, ya”. Los líderes cívicos de Indiana convocaron dos reuniones: una con Oesterle y otros líderes empresariales; la otra, con los principales políticos locales. Pence no asistió a ninguna. Esa semana, la legislatura pasó un proyecto de ley revisado que suavizaba el lenguaje antigay.

El papel de Pence fue inexistente. Su torpeza con la RFRA y otros problemas muestran a un político con reflejos lentos que continuó tropezando al firmar una orden ejecutiva que vetaba a los refugiados sirios luego de los ataques de París de 2015. Una familia fue enviada de Indiana a Connecticut, donde el gobernador le dio la bienvenida y recibió una medalla de honor. Según una encuesta encargada por Oesterle, el índice de aceptación de Pence estaba cerca del 30 %, y empezaron a aparecer avisos que decían: “Pence debe irse”.

Foto: Tom LoBianco/AP
Foto: Tom LoBianco/AP

Un año después de la debacle de la RFRA, Pence continuó su guerra santa al firmar la House Bill 1337, una de las leyes más restrictivas contra el aborto. Anteriormente, Pence le había adjudicado USD 3,5 millones a una compañía de Pensilvania que ayudaba a las mujeres con crisis de abortos, es decir, un lugar a donde las mujeres acudían por ayuda médica y eran presionadas a tener sus bebés sin recibir tratamiento médico inmediato. El programa se suspendió en 2016 cuando la compañía fue investigada por cobros exagerados, un delito que ya se estaba investigando en 2015 cuando Pence les adjudicó el contrato.

Pero esta ley llevó su obsesión por el aborto demasiado lejos. Algunos aspectos incluían prohibir el aborto de un feto que tuviera un daño mortal en los cromosomas; requerir un entierro para el feto; y una cláusula que permitía que a los médicos que practicaran esos servicios se les imputaran cargos de muerte por negligencia.

Luego de esta ley, se fundó un movimiento en Indiana llamado Periodos por Pence, en donde a través de las redes sociales las mujeres le daban a conocer al gobernador su ciclo menstrual para protestar por lo intrusivo de la legislación.

En junio de 2016 un juez federal suspendió la ley, citando que era inconstitucional. Pero esto no le importó a Pence. Había mostrado de nuevo sus credenciales contra la libre elección del aborto. Cuando Trump necesitaba un vicepresidente con reputación en contra del aborto para equilibrar su indecisión frente al tema, Mike Pence fue la respuesta a sus oraciones.

Su legislación retrógrada y sus fanfarronerías han hecho de Mike Pence un personaje agobiante. Pero el poder lo convirtió en un peligro para todos los habitantes de Indiana que no compartían sus opiniones. Y si uno transfiere su administración local a las políticas federales, las consecuencias serán devastadoras.

Fui hasta Austin, Indiana, un pueblo que Pence parece evadir. Conocí a dos enfermeras que trabajan en la prevención del sida y el intercambio de agujas. Nos dirigimos a un barrio cercano. Había una familia viviendo en un garaje, y un remolque con una bandera nazi en la ventana y otra de la SS en un poste. El barrio es el epicentro de una epidemia de sida ocurrida bajo la mirada de Pence.

Austin es una zona rural, en Scott County, con una población de solo 20 mil habitantes y casi 200 casos de VIH (si fuera en Nueva York serían 80 mil por 8 millones de habitantes). Esto no tenía por qué suceder, y un legislador republicano lo veía venir. Se trata de Ed Clere, un corredor de bienes raíces y antiguo jefe del Comité de Salud Pública de Indiana, con quien tuve la oportunidad de reunirme.

En 2014, Clere se dio cuenta de que la crisis de drogas estaba llegando a las zonas rurales de Indiana, al igual que a otros pueblos de EE. UU. Había un nuevo flagelo: opana, un potente analgésico. Los fabricantes habían cambiado la presentación de las píldoras para que fueran más difíciles de inhalar. Pero los drogadictos se dieron cuenta de que si la derretían y se la inyectaban en fracciones podrían drogarse más veces. Esto incrementó el uso de agujas contaminadas. Clere se dio cuenta y apoyó una ley en 2014 que permitiría el intercambio de agujas para prevenir la propagación de la hepatitis C y el VIH. El comité debilitó la propuesta y pidió un estudio. Pasó la Cámara de Representantes, pero el Senado la ignoró.

La ley se hundió sin que se tomará ninguna medida, casi un año antes de que se empezaran a reportar los casos de VIH en esa región en 2015. Los casos se dispararon y, finalmente, la administración reconoció la crisis en un comunicado de prensa, pero no pasó nada. La oficina de Pence dejó claro que vetaría cualquier proyecto de ley que legalizara el intercambio de agujas. “No hubo ninguna voluntad para buscar una solución”, me dijo Clere.

Clere planeó una audiencia pública el 25 de marzo en Indianápolis con médicos, funcionaros locales y activistas. Esa misma mañana, Pence anunció que celebraría una audiencia una hora antes en Scott County. En un pueblo cercano a Austin, Pence oyó a los líderes comunitarios y dijo al público que rezaría por la situación. Mientras tanto, su comisionado de salud le dijo al comité de Clere que la administración se oponía al intercambio de agujas, pero que estaba considerándolo para ese condado limitadamente.

Al día siguiente, Pence expidió una orden ejecutiva que permitía el intercambio de agujas en Scott County y tendría que ser renovada a los 30 días. Pero luego empezaron las restricciones: no habría dinero estatal para el programa. En el caso de otros condados en riesgo, estos programas tendrían que ser aprobados por los comités de salud estatales y del condado y no tendrían fondos.

Al cabo de un año, el programa demostró ser efectivo y la crisis del VIH se estabilizó. Pero el número de infectados hubiera sido menor si Pence hubiera hecho algo antes. Mientras él se mantuvo como gobernador, Clere fue despojado de su cargo, supuestamente por ser grosero con los miembros del comité, algo que nunca había pasado en Indiana.

Los meses previos a la designación de Pence como candidato a la vicepresidencia no fueron fáciles. Aunque Oesterle se negó a retarlo en las primarias del Partido Republicano, sus índices de aprobación eran muy bajos. Luego del fiasco de la RFRA, Pence fue abucheado varias veces, incluso en Indiana, en donde esto no es común.

Foto: Mike Reynolds/Redux
Foto: Mike Reynolds/Redux

Los rumores del interés de Trump empezaron a correr. Los políticos de Indiana eran incrédulos y se preguntaban si alguien se había fijado en el historial de Pence. Pero luego todo cobró sentido: Trump iba mal en las encuestas y ningún republicano importante quería unírsele. Pence parecía una buena opción si se le comparaba con otros posibles candidatos como, por ejemplo, el loco de Rudy Guiliani.

Michael Leppert, un lobista demócrata vio una transformación en Pence, empezando por su intervención en la Convención Republicana. “Si uno veía sus discursos estatales, parecía desinteresado y moderado”, dice Leppert. “Pero cuando hablaba a nivel nacional y pontificaba sobre asuntos políticos, era como si una luz se hubiera encendido”. Había algo más: los puntos repetidos que lo hundieron en el conocido programa de televisión eran ahora un acierto en la campaña nacional. Decía que Trump tenía fe en su corazón… Parecía realmente convencido.

Pence se jacta de decir que gobierna un estado manufacturero, pero en las calles de East Chicago, Indiana, solo se respira resquemor. El noroeste del estado es la parte maldita de la Indiana de Pence. Gracias a las regulaciones permisivas, la región se ha convertido en un fortín industrial de Chicago. Y, ¿qué pasa con le gente? Olvídela. La mayoría latina y afroamericana es demócrata, y sus peticiones nunca son escuchadas por los blancos.

Falta poco para Navidad, y solo hay unas pocas luces en uno de los barrios populares. Es porque la mitad de los residentes abandonaron sus hogares. No tenían más opción: el lugar fue declarado contaminado debido a los altos niveles de plomo. 1100 residentes tendrán que mudarse en abril, pero esto no es ninguna sorpresa: el barrio fue construido en 1973 donde quedaba una fábrica de fundición. Muchos residentes de East Chicago están en peligro por culpa de la tierra contaminada.

Conocí a varios ciudadanos en una cafetería. Muchos están terriblemente enfermos y ya han perdido la fe en su gobierno. Entre ellos se encuentra Akeeshea Daniels, una madre de tres hijos que ha vivido en East Chicago toda su vida. A pesar de que ya se ha practicado una histerectomía y ha sufrido de migrañas y sinusitis, lo que más le preocupa es su hijo, Xavier, de 12 años, que es alérgico casi a todo y padece de asma, síntomas potenciales de envenenamiento por plomo. “No entienden nuestros problemas de salud, nos estamos muriendo”, me dice Daniels.

Según correos electrónicos gubernamentales internos obtenidos por Rolling Stone, la administración de Pence se enteró de la gravedad de la tragedia de East Chicago el mismo día que él fue escogido para ser compañero de fórmula de Trump. Un correo del 15 de julio de la EPA a Carol Comer, jefe del Departamento de Gestión Ambiental de Indiana, subrayó el deterioro de la situación: “Estamos cada vez más preocupados por las exposiciones al plomo del suelo, especialmente por parte de los niños que viven en viviendas públicas”.

La administración de Pence no dijo nada en público. En julio circuló un correo electrónico entre Comer y otros asistentes de Pence en el que había enlaces a historias periodísticas sobre el problema del plomo. De nuevo, el gobernador permaneció en silencio. Esto es curioso porque Pence sí le había puesto atención a Greentown, un pueblo predominantemente blanco, cuando hubo un susto por un problema con plomo en febrero de 2016.

Su equipo trató de arreglar las cosas sin que se notara. Matthew Lloyd, el jefe de personal de Pence —y su mano derecha mientras hacía campaña en todo el país—, envió un correo electrónico exigiendo que el personal de comunicaciones contactara a la filial de CBS en Chicago porque había divulgado una historia sobre una madre que esperó más de un año los resultados de unos exámenes de su hija por parte del Departamento de Salud de Indiana para saber si estaba envenenada con plomo. Lloyd quería que se hicieran correcciones a las “imprecisiones” de la historia para que otros medios no la divulgaran de la misma manera. CBS no corrigió la historia.

Pence continuó recorriendo el país mientras circulaban correos que pedían que visitara East Chicago. Sin embargo, días después, visitó una zona predominantemente blanca azotada por un tornado. El 30 de agosto la crisis del plomo apareció en varios periódicos de Indiana y a nivel nacional. Luego de una historia del New York Times, Pence trinó: “Orgulloso de nuestro equipo. Aprecio los esfuerzos para ayudar familias en East Chicago. Seguiremos trabajando por ellas”. Pence nunca visitó esa ciudad durante la crisis (en septiembre escribió una carta al gobierno federal pidiendo fondos para un reasentamiento). “Estamos trabajando eficientemente y en silencio de la mano de la EPA”, me dijo Lloyd.

Jim Watson/Getty
Jim Watson/Getty

El alcalde de East Chicago, Anthony Copeland, le pidió a Pence declarar el estado de emergencia y liberar fondos para reubicar a los afectados. Pence se negó y su consejero escribió a nombre suyo: “Los problemas descritos se están solucionando sin declarar el estado de emergencia”.

El 8 de enero, Pence dio su discurso de despedida, en el que dijo: “Trabajamos cada día para satisfacer la confianza que depositaron en nosotros”.

El papel de Pence en la presidencia de Trump es un enigma. El hecho de él que lo haya escogido fue una jugada para proteger su flanco con la derecha cristiana. Parece probable que Pence tenga una gran influencia en asuntos sociales como derogar el Obamacare, acabar con el derecho al aborto y mantener a la comunidad LGBTI en su lugar.

Cuando la gente se dio cuenta ya era demasiado tarde. Al mudarse Pence a Washington muchas casas izaron banderas de arcoíris en protesta.

La película favorita de Pence es El mago de Oz, y parece dispuesto a ser el hombre tras la cortina. Su influencia puede llegar más lejos de lo que se espera. Durante la campaña, Pence dijo que él y Trump se parecían mucho: a los dos les gusta rezar, y Trump afirma ser un buen cristiano. Sus colegas en Indiana se preguntaban si había vendido su alma.

Al igual que Pence, el representante Ed DeLaney creció en un hogar católico. “Siempre había un monaguillo buscando

ser más devoto que el cura. Ese es Mike Pence”, dice DeLaney. “Ahora bien, ¿es este monaguillo así de devoto o está pretendiendo serlo porque ve que le está funcionando? Eso es algo que solo Pence puede responder”.

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