La dimension desconocida de Donald Trump

Aunque ha pasado más de un año desde que se posesionó como presidente, todavía no sabemos cómo salir del ciclo de noticias de Trump

POR MATT TAIBBI | 12 Mar de 2018

<p>​Ilustración por Victor Juhasz</p>

​Ilustración por Victor Juhasz


Estamos atrapados en una prisión intelectual sin salida. la situación de estados unidos se puede resumir de manera sombría: el presidente Donald Trump dice alguna locura, y entramos en pánico; se filtra algo, y nos obsesionamos; despiden a alguien, y el Estado, como un barco a la deriva, trata de corregir el rumbo. Luego, el mandatario vuelve a decir otra locura… entonces se repite el proceso, como si fuera un guion digno de La dimensión desconocida, un círculo vicioso en el que llevamos más de dos años y medio. Ver opiniones en Twitter acerca de la última salida en falso del presidente se ha vuelto un ritual banal e irresistible en los Estados Unidos. Es claramente una distracción monstruosa para algo. ¿Pero para qué exactamente? A un año de su posesión, muchas crisis parecen haber empeorado debido a la locura de Trump. Una muy grave es el continuo colapso de los dos partidos políticos principales, en especial del Republicano, cuya disfunción parece más que terminal. Con su miopía característica, el establecimiento de ese partido pasó casi la mayor parte del año pasado tratando de librar a Washington de Steve Bannon, ícono de la derecha alternativa y antiguo jefe de estrategia de Trump, en vez de preocuparse por el mayor problema de todos: la rabia del votante que llevó al magnate a la Casa Blanca.

Un intenso juego interno de filtraciones tuvo como blanco al autoproclamado Lenin de la derecha alternativa. Bannon fue culpado por el violento fiasco de la marcha neofascista en Charlottesville y retirado de la Casa Blanca en respuesta a eso, a pesar de ser el único miembro que predijo correctamente la incapacidad de su jefe para denunciar a los nazis pública y creíblemente. Luego Bannon fue despedido de Breitbart por los Mercer, los amigos millonarios de Trump. Todo después de que el autor Michael Wolff, en el sórdido libro Fire and Fury, dijera que Bannon había llamado “traidor” al vergonzoso primogénito del presidente, Donald Jr. Esta era la típica actitud de Washington, creer que sacar a la persona puede resolver el problema. Pero al despedir a Bannon, el partido pasó por encima de quienes subieron a Trump al poder en primer lugar: millones de blancos enojados que durante 2016 se la pasaron gritando epítetos (”¡Drenen el pantano!”) en contra de los “malditos dirigentes políticos” mientras agitaban sus puños.

Por otra parte, la debacle de Bannon llegó aproximadamente al mismo tiempo en que Trump estaba ayudando a los veteranos del Partido Republicano a pasar un proyecto de ley de reforma tributaria orquestado por el infame Gary Cohn, peso pesado de Goldman Sachs, que predeciblemente fue un regalo a los ricos. Después de toda la tormenta contra el establecimiento, en solo un año Trump se ha reducido a una versión más tonta y ruidosa de lo que criticó en 2016: un adulador aristócrata republicano. La multitud de electores del presidente sigue ahí, furiosa, pero el vengador del pantano que enviaron a Washington ya no existe ni siquiera en teoría.

En 2016 parecía que la peor consecuencia de la campaña de Trump sería la destrucción del Partido Republicano moderno. Luego ganó, y ocultó temporalmente cismas profundos que se habían abierto en ambos lados del pasillo político. El año pasado, los demócratas al menos tuvieron la ilusión de mantenerse unidos para oponerse al presidente. Los republicanos se han visto obligados a tratar de gobernar mientras se consumen desde adentro por divisiones cancerosas, en un espectáculo que se ha vuelto más horripilante e indecoroso con el pasar de los meses. Ver a esta administración esquizofrénica tratando de gobernar a pesar de sí misma ha sido como ver al peor comediante del mundo morir en el escenario, solo que no durante 15 minutos, sino durante un año… y contando. ¿Qué quedará del partido al final de esta pesadilla?

Antes de Trump, el Partido Republicano era una coalición brillante, aunque extraña; un montón de paranoicos racistas de mayoría silenciosa, casados con el patriotismo recalcitrante y los valores de la familia cristiana, al servicio de políticas que benefician exactamente a la gente que el votante promedio republicano odia más que a nadie: citadinos ricos que conocen de economía global, leen The Economist y pueden incluso ser judíos. En otras palabras, a Jared Kushner.

Apenas 12 meses después, todos esos grupos están retrocediendo abiertamente el uno del otro con la asqueada vehemencia de un montón de extraños que se despiertan amontonados luego de una fiesta vergonzosa y llena de licor. Las encuestas muestran que los cristianos conservadores, ensillados con un presidente que paga a estrellas porno y se jacta de agarrar a las mujeres por la vagina, finalmente se están alejando de la marca Trump poco a poco.

Rupert Murdoch —víctima de un accidente de yate— y otras piezas claves del Partido Republicano están en una situación peor. Han visto con horror cómo los otrora obedientes espectadores dejaron atrás décadas de lavado cerebral y se volvieron malvados. Desde 2016, la audiencia ha recurrido a sitios como Breitbart y a programas como InfoWars para oír versiones más agresivas de las estaciones antigubernamentales y antiminorías, así como Fox alguna vez bombardeó las ondas radiales para mantener a los ancianos blancos lo suficientemente despiertos y agitados para que vieran los comerciales. Una encuesta de Harvard-Harris realizada en octubre arrojó que el 61 % de los republicanos apoya el movimiento de Bannon para derrocar al establecimiento republicano.

Peor aún, los cerebros más brillantes del antiguo Partido Republicano, la multitud “conservadora fiscal” del National Review que disfrutaba asistiendo a conferencias de gramática de William Safire tanto como engatusando votantes del centro de los EE. UU., pasó gran parte del primer año de Trump huyendo masivamente del partido. Neoconservadores de aquella bélica era Bush, como Max Boot, Bill Kristol y David Frum, al igual que presentadores de televisión como Joe Scarborough, dejaron el Partido Republicano en un esfuerzo por construir alianzas con los demócratas de centro, que en un giro aún más extraño les dieron la bienvenida con los brazos abiertos.

Es decir, en un año de esta presidencia, los republicanos se han convertido en un barco fantasma de votantes irreconciliables, pilotado por un ejecutivo loco que ha demostrado ser demasiado inestable para representarlos y que crea divisiones más radicales dentro del partido cada vez que abre la boca. Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes y notable fetichista antidéficit, gritó de alegría cuando fue aprobado el proyecto de ley de impuestos del Partido Republicano. Pero en un sentido más amplio, su triunfo legislativo fue contraproducente, y solo hizo que fuera imposible la reconciliación con los votantes de 2016 perdidos por Trump. El proyecto de ley fue una clásica artimaña de lobistas de Washington, la antítesis del grito de “drenar el pantano” de la campaña electoral, que fue el último recurso —aparte de las consignas raciales, por supuesto— para movilizar genuinamente a los votantes republicanos hacia alguna dirección.

Desde lejos, parecía que la aprobación del proyecto significaba que el establecimiento del Partido Republicano había recuperado, por lo menos temporalmente, el control sobre Trump y el partido. Pero una mirada más cercana al último año demuestra que, electoralmente hablando, los republicanos están en una situación aún más desesperada que en 2015. Al igual que en esa época, ahora se enfrentan a un electorado furioso cuyo odio por el establecimiento del partido está creciendo, de alguna manera, aún más rápido que la decepción que sienten por aquel héroe que despotricaba de manera ruidosa contra el establecimiento: Trump.

La anomalía estadística del apoyo insoluble al presidente ha sido otra característica consistente de nuestra prisión en la Zona Fantasma de su ciclo de noticias. Con cada estupidez que dice y hace, su índice de aprobación encuentra un nuevo nivel. Pero, además, siempre se arrastra entre los escándalos y, en última instancia, se apoya aún más en el odio intenso del electorado hacia otros actores. El día de su elección, hace poco más de un año, Trump solo contaba con una aprobación del 37,5 %. Y a lo largo del año pasado, a pesar de algunos de los comportamientos y declaraciones más vergonzosas jamás hechas por un líder electo, su índice de aprobación se ha mantenido.

Para gente como Ryan y Mitch McConnell, los números fijos de Trump han sido un enigma y una angustia constante. Luego de 100 escándalos del mandatario, sigue siendo cierto que ningún republicano convencional puede sobrevivir a una primaria sin la bendición del rey loco. Si se llevara a cabo una votación mañana, aquellos que cuentan con su aprobación probablemente derrotarían, al menos entre los republicanos, a los “centristas” de ese partido como Bob Corker, Jeff Flake, Lisa Murkowski, Susan Collins y McConnell, quienes han visto un declive en su índice de aprobación durante el último año. McConnell, cuya aprobación general ha disminuido entre los adolescentes de Kentucky, su estado natal, tuvo una caída más grande el año pasado que cualquier otro senador, aparte del demócrata de Nueva Jersey, Bob Menéndez, quien pasó la mayor parte del año metido en un juicio por corrupción.

La incapacidad de los grandes del Partido Republicano para relacionarse con el “ciudadano enojado” que votó por Trump ya ha dado lugar a pérdidas en 2018. Senadores como Corker y Flake han anunciado la jubilación después de morir en la cruz de la crítica de Trump. En la Cámara, al menos 29 republicanos han anunciado su retiro anticipado por varias razones, en lugar de postularse para la reelección.

La coalición republicana se ha desmoronado. Los intelectuales conservadores han pasado de adular falsamente al estadounidense promedio a argumentar que demasiada democracia es mala cuando hay tanta gente tonta involucrada. Y los valores familiares no solo han quedado atrapados con un cerdo casado tres veces como presidente, sino que han visto con horror cómo han sido sustituidos como censores morales nacionales por los Guerreros de la Justicia Social de Internet. En la era de Harvey Weinstein, la derecha cristiana ya ni siquiera tiene el monopolio de arremeter contra los valores de Hollywood.

La pesadilla del Partido Republicano que se comenta en todo Washington se resume así: los republicanos perderán la Cámara, pero no el Senado, y los demócratas usarán lo que surja de la investigación a Mueller (que se extenderá por cualquier medio necesario por lo menos hasta noviembre) para impulsar los procedimientos de enjuiciamiento, que es probable que no tengan éxito en el Congreso, pero que tal vez estén mejor diseñados para afectar a Trump en las urnas en 2020. Esto suena muy bien para quienes están en contra del presidente, pero dicho plan significa que nos enfrentaremos dos años más al purgatorio irracional de su ciclo de noticias, después del cual llegaremos a revivir las alegrías de 2016 nuevamente.

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