‘La dimensión desconocida’ en la era del iPhone

Black Mirror explora la humanidad primaria que hay detrás de nuestra adicción a los dispositivos

POR ROB SHEFFIELD | 11 Jan de 2017

<p><b>David Dettmann/Netflix</b></p>

David Dettmann/Netflix


Bienvenido a la máquina: Black Mirror está haciendo alucinar al público estadounidense con su excelente tercera temporada, luego de años de ser un hit de culto. La serie inglesa de antología (cada uno de sus capítulos funciona de forma individual) de Charlie Brooker hace con los computadores lo que Dark Shadows hizo con los vampiros. Aborda el terror de la tecnología, mientras le hace un zoom al punto en donde nuestras mentes pueden mantener su equilibrio.

Parte de lo escalofriante de Black Mirror es verla en Netflix, en las mismas pantallas en donde usted vive la mayor parte de su vida emocional y comercial. Los episodios muestran una serie de pesadillas distópicas tecnológicas, una sesión de posibles eventos llevados hasta un extremo espantosamente lógico.

¿Qué tal si los correos electrónicos de amantes fallecidos se pudieran usar para clonarlos? ¿Qué tal si le insertaran un grano en su cerebro que le permitiera rehacer cada escena de su vida sexual? ¿Qué tal si su hermana usara su portátil y accidentalmente le instalara un malware que le envía correos electrónicos después de que usted se ha masturbado, con la frase “sabemos lo que hizo”?

Black Mirror debería estar lejos de lo aterradora que es, porque sus ideas acerca de la tecnología no son de vanguardia. La gente se ha preocupado por la adicción a los dispositivos desde mucho antes del OK Computer. Tal como Styx le cantó una vez a su amigo Mr. Roboto: “El problema está a la vista, demasiada tecnología / Máquinas para salvar nuestras vidas / Las máquinas deshumanizan”. Y eso fue en la década de los 80, cuando ni siquiera existía la llamada en espera. No difiere tanto del infierno de Dante, cuando advierte que demasiada literatura de romance caballeresco puede corroer el alma. Si la tecnología nos ha deshumanizado desde el siglo XIV, quizá no somos tan humanos en primer lugar.

Es por eso que Black Mirror se anota un punto en este momento. La tecnología nunca es la trampa en estas historias —la trampa mortal es el cerebro humano—. Hay un momento clave en el episodio Men Against Fire cuando un psiquiatra del Ejército le pregunta a un soldado asesino: “¿Cómo te sentiste emocionalmente?”, a lo que este responde: “No sentí nada”. Uno siente un corrientazo en la columna —especialmente si acaba de verlo masacrar gente en su pantalla predilecta y tampoco sintió nada—. Es como La dimensión desconocida actualizada para un mundo en el que dejamos que dispositivos ajenos vivan la vida por nosotros, porque todo lo que quieren es una oportunidad de servir al hombre.

El episodio Nosedive de esta temporada es el más escalofriante de Black Mirror. Fue escrito por Rashida Jones y Mike Schur, y muestra a Bryce Dallas Howard viviendo toda su vida en una red social (el papá de Howard, Ron, una vez convirtió esta premisa en una comedia de Matthew McConaughey, EDtv, que a su manera es más aterradora). Cada aspecto de su vida es calificado con una puntuación, de una a cinco estrellas, que queda en su registro permanente. Tener una calificación de menos de 3,5 hace que la vida se pueda complicar.

Historias como esta hacen que Black Mirror no sea una serie para ver en una sentada. Ver más de un episodio consecutivo no genera muchas ganancias. Es más efectivo ver una hora y después volver a la vida normal. O a lo que parecía ser antes su vida habitual. Black Mirror la hace parecer un poco menos normal.

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