La La Land un canto a los soñadores

El último esfuerzo de Damien Chazelle, director de Whiplash, lo lleva a un territorio lleno de música y color donde (no) todos los sueños son posibles

POR IGNACIO MAYORGA ALZATE | 23 Dec de 2016

<p><b>Foto: Dale Robinette</b></p>

Foto: Dale Robinette


Los Ángeles es una ciudad de corazones soñadores, un camino dorado tras el que se materializan los anhelos y ambiciones de miles de personas que intentan alcanzar la cima a través de su carisma, su arte y su talento. También es una ciudad llena de cafés en donde jóvenes aspirantes a actrices hacen las veces de baristas mientras sueñan despiertas con ese futuro para muchos inalcanzable, un lugar en el que jóvenes talentos desperdician sus dotes musicales versionando éxitos de antaño como música de fondo en restaurantes, fiestas de piscina, bodas y celebraciones.

Es en esta ciudad en donde ocurre la acción de La La Land, la última empresa de Damien Chazelle (Whiplash), una película que se ha hecho ya con los corazones de la crítica especializada y del público de los pocos, pero muy relevantes, festivales de cine en que ha sido expuesta. Una cinta única que celebra desde lo contemporáneo el lenguaje del cine clásico, una joya cinematográfica destinada a convertirse en un referente de nuestros tiempos.

Mia (Emma Stone) es una más de las tantas aspirantes a actriz que viven en Los Ángeles persiguiendo el sueño hollywoodense, que en su caso va más allá de los destellos de flashes y portadas, una barista en un café situado en los mismos estudios donde quisiera trabajar como estrella, atrapada en un ciclo infinito de audiciones infructuosas y anodinas reuniones sociales hasta que un pianista que comparte sus derrotas aparece en un convertible para romper la maldición. Este es Sebastian (Ryan Gosling), un músico que sobrevive entre bares de segunda mientras lucha por concretar su sueño de establecer un club que preserve la esencia más pura del jazz clásico, un género que amenaza con desaparecer en los días del Auto Tune y el Pro Tools. Los destinos de ambos se encontrarán en distintas ocasiones antes de que puedan descubrir el amor. Este vínculo hará florecer y luego pondrá en aprietos las aspiraciones de los amantes. Su historia, construida a partir de reinvenciones inteligentes de los clichés de Hollywood, estará acompañada por baile, canciones y colores, como si fuera un sueño, un mundo encantado en el que todo es posible y en el que el cine de la era dorada y el jazz más puro llevan el pulso de la espectacular narrativa de Chazelle.

Foto: Dale Robinette


El director resalta en las notas de producción del filme: “Para mí era importante hacer una película sobre soñadores, sobre dos personas que tienen estos sueños gigantes que los guían, que los unen, pero que también los separan”. En cuanto a la relación entre La La Land y Whiplash (su genialidad de jazz frenético que le mereció tres estatuillas en 2015),su musical de 2016 tiene el mismo sello personal, el ritmo, la fuerza musical y el poderoso inicio que marca el ritmo de una historia cautivadora desde el primero al último fotograma. “La La Land es una película muy diferente a Whiplash”, comenta Chazelle, “pero ambas tratan de un asunto que me es muy personal: cómo balancear tu vida y tu arte, cómo balancear la realidad y los sueños y también, específicamente, cómo balancear tu relación con tu arte con las relaciones que tienes con otras personas. Con La La Land quería contar esa historia usando música, canciones y baile. Creo que el musical como género es un gran vehículo para explicar ese acto de balance entre los sueños y la realidad”.

Los elementos del filme pueden ser tan antiguos como las formas coreográficas de Busby Berkeley (Gold Diggers) en la década de los 30 y los 40, pero el productor Marc Platt, en sí mismo un veterano de los musicales fílmicos y teatrales, explica que la aproximación de Chazelle es completamente nueva. Platt trabajó de cerca con Fred Berger y Jordan Horowitz, los otros productores quienes desarrollaron el proyecto con Chazelle desde el inicio. “Damien ha revitalizado el género al presentar los elementos clásicos de este, pero llevándolos más adelante en una manera que puede hablar de la vida contemporánea en L.A. Entrega la base de las grandes películas de antaño a una nueva generación”, observa Platt.

Quizás este sea uno de los aciertos más evidentes de La La Land: su posibilidad de apropiarse de un lenguaje conocido por todos para reinventarlo a la luz de la contemporaneidad. No es una oda de abrumadora nostalgia vista en películas como El artista, sino más bien el digno reconocimiento de una herencia y la apropiación de topos y lenguajes clásicos para, desde el presente, construir historias que se conviertan en clásicos en el futuro. A través de la parodia y la escenificación llena de clichés, deliberados, Chazelle. deconstruye el género del musical y, sin embargo, es tan precisa y cautelosa la factura de la película que, incluso este ejercicio no deja de sentirse como un sentido homenaje a las cintas que creció viendo y adorando, esas que lo motivaron a seguir su propio sueño de ser un director de cine.

Foto: Dale Robinette


Para fraguar este híbrido de ideas novedosas emparentadas con formas clásicas, Chazelle trabajó con un grupo de colaboradores que volcaron su imaginación sobre la mezcla. Adicionalmente a Berger, Horowitz y Platt, se incluyó al compositor Justin Hurwitz, quien retoma una sociedad creativa que inició con Chazelle en sus anteriores proyectos (Whiplash y Guy and Madelaine on a Park Bench, el verdadero primer largometraje de Chazelle, un musical jazzero en blanco y negro, de 84 minutos rodado en 2009), para crear todo un universo musical. Benj Pasek y Justin Paul, letristas de Broadway nominados al Tony y el Emmy y apodados los herederos de Rogers y Hammerstein del siglo XXI, le dieron voz a las melodías. Como productor musical ejecutivo se contó con la presencia de Marius de Vries, quien se encargó de la dirección musical de Moulin Rouge de Baz Luhrmann y también apoyó a este colorido director con la música incidental de Romeo + Juliet. Finalmente, la coreógrafa Mandy Moore, quien ha estado llevando la danza contemporánea a la cultura masiva a través del popular programa So You Think You Can Dance, fue la encargada de construir los intrincados movimientos a los que se sometió el elenco de actores, en su primera oportunidad de crear números musicales para la pantalla grande.

El ejercicio detrás del sueño de Chazelle no fue una tarea sencilla. El director y Hurwitz tuvieron que encontrar la manera de llevar el lenguaje contemporáneo a un género que corre un gran riesgo de sentirse como un homenaje nostálgico. “La idea de hacer no solo un musical, sino un musical que se ocupe de las realidades del amor y los sueños en Los Ángeles de hoy día, nos dio energía a Damien y a mí”, dice el compositor. “Los musicales son muy intensos y adoramos eso del género, pero también amamos la idea de capturar el sentimiento real de la vida contemporánea en ese mundo tan afectado”. La coreógrafa del filme lo resume mejor: “La película enseña cuán importante a nivel cultural puede ser el hermoso matrimonio entre la música, el movimiento, la actuación, el canto y la narrativa”.

Foto: Dale Robinette


La apuesta de Chazelle es un arriesgado golpe de dados, pero también una pieza necesaria a la luz de la cultura en la que estamos inmersos. A lo largo de La La Land el director logra transmitir la mágica energía de los musicales más románticamente conmovedores de la era dorada del cine dentro de nuestra época más compleja y llena de hastío, en la que la magia del amor, la emoción del jazz y la pasión del baile tap parecen cada vez más especies en vía de extinción y que, por eso mismo, es necesario proteger para que vuelvan a resurgir. Chazelle se pregunta a lo largo de su épica de colores si una narrativa de bailes y canciones podría de nuevo ofrecerle a la audiencia un consuelo, alegría y nuevos cuentos de hadas, a la luz de un mundo en el que las películas son cada vez más oscuras y digitales que nunca. El director quería volver a la raíz misma de su género, obligando a sus actores principales —que brillan con estelar incandescencia— a someterse a entrenamientos en campos que no eran de su dominio (la música y el baile) y montando complicadas escenas al aire libre, prescindiendo tanto como fuera posible de la pantalla verde y los trucos digitales. “Con La La Land quería montar una historia de amor y también quería crear un musical como los musicales que me fascinaban de niño, pero actualizado hasta alcanzar una forma muy moderna”, explica Chazelle. “Quería explorar cómo usar el color, los sets, el vestuario y todos estos elementos expresionistas del cine de antes para contar una historia que suceda en nuestros tiempos”.

La magia de la película, nuestra capacidad de identificación con la historia proyectada, tiene mucho —si no todo— que ver con el elenco elegido para habitar la piel de sus personajes nacidos de la tinta y el papel. En este sentido, la decisión de los roles principales de La La Land es precisa y acertada. Completamente desnudos, guiados por el impecable manejo escénico de su director, Emma Stone y Ryan Gosling dan lo mejor de cada uno. Stone ha depurado y sofisticado su encanto natural hasta límites insospechados, dándole a la fuerza de su mirada una intensidad equiparable con las ambiciones que representa en el filme. Quizás ya no sea tan espontánea como en sus primeros y encantadores traspiés escénicos (la dulce y carismática Jules en Superbad o la divertida mentirosa protagonista de Easy A), pero el dominio de cada uno de sus gestos, que ya había llevado hasta la hipérbole en el video de Anna de Will Butler, es abrumador. Además, su voz temblorosa, en el borde de un gallo afónico, hace de la pelirroja de Arizona una figura tangible, real y única dentro de sus mundanas imperfecciones. Como contraparte, Gosling presenta con sofisticación un espíritu de galán clásico hollywoodense, cómico y melancólico, con la fuerza magnética de Marlon Brando y James Dean y el ingenio histriónico de Cary Grant. Ambos actores se sienten cómodos el uno con el otro y su interacción en la cinta genera una dupla explosiva, volviendo a revisar la química que habían construido en Fuerza antigángster, una épica de acción ambientada en algunos de los períodos que, como motivo recurrente, aparecen en La La Land.

“Ryan interpreta a Sebastian como un hombre determinado”, explica el productor Fred Berger. “Eso es lo que alimenta su obstinación en Los Ángeles y decir: ‘Voy a triunfar aquí como el intérprete de jazz que soy en mis propios términos’. No es una obstinación nacida de la vanidad o de cualquier calidad abrasiva. Nace de una convicción y verdadera pasión que Ryan imbuye en su personaje de una manera hermosa”. Su personaje, un hombre que idolatra una forma artística que parece estar desvaneciéndose frente a las luces de neón de una cultura pop siempre cambiante y vacía, tiene todo el peso de la melancolía de sus ídolos musicales sobre los hombros. “Dices romántico como si fuera algo malo”, censura Gosling en uno de sus diálogos y, más adelante en la cinta, sentencia sobre la ciudad que habita: “Aquí se idolatra todo y no se valora nada”.

Foto: Dale Robinette


“Sebastian ha dedicado su vida a ser un gran pianista de jazz, pero en su mente el mundo que lo rodea le dice que esos días se han terminado”, explica Gosling. “Sus héroes nacieron hace 70 años, y en este momento cultural, un gran pianista de jazz está destinado a trabajar en bares en los que la gente ni siquiera deja de hablar para escucharte. ¿Así que cuánto estás dispuesto a comprometer para ser el artista que quieres ser?”. Esta dicotomía será transversal a la mirada enamorada y melancólica del músico quien, al encontrarse con Keith (John Legend en su debut actoral) tendrá que preguntarse cuánto está dispuesto a sacrificar de sus sueños para que su pasión continúe latiendo con la intensidad de sus anhelos.

Por su lado, Stone se enfrentaba a un papel que presentaba retos únicos, interpretando un personaje que está atado a sus metas y sentimientos mientras que, al mismo tiempo, tiene que ser capaz de explotar en la fantasía en cualquier momento, combinando ambas facetas en su expresivo rostro. Afortunadamente para el director y la cinta, la actriz no solo ha explorado a profundidad las aguas de roles dramáticos exigentes (recordemos su inquietante retrato de una adolescente drogadicta en Birdman), sino que también ha tanteado con destreza el género del musical con su reciente aparición en Cabaret, en Broadway. “Creo que es una de las grandes actrices de nuestros tiempos y puedes crear con ella cualquier cosa sin la necesidad de un diálogo, solo con sus gestos y lenguaje corporal”, dice Chazelle. “Eso es lo que estaba buscando: narrativa pura a través del baile y el canto. Emma hizo eso posible a la vez que creaba una mujer muy real”.

La La Land es una carta de amor a los soñadores, aquellos tontos que a pesar de los traspiés siguen recayendo en las maneras de sus locuras, de sus fantasías y sus anhelos. Es una carta de amor a Los Ángeles y a la vida de sus habitantes, en cuyos corazones ruge un motor que busca propulsarlos para alcanzar el cielo. Visualmente impactante, llena de diálogos inteligentes y reflexiones sobre el lugar de la nostalgia en el arte, La La Land es quizás la película más importante de 2016. Alabada por la crítica mundial y aclamada unánimemente en los festivales internacionales de cine de Toronto y Venecia, la última apuesta de Chazelle es un triunfo del arte sobre el mercado, un clásico instantáneo, un conmovedor y cálido abrazo para todos los corazones soñadores. Después de verla, todos querrán salir bailando del teatro y soñando con que ojalá la vida se solucionara con una canción. ¿No es acaso esa la magia del cine en su forma más pura?

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