La locura de Donald

Las presiones de la presidencia han llevado a Trump hasta el límite, ¿pero está lo suficientemente loco como para ser destituido?

POR MATT TAIBBI | 24 Nov de 2017

<p>Discurso de odio. El presidente Donald Trump dio un discurso en el Phoenix Convention Center que provocó la molestia de algunos de sus seguidores.</p>

Discurso de odio. El presidente Donald Trump dio un discurso en el Phoenix Convention Center que provocó la molestia de algunos de sus seguidores.


Esta noche —22 de agosto de 2017— es la verdadera fiesta de bienvenida a la locura de Donald Trump en un centro de convenciones en Phoenix. Hoy luce igual que antes el escenario: un traje azul con un pin de la bandera de EE. UU., un distintivo peinado anaranjado y una corbata roja y larga, que se mueve de lado a lado debajo de su cintura. A comienzos de este año le pidieron que dejara de usar su traje abierto (el diseñador Joseph Abboud dijo que abotonarse era una “manera de demostrar que sabe lo serio que es su trabajo”), pero Trump no acepta consejos, ni siquiera los que le favorecen.

Esa sugerencia la desechó rápidamente y se quedó con la misma corbata vieja y abultada de la campaña. Incluso ahora suena igual. Inició el evento gritando una de sus frases favoritas: “¡Qué público!”. Una semana después gritaría: “¡Qué público, qué asistencia!”, sobre un camión en Corpus Christi, Texas, tras el terrible huracán. Pero el asediado presidente de esta noche es un hombre diferente al revolucionario que arrasó con el proceso político el año pasado. Ese Donald Trump disfrutaba, hasta llegar a ser ofensivo. Ver a Trump acercarse al podio camino a la presidencia era como ver a un jabalí tener sexo con un hueco en la pared.

Decía cosas monstruosas y mentía con una desinhibición impresionante, y mientras el mundo sentía temor, él parecía sentir un placer sádico cada minuto, porque ganara o perdiera, la campaña era pura gloria para él; fue una furia hormonal que dejaría una marca en EE. UU. para siempre.

Había algo más. Puede que el candidato haya sido loco, pero esa locura, de alguna manera, funcionó. Incluso en sus momentos más bajos e irracionales —como en la demencial agresión a la familia del soldado caído Humayun Khan, en la que deliró diciendo que él (Trump) era quien había “hecho varios sacrificios”— uno podía pensar que todo era una estrategia.

O incluso si no estaba haciendo estas cosas a propósito, por lo menos debería haber sentido el impacto ya que la fuerza revolucionaria de su campaña destruyó al Partido Republicano (de 160 años) y tumbó las puertas de la Casa Blanca de Barack Obama.

Ahora es diferente. Simplemente parece que está loco, y su propia administración es la que se está desmoronando.

Luego de un agosto desastroso y terrorífico, en el que defendió, entre otras cosas, a las “personas buenas” que acompañaron a los neonazis en la marcha de Charlottesville, Virginia, el estado mental de Trump se ha convertido en el principal problema de su presidencia, y no sus presuntos vínculos con Rusia, su fracaso para manejar al gobierno o la aprobación de alguna ley importante.

¿Está perdiendo la cabeza? Y si es así, ¿qué se puede hacer? Hemos tenido idiotas en la Casa Blanca, pero nunca un alto ejecutivo que le ladre a la luna o vea fantasmas (o por lo menos que lo haya dicho en público).

En Phoenix, en lo que técnicamente es un acto de campaña, parece que la idea es que el presidente esté rodeado por un público entusiasta que le suba el ánimo luego del fiasco de Charlottesville. Que sienta que está engrandeciendo al país, que se sienta como un jabalí excitado otra vez.

Pero no funciona. Es un gran público —tal vez de 10 mil seguidores del sheriff Joe Arpaio y los típicos ciudadanos que odian a México—, pero Trump se ve miserable. Ya no es el mismo rebelde insurgente, sino un César rodeado de cuchillos. Tiene un fiscal especial en la nuca y varios políticos prominentes, incluyendo al menos a dos de su propio partido, que cuestionan su sensatez en público en medio de los crecientes rumores de rebelión constitucional. Además, luego de pasar por miles de escándalos, Trump parece estar paralizado por el tema de los nazis. No lo puede olvidar. Dice algo bueno de los nazis y la gente no puede su- perarlo. ¡No es justo!

Recita un discurso de 77 minutos sobre el tema y nombra a todos los medios de comunicación. Empieza con el New York Times, el mismo periódico que hace casi un siglo identificó a Fred Trump, su difunto padre, como un detenido de una manifestación del Ku Klux Klan en Queens en 1927. En esa época, los “estadounidenses protestantes” estaban en contra de la “policía católica romana”, especialmente de los inmigrantes irlandeses, los mexicanos del siglo pasado; en EE. UU. pocas cosas cambian. Tal vez el padre del candidato republicano de 2072 esté en la conferencia Make America Great Again de esta noche.

Puede que esa vergüenza familiar explique por qué el presidente, quien siempre ha negado que Fred Trump fuera miembro del KKK (“Nunca ocurrió”), la está pasando tan mal con el tema de la raza y Charlottesville. Critica al “Times, que es muy malo”, al “Washington Post, al que llamo una herramienta de lobby para Amazon” y a “CNN, que es malo y patético, y sus ratings van cuesta abajo”.

Los ratings de CNN no son bajos. El prime time de la cadena alcanzó un promedio de un millón de espectadores, el más alto del segundo trimestre, debido a la decaída de la presidencia de Trump. Es uno de los logros más incontrovertibles de su administración. La cadena trina de inmediato sobre la frase de Trump y al público de Phoenix no le importa. “¡CNN apesta!”, cantan.

Llegué tarde al evento y estoy parado afuera de la conferencia de prensa, mientras el público le grita y le silba a los medios. Un hombre me toca el hombro. “¡Que se joda esa gente!”, grita. Sonrío, me subo la cremallera de la chaqueta para esconder mi acreditación y me volteo para darle mi aprobación. El público se exalta:

“¡Queremos la verdad!”, gritan. Trump continúa atacando a los “medios deshonestos” y tratando de reavivar el espíritu de la campaña. Se autoplagia un poco, reviviendo el incidente de Little Marco con Little George Stephanopoulos.

El público parece estar interesado por un momento, pero se alarga demasiado. Durante la campaña Trump era un experto en mantener una sala llena de resentimiento por una hora o más. Pero ahora habla de cosas extrañas. Habla de sus enemigos, pero no es claro de cuáles.

ILUSTRACIÓN POR VICTOR JUHASZ
ILUSTRACIÓN POR VICTOR JUHASZ


“¿Ellos son la élite?”, dice. “Yo fui a mejores escuelas que ellos. Fui mejor estudiante que ellos. Viví en un apartamento más bello y grande, y vivo en la Casa Blanca, que es grandiosa”.

Hay aplausos de cortesía.

“¿Saben qué?”, continúa. “Creo que somos la élite. Ellos no”.

¿Somos la élite porque Trump tiene un apartamento bonito? En su campaña presumía de su riqueza (“Tengo una tienda Gucci que vale más que Romney”, fue una de sus frases clásicas), promocionaba una fantasía ajena, un estilo de vida que los republicanos soñaban una vez empezaran a ganar. Pero Trump nunca fue tan tonto como para intentar decirle al endeudado y furioso público que ellos ya estaban viviendo el sueño.

Donald Trump lee las noticias en Internet y en televisión, un hábito que puede causar un deterioro cognitivo.

En un punto Trump termina con un papel en sus manos, arengando las transcripciones de sus propias intervenciones sobre Charlottesville. Para probar que ha sido malinterpretado, cuenta la historia desde el comienzo y la sala se silencia.

Sus seguidores están empezando a mirarse entre sí. En un panorama que hubiera sido extraño el año pasado, algunos asistentes se dirigen a la salida. Luego, Trump se despacha.

“Las únicas personas que le dan una plataforma a estos grupos discriminatorios son los medios y las noticias falsas”, dice, entre aplausos indiferentes. Se detiene y señala de manera acusatoria a la prensa.

“Eso es muy gracioso”, dice. “Miren atrás, esas luces rojas de las cámaras. Las están apagando”.

Nosotros, los reporteros, habíamos visto esto antes. El 10 de octubre del año pasado en Wilkes Barre, Pennsylvania, en una de las reuniones con mayor asistencia de la campaña, Trump acusó a CNN de cancelar la transmisión, porque él estaba criticando el cubrimiento del debate. Ese día la luz de la cámara sí parpadeó, pero CNN en realidad estaba encendiendo la transmisión en vivo, no la estaba apagando. Ese fue posiblemente un error inocente. Probablemente Trump también quería fastidiar a los medios, mientras lidiaba con varias provocaciones, y el consenso general de los periodistas asistentes esa noche fue que Trump nos quería molestar.

Phoenix es diferente. Trump parece creer lo que está diciendo. De verdad cree que no solo CNN, sino que todos los medios cancelan los cubrimientos, porque están abrumados por el poder de sus palabras. “Esas cámaras se apagarán”, dice. “¿Por qué no las desconectan y se las llevan a casa? Eso es lo que pasa, están muy nerviosos porque yo estoy en vivo en la televisión”.

El presidente de Estados Unidos está alucinando. Sus seguidores todavía lo adoran, pero incluso ellos se están dando cuenta. Vienen por las ideas antiguas, pero el nuevo material de Trump no los convence a todos.

Después del evento Trump trinó: “¡Hermosa participación de 15 mil asistentes en Phoenix esta noche!”. Luego, según los informes, se conoció que despidió al organizador de ese “hermoso” evento: al viejo ayudante y contratista de la RNC, George Gigicos, al parecer por no convocar a un público lo suficientemente grande. Las fuentes le dijeron a Bloomberg que el presidente vio un espacio vacío en las tomas de televisión antes de saltar a la tarima y esto le provocó un malestar del que nunca se recuperó.

Trump nunca le ha puesto atención a la información, al decoro, a la empatía, a la discreción sexual ni a ningún otro de los cientos de factores que miden la estabilidad mental. Pero nunca había sido así.

Este hombre está perdido, y al mismo tiempo que se molesta por algo, continúa la violenta lucha contra las convenciones de su propio mandato. La presidencia se ha convertido en una camisa de fuerza.

A pesar de todo, merecemos a Trump. Sí que lo merecemos. Los estadounidenses tenemos grandes cualidades, no me malinterpreten, pero también somos una nación de sanguinarios que subsiste de las masacres y la esclavitud, y que deja a las víctimas a medio morir, mientras nos sentamos en un sofá y hablamos sobre el “excepcionalismo estadounidense”. Desperdiciamos 20 millones de galones de herbicida tóxico en Vietnam, solamente para que la batalla fuera más fácil; un plan de locos para ganar “corazones y mentes”, que dejó a millones con defectos y enfermedades (casi 100 mil niños con cabezas deformes, manos torcidas y párpados fundidos… nuestro verdadero legado estadounidense).

Tras el Huracán Harvey, Trump fue a Corpus Christi, Texas, y dio un discurso incómodo: “¡Qué público! ¡Qué asistencia!”, presumió.
Tras el Huracán Harvey, Trump fue a Corpus Christi, Texas, y dio un discurso incómodo: “¡Qué público! ¡Qué asistencia!”, presumió.


Hoy en día usamos robots voladores y misiles para matar a tantos hombres, mujeres y niños en lugares como Mosul, Raqqa, Damadola y Pakistán, en nuestras incontables guerras no declaradas, que apenas aparecen en las noticias. Nuestra próxima innovación es la “automatización”, con drones que pueden identificar objetivos y dispararles, para que los humanos no tengan que jalar el gatillo y sentir remordimiento. Nuestro pasado está lleno de linchamientos, guerras y genocidios, desde La Española hasta la isla de Joló, en las Filipinas, pasando por el condado de Mendocino, California, donde hace mucho tiempo casi eliminamos a los yuki.

Eso es lo que siempre hemos sido, una nación de locos y sociópatas —para quienes el asesinato es una posición— escondidos bajo una larga lista de autoengaños semánticos que van desde el “destino manifiesto” hasta los “daños colaterales”. Estamos acostumbrados a que los presidentes sean el alma de la rectitud, padres amables y atlas luchadores, con una gran responsabilidad impulsada por la humildad; una prueba para nosotros de nuestra bondad. Ahora la máscara de la respetabilidad desapareció, y sentimos pena por nosotros mismos, porque la enfermedad se asoma.

Gran parte del fenómeno de Trump es histórico. Alimentar la división entre los partidarios y contradictores del presidente evidencia que nunca nos hemos percatado de nuestro terrible pasado, o de nuestro violento y similar presente. Su movimiento representa culturalmente una negación absoluta de nuestros pecados de la esclavitud y convierte a Trump en la raíz de la maldad, lo que está impulsado por un inmenso deseo de no fijarse en lo peor, para que todo sea como antes. Vemos a este payaso odioso en la Casa Blanca y sentimos nuestra dignidad ofendida, ¿pero cómo debe lucir el presidente de EE. UU.?

Trump no es un error. Es la representación perfecta de quienes somos y siempre hemos sido como país: un monstruo desquiciado. Cuando no está temblando de miedo, el resto del mundo se está burlando. Estados Unidos, el país que tiene a un cerdo loco como presidente. He aquí nuestro “excepcionalismo”.

Una semana de Trump parece un siglo, y la semana después del fiasco de Phoenix pareció un milenio. Primero tuvo un lapsus en la disculpa del sheriff Joe Arpaio, el fantasma de Trump de las Navidades futuras, un fascista demente que está destinado a pasar su vejez en la cárcel. Luego Trump tuvo una conferencia de prensa con el presidente finlandés Sauli Niinistö. El pequeño escandinavo intentó no tomar una pastilla de cianuro, mientras Trump le explicaba con orgullo a la prensa que cronometró la disculpa de Arpaio con un cubrimiento del huracán Harvey para un mayor impacto en los ratings.

Trump pasó la mayor parte de la semana expresando una emoción mórbida por Harvey. “Una precipitación histórica”, dijo con entusiasmo. Luego fue a Texas y dijo un montón de cosas inapropiadas, celebrando la concurrencia de los asistentes y hablando continuamente sobre la violenta y “épica” tormenta. “Nadie había visto tanta agua”, dijo. Una vez más, se le olvidó expresar su consuelo por las víctimas, pero sí felicitó al administrador de FEMA (Agencia Federal para el Manejo de Emergencias) Brock Long, quien “se volvió famoso en televisión hace unos días”.

Luego, Trump se fue a algún lugar, se quedó dormido, se despertó y decidió trinar sobre el beligerante y peligroso Kim JongUn, quien días antes había disparado misiles al norte de Japón. “Estados Unidos ha estado hablando con Corea del Norte, y le ha estado pagando extorsiones por 25 años”, escribió. “¡Hablar no es la respuesta!”.

Tras algunos meses de este comportamiento, se ha vuelto axiomático, en mu- chos sentidos, que Trump se tiene que ir, por cualquier razón. Nuestra desesperación como nación por regresar a la “normalidad” (lo que significa ser capaces de pretender que somos personas civilizadas con una autoridad hegemónica y justificada), ha alcanzado un estado de agitación extrema, al punto que ahora hay grandes esfuerzos por destronar a nuestro demente rey antes de lo previsto.

El problema es que puede que Trump simplemente viva en un lugar dulce y terrible —en una delirante y peligrosa vergüenza— casi peor de lo que uno pudiera imaginar, pero a salvo bajo la ley. Dependiendo de a quién se le pregunte, tendremos que romper las normas democráticas para librarnos de él, algo que no hemos tenido problema en hacer. Pero no es como revocar a cualquiera. Este sería el centro de atención del mundo entero.

Procesarlo es un camino. Muchos pensaban que podían acusar a Trump desde el primer día, gracias a sus conflictos éticos y otras cosas. Pero una impugnación exitosa no solo requiere defectos significativos en el Congreso Republicano, sino también una prueba de delitos mayores y menores, cosa que no ha pasado hasta el momento.

Hay un malentendido generalizado de que una acusación es una cuestión puramente política, que puede y debe ocurrir en el momento en que dos tercios de la mayoría del Senado lo considere necesario. El debate se ha intensificado y propulsado por las redes sociales, en las que citaban a figuras como Gerald Ford, quien como congresista alguna vez dijo:

“Un incumplimiento procesable es lo que sea que la mayoría de la Cámara de Representantes considere”. Pero muchos expertos legales no están de acuerdo. “Eso fue lo peor que Ford pudo decir”, dice Jonathan Turley, un profesor de leyes de la George Washington University. Mientras que, superficialmente, la impugnación es una decisión política y para lograrlo el esfuerzo “debe ser a partir de un estándar legal de delitos mayores y menores”.

Ser inapropiado, racista, antiético y sociópata, incluso al nivel de Trump, no es suficiente para ser procesado. Al presidente lo deben descubrir cometiendo un crimen, y tiene que ser serio.

Enjuiciar al presidente será difícil en términos políticos. Parte del propósito de Trump de ir a Arizona era empezar a cavar la tumba del senador republicano y abierto contradictor suyo Jeff Flake, quien podría ser reelegido en 2018. En las encuestas Flake está muy lejos de su contrincante principal, el Dr. Kelli Ward, quien está respaldado por Trump. “Débil en las fronteras y el crimen, y un inútil en el Senado”, trinó Trump sobre Flake. “¡Él es muy perjudicial!”.

Después de Charlottesville, el amigo de Trump, Roger Stone, dijo que él no debería ceder ante las protestas internacionales, que en su lugar debería volver a la ofensiva y tomar las riendas de su propio partido. Al ir en contra de Flake, cuyo índice de aprobación entre los votantes en su propio estado, según una encuesta, está por debajo del 18%, Trump puede demostrar que todavía decide por la vida o la muerte de la mayoría de los funcionarios electos del Partido Republicano.

Aun así, cinco investigaciones distintas sobre las relaciones de Trump con Rusia están en progreso, y hay una cuestión de carácter radical en la investigación que asusta al presidente. Fue evidente que la redada del FBI en la casa de Paul Manafort, su antiguo jefe de campaña, fue antes de la desastrosa respuesta de Trump tras la tragedia de Charlottesville. Si usted cree que Trump no pierde de vista al abogado especial Robert Mueller, probablemente está en lo cierto.

Mueller está en todas las áreas de investigación, desde las finanzas de Manafort, hasta el despido del antiguo jefe del FBI, James Comey. Es el tipo de persona que Trump no quiere ver en sus archivos: un canoso moralista con cara de pocos amigos quien, mientras el mandatario pasó décadas jugueteando con modelos en fiestas junto a estrellas de la televisión, construyó en secreto —bajo un sueldo gubernamental— una reputación de ser “incorruptible” y de tener una “integridad extraordinaria”. Es un veterano del FBI que comandó una de las más grandes investigaciones de la historia del departamento después del 9/11. Cualquier evidencia de Trump estará en su informe.

Y casi nada de esto habría pasado si el presidente hubiera tenido el suficiente autocontrol como para que la investigación sobre Comey siguiera su curso. Fue memorable escuchar recientemente a Steve Bannon, consejero del presidente, decir eso en voz alta. El gurú de la derecha alternativa le dijo a Charlie Rose que despedir a Comey era el mayor error de la “historia de la política moderna” y que “nosotros no tendríamos la investigación de Mueller ni el alcance que él está buscando tener”.

Pero la investigación de Mueller tendría que ser un golpe casi directo a Trump para que pueda ser destituido. Y ha habido malos presagios para quienes tienen esperanza. La senadora Dianne Feinstein, integrante del Comité Judicial y miembro superior en Inteligencia, sorprendió a un público en San Fran cisco a finales de agosto cuando dije que Trump “será presidente por el resto del periodo”. Y respondió a quienes se quejaban afirmando que “puede ser un buen presidente”.

El catastrófico agosto de Trump, en el que su índice de aprobación disminuyó a un 35%, fue provocado por dos errores devastadores: su discurso en Phoenix y la similitud del logo de la Trump Tower con el de esas “buenas personas” junto a los nazis. Desde esos incidentes, la prensa se ha enfocado menos en su impugnación y más en su pronta destitución, por la declaración de la “inhabilidad para el trabajo” que dicta la sección 4 de la enmienda 25.

Esta es una forma de rebelión legal que teóricamente podría llevarse a cabo si suficientes personas en la órbita de Trump concluyeran que es un inepto. Hay cierta tensión en los dos partidos por esta situación, similar a un golpe de Estado. Jamie Raskin, un representante de Maryland, propuso montar una comisión independiente para evaluar las aptitudes del presidente, y 28 demócratas ya firmaron la resolución.

En el Senado, el alegre, fantoche e hipócrita republicano Bob Corker, quien en junio fue visto jugando golf con Trump y Peyton Manning, cuestionó la “estabilidad” y “capacidad” del presidente en una declaración que fue interpretada como una referencia a la enmienda 25.

Esto ocurrió después de que el senador demócrata Jack Reed tuviera una fuerte discusión en la que le dijo a la senadora republicana Susan Collins: “Creo que él (Trump) está loco”. A lo que ella respondió: “Estoy preocupada”.

Pero el proceso de la enmienda 25, adoptada en 1967, les da una pequeña esperanza a quienes están en contra de Trump. Se puede intentar de diferentes modos, pero ninguno es simple. El más factible involucraría al vicepresidente Mike Pence (de quien se rumora que se lanzará en 2020) y al gabinete del presidente, que escribiría una carta al Congreso en la que se afirmaría la inhabilidad de Trump para su trabajo.

Una carta al Congreso iniciaría un proceso que pondría a Pence en la oficina oval como presidente sustituto. Bajo la enmienda 25, incidentalmente, el presidente nunca puede ser despedido, pero sí puede ser destituido. Imaginen al presidente Trump tranquilo, con un comportamiento imperturbable, mientras mira a su reemplazo “temporal” en la Casa Blanca. Una mayoría de dos tercios en ambas cámaras del Congreso serían necesarias para asegurar la jugada.

No obstante, hay un malentendido respecto a que la declaración en la sección 4 puede ser una maniobra puramente política. De hecho, el procedimiento no puede ser específicamente político. John Feerick, un profesor de leyes de Fordham, resaltó varias cosas que no se pueden calificar como inhabilidades a partir de la ley. La lista parece la hoja de vida de Trump.

Feerick aclara que la “inhabilidad” no cubre “normas y diferencias políticas, impopularidad, incompetencia, mal juicio, pereza o conductas procesables”. Cuando le preguntan sobre la posibili- dad de invocar la enmienda al día de hoy, Feerick es precavido. “Se deben cumplir unos requisitos muy específicos”, dice. “Están lidiando con un presidente que fue elegido por cuatro años”.

El presidente no puede ser simplemente desordenado, inapropiado, incompetente y destructivo. Tiene que ser genuinamente “incapaz” de trabajar. Para que Trump sea procesable, probablemente deberá ser responsable de algún crimen. Para ser declarado inhábil, se debe demostrar que está loco.

A menos de que la investigación de Rusia dé resultado, la interrogación sobre si Trump sobrevivirá hasta el 2020 está arraigada en una pregunta: ¿El presidente está realmente loco? No es fácil de responder. ¿Lo está? De cierto modo, sí, sin duda. Trump ha estado demente desde que lanzaron su campaña. Llegó hasta la Casa Blanca en una burbuja delirante que él mismo creó con un cerebro paranoico, que engrandece ficciones de las que él probablemente no podría hacer parte, incluso si un confederado lo obligara a intentarlo.

La gente le presta mucha atención a las decepciones políticas de Trump: que los tres millones de votantes “ilegales” le hicieron perder el voto popular, que Hillary Clinton quiere “liberar a los criminales violentos de la cárcel”, que el papá de Ted Cruz estaba vinculado con el asesinato de JFK, y la lista continúa. “Somos la nación con los impuestos más caros del mundo”, fue una de sus mentiras más recientes y notables.

Pero esas mentiras pueden ser estratégicas, y Trump probablemente no está casado con ellas, dado que él no parece tener creencias verdaderas. El presidente escoge su posición política como sus corbatas: cualquier cosa que encuentre en el clóset. Bajo presión, y sin una escapatoria, algunas veces lo acepta, como la vez que por fin admitió que “Obama nació en Estados Unidos”, luego de negarlo por cinco años. Pero puede que sufra si un doctor le pregunta si en su inauguración había más gente que en la de Obama, ya que se aferra de sobremanera a las incontables historias fantásticas que se cuenta a sí mismo sobre su poder y su infalibilidad.

Cualquiera con medio cerebro y una copia reciente del DSM (Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales, usado por psiquiatras en todo el mundo) sabría el diagnóstico de Trump en un instante. Él encaja a la perfección en la definición clínica de una personalidad narcisista, y no sería una sorpresa que los futuros psiquiatras renombren el desorden en su honor.

La lista de cosas en las que Trump es experto avergonzaría a figuras históricas y arrogantes como Stalin o Mobutu Sese Seko. Es la “mejor persona en el mundo” para restringir la inmigración; es “bueno en las guerras”; y “sabe más de ISIS que sus generales”. Además, es la “persona menos racista”; con el “mejor temperamento”; sabe “más sobre recursos renovables que cualquier otra persona en el mundo”; insiste que “nadie lee la Biblia más” que él, e incluso sabe más del senador Cory Brooker de Nueva Jersey “que él mismo”. Trump, bajo su propia descripción, no es un caso perdido de derecha, sino un ingenioso e inusual cristiano.

“Como alguien que ha estudiado, conocido e interactuado con Trump, puedo decir con absoluta confianza que él sufre de un severo desorden de personalidad; quizá una serie de desórdenes. Pero para tener un sentido psicótico del comportamiento realmente necesita ser examinado en un ámbito clínico”, dice Ben Michaelis, un psicólogo de Nueva York que ha examinado a Trump por varios años. Trump no siempre estuvo loco ni siempre fue detestable. Muchos estadounidenses no lo recuerdan, pero el Trump que aparecía regularmente en la televisión en los 80 y 90 era por lo general simpático, se menospreciaba, hablaba con frases completas y vivía de su costosa educación. Decía cosas como: “Estos son los únicos casinos en Estados Unidos que están calificados” y usaba palabras y frases como “una vida un poco impersonal” y “el dinero no es un ingrediente totalmente esencial”.

Hoy la diferencia es sorprendente. Trump no solo ha perdido por completo su sentido del humor, particularmente sobre él, sino también su capacidad lingüística. Su actual léxico de polisílabos (entre sus palabras favoritas están incluidas “yo”, “Trump”, “muy”, “dinero” y “China”) hace parecer a George W. Bush como Vladimir Nabokov. Las transcripciones de sus discursos en público parecen una completa tontería.

Incluso la diferencia con el año pasado es notoria, y ¿por qué no? La presidencia envejece con severidad y estrena hasta a las personas más saludables. Desde Obama y Bush hasta Jimmy Carter, los presidentes en su último día de trabajo, por lo general, se ven como cadáveres. El presidente Trump ya se ve viejo, tiene un umbral de frustración y parece que solo tiene dos estados de humor: ira y una resignación silenciosa.

Apenas puede hablar, pero sin un examen en primer plano es imposible saber si este es un problema neurológico o si simplemente es el típico estadounidense. Como dice Michaelis, una de las principales causas de la pérdida de la función cognitiva es consumir demasiada televisión e Internet, que es básicamente lo que hace la mayoría de la gente.

“Los de mi generación obtienen más información de la televisión que de los libros, y las personas de la siguiente generación obtienen más información de Internet, y eso ejercita menos su reserva cognitiva”, dice.

Ese es gran parte del problema de intentar medir si Trump está incapacitado mentalmente para el trabajo. No solo son esas 63 millones de personas que respaldan su comportamiento demencial con un voto, sino también el hecho de que los hábitos de los medios modernos estadounidenses hacen parecer a cualquiera una víctima de un daño cerebral orgánico.

Trump es peor que la mayoría de sus votantes. Es probable que sea más grandioso, menos empático y menos capaz de manejar las críticas, pero sus fobias sobre la ciencia, la historia o sus actos inadecuados, junto a sus incontables conspiraciones de odio y prejuicio, son cosas que él comparte con millones de personas. Ellos votaron por esto, y eso es un problema confuso y ridículo en la historia de una democracia industrial. ¿Se puede declarar que un país es inestable?

Hoy es martes 30 de agosto en Springfield, Misuri. Tras su reciente trino de “no hablar más” sobre Corea del Norte, que alertó una vez más al mundo por su peligrosidad nuclear, Trump llega a esta pequeña ciudad para mejorar un poco su imagen. El objetivo es muy claro: explicar los planes para imponer un impuesto fiscal corporativo, para así volver a atraer republicanos y tantear un territorio: el lugar del nacimiento de la ruta 66.

El discurso se realizará en Loren Cook Company. La bodega se llena lentamente con el típico público: personas de tercera edad con banderas y campesinos blancos con un terrible vello facial y jeans apretados. Si hay manifestantes en cualquier parte del territorio, lo más probable es que sea lejos de aquí, rodeados por pistolas de calibre .30.

Cada evento de Trump debe ser visto en televisión, porque nadie sabe cuándo va a vociferar e improvisar como un simio. Hoy eso no pasa. Hoy tenemos a un Trump más animado. Se para en frente de una gran bandera, posa entre dos teleprónters y lee comentarios de principio a fin, lo cual es raro en él porque odia los guiones tanto a como abotonarse el traje. Cuando Trump lee un discurso siempre se ve como un secuestrado. A diferencia de su efervescente furia en Phoenix, en Misuri escupe cualquier cliché inerte que se le ocurre.

“En estos tiempos difíciles vemos la verdadera personalidad de los estadounidenses: su fuerza, su amor y su decisión. Vemos a amigos ayudando amigos, vecinos ayudando vecinos y extraños ayudando extraños”, dice.

“Dios…”, se lamenta un periodista en la sección de prensa.

Trump intenta insinuarle al público que la senadora demócrata del estado está retrasando la reforma tributaria. “Y su senadora, Claire McCaskill, debería hacer esto por ustedes”, dice como un robot. “Y si no lo hace por ustedes, tienen que destituirla”.

Tras el evento, los asistentes entonan un grito patriótico. Un tipo con bigote, quien se identifica a sí mismo como Chuck Chuck dice que ese discurso inerte no le molesta.

“Nos habló sobre Claire McCaskill, y eso fue suficientemente bueno”, dice.

Una semana después Trump cerraría un trato para aumentar el límite de endeudamiento con Nancy Pelosi y Chuck Schummer, que dejaría a los miembros de los dos partidos estupefactos. Sus enemigos potenciales en The New York Times publicaron el apasionante análisis que nunca le dieron a Bernie Sanders: no está regido por ningún partido y derrocó 150 años de las leyes del duopolio.

Esta es la paradoja de Trump. Está enfermo y demente, pero en los momentos críticos es capaz de parecer un humano normal, lo suficiente como para sobrevivir. Él es el peor de los casos: vergonzoso, mentalmente desordenado y completamente inapropiado, pero quizás no esté completamente loco. Tal vez los crímenes sean descubiertos pronto y sea destituido, o tal vez corra desnudo por la Avenida Pensilvania, o bombardee a alguien y sea declarado un inepto. Pero hasta entonces, él es el presidente que nos merecemos, el mismo que arrastra nuestra reputación hasta lo más profundo. Es un miserable, igual que nosotros, y estamos estancados. El karma es una mierda.

RELACIONADOS

Bienvenidos a los ignorantes Estados Unidos de Donald Trump
Vér
Cerdos inspirados en Pink Floyd taparán la Torre Trump
Vér
Trump: Estados Unidos se retira del Acuerdo de París contra el Cambio Climático
Vér
Es hora de exigir la renuncia de Donald Trump
Vér

Deja tu opinión sobre el articulo: