La mujer en la pantalla

Colombia, mujer y machismo, desde ambos lados de la superficie cinematográfica

POR RODRIGO TORRIJOS | 12 May de 2017

<p><i>Luisa Vides en Oscuro animal.</i></p>

Luisa Vides en Oscuro animal.


No tiene celular así que tendremos que esperar. Vemos pasar a mujeres que no son Ana. Circulan alrededor de la carrera 13 con 45 de Bogotá. Universitarias en tenis, asalariadas corriendo en tacones, mujeres anónimas de zapato bajito que viajan en el transporte público llevando carpetas y bolsas bajo el brazo. Caminan seguras en un mundo que da miedo. Siete de cada 10 mujeres colombianas han sido víctimas de la violencia de género (Encuesta Nacional de Demografía y Salud). “En el 47,27% de los casos el agresor es su compañero permanente y en el 29,33%, su excompañero sentimental”, indica el estudio Forensis, de 2015. En ese año se denunciaron 11.259 agresiones, pero es más lo que se calla. Según el informe Historias de violencia, roles, prácticas y discursos legitimadores. Violencia contra las mujeres en Colombia, presentado por el Ministerio de Salud, desde 2005 no hubo avances estadísticos significativos en cuanto a las problemáticas de la mujer. Puede pasar una década sin que a nadie le preocupe el asunto, porque en nuestra mentalidad tanto la violencia de género como el más soterrado micromachismo son parte de la idiosincrasia.

Cada hora dos niños son abusados sexualmente. La mayoría de niñas son víctimas de hombres de sus familias. El promedio más alto se presenta contra menores de 14 años (el 75% de exámenes de Medicina Legal son realizados a mujeres en este rango de edad). Según indica el estudio 27 años después de la Convención, Colombia en deuda con las niñas, niños y adolescentes publicado por la ONG Save The Children en el 2016, el 10,65% de los abusos sexuales se ejercieron contra niñas de cuatro años o menos. 2011 niñas cada año. La muerte de Yuliana Samboní nos escandalizó, pero es más aterrador lo que arrastra la marea al bajar.

Hace pocos meses la Iglesia enfrentó una nueva encrucijada por pederastia, un sacerdote fue condenado por abusar sexua lmente de nueve menores en Cali. Se defiende culpando a los padres por no pasar más tiempo con los niños. “El concejal de la familia” y los organizadores de marchas contra la “ideología de género” callan. Convivimos con la mentalidad del criminal hace tiempo. Hasta le rezamos.

Es triste. Para empezar a ubicarnos en la realidad femenina debemos partir de cifras del Instituto de Medicina Legal, principalmente de soporte de informes aislados publicados que concuerdan con la celebración de fechas como el Día de la Mujer, el Día Contra la Violencia de Género o el Día de la Defensa de la Infancia. Si bien estos buscan sensibilizar, hay que cavar en otros terrenos para encontrar números sobre temas como participación en política, acceso a oportunidades laborales y educativas.

Según el estudio Situación de los derechos de las mujeres en Colombia, realizado por ONU Mujeres en el 2015, “en los últimos 20 años la participación política de las mujeres ha aumentado del 6% al 11% en cargos de elección popular, y del 7% al 21% en las elecciones del Congreso. Sin embargo, es uno de los países de América Latina con menor representación femenina en política. En el 2015 ascendía al 14% de concejalas, 17% de diputadas, 10% de alcaldesas y 9% de gobernadoras. En el 2013 la brecha de participación laboral fue del 20,94% (frente al 26,63% en 2001); la brecha de desempleo entre mujeres y hombres era de 5,30% (frente al 7,38 en 2001); y en el 2012 la brecha salarial de género fue 23,28% (frente al 17,61% en 2002)”.

En materia educativa se ha avanzado. “Las mujeres colombianas tienen una tasa más alta de educación que los hombres. Aun así, en la realidad laboral no ganan igual que un hombre por la misma posición. Deben ejercer en altos niveles de informalidad y hay gran discriminación con mujeres en situación de maternidad”. Se han promulgado leyes para prevenir y sancionar la violencia contra las mujeres, como la Ley

1257 de 2008, pero las cifras siguen gritando. “La impunidad en casos de feminicidio llega al 90%”, afirma la Oficina para la Mujer de la Organización de Naciones Unidas en Colombia, para quien la reciente historia de conflicto armado enturbiaba aun más el panorama. Según dicho informe, “las mujeres son víctimas de amenazas, asesinatos, terrorismo, torturas, desapariciones involuntarias, esclavitud sexual, violaciones, abuso sexual, embarazos y abortos forzados. Entre 1995 y 2011, el conflicto generó el desplazamiento de más de 2,7 millones de mujeres —esto quiere decir, el estadio Nemesio Camacho “El Campín” lleno unas 65 veces—, cerca de 6% de la población total del país y el 51% del total de personas desplazadas. 15,8% de las mujeres desplazadas fueron víctimas de violencia sexual. De 3445 casos de homicidios contra indígenas y afrocolombianos, el 65,5% sucedió en contra de mujeres”.

Las cifras deben indignarnos, pero fue la desgarradora realidad de La mujer del animal de Víctor Gaviria la que nos obligó a indagar. ¿Qué relación hay entre las mujeres colombianas y las mujeres que se ven en la pantalla del cine colombiano? “La violencia contra la mujer está en el centro de todas nuestras violencias”, mencionó el documentalista Nicolás Rincón Guille, con respecto a la cinta de Gaviria, durante los días de lanzamiento de Noche herida, su largometraje documental con el que se metió en lo profundo al corazón de una familia desplazada por la violencia que rehace su vida de la mano de una abuela guerrera en los cerros de Bogotá. Ambas películas, pese a abordar temáticas necesarias para el país y de estar precedidas por premios en los más importantes festivales del mundo, no lograron convocar a más de 30 mil personas en taquilla en un periodo dominado por La Bella y la bestia, que en su segunda semana de estreno acumulaba más de un millón de espectadores.

Entre cifras frías, victimizaciones sistemáticas y ecos de empoderamiento, identificamos el presente como un momento de cambio, en el que la imagen de la mujer sometida a las circunstancias sociales empieza a transformarse. Entre cifras, gentío y cintas nos montamos la película. Los cercanos estrenos de Señorita María, la falda de la montaña, Noche herida, Keyla, Amazona, La defensa del dragón y El silencio de los fusiles nos permiten ubicarnos en un panorama enriquecido por la progresiva proyección de voces femeninas que se suman al esfuerzo de contar un país y sus transformaciones a través del cine.

Natalia Santa, primera directora colombiana seleccionada en la Quincena de Realizadores en Cannes.
Natalia Santa, primera directora colombiana seleccionada en la Quincena de Realizadores en Cannes.


En mayo Natalia Santa será la primera mujer colombiana en estrenar una película en la prestigiosa Quincena de los realizadores de Festival de Cannes, Diana Bustamante presidirá el jurado de la Semana de la crítica en ese mismo festival y Adelfa Martínez, directora nacional de cinematografía del Ministerio de Cultura de Colombia asumirá como secretaria ejecutiva de la naciente Conferencia de Autoridades Audiovisuales y Cinematográficas de Iberoamérica (CAACI).

Las palabras con las que Clare Weiskopf, realizadora colombiana, se refería a su película Amazona resuenan en este momento. “Venimos de una historia contada por hombres, es momento de percibir una energía diferente”. Las palabras de Viviana Gómez, directora de Keyla, complementan esta afirmación: “Hay algo inconsciente, inmerso en el lenguaje del cine y en como lo percibimos… hay una narración predominantemente masculina, la llegada de una visión femenina se deriva hacia el descarte, por no encajar con eso que se espera, lo bueno, considerado por el establecimiento. Sobre mi película han dicho que es muy cursi o demasiado dulce, eso yo puedo aceptarlo, pero esta es una lucha que como mujeres estamos dando a partir de nuestro trabajo. Tampoco creo que haya actitudes conscientes del hombre bloqueando, mirándote por encima del hombro por ser mujer. Ya pasamos esa etapa, nuestro aporte apunta a abrir las mentes, los discursos y las maneras de hacer películas”.

Entre este mar de números, mujeres y realidades Ana la de la bici, que esperábamos hace un rato, casi se nos pasa. Estaba en la otra esquina, con la monareta y el capul que brinca cuando camina. Se dirigía a otra calle, pero por el vehículo logramos identificarla. Saluda como si nos conociera. Va a contarnos desde su perspectiva de artista y activista lo que ve tras las cifras. Tiene a la mano un papel arrugado, una hoja cuadriculada arrancada de un cuaderno con párrafos escritos con esfero sobre temas de los que debemos conversar. “Está bien lo que las cifras dicen, que las mujeres hayamos llegado a diferentes posiciones, pero no sirve de nada si tienes que salir a la calle y sentir miedo”. Ese es uno de los primeros temas.

Nos encaminamos hacia el centro de Bogotá. Nos cuenta que su colectivo está integrado básicamente por ella. “Hay mucha gente que hace aportes. Muchos se acercan y les interesa la idea de empoderar a través de la mirada, del ejercicio cinematográfico o de la exhibición itinerante de películas”. Pero básicamente se ha convertido en un asunto en el que ella inventa, gestiona recursos, se rebusca los medios físicos y plantea proyectos. “Sigo considerándolo un colectivo, porque hacer cine y ver cine son actos colectivos”. Ahora está organizando un crowdfunding para financiar actividades de exhibición y talleres de cine dentro de La Picota. Hace poco fue su primera sesión. Nos acercamos al sector de la Universidad Jorge Tadeo Lozano, recogemos tres cámaras de súper 8. Los niños de la comunidad las dañaron: a una el motor, a otra el disparador y hay una que no tiene arreglo. Esas cámaras viejas y reparadas son el mecanismo a través del cual plantea talleres en comunidades donde invita a los habitantes dela región a ser los protagonistas de sus propias historias.

Diana Bustamante, productora de cine y directora del FICCI, integrará el jurado de la Semana de la Crítica en Cannes.
Diana Bustamante, productora de cine y directora del FICCI, integrará el jurado de la Semana de la Crítica en Cannes.


Ana estudió cine en Bogotá. En la universidad le enseñaron que había cosas que “era mejor que las mujeres no hicieran”. Había cosas para las que las mujeres eran buenas. Probablemente la baja participación de mujeres en los procesos académicos, como maestras, directoras de carrera o asesoras de proyectos incide en reforzar estos paradigmas. Dirección de fotografía no, porque las cámaras necesitan fuerza, son objetos muy pesados para ser operados por una mujer.

Viviana Gomez, directora de Keyla, recorrió el camino, desde video assist a asistente de cámara, foquista, operadora de cámara en documentales y luego directora de fotografía en diferentes proyectos, según nos comenta: “Tuve que cambiar mi cuerpo, ganar fuerza, dejar de pensar en que alguien debería abrirme el tarro, los abría yo, el yoga me servía, incluso mi madre se preocupaba por mi espalda o por imaginarme en una escalera montando una luz, pero la necesidad de hacer cine y de contar historias va más allá del género”.

En la universidad siguen con que “en cambio las mujeres son muy organizadas, pueden estar muy bien en producción o cumpliendo con labores estéticas, preferiblemente en el departamento de arte, con el maquillaje, el vestuario, la decoración”, en los talleres en diferentes zonas de Colombia se repite esa idea en otras palabras. “Una mujer debería estar haciendo aseo y cocinando”, dicen los hombres de las comunidades campesinas. Pero en los talleres son las mujeres las que más se involucran en los procesos audiovisuales, son las que se apropian, contrario a los hombres que se graban a ellos mismos, ellas tienden a grabar su entorno.

La historia del cine local es una historia incompleta. Al igual que la historia del arte, o la historia en general. Es la historia del arte o del cine de los hombres. Ana nos hace saber que fue una mujer la primera en considerar el cine como un vehículo artístico, a la par de los Lumiere en Francia de un siglo naciente, Alice Guy-Blaché incluso teorizó: “El cine había dejado de ser el entretenimiento de los pobres para pasar a contar historias”.

La academia inconscientemente recomienda a las mujeres alejarse de ciertas responsabilidades, desconociendo que muchas han sobrepasado los obstáculos. Hay directoras de fotografía que se echan la cámara y “el equipo al hombro”, como Sofía Ogioni (La Sirga) o Adriana Bernal (El ángel del acordeón).

En la dirección, nombres como Martha Rodríguez, Diana Kuellar, Patricia Ayala Ruiz, Camila Loboguerrero, Priscila Padilla, Laura Mora, Libia Stella Gómez, Lina Rodríguez, Luisa Sossa, Marcela Lizcano, María Gamboa o Patricia Cardoso deberían hablarnos con la contundencia de sus producciones. Recordemos que antes de la nominación a Ciro Guerra por El abrazo de la serpiente, Patricia Cardoso había recibido un Oscar académico por su trabajo documental con El reino de los cielos en 1996. Hace un año se hablaba de “la primera vez para Colombia en los Oscar” por El abrazo de la serpiente. Y en muchos casos el nombre de Patricia fue ignorado.

Sin embargo hay otras formas de anular el trabajo de una mujer, la periodista Natalia Orozco, directora del largometraje documental El silencio de los fusiles, sobre el proceso de paz entre gobierno e insurgentes, nos comentó durante el estreno de su película en el FICCI 57, que tanto los miembros del secretariado de las Farc como los integrantes del Gobierno la tomaban con poca seriedad al iniciar las entrevistas. Ambos asocian a la mujer en los medios con las secciones de entretenimiento. Sus detractores también lanzaban temerarias afirmaciones, según las cuales ella había logrado el acceso a ambos bandos por relaciones cercanas con unos u otros.

Al igual que la mayoría de jóvenes profesionales egresados de carreras relacionadas con lo audiovisual, Ana encontró en la publicidad y luego en los largometrajes de producción extranjera, que traen sus rodajes a Colombia, la oportunidad de ejercer un oficio. Pero no duró mucho tiempo. Prefirió abandonarlo para abordar el audiovisual desde el trabajo comunitario. La realidad detrás de cámaras es abiertamente machista y las industrias creativas no escapan a ciertas lógicas en las que está inmersa nuestra sociedad. “El cine que vemos es resultado de los entornos y de la mentalidad que lo producen”, nos recuerda Ana González. “Desde que llegas a una producción está el director del área o cualquiera que se encuentre sobre la jerarquía invitándote a tomar un café”. ¿Hace lo mismo con un hombre que participe de la producción? Probablemente no”. Probablemente solo lo pongan a trabajar, a “guerreársela para ganar su lugar”. Muchas mujeres aspiran a que eso sea lo único que tengan que hacer.

Lo más brutal del machismo puede ser su “sutileza”. Antes de iniciar periodos extenuantes, que comprenden una jornada laboral mínima de 14 horas, los miembros del equipo pueden pedir a una asistente “que sonría”. Si no lo hace, que explique si está de mal genio por no sonreír mientras trabaja. ¿Debe cumplir una función decorativa? ¿Le pedirían una sonrisa a cualquiera de sus compañeros de trabajo? Esto se preguntaba la directora de fotografía Laura Cortés durante los rodajes de publicidad y series en los que ha trabajado. Durante el mes de febrero el equipo de Rolling Stone tuvo la oportunidad de acompañarla junto a la directora Laura Mora al rodaje de un videoclip para Santiago Cruz, en el que un equipo de mujeres lideraron el proceso e hicieron sentir lo que Santiago consideró “el poder femenino”, para lograr un emotivo videoclip en el que la solidaridad de género se hace tangible.

Del otro lado de la pantalla

Días más tarde, a unas cuadras de la 45 llega Luisa, minutos después de lo acordado. Es morena, bajita y crespa, pero con su interpretación se ha ganado castings destinados a mujeres afrocolombianas de 1,80 m. “He aprendido a borrar las barreras que los actores muchas veces tenemos en la cabeza, con respecto a la televisión, al cine al teatro y al género, todo apunta a lo mismo. A despertar una emoción, a comunicar en los términos del director”. Luisa es maestra en actuación de la ASAB, ha participado en películas, telenovelas y ha hecho mucho teatro. Tuvo un papel protagónico en Oscuro animal, una película de marcada intensión estética en la que se aborda un tríptico de mujeres víctimas del conflicto armado colombiano. Su preparación para implicó no dormir, llegar al estado de paranoia, y cansancio físico y espiritual que puede soportar un combatiente.

Santiago Cruz y un crew con poder femenino en el set de rodaje de su videoclip Contar hasta 3.
Santiago Cruz y un crew con poder femenino en el set de rodaje de su videoclip Contar hasta 3.


Actualmente Luisa anda buscando apoyo para continuar con proyectos de “teatro social”, en los que crean montajes específicos para que la gente se vea identificada sobre una problemática y se atreva a hablar. “Al comienzo no pensamos que funcionara. Nos solicitaron una obra para referirnos al abuso sexual infantil en un pueblo de Cundinamarca, y al final invitábamos a los niños que habían vivido experiencias similares a hablar con un especialista que nos acompañaba a las sesiones.

Al final nos dimos cuenta de que la fila se extendía a una cantidad impensada de niños y niñas, y que esto realmente generaba un cambio en sus vidas”. A través del teatro también llegó a conectarse con la realidad de las mujeres boyacenses, a conocer el drama de los empalamientos de mediados de siglo y a entender a través de la experiencia directa cómo era estar todo un día sentada vendiendo y tomando cerveza en una plaza de mercado. La actuación le ha permitido ser muchas mujeres colombianas, entender su dolor y comprender formas de pensar distintas.

Una emoción particular acoge a Luisa cuando habla sobre La belleza, un cortometraje dirigido por Laura Mora, reconocida directora de proyectos como Escobar: el patrón del mal o Antes del fuego. Al recordar una producción en la que una directora llevaba las riendas del equipo, “no es porque fuera una mujer”, menciona, recalcando que también puedes trabajar muy bien con un director, pero “hay una energía particular cuando mujeres como Laura imprimen su dinámica a una producción. El resultado del otro lado de la pantalla complementa y da apoyo a una mirada diferente. También en el proceso fluye la solidaridad, la concentración. Cuando un grupo de mujeres asume la responsabilidad, también los hombres se ponen en función de apoyar, de impulsar esa energía porque saben que esa versión también debe ser escuchada”.

Un estudio de ONU Mujeres investigó las películas más populares a nivel local y mundial procedentes de Australia, Brasil, China, Francia, Alemania, India, Japón, Rusia, Corea del Sur, Estados

Unidos y el Reino Unido, y entregó una conclusión categórica: “A nivel planetario, la industria fílmica perpetúa la discriminación contra las mujeres. Mientras que en el mundo real las mujeres representan más de la mitad de la población mundial, en el cine menos de un tercio de los personajes con diálogos son mujeres y de ellas solo un cuarto tienen roles relevantes. Si hay que representar a un médico por cada mujer hay cinco doctores, por cada mujer abogado o juez hay 13 hombres, y por cada académica hay 16 hombres en ese rol”. Tan solo hace un año, la actriz Leslie Jones se vio obligada a cerrar su cuenta de Twitter ante el asedio en Internet por su participación en la nueva versión de Ghostbusters, donde el equipo protagónico de hombres fue remplazado por uno de mujeres.

De la argumentación del taller de cine femenino de la Universidad del Cine, en Argentina, retomamos una aproximación a lo sucedido en Latinoamérica: “En el 2015 solo dos películas de la competencia en la Berlinale y tres en el Festival de Cine de Cannes fueron rodadas por mujeres. Hasta el año 2018, las grandes productoras norteamericanas no estrenarán películas dirigidas por mujeres. El panorama se repite en América Latina, donde la participación de la mujer en festivales y en el sistema de subsidios no supera el 20%, cuando en las escuelas de cine se reciben hombres y mujeres en partes iguales. Esta situación no le compete solo a cada mujer cineasta, sino a toda la sociedad. ¿Entonces cómo se afirman hoy en día las mujeres cineastas en un mundo de igualdad formal y una realidad que aún está lejos de los enunciados teóricos? ¿Qué estrategias posibles hay para una mayor presencia de sus trabajos? ¿Existen experiencias exitosas o posibilidades de cooperación bilateral o internacional?”.

Dentro de las experiencias internacionales probablemente la respuesta más efectiva se ha dado en Suecia —país líder en políticas de género—, donde bajo la administración de Anna Serner, CEO del Instituto Sueco del Cine, se ha alcanzado la paridad en auxilios destinados a la producción cinematográfica entregados a hombres y mujeres, debido a la regularización estatal que busca la “discriminación positiva”. La medida se amparó entre otras ideas en una cifra: el 51 por ciento de asistentes anuales a cine en este país son mujeres.

También se desarrolló un plan para atacar los cinco puntos, que tanto el cine de su país como la comunidad internacional señalan sobre el cine hecho por mujeres. Uno es la falta de capacidad. Para desmentirlo se creó una plataforma dedicada a la visibilización de la capacidad femenina (¡hagamos eso!). El segundo era que las directoras no llegan a una segunda o tercera película, lo cual es cierto, pero estaría sujeto a generar cambios en los otros aspectos. En tercer lugar, “hay más hombres que mujeres aspirando a ser directores”, según los directivos se debía a que la mujer es desalentada, “eso es muy duro, es muy pesado”, así que las entidades gubernamentales se acercaron a los colegios para cambiar esa actitud implementando talleres y formación en estructuras sociales de igualdad de género. El cuarto argumento era: “No importa quien esté tras las películas, lo que importa es su calidad”, a lo cual se respondió implementando el sistema de estímulos estatales equitativo, depende de quien lo mire, y del acceso a las herramientas económicas que garanticen dichos estándares de calidad.

De los 190 perfiles de directores que han estrenado largometrajes en Colombia, disponibles en la base de documentación de Proimágenes Colombia, solo 35 son mujeres, menos del 25%. Un alto número son extranjeras que vinieron a rodar coproducciones. Al convertir en números el listado de los 35 largometrajes nacionales estrenados en 2016, encontramos que seis fueron dirigidos por mujeres, cuatro de ellas son documentales. De los 35 largometrajes, 16 eran protagonizadas por mujeres, de ellos 12 aludían a circunstancias sociales como desplazamiento, pobreza y hechos relacionados con el conflicto armado y la pobreza. En otras la mujer fatal surge, al igual que los roles complementarios típicos de las mamás, las suegras o las novias bonitas, que en comedias costumbristas de perfil televisivo se remontan a estereotipos. La mamá que fastidia al padre para que lleve a El paseo a la familia, la suegra insoportable, la adolescente boba y enamoradiza.

Sin embargo, cuando vemos los cargos directivos de las entidades reguladoras de la actividad cinematográfica encontramos un fuerte liderazgo femenino. Claudia Triana de Vargas en la principal entidad promotora cine nacional Proimágenes Colombia, Adelfa Martínez en la Dirección de Cinematografía del Ministerio de Cultura, Silvia Echeverri en Location Colombia, Natalia Agudelo al frente del BAM Mercado Audiovisual de Bogotá, y Diana Bustamante ante el Festival Internacional de Cine de Cartagena de Indias (FICCI); en general las mujeres productoras tienen más cintas a su haber, poder y trascendencia que el conjunto de los señores. Su tesón ha sido fundamental para consolidar la era actual del cine colombiano. ¿Entonces por qué estamos tan lejos de encontrar personajes femeninos que vayan más allá de la victimización, del complemento o de la simple compañía?

Acompañamos a Ana a terminar su recorrido. En sus tareas anónimas y desinteresadas encontramos una mirada desde la acción a la necesidad de romper los paradigmas, actuando desde la generosidad, yendo más allá del reclamo a emprender acciones que aunque no resultan mediáticas, sí logran —haciendo uso del poder del cine— cambiar la forma de ver la realidad. Ese poder del cine, sumado al poder de las mujeres, está llamado a transformar algo dentro de algunas personas. No salvará el mundo, pero sí nos traerá una nueva mirada y en ella podremos descubrir nuevas oportunidades.

RELACIONADOS

La mujer en la pantalla
Vér

Deja tu opinión sobre el articulo: