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La sanación cósmica de Tame Impala

Un chico ansioso, de padres divorciados, sacó a relucir su rockero interior y convirtió su joven banda en una de las más importantes de la actualidad

POR JONAH WEINER | 25 Jun de 2019

<p>Fotografía de KELLIA ANNE</p>

Fotografía de KELLIA ANNE


Kevin Parker componía música, estaba drogado y tomado, en una casa alquilada con vista al mar en Malibú mientras se maravillaba con los feroces vientos de Santa Ana durante una fatídica noche de otoño de 2018. “Era un vendaval apocalíptico”, dice. “Ni siquiera podía salir a fumar porro”. Parker, de 33 años y artífice del exitoso grupo de rock psicodélico Tame Impala, sintió que le llegaba a la mente un beat constante mientras divisaba el Pacífico. Tomó un poco de ginebra (o tal vez era vino) y esperó la inspiración. “Puedo sentarme con un ritmo en mente durante horas”, dice. “A veces no me sale nada, pero a veces me llega una melodía con la que me obsesiono”. Estaba a medio camino del nuevo álbum de Tame Impala (que probablemente saldrá a mediados de este año) experimentando con lo que él llama “estrategias locas y extrañas para descubrir nuevos sonidos”: recientemente, al no haber podido lograr una melodía que encajara con una progresión, decidió poner a sonar los acordes repetidamente mientras dormía. “Quería ver qué sucedía”, recuerda. “Y puede haber sido un efecto placebo, pero después de una hora me desperté y tenía la melodía”.

Esa noche, Parker se sumergió en el humo de la marihuana y en ritmos de batería para “escapar de la conciencia de lo que estoy haciendo, porque cuando estoy sobrio pienso en la presión”. Parker –quien compone, interpreta, mezcla y produce casi todos los sonidos de los trabajos de Tame Impala– tiende a dudar y a pensar demasiado, mientras que las canciones que compone con los estados alterados le llegan como “lo más puro. Lo más natural y fluido. Por eso esta vez he convertido eso en un proceso: paso largas noches solo hasta el amanecer”.

Sin embargo, cuando el músico se levantó al siguiente día, la ciudad estaba en llamas. Era 9 de noviembre de 2018, y el histórico incendio de Woolsey se estaba expandiendo por el noroeste de Los Ángeles generando un desastre de proporciones dantescas. Parker se despertó alrededor de la 10 de la mañana con un mensaje con tono de preocupación de su mánager que lo llevó a buscar en Google información acerca del incendio. Así las cosas, decidió evacuar solo con su portátil y su adorado bajo Vintage Hofner. “Eso era lo único que me preocupaba perder”.

“Podía ver toda la ladera en llamas mientras manejaba por la autopista. Primero pensé que era épico y me quedé filmando durante 10 minutos, luego vi que el fuego empezaba a acercarse a las casas y a la gente mientras el cielo comenzaba a enardecer”. La casa de alquiler y todos los equipos que Parker abandonó fueron consumidos por el fuego. “La historia podría haber sido distinta si no me hubiera despertado cuando me desperté”, concluye.

Estamos a mediados de abril, y Parker está en una casa de cinco habitaciones que compró en el las colinas de Hollywood un mes después del incendio. Viene de Perth, Australia, “la otra capital de los incendios forestales del mundo”, como dice él, y por lo tanto, aunque la experiencia lo sacudió, no fue suficiente para que abandonara de Los Ángeles.

Estamos en un patio, y el artista viste una chaqueta, un jean negro entubado y unos tenis. El nuevo álbum de Tame Impala no se ha terminado porque Parker ha sido interrumpido por varios eventos, de los cuales el fuego fue el menos afortunado. En febrero se casó con Sophie Lawrence, su novia por cinco años, y a quien conoce desde que ambos tenían 13. En marzo tocó en Saturday Night Live por primera vez y hace pocos días hizo dos presentaciones en Coachella como headliner. La música sonó espectacular; su banda dio vida a la perfección a sus grooves psicodélicos. Su impresionante escenografía incluía torres de luz en movimiento, 18 cañones de confeti, 500 mil dólares en láseres alquilados y un enorme aro intermitente que se deslizaba por encima como un OVNI cambiando de colores y botando humo artificial. El aro cuesta “un ojo de la cara”, dice, y “me dijeron que no lo podría usar de nuevo, que ningún escenario lo resistiría, al menos hasta que tocáramos en Glastonbury.

DIVO DEL CONFETI Arriba: Parker durante su presentación en Coachella, que incluyó 500 mil dólares en láseres y un tercio de tonelada de confeti.
DIVO DEL CONFETI Arriba: Parker durante su presentación en Coachella, que incluyó 500 mil dólares en láseres y un tercio de tonelada de confeti.


Tame Impala es una especie de rareza contemporánea, un oxímoron: una joven banda de rock extremadamente popular. Su éxito sorprende a Parker tanto como a cualquiera. “Siempre trato de pensar por qué le gustamos a la gente”, dice. Parte de eso, sin lugar a duda, es que su música se puede bailar; algo que se ve ejemplificado en su nuevo sencillo Patience, que cuenta con un exuberante ritmo de piano. Pero cuando Parker se bajó de escenario de Coachella tuvo una sensación de duda que ya le es familiar: “Despotricaba y deliraba con lo que había salido mal. Algo muy típico nuestro. Los australianos no nos guardamos nada. Hablábamos de lo mal que había salido, nos preguntábamos por la batería, por el confeti. ¡Solo nueve cañones de confeti funcionaron hasta el último coro!”. Al parecer, el confeti es muy importante para Parker. “Teníamos 300 kilos. Queríamos más, pero nos dijeron que no podíamos tener tanto. Aunque me sentí mejor cuando mi mánager me dijo que teníamos el doble de confeti que Beyoncé”. Al salir del festival, cuando sus amigos elogiaron su set, Parker subió su calificación a un nueve sobre diez.

El australiano todavía se está acostumbrando al hecho de que sus fans lo vean como un rockstar. (También al hecho de que entre esos fans se encuentren Travis Scott, Lady Gaga y Rihanna, quienes lo han buscado para hacer colaboraciones). Parker, que se describe a sí mismo como introvertido, comenzó su carrera componiendo garage rock en una de las ciudades más alejadas de Australia y hasta ahora se está acostumbrando a las crecientes multitudes que lo adoran. “Ser una personalidad en el escenario es algo a lo que me he acostumbrado”, dice. “Pero decir ‘a la mierda todo’ y ser esa persona que puede enloquecer al público es algo que nunca me vi haciendo”.

Parker dice que oyó que Rihanna no alquila láseres para sus shows, sino que son propios. Eso puede ser o no ser cierto, pero le quedó sonando. “Yo también tengo mis láseres”, dice en tono de chiste, sabiendo cómo suena la frase. “Es algo que me gustaría poder decir algún día”. Y seguramente no está muy lejos de conseguirlo. El músico afirma que su reacción inmediata cuando Coachella le ofreció a Tame Impala ser headliner del show del sábado, debido a la ausencia de Justin Timberlake, no fue decir ‘del putas, yo puedo hacerlo’. “Pero es parte de mi nueva filosofía de vida. Si te dan una oportunidad, incluso si crees que no estás listo, tienes que decir que sí”.

Hay una caja de sushi a medio probar en la cocina de Parker al lado de unos bananos podridos. Al tener que dividir el tiempo ente Perth, Los Ángeles y las giras, no ha tenido tiempo de organizarse aquí; al punto que no tiene muebles en su inmensa casa, aparte de un colchón y consola en donde ha estado grabando voces. “Es una locura, es como si estuviera invadiendo mi propia casa”, dice.

Parker está acostumbrado a vivir en constante cambio. Cuando tenía cuatro años sus padres se divorciaron. Él se fue a vivir con su madre, a quien considera un “un espíritu libre”, mientras que su hermano se fue a vivir con su padre, un contador con un carácter más conservador. “Mi familia era un drama, incluso después del divorcio”, comenta. “El divorcio no fue el final de todo”. Luego de unos años, su padre dejó a su madrastra y volvió con su madre, solo para divorciarse una vez más. “Fue una mierda para mi hermano y para mí. Era muy confuso”, resume. (Su padre murió en 2009 de cáncer de piel a los 61 años. Parker sobrellevó la situación con literatura budista y consumiendo ácidos. Luego de un distanciamiento con su madre, finalmente se reconcilió con ella).

Toda esa turbulencia infantil lo convirtió en un chico sensible. “Me gustaba estar solo jugando videojuegos, explorando en mi bicicleta. No veía películas violentas, eran demasiado intensas. Tal vez porque no tenía bases sólidas”. En su adolescencia tuvo distintas facetas. “Tuve muchas personalidades en el colegio. Empecé siendo un rebelde. Comencé a fumar marihuana cuando tenía 12 años. Fui vándalo, hice grafitis. Iba a la ferretería y robaba grapadoras. Luego, en la mitad de bachillerato, me volví retraído. Me volví tímido y me alejé. Y en los últimos años de colegio, la música se convirtió en mi identidad”.

Este tipo de vida ayuda a explicar por qué la palabra “cambio”, o alguna variante del mismo, aparece al menos una vez en cada álbum de Tame Impala: en el rockero y psicodélico Innerspeaker, de 2010; en el expansivo Lonerism, de 2012; y en Currents, de 2015, un trabajo con más matices de dance. Parker dice que el nuevo LP será aún más variado a nivel estilístico. “¿Cómo me he aventurado a tener influencias del pasado? No me ha dado miedo recorrer el camino esta vez para desafiar la magnitud de lo que puede lograr Tame Impala. Por ejemplo, he estado incluyendo mi gusto por bandas de rock de estadio de los 70, bandas épicas como Meat Loaf”.

GRANDES LIGAS Derecha: trabajando en una canción de Lady Gaga en un estudio de Malibú en 2016 (desde la izquierda: BloodPop, Mark Ronson, Gaga y Parker).
GRANDES LIGAS Derecha: trabajando en una canción de Lady Gaga en un estudio de Malibú en 2016 (desde la izquierda: BloodPop, Mark Ronson, Gaga y Parker).


La mayor preocupación de Parker últimamente es algo cercano al cambio: “El paso del tiempo. La sensación de que va a toda velocidad. De repente tienes una visión del resto de tu vida. ¿Has leído Cien años de soledad, de García Márquez? No tenía idea hacia dónde iba hasta la última página y tuve un sentimiento abrumador de que la historia está condenada a repetirse”. El músico sonríe. “Eso es de Wikipedia, pero explica lo que sentí. El libro relata la vida de las generaciones de una familia en un pequeño pueblo, durante 100 años, y al final te da un sensación que no puedo describir, pero eso me inspiró en este álbum. No estoy seguro del porqué. Acabo de casarme, así que eso también puede haber ayudado. Eso te hace pensar en el resto de tu vida. Aunque siempre he estado obsesionado con la idea del tiempo”.

Según él, en su infancia esta obsesión le generaba comodidad dentro de su inestable vida familiar: “Me encantaba irme a la cama y ver la misma constelación que había visto la noche anterior”. Más tarde, cuando se inscribió en la carrera de Astronomía en la universidad, Parker quería “encontrar una estrella que estuviera a los mismos años luz de distancia de mi edad, lo que significaría que la estaba viendo tal y como era cuando nací”. Esto es una fijación para el cerebro de Tame Impala, cuyas mejores canciones se forman como constelaciones cósmicas llenas de sintetizadores reales y etéreos, grooves atmosféricos y mantras sobre la aceptación y la renovación cantados con suavidad.

Luego de abandonar la universidad, Parker se mudó a una especie de comunidad en Perth con varios amigos músicos que terminaron formando varias bandas juntos. Él no tenía muchas ambiciones en ese momento ni intenciones de tocar para públicos más grandes que los del bar local. Pero luego de subir algunas canciones a MySpace, Tame Impala comenzó a ganar cada vez más fans, primero a nivel nacional y posteriormente a nivel mundial, luego de firmar un contrato discográfico.

“En Australia hay algo llamado ‘síndrome de alta exposición’”, dice (es una actitud cultural prevalente en la que la gente siente envidia de aquellos que logran algo por mérito propio). Eso hace que sus visitas a Perth sean tensas en ocasiones. “Estaba en mi pub favorito luego de lanzar Currents y llegó un tipo a preguntarme si había oído el último álbum de Tyler, the Creator. Cuando le dije que no lo había oído todavía, me empezó a decir que era mejor que todo lo que yo había hecho y se marchó. Eso me puso de mal genio. Siento que algo ha cambiado respecto a la forma en que me siento en mi propia ciudad”.

Todavía suena un poco desanimado. “No necesariamente por eso me mudé a Los Ángeles. Pero sí pensé que es una de las razones por las que la gente se viene a vivir aquí”. Parker conoce la actitud de aquel tipo; él mismo despreciaba las bandas de la escena de Perth que tenían peinados pretensiosos y equipos costosos. “Ahora yo soy uno de ellos”, admite.

Parker llega a una sala de ensayo en Burkank para encontrarse con la banda. Su baterista favorito Julien Barbagallo está esperando un hijo y se perderá varios conciertos durante el verano, por lo que Tame Impala tocará con Loren Humphrey, de Florence and the Machine. “La otra vez estábamos ensayando aquí y vimos a Paul McCartney, ¡uno de los chicos le pidió una foto y dijo que no!”. La banda comienza a ensayar uno de los mayores éxitos de Tame Imala, Let It Happen, una canción de casi ocho minutos que comienza a “rayarse”, a propósito, cerca de la mitad. “En el álbum, toda la mezcla se repite”, comenta Parker, “pero, cuando se toca en vivo, la banda tiene que hacer el efecto con sus instrumentos y sobre el tiempo”. Entran a la sección de la repetición y la intentan varias veces, mientras Parker usa un pedal de delay para acentuar los tartamudeos. Es un momento de gran concentración, precisión y control para la banda debido a su dificultad, algo que resulta irónico si se tiene en cuenta que la canción trata de “cómo debes soltar las cosas a las que estás aferrado y dejar que te lleve la corriente”. A la hora de dejarse ir, puede ser más fácil decirlo que hacerlo.

En un momento, Parker me habla de una noche que estuvo en casa con unos amigos hace unos cuantos meses en Perth consumiendo hongos alucinógenos. “Decidí enterrar uno de mis premios ARIA (una especie de versión de un Grammy australiano) en el patio. Creo que alguien tenía uno en la mano, no recuerdo cuál, pero creo que era el de mejor álbum de rock por Lonerism, y dije: ‘enterrémoslo putamente hondo’”, dice entre risas. “No puedo imaginar el día que este prisma metálico y triangular salga de nuevo a la superficie. Me pregunto cuánto tiempo podrá durar enterrado y si aquellos que lo desentierren serán humanos”.

Le digo a Parker que suena como si él hubiera querido desmitificar un tótem del éxito y transformarlo en un pedazo de chatarra de metal que fuera descubierto por seres que no supieran el significado del premio ni de las palabras escritas en él. Sin embargo, malinterpreté sus intenciones. “De hecho era parte de eso”, dice. “Quería que lo leyeran y dijeran ‘Kevin Parker vivió aquí’”.

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