Las bandas venezolanas luchan por sobrevivir

Con muchísimos artistas viviendo en el extranjero, algunos esperan que se internacionalice la música de Venezuela. ¿Pero cómo mantener vivo el sueño?

POR NATALIE SCHACHAR | 12 Jan de 2018

<p><b>LOS MESONEROS</b> La banda venezolana se trasladó a México para poder continuar con su carrera.</p>

LOS MESONEROS La banda venezolana se trasladó a México para poder continuar con su carrera.


La banda de rock Los Mesoneros llenó con miles de fanáticos la plaza Alfredo Sadel de Caracas, estuvo nominada a cuatro Grammy Latinos por su álbum Indeleble de 2011 y llegó a la cima de los conteos venezolanos con canciones de pop rock sobre el amor y la infidelidad. Luego tuvieron que dejar el país, se fueron a México y empezaron de cero.

Un sábado el grupo se prepara para subir al escenario de un bar al aire libre en el centro de México y así conquistar nuevos seguidores. Después de las nueve de la noche, uno de los gerentes del Jardín de Cerveza Hércules en Querétaro mira al público y calcula que unas 250 personas están comiendo en las mesas, mientras otras 100 están de pie frente al escenario. Al parecer hay varios que no esperan que haya música en vivo, pero se ven contentos de estar en este lugar en una noche despejada. Luis Jiménez, vocalista, se acerca al micrófono. “Para los que nos conocen y los que no, somos Los Mesoneros”, dice. “Somos de Caracas, Venezuela”.

En su país, grupos como Los Mesoneros, aunque están lejos de ser superestrellas, son muy queridos por los fans del rock moderno. Pero, mientras Venezuela sigue cayendo en el caos económico y político, muchos músicos deciden escapar a lugares como México. Acá enfrentan una cruda verdad: cuando se mudan, los logros del pasado no garantizan el éxito. La fama es relativa, es un estatus que se gana con trabajo y que puede perderse fácilmente. Incluso si las bandas migran estando intactas, crear una carrera en México requiere bastante paciencia y tiempo.

“No sabíamos si iba a funcionar”, cuenta Andrés Belloso, bajista de Los Mesoneros. “En México volvimos a tocar en bares, como cuando teníamos 18 años”.

Lo mismo pasó con Sebastián Ayala, bajista de La Vida Bohème, ganadores de un Grammy Latino y que llegaron a México en 2014. “Los primeros dos años fueron un infierno”, dice Ayala, y añade que fue difícil hacer contactos. El rapero Mcklopedia, quien también se mudó a México ese año, recuerda que todos los días había tiroteos entre pandillas en su barrio al oeste de Caracas. “Hubo un punto en que se acabó porque se habían matado entre ellos. Ese día hubo silencio”, cuenta. “En lugar de mudarme a un barrio mejor, me fui del país”.

Estos músicos son una pequeña parte de aproximadamente 2 millones de venezolanos que se encuentran viviendo en 90 países alrededor del mundo. Se calcula que en México viven 40 mil, de los cuales unos 6 mil se han convertido en residentes temporales o permanentes en los primeros siete meses de 2017, más que cualquier otra nacionalidad latinoamericana. “Es increíble”, dice el abogado de inmigración Miguel Ángel Méndez, y confiesa que ve a las autoridades devolviendo venezolanos casi todos los días en el aeropuerto.

Akapellah es un exitoso rapero que salió de Venezuela porque allí no podía dar a su familia la vida que quería.
Akapellah es un exitoso rapero que salió de Venezuela porque allí no podía dar a su familia la vida que quería.

Ese es un cambio radical comparado con lo que pasaba décadas atrás. Niños que se convirtieron en grandes músicos de Venezuela llegaron de otros países por el crecimiento económico que se vivía. Artistas como Yordano y Franco de Vita se mudaron desde Italia, el cantante Ricardo Montaner desde Argentina y el compositor Ilan Chester llegó desde Israel. La riqueza petrolera, que beneficiaba a casi todas las industrias, ayudó a que disqueras como Universal y Sonográfica firmaran a varios grupos y solistas prometedores.

Pero una generación de músicos venezolanos, de los cuales una mayoría solo han conocido el régimen de Hugo Chávez y ahora el de Nicolás Maduro, están dejando el país. Entre los artistas que han llegado a México están Mcklopedia, Algodón Egipcio, Ulises Hadjis, Akapellah y Laura Guevara; músicos de sesión como Orestes Gómez, Freddie Adrián y Lester Paredes; y miembros de Los Mesoneros, La Vida Bohème, Okills, Rawayana, Majarete Sound Machine y Famasloop. Todos han llegado al país azteca en los últimos cinco años.

Esta ola de artistas, dicen algunos, nació por la crisis. “Eran niños cuando empezaron los primeros enfrentamientos entre la oposición y el Gobierno entre 2000 y 2004”, analiza Raúl Sánchez, profesor de La Trobe University de Melbourne, Australia. Añade que Chávez apareció en todos los televisores, radios y noticias mientras consolidaba su poder. “Es un contexto autoritario que se volvió más y más déspota”, aclara. “Creo que influyó en la visión de algunos de estos músicos”.

Además, otras personas creativas —actores, bailarines, artistas y comediantes— ahora nos hacen recordar momentos de la historia latinoamericana en los que el arte sobrevivió y resistió ante la represión política. En el régimen en Brasil, cuando las guitarras eléctricas eran vistas como una amenaza extranjera para la pureza de la música nacional a finales de los 60, el guitarrista de Os Mutantes, Sergio Dias, tocaba un instrumento casero que tenía distorsión. Durante la dictadura militar argentina entre 1976 y 1983, los músicos llevaron el rock de su país a otro nivel. “La dificultad, por alguna razón, produce belleza”, dice Timothy Wilson, profesor en Blackburn College en Illinois, quien ha estudiado la relación entre la música y la identidad en América Latina. “Te compadeces y te comunicas a través de la música”.

Los Amigos Invisibles ya son leyendas a nivel latinoamericano.

Los Mesoneros se formó en 2006, cuando sus integrantes —Luis Jiménez, Juan Ignacio Sucre, Andrés Belloso y Carlos Sardi— estaban cursando octavo grado en el Colegio San Ignacio de Loyola en un barrio caraqueño de clase media llamado Chacao. Cuando tenían 18 años, el productor venezolano Héctor Castillo, que ha trabajado con artistas como Björk, Beck y Phillip Glass, les ayudó a hacer su primer álbum con 11 canciones, que los convirtió en estrellas en Venezuela.

Junto a otros músicos, le dieron crédito a una ley de 2004 con la cual la mitad de las canciones que sonaban en radio y televisión debían ser de artistas nacionales, reduciendo la libertad de expresión, pero ayudando a explotar el talento del país. Toda una generación empezó a sonar en emisoras como La Mega 107.3 FM y en conciertos y festivales donde las bandas venezolanas tenían el mismo tiempo que las extranjeras. En el mercado negro, dominado por el dólar, la tasa de cambio permitía que las personas de la industria musical pudieran comprar muchos equipos y hacer shows.

Pero con la caída del precio del petróleo, tras la muerte de Chávez en 2013, Venezuela explotó por dentro y la inflación se disparó a niveles incomparables. Cuando Maduro ganó la presidencia en abril de 2013, el precio del dólar estaba a 24,18 bolívares, según la tasa de cambio no oficial. 100 dólares depositados en bolívares, en ese entonces, ahora valdrían 5 centavos. Los billetes hoy son casi inútiles y las personas se han visto obligadas, en los supermercados, a pesar pilas de dinero en lugar de contar los billetes. Al mismo tiempo, los enfrentamientos en la calle han dejado más de 100 muertos por las protestas contra el Gobierno autoritario de Maduro.

“Los políticos ahora son los que entretienen a la gente, han tomado nuestros trabajos”, dice Rudy Pagliuca, un productor venezolano que vio caer la escena musical y dejó su país en 2014.

Las boletas de conciertos que cuestan unos 100 mil bolívares (alrededor de cinco dólares) son imposibles de comprar para muchos y las giras son prácticamente irrealizables. Mientras tanto, el país enfrenta una crisis alimentaria y tiene una de las tasas de homicidio más altas del mundo. Además, la censura está presente en todos lados. Gustavo Dudamel, el director de la Filarmónica de Los Ángeles y la Orquesta Simón Bolívar de Venezuela, tuvo que cancelar su gira con la Orquesta Juvenil tras criticar al Gobierno, y otros músicos han dicho que no se pueden presentar en algunos coliseos por razones inexplicables. La oficina de prensa de la presidencia no respondió cuando se le pidió, varias veces, hablar sobre este tema.

A pesar de eso, Los Mesoneros no escriben letras políticas y explican que su salida del país fue por la inseguridad y los problemas económicos, lo que impacta en el número de lugares para presentarse. En 2011 la banda calcula que habían reunido unos 100 mil dólares tocando en Venezuela. Dos años más tarde habían perdido una gran parte de este dinero por la devaluación del bolívar. Los patrocinadores y los bares para hacer toques fueron desapareciendo poco a poco. “Apenas ganábamos algo teníamos que cambiarlo a dólares”, recuerda Jiménez. “Al principio sentíamos rabia y tristeza, luego era impotencia porque, a veces, si no te movías rápido, ya perdías la plata”.

Los Mesoneros contaron su historia a RS.
Los Mesoneros contaron su historia a RS.

Tumbador, el estudio donde grabaron casi todo su segundo disco, Caiga la noche, cerró por un tiempo por una fuga de gas que se abrió durante un enfrentamiento entre los opositores y el Gobierno en la avenida Libertador. En 2015 se acabó definitivamente porque era imposible hacer álbumes. “Estábamos en uno de los lugares principales [de Caracas], entonces era muy susceptible a cualquier cosa que pasara y eso afectaba las sesiones”, dice Carlos Imperatori, cofundador del estudio. “Fue muy triste cuando todo empezó a desmoronarse. Yo pensaba: ‘OK, puedo hacer esto para siempre’”, añade y cuenta que los rockeros empezaron a llegar a las 9:00 a. m. por razones de seguridad. “Estás grabando discos, y no está del todo mal, pero no es sostenible”.

Los Mesoneros pasaron de hacer 30 conciertos al año a tocar en menos de 10. Por eso la banda tomó una decisión. “Si queríamos vivir de la música, teníamos que salir”, cuenta Belloso. “Si no, teníamos que separarnos porque hubiéramos tenido que hacer otras cosas para sobrevivir”. Así que, al igual que otros compatriotas, hicieron las maletas y se fueron. La aerolínea no les permitió llevar algunas cosas: un bajo y un piano, guitarras eléctricas, sintetizadores, amplificadores y una batería. Tuvieron que dejar eso atrás.

En Ciudad de México, donde el grupo aterrizó en abril de 2016, empezaron a reconstruir su carrera mientras se acomodaban a una nueva vida, buscando apartamentos y trabajos. Sucre, guitarrista, calcula que ahorró unos 3 mil dólares para mudarse y empezó a trabajar en la página web Kichink; por su parte, el teclista, Sardi, entró al banco más grande de México, BBVA Bancomer, como programador.

Simón Hernández, baterista de sesión, dice que llegó a México con su esposa y su hijo. Su prioridad era encontrar un apartamento. “Lo básico, lo esencial para poder vivir”, dice, y añade que ha vuelto a la normalidad en México. “Digo normal porque en Caracas las cosas que tienes que hacer para tener la canasta básica no son normales. Al menos podemos ir a la tienda y comprar lo que necesitamos”.

Junto a otros artistas venezolanos —que, sumados, acumulan millones de visitas en YouTube— se han enamorado de las oportunidades en México. “El proceso creativo es distinto”, opina Sucre, y cuenta que la banda ya está trabajando en algo nuevo. “La inspiración puede venir de lo vivido en el exterior, de ver diferente cosas, vivir de una forma en la que no nos habíamos fijado”. El grupo lanzó Caiga la noche en mayo, tras tres años de retraso por el caos venezolano.

Las críticas del segundo disco estuvieron de acuerdo en que el grupo había madurado en su sonido, con más riffs de teclado y beats electrónicos, a pesar de la sencillez de las letras. Aunque Los Mesoneros y otros expatriados han impulsado su carrera en México, también son parte de una escena venezolana que alguna vez floreció y creció.

“De algún modo, es un pequeño grupo que ha llegado lo suficientemente lejos como para mantener vivos sus proyectos, mientras aterriza en un lugar nuevo sin familia, ahorros, crédito o cualquier otra cosa, porque no es su país”, dice Andrés Story, baterista venezolano de la banda de reggae Rawayana, que ahora vive en México, pero los integrantes del resto del grupo residen en Miami y Puerto Rico.

“Cuando muchas bandas fueron obligadas a dejar el país, no tenían forma de mantenerse. Algunas se terminaron, varias siguieron juntas y se mudaron y otras consiguieron trabajos diferentes para poder vivir en lugar de dedicarse a la música”, explica. “Para los que tuvieron la suerte de empezar temprano e irse, fue un impulso. Para los músicos que empezaron justo antes del quiebre, la verdad es que los destruyó”.

Es un gran cambio cuando se ve lo que pasaba solo dos décadas atrás, cuando Los Amigos Invisibles era lo más grande que exportaba Venezuela, hasta convertirse en una banda icónica de América Latina. La banda nació en 1991 y tuvo su gran salto en 1998 con el LP The New Sound of the Venezuelan Gozadera. En 2001 se fueron a Nueva York antes de partir a Miami. Otras agrupaciones como Sentimiento Muerto, seguramente la banda de rock más importante junto a Desorden Público y Zapato 3, no tenían razones para salir del país.

Para los músicos de esa época, la ola de migración musical parece de otro mundo. “Para mí es una locura el número de artistas venezolanos en México, Estados Unidos y Argentina, la gente que no tenía contrato y tuvo que irse”, dice José Rafael Torres, bajista de Los Amigos Invisibles. “La responsabilidad de esta generación es innovar, tienen que ser más creativos. El reto de reinventarse a sí mismo es algo que no tiene comparación”.

Hace unos meses el presidente Donald Trump impuso restricciones contra algunos funcionarios venezolanos y sus familias como parte de su política migratoria. Las medidas no afectan a la mayoría de los ciudadanos, pero sí han aumentado la incertidumbre del país.

De todas formas, hay un rayo de esperanza para Los Mesoneros y otros músicos: la gran cantidad de venezolanos que se han unido bajo un espíritu patriótico. “Es como estar otra vez en Caracas”, dice Algodón Egipcio, un artista de pop experimental, oriundo de Puerto Ordaz y que llegó a México en 2014.

María Elena Cepeda, profesora de estudios latinoamericanos en Williams College, apoya la idea de que la gran comunidad de venezolanos en el exterior ayudará a internacionalizar la música del país. Lo mismo sucedió con los artistas cubanos que impulsaron la salsa con su llegada a Miami y Nueva York en los 60 y 70. También destaca a Shakira como “el producto de los colombianos llegando al sur de la Florida” en los 90, cuando la violencia del narcotráfico azotaba a Colombia.

Pero Simón Medina, director de A&R en Universal Music, dice que incluso si una gran cantidad de artistas venezolanos llegan a México, el mercado está tan lleno que sería difícil para ellos dejar su huella. “Hay tanto para escuchar”, dice. “Estamos inundados”. Luego de leer una lista de músicos venezolanos en México, cuenta que solo conoce a dos: Okills, que firmaron para Discos Valiente (parte de Universal) en 2016, y Los Mesoneros.

Medina cuenta que alguna vez se reunió con Los Mesoneros. “Los recuerdo porque me gustaron”, dice, y no olvida la portada del primer disco de ellos, Indeleble, que es una máquina de escribir. “Pero no es una cuestión de calidad, es sobre el momento indicado, los contactos”, cuenta. Además, perdió contacto con el grupo.

Los Mesoneros, como muchas otras bandas y músicos independientes, dicen que no están enfocados en encontrar una disquera y que ya tacharon algunas cosas de su lista de logros, como sonar más en radio y llenar El Imperial en Ciudad de México. “Los Mesoneros hemos tenido mucha suerte, mucho éxito y ahora estamos atacando un mercado nuevo”, dice Jiménez, quien siente que los artículos sobre artistas venezolanos tienen un tono de tragedia. “Hemos tenido una situación muy difícil en Venezuela, pero la banda sigue de pie y creciendo. Y va a seguir haciéndolo. Estoy seguro”.

Belloso, el bajista, está de acuerdo con que el tiempo de la banda en México ha sido bastante productivo. “Nos ha mostrado que ser famosos no significa nada”, comenta. “Lo importante es la calidad de la música que haces, los lugares a donde vas y la gente que conoces”.

Una noche, en su apartamento, maldice a un perro que ladra en el piso de abajo y toca Ryd/Dark Red de Steve Lacy antes de trabajar en un arreglo con Sardi. “Un artista tiene que creer su historia”, dice Belloso. “Si no la crees, no la harás realidad”.

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