Los 20 mejores álbumes de heavy metal de todos los tiempos

Los mejores discos para mover la cabeza, desde el Black Album de Metallica hasta Paranoid de Black Sabbath

POR CHRISTOPHER R. WEINGARTEN, TOM BEAUJOUR,HANK SHTEAMER, KIM KELLY,STEVE SMITH, BRITTANY SPANOS, SUZY EXPOSITO,RICHARD BIENSTOCK, KORY GROW, DAN EPSTEIN, J.D. CONSIDINE, ANDY GREENE,ROB SHEFFIELD, ADRIE | 25 Jun de 2017


Con un trueno, unas campanas ominosas de iglesia y uno de los sonidos más fuertes de guitarra de la historia, un nuevo género de música pesada nació formalmente un viernes 13 a comienzos de 1970. Sus raíces se remontan a finales de los 60, cuando artistas como Blue Cheer, Iron Butterfly y Led Zeppelin les subieron el volumen a sus amplificadores para tocar canciones bluseras y rockeras llenas de fuerza. Pero no fue sino hasta ese profético día en el que Black Sabbath lanzó el primer álbum de heavy metal –su sombrío y homónimo debut– que una banda dominó el sonido de un género que aún resuena casi 50 años más tarde.

Aunque los miembros de Black Sabbath se han burlado de la etiqueta del metal a lo largo de los años, su guitarra distorsionada, sus baterías acrobáticas y su voz contundente, concebidas originalmente como equivalentes a una película de terror, han sido copiadas una y otra vez, década tras década. Judas Priest vistió el metal de jeans y cuero. Metallica le dio un giro hacia un desenfoque vertiginoso. Korn le dio un nuevo empuje rítmico. Y Avenged Sevenfold lo adornó con melodías llamativas y pegajosas. En la mitad del camino, también se ha dividido en subgéneros underground más extremos tales como death metal, black metal y grindcore, y a comienzos de los años ochenta, el género, en conjunto, se convirtió en un movimiento cultural capaz de llegar a las listas de pop.

Las bandas de metal no fueron las primeras en adoptar las imágenes oscuras en su música –esa tradición se remonta a compositores clásicos como Richard Wagner y artistas de blues como Robert Johnson – pero se acercaron a estos temas con una pompa única y un poder masculino que le dieron al género un lenguaje musical propio. Podía ser virtuoso o primario, pero siempre era ruidoso. Esa codificación, combinada con la actitud fuerte de muchas bandas, marcada por los ceños fruncidos y la ropa negra, ayudó al metal a convertirse en un estilo de vida que trascendió a las bandas en el escenario

Los fans del género, ya sea que los llamen metaleros, headbangers o de otra manera, son apasionados, carismáticos y audaces, y siempre están ansiosos por debatir, definir y defender cada matiz de la música de sus bandas favoritas hasta la muerte. Como el metal se ha vuelto tan variado en su historia desde que Black Sabbath cautivó a los oyentes, es difícil complacer a todos los metaleros todo el tiempo.

Por consiguiente, cuando ROLLING STONE comenzó a escoger los 100 álbumes más grandes de heavy metal de todos los tiempos, se empezaron a establecer ciertas reglas. Aunque los predecesores del género de finales de los 60 y comienzos de los 70 –no solo gigantes como Cream, Zeppelin y Deep Purple, sino también bandas igual de pesadas como Mountain, Captain Beyond y Sir Lord Baltimore– crearon momentos metaleros verdaderamente turbulentos, sus LP muchas veces tomaban desvíos bluseros y folk que los alejaban del maximalismo que más adelante marcaría al género, así que por eso los dejamos por fuera. También hicimos lo mismo con bandas que se especializaban más en el rock & roll hipercargado, como AC/DC y Guns N’ Roses, pero que carecían del factor X que separa su música del metal.

Lo mismo ocurrió con bandas que ROLLING STONE consideraba metaleras en los 70 (a veces como término peyorativo) y que hicieron álbumes clásicos como Kiss, Alice Cooper y Grand Funk Railroad, que en retrospectiva suenan más como hard rock.

Finalmente, como buscábamos solo los álbumes de metal más consistentemente perfectos, algunos hitos del género como Skid Row, Practice What You Preach de Testament e incluso el primer álbum en llegar a las listas de Billboard, Metal Health de Quiet Riot no aparecen en este conteo porque su lista de canciones se ve opacada por los éxitos, lo que nos deja espacio para otros grandes álbumes.

Pensamos mucho, tomamos decisiones cruciales e incluso hablamos con algunos miembros de la realeza del metal como Ozzy Osbourne, Rob Halford, Lars Ulrich y Corey Taylor, pero, en últimas, pudimos hacer una lista que refleja el legado y el poder del metal.

Así que, sin más preámbulo, levante su puño con la señal de los cuernos y déjenos presentarle los 20 mejores álbumes de metal de todos los tiempos.

20. Anthrax, Among the Living (1987)

El trash metal no se trataba solo de velocidad, volumen y de la adrenalina de rebotar contra las paredes y otros fans en un pogo. También tenía que ver con la igualdad. “El metal siempre ha sido más grande que la imagen de la vida. Estamos más concentrados en ser reales”, le dijo el baterista de Anthax Charlie Benante a Melody Maker. “Tratamos de mantenernos al mismo nivel de nuestro público, excepto que estamos en el escenario”. Pero lo que elevó a Among the Living, el tercer LP de la banda de Nueva York, al estatus de clásico del thrash no fue solo la forma en la que canciones como Caught in a Mosh articulaban la ira generacional (“Get the hell out of my house!” [¡Lárgate de mi casa!]) que hacía del pogo un método necesario para desahogarse, sino también la forma en la que la música se agitaba y fluía, gracias a las repentinas aceleraciones y cambios rítmicos presentes en canciones como One World. Benante y sus compañeros de banda pueden haber sido chicos normales en otros aspectos, pero como músicos no se podía negar que tenían una habilidad técnica fabulosa. Sin embargo, el álbum no se basa en eso; en su lugar, sus mejores momentos Efilnikufesin (N.F.L.), I Am the Law, Indians– democratizan esa brillantez adhiriéndola al material más pegajoso y más accesible de la banda. J.D.C

19. Megadeth, Rust in Peace (1990)


Ninguna otra banda de la primera ola de thrash combinó la composición hermética con un caos instrumental tan creativo o hábil como lo hizo Megadeth en Rust in Peace. Del rápido y fogoso lick descendente con el que abre Holy Wars… the Punishment Due, hasta el último staccato rítmico de Rust in Peace ... Polaris, el álbum es un movimiento constante de riffs complejos por parte de Dave Mustaine (preste atención a Poison Was the Cure para hacerse una idea), letras obsesionadas con la guerra y la religión –“Era una época en la que la Guerra Fría todavía era un problema real; estábamos apuntando nuestras armas nucleares a Oriente”, dice el cantante– y arreglos elaborados, tocados con intensidad feroz, actitud punk y una oscilación rítmica inusualmente ágil. Este álbum también marcó el debut del héroe de la guitarra Marty Friedman, cuyos solos técnicamente hábiles y con tintes exóticos fueron un complemento ideal para los riffs potentes y rasgados de Mustaine, muy al estilo de la nueva ola del Heavy Metal británico, como lo ejemplifica el virtuosismo pirotécnico que resalta en el clásico Hangar 18 sobre la conspiración OVNI. Megadeth llegó a un mayor éxito comercial en los años siguientes, pero Rust sigue en pie como la Cumbre de thrash a la que todos los seguidores quieren llegar. R.B

18. Tool, Ænima (1996)


Por definición, las bandas de metal son pesadas musicalmente, pero Tool también es pesada en el sentido emocional. Aunque el título de su segundo álbum Ænima, fue inventado por la banda, tiene como propósito evocar el concepto de Jung del “ánima”, o de la fuerza de la vida, y el LP está lleno de reflexiones existenciales acerca de por qué estamos aquí y si vale la pena o no. “¿Cómo podría significar esto algo para mí?”, murmura el protagonista de Maynard James Keenan en Stinkfist, y su interpretación muestra un desencanto tan convincente que uno no se da cuenta que está cantando acerca de tener un brazo en el recto de alguien. Tool es especialista en personajes raros e impenitentes, y Ænima es un ejemplo de ello. Está el matón carismático de Eulogy, el fan obsesionado de Hooker with a Penis y el misántropo de Ænima, quien recita “Aprendan a nadar” al imaginarse a California hundiéndose en el mar. Keenan ilumina la alegría en la malevolencia, mientras las partes de guitarras y batería con influencias progresivas amplifican el trabajo del ánima retorcida. La cautivante mezcla ayudó a que Ænima fuera doble platino, y que Tool pasara de ser una banda de metal alternativo a convertirse en una de las bandas más innovadoras de los últimos 20 años. “Están ocurriendo muchos cambios metafísicos, espirituales y emocionales en este momento, y nosotros solo estamos tratando de reflejar eso”, le dijo Keenan a ROLLING STONE en 1996. “No somos muy distintos a Tori Amos en ese sentido”. J.D.C.

17. Mercyful Fate, Melissa (1983)


Los primeros 20 segundos de Melissa –llenos de riffs de guitarra distorsionada y pulsante, acompañados por la voz extremadamente aguda de King Diamond– constituyen una de las secuencias más cautivantes en la historia del metal. Engancharon a Metallica, quienes solían frecuentar el estudio de ensayos de los metaleros daneses cuando estaban grabando Ride the Lightning, y embrujaron a Slayer, cuyo miembro Kerry King se refirió a Hell Awaits como un “álbum de Mercyful Fate”. En ese momento, la banda sonaba como un Judas Priest con asteroides liderando una misa negra. En Evil, el histriónico cantante, cuya pintura facial lo hacía ver como a Gene Simmons con sales de baño y cuyo atril del micrófono estaba hecho de un cráneo humano, canta acerca de la necrofilia ente riffs poderosos de Hank Sherman similares al de Eye of the Tiger bajo los efectos de la cafeína, los cuales desembocan en un increíble duelo de guitarras entre Sherman y Michael Denner. A lo largo del álbum, King ofrece un increíble virtuosismo vocal, gracias a su rango de cuatro octavas, ya sea que esté cantando acerca del Halloween (At the Sound of the Demon Bell) haciendo una invitación a su aquelarre con un gruñido (Into the Coven) o invocando a un antiguo vudú egipcio (Curse of the Pharaohs). “He conocido gente a la que le gusta asustarse un poco y les gusta eso porque van a ver películas de terror”, dijo King Diamond acerca de sus impactantes letras, cerca de 1987.

“Piensen en ellas como historias de terror, eso es todo”. En otros pasajes, saluda a Satanás (Black Funeral) y susurra de manera tenebrosa acerca de una bruja muerta llamada Melissa (Satan’s Fall), presagiando la avalancha de metaleros noruegos que se pintaban la cara y quemaban iglesias. Puede que Satanás no sea real, pero King Diamond sí lo es. K.G

16. Dio, Holy Diver (1983)


Después de establecerse como un vocalista de hard rock a través de sus bandas de finales de los 70 y comienzos de los 80, Rainbow y Black Sabbath, Ronnie James Dio ascendió al panteón del metal con su debut como solista de 1983. Con un sonido más metálico y vigoroso en comparación a lo que había hecho antes –gracias en parte al guitarrista irlandés de 20 años Vivian Campbell, cuyos acordes distorsionados y solos rechinantes se mezclaban a la perfección con la intensidad de la voz de Dio – Holy Diver presentaba himnos como Stand Up and Shout, Rainbow in the Dark, y el inmortal corte que daba nombre al álbum, en el que Dio tenía un pie puesto en fantasías medievales y el otro en comentarios sociales contemporáneos. “Mi forma de escribir siempre ha tenido tintes medievales”, le dijo a la revista Artist poco después del lanzamiento del álbum. “Pero estoy preocupado por lo que estamos haciendo con nosotros mismos y nuestro medio ambiente”. Aunque solo alcanzó el puesto 26 en el Billboard 200 después de ser lanzado, Holy Diver alcanzaría el estatus de platino a finales de los 80, y serviría como un referente para todos, desde Killswitch Engage hasta Tenacious D. D.E.

15. Ozzy Osbourne, Diary of a Madman (1981)


Luego de probar que todavía era una fuerza vital de la música en su primer álbum después de Black Sabbath, Blizzard of Ozz, de 1980, Ozzy Osbourne demostró que no era flor de una día con un álbum lleno de himnos poperos y góticos como Flying High Again y el casi clásico corte de cierre que le daba nombre al álbum. El guitarrista Randy Rhoads, quien murió en un accidente de avión durante la gira de Diary en 1982, había probado ser un virtuoso en Blizzard; aquí trabajó más duro para encontrar el extraño nexo entre virtuosismo y una composición inteligente. La canción que de apertura Over the Mountain, que arranca con una batería atronadora, tiene un ritmo furioso que anticipa al thrash metal. Believer, con su persistente línea de bajo, le permite a Rhoads tocar riffs misteriosos y elaborados, que, combinados con las melodías estentóreas de Ozzy, compone una de las canciones más extrañas y pegajosas del catálogo del cantante. Tonight es una hermosa balada con un solo evocador; la rápida y sicodélica S.A.T.O. está llena de misterio; Diary of a Madman con su introducción acústica y electrizantes licks de guitarra, es la canción de Ozzy por excelencia. “Cuando la estábamos trabajando, Randy se me acercó y me dijo, ‘No estoy contento con las guitarras’, así que le dije que trabajara hasta que estuviera satisfecho”, recuerdo alguna vez el cantante. “Le dedicó un par de días, y un día llegó con una sonrisa enorme y me dijo, ‘Creo que la tengo’. Y luego la tocó. Y Los pelos del maldito cuello se me pararon”. K.G.

14. Black Sabbath, Vol. 4 (1972)


En su cuarto álbum, Black Sabbath partió del punto que definió los comienzos de su carrera y llegó a un sonido que era, de cierto modo, más pesado. Con sus cerebros llenos de cocaína (incluso hacían agradecimientos a los dealers) el grupo grabó en Los Ángeles por primera vez y se permitió experimentar a nivel musical. Toni Iommi había afinado su guitarra más abajo para poder tocar con mayor facilidad en Master of Reality de 1971, y en 1974 ese cambió inspiró riffs emotivos (Wheels of Confusion) y grooves frenéticos (Supernaut, Cornucopia), mientras le abría un espació a solos icónicos de guitarra (Snowblind un himno a la cocaína). Grabaron su primera balada de piano (Changes, la cual Ozzy revivió como un hit en vivo como solista en 1993) y un solo de guitarra acústica (Laguna Sunrise), y se volvieron locos son los efectos –99 segundos de pitos con ecos que años más tarde pueden haber inspirado a bandas como Neurosis–. Era el sonido de una banda renacida (solo dos años después de su debut) que comenzaba un nuevo capítulo que inspiraría a todos, desde Trent reznor, quien hizo un cover de Supernaut con Al Jourgensen, hasta Charles Bradley, quien hizo lo propio con Changes. Sin embargo, más adelante Ozzy afirmaría que fue el “comienzo del fin” de Black Sabbath. “La cocaína fue el cáncer de la banda”. K.G.

13. Iron Maiden, Iron Maiden (1980)


Al final de la década de los 70, la llamada nueva ola del heavy metal británico revitalizó el género con un deslumbrante uso de la velocidad. Uno de los puntos decisivos en esta nueva escena fue el debut del álbum homónimo de Iron Maiden. Curtidos luego de años de conciertos en bares, el quinteto combinó la potencia del rock pesado de UFO con la destreza técnica de grupos progresivos como Genesis y Wishbone Ash. El bajo galopante de Steve Harris llevaba melodías propias y no solo cumplía el propósito de sostener el ritmo, mientras que los guitarristas Dave Murray y Dennis Stratton alternaban entre riffs abrasivos y arreglos de armonías duales. Con los gruñidos desgarrados del cantante Paul Di’Anno, Iron Maiden era agreviso (Prowler, Running Free), sentimental (Remember Tomorrow, Strange World) y teatral, en el caso de Phantom of the Opera, con aires a Jethro Tull. Iron Maiden fijo el escenario para una serie de siete álbumes gloriosos en los 80 que harían que la banda se convirtiera en una de las más importantes del metal. “Es probablemente uno de los álbumes que peor suena, y no estábamos contentos con la producción”, le dijo Murray al autor Martin Popoff, “pero para ese entonces capturó realmente la energía cruda de la banda”. A.B.

12. Judas Priest, Screaming for Vengeance (1982)


Tal como lo sugiere su título, Screaming for Vengeance se trataba de reivindicación, ya que aquí fue donde Judas Priest se probaba así misma de una vez por todas que era una fuerza para tener en cuenta. Luego de haber estado en el underground, Priest ahora llegaba al mainstream con ventas de platino, un sencillo en los listados de Billboard (You’ve Got Another Thing Comin’) y un puesto principal en un festival en los Estados Unidos. “Era una nueva generación, una nueva década”, le dijo a ROLLING STONE el cantante Rob Halford más adelante. De repente todo el mundo se fijó en esta música y dijo, “Sí, esto es exactamente lo que quiero porque me puedo sentir identificado. Habla de lo que quiero en la vida y de lo que hago”.

También habla de amor. De ese amor que se puede ver matizado con el sadomasoquismo (Pain and Pleasure) o descrito en términos de sacrificio humano (Devil’s Child). Pero la música de Screaming for Vengeance, la cual comienza con el puñetazo de The Hellion y Electric Eye, viene del corazón. Sin embargo, es una lástima que (Take These) Chains no haya seguido a You’ve Got Another Thing Comin’ en los listados, porque la fórmula de las power-ballads nunca ha sonado tan malévolamente deliciosa como en este caso. J.D.C.

11. Metallica, Ride the Lightning (1984)


Grabado antes de que la banda asegurara un contrato discográfico importante, el segundo álbum de Metallica sigue siendo la expresión más pura de la visión de la banda, un documento de un grupo que ha encontrado su sonido pero que no está supremamente consciente de sí misma ni tiene mucho tiempo para divagar en el estudio. “Me encanta el sonido de ese disco y se sostiene muy bien”, le dijo el guitarrista Kirk Hammett a ROLLING STONE en 2014. “Simplemente lo hicimos rápido, lo que llevó a una interpretación más natural. Para la época en la que grabamos nuestro siguiente álbum, Master of Puppets, había muchos menos días para simplemente hacer algo rápido”. Uno puede escuchar la adrenalina en cortes como Fight Fire with Fire, una sombría oda a un inevitable apocalipsis nuclear, y en la grandiosa Creeping Death, que hace un recuento de los primeros hijos egipcios del Libro del Éxodo. Mientras tanto, la sentida power-ballad Fade to Black mostraría la maestría dinámica que la banda exploraría más tarde en temas épicos como Master of Puppets y One, mientras que la instrumental The Call of Ktulu cerraba el álbum con un tono espeluznante. La inmediatez de Lighting solo es acentuada por el gemido juvenil de la voz del cantante James Hetfield, quien aún tenía que bajar el registro para lograr los gruñidos que utilizaría con más madurez en los álbumes posteriores de Metallica. T. B

10. Pantera, Vulgar Display of Power (1992)


Luego de pasar gran parte de los 80 siendo una banda regional de glam en Texas, Pantera se reinventó con un estilo trashero de proto-groove-metal con Cowboys from Hell de 1990. Pero fue con su siguiente producción, titulada con acierto, que realmente dieron un salto gigante. “La mentalidad que tuvimos con Vulgar Display of Power fue, ‘Tomemos el riff del dinero, vamos con todo, y reventémoslo contra el suelo’”, explicó alguna vez Phil Anselmo. Y eso fue lo que hicieron. Aquí, la banda mostró los últimos vestigios de su pasado ostentoso (Anselmo dejó de cantar en un tono alto como el de Rob Halford, evidente aún en CFH) y llevó su sonido a lo esencial –los riffs cerrados y los solos agudos de Dimebag Darrell, la base rítmica contundente del bajista Rex Brown y el baterista Vinnie Paul; los ladridos desgarrados de Phil Anselmo– sentando las bases de lo que sería el resto de su carrera. además, el material mismo era incontestable. Desde el puñetazo antagonista de Mouth for War, hasta la galopante Fucking Hostile, la balada asesina This Love y la rítmica y poderosa Walk con su riff de dos notas (la cual han versionado innumerables bandas) , Vulgar despliega un increíble número de cortes que se volvieron un estándar del género. Re-spect! R.B.

9. Ozzy Ozbourne, Blizzard of Ozz (1980)


Tras su amarga salida de Black Sabbath, las ganancias de Ozzy fueron tan bajas que tuvo dificultades hasta para firmar un contrato discográfico, y ni siquiera sus fans más grandes habrían adivinado que estaba a punto de regresar por lo alto con su primer álbum solista. Lanzado en el Reino Unido en septiembre de 1980 (seis meses después en Estados Unidos), Blizzard of Ozz fue notablemente fuerte y preciso con sonidos modernos (incluyendo I Don’t Know, Crazy Train y la controversial Suicide Solution), diferentes a todo lo que había hecho con Sabbath, y aun así repleto de golpetazos metal. “El Blizzard fue una hermosa evolución de lo que estaba pasando con el metal entre los 70 y los 80”, recordó el brutal guitarrista Steve Vai en una entrevista en 2011. “Tenía una actitud totalmente diferente”. Gran parte del crédito se lo llevo el fallecido Randy Rhoads, quien influenció profundamente una generación entera de guitarristas. “En el primer álbum, nunca habíamos tocado juntos”, dijo en 1981. “Estábamos formando la banda, escribiendo canciones y trabajando en el estudio al mismo tiempo… el primer álbum fue en resumen: ‘súbele y si suena bien, déjalo así’”. D.E.

8. Megadeth, Peace Sells… but Who’s Buying? (1986)


Tres años después de su despido de Metallica, Dave Mustaine todavía suena furioso en el segundo álbum de Megadeth, Peace Sells… but Who’s Buying? La banda aprovechó la ira sobrenatural de su debut, Killing Is My Business… and Business Is Good de 1985, que balanceó el thrash con los matices jazzísticos de la guitarra de Chris Poland, pero malgastaron el presupuesto en drogas, lo que los llevó a tener un sonido de mierda en la producción. Peace Sells fue su redención: siete canciones sobre el desprecio a la humanidad y un delicioso cover de I Ain’t Superstitious de Willie Dixon. En los meses de descanso entre álbumes habían madurado como músicos y tenían calidad sonora que demostrar. El punzante riff de bajo en la canción con el nombre del álbum demostraba la perspicacia de Mustaine (“What do you mean I’m not kind?/I’m just not your kind” [¿Qué quiere decir con que no soy amable?/Solo no soy de tu tipo]), y fue suficientemente pegadiza como para que se convirtiera en la melodía introductoria de MTV News por una década, replicando el video de la canción, protagonizado por una adolescente que desafía a su padre poniendo un video de Megadeth y diciendo: “Estas son las noticias”. “Estaba viviendo en un depósito en el momento que escribí Peace Sells”, dijo Mustaine a ROLLING STONE.

“No teníamos hogar y escribí la letra en una pared. No tenía ni papel. Estoy seguro que al mudarnos una persona probablemente cortó la pared y se la llevó”. El resto del disco evidencia el don de Mustaine para componer ritmos pesados con melodías pegajosas. The Conjuring tiene un hechizo de magia negra en sus letras (según Mustaine) dirigido a una de las novias de los cantantes, mientras que Wake Up Dead habla sobre la infidelidad y explica por qué él no es muy bueno con las mujeres. Musicalmente, Good Mourning/Black Friday, inspirada en la música clásica, Bad Omen y My Last Words explotan con un triunfalismo wagneriano. A lo largo del álbum, Mustaine vocifera sus palabras con violencia. Lo que sea que haya inspirado el álbum, esta vez, fue personal. K.G.

7. Motörhead, No Remorse (1984)




El heavy metal nunca ha sido un género de sencillos, pues la mayoría de sus músicos tienen un crecimiento y desarrollo a través de los álbumes de largo formato. Pero Mötorhead es la excepción de la regla. A lo largo de sus 40 años de historia, la banda – esencialmente el fallecido cantante y bajista Lemmy Kilmister y una serie de guitarristas y bateristas – se rigió bajo la misma fórmula: rugir la letra al son del enérgico latido del bajo, una batería infernal y un compás rítmico y básico en la guitarra. Como Lemmy le dijo a Sounds, “Chuck Berry siempre fue el mismo. Little Richard siempre fue el mismo. Prefiero ser así y apegarme a una fórmula con la que estamos satisfechos”. Parece ser más adecuado, entonces, representar a Motörhead con una antología. Puede que No Remorse ofrezca 29 versiones de lo mismo, pero aun así cada canción es increíblemente única: los aullidos, los versos de mala suerte en Ace of Spades, la estruendosa locomotora en el fondo de Overkill, la intensa guitarra de Bomber, la estúpida genialidad de Killed by Death, o la cambiante e hiperactiva versión en vivo de No Sleep ‘til Hammersmith. A veces, lo único que necesitas es una buena fórmula. J.D.C.

6. Slayer, Reign in Blood (1986)




Reign in Blood, la primera y última palabra en el speed metal, empieza a 210 beats por minuto con la canción Angel of Death, y se mantiene a ese ritmo los próximos 29 feroces minutos. Las 10 canciones están construidas sobre los rígidos riffs y abstractos solos de guitarra de Kerry King y Jeff Hanneman, equivalentes a los brochazos de pintura al estilo Pollock, mientras que el baterista Dave Lombardo golpea ritmos precisos y el cantante/bajista Tom Araya le da la bienvenida a Satanás. Pero lo que diferencia el tercer álbum de la banda de Metallica, Exciter, Venom y todos los grupos de ritmo infernal de la época era la forma en la que el productor Rick Rubin, quien armó su nombre trabajando junto a los Beastie Boys y LL Cool J, despojó el sonido reverberado de moda por uno que parecía golpearte en los intestinos.

“Sus rápidos movimientos en un gran espacio provocan que la composición sea inentendible”, dijo Rubin en 2016. “Entonces no logras tener un sonido claro. Gran parte de la base de Slayer fue la precisión”. Es lo que genera un mayor impacto en las chirriantes declaraciones en nombre de la muerte de Necrophobic y Criminally Insane, al igual que el terrorífico Raining Blood, con su abominable introducción. Angel of Death no fue la excepción, una canción acerca del doctor nazi Josef Mengele, con letras que habrían sido incoherentes en la producción del rock moderno. Sus letras indignaron a los sobrevivientes del Holocausto y les costó un contrato de distribución con Columbia, lo que causó que lo lanzaran con Geffen Records. Hanneman, el autor, reclamó que la canción era una “lección de historia”. Sin embargo, solidificó su legado controversial y su necesidad por la rapidez. “Éramos jóvenes, estábamos hambrientos y queríamos ser los más rápidos de todos”, recordó Araya. K.G.

5. Black Sabbath, Black Sabbath (1970)




Unos años después de que los guitarristas comenzaron a distorsionar sus amplificadores con volúmenes rompe tímpanos y los cantantes empezaron a hablar sobre Valhalla, el heavy metal, como lo conocemos ahora, se ratificó en 1970 con el debut de Black Sabbath. La banda, que se había iniciado en 1968 como un grupo de blues, se inspiró en las películas de terror/giallo (como Black Sabbath de 1963, protagonizada por Boris Karloff) e imaginó que podrían generar el mismo suspenso, una experiencia terrorífica a través del rock n’ roll, lo que los condujo a componer Black Sabbath. La canción se inspiró en una aterradora experiencia del bajista Geezer Butler (“Me desperté en un mundo ficticio, y había una cosa negra encima de mi cama, mirándome”, dijo alguna vez), que figura en algunas de las más inquietantes letras de Ozzy Osbourne (“What is this that stands before me?/Figure in black which points at me,” [¿Qué es esto detrás de mí?/La figura negra que me señala] como también “eyes of fire” [ojos de fuego] y un demonio riendo), y un espeluznante riff, cortesía del guitarrista Tony Iommi que usó un acorde rechazado por los compositores, conocido como diabolus in música (El Diablo en la música), que se agregó para darle un toque dramático.

Unas canciones más tarde, en N.I.B., Osbourne, cuya ruidosa voz, de prosaica entonación, tiene un timbre lo suficientemente fuerte como para cortar la guitarra de Iommi, canta sobre un trato con el Diablo al son de un agresivo riff que presagia Cocaine de Eric Clapton. Y en otro momento, el grupo exhibe su influencia blues en The Wizard, con la macabra Behind the Wall of Sheep (“Sleeping wall of remorse/Turns your body to a corpse”) y en especial en Warning, la última que Iommi se luce con un solo. Y al estilo jazz de Wicked World, en la edición estadounidense, Osbourne cantó acerca del gobierno enviando personas a la guerra y las muertes por enfermedades, temas que se han vuelto cliché en el rock, pero en aquella época representaban una absoluta sinceridad. “Solíamos hacer audiciones para las compañías discográficas y nos rechazaban a la tercera canción”, comenta Butler días antes del lanzamiento del álbum. “Siempre recuerdo a un productor que nos dijo: ‘Váyanse, aprendan a tocar y aprendan a escribir canciones decentes’. Fuimos rechazados una y otra vez, compañía tras compañía. Pero una vez se lanzó el álbum, Black Sabbath inició un movimiento”. K.G.

4. Iron Maiden, The Number of the Beast (1982)




Cuando Iron Maiden entró al estudio con el veterano productor Martin Birch para grabar su tercer LP en 1982, la banda inglesa ya estaba en la cima de la llamada nueva ola del heavy metal británico. Luego de haber reemplazado al cantante Paul D’Annno por Bruce Dickinson, un carismático intérprete con tintes operáticos, el escenario estaba listo para una innovación creativa. Solo había un problema: la banda había agotado su catálogo de melodías. “Habían usado todo lo bueno que tenían y habían estado de gira desde entonces”, le dijo Dickinson al biógrafo Mick Wall. “Así que. De cierto modo, fue algo bueno porque no me iban a pedir que cantara letras de Paul o canciones que Steve [Harris, bajista, y compositor principal] hubiera escrito con él en mente… Teníamos tiempo para pensar primero en las canciones”. Harris y sus compañeros (incluyendo a Dickinson, sin créditos por alguna razón contractual) aprovecharon la ocasión, y produjeron canciones complejas con letras inteligentes que se adaptaban muy bien al registro dramático del nuevo cantante. El LP, grabado y mezclado en cinco semanas, es uno de los hitos del metal: el galopante sencillo Run to the Hills llegó a las listas casi en todos ladoa menos en Estados Unidos, donde a pesar de todo el video tuvo rotación en MTV. La canción que da nombre al álbum es obligatoria en los set lists; y Hallowed By the Name fue una de las primeras canciones épicas de Maiden,y una de las más durables. S.S.

3. Judas Priest, British Steel (1980)




En los 70, el metal británico –el gruñido grave de Iron Man, el riff lento de Smoke on the Water– estaba a punto de volverse más fuerte y pesado. Pero como se ve en la portada de British Steel, Judas Priest estaba a punto de cambiar la metáfora en algo tan cortante como una cuchilla. “Cuando comenzamos, nuestros álbumes eran muy complejos, nuestras canciones eran muy pre arregladas, un poco autoindulgentes con las pausas principales”, le dijo a Musician el guitarrista Glenn Tipton. “Pero acortamos las canciones, incrementamos la emoción y el tempo e hicimos algo que todo el mundo pensaba que no se podía hacer, que no era aceptable como heavy metal: le metimos melodía”. A pesar de las guitarras distorsionadas y de la actitud intimidante de la vos de Rob Halford, el proceso de composición de British Steel fue limpio y melodioso como cualquier disco pop, desde el poderoso refrán de power-chord de Living After Midnight, hasta el coro futbolero de United. Pero el momento más deslumbrante del álbum tiene que ser Metal Gods, una evocación de robots rampantes impulsada por una batería y un groove de bajo que solo pueden ser descritos como funky. En el caos del metal, lo lento y pesado nunca ganaría la carrera. J.D.C

2. Metallica, Master of Puppets (1986)




Comienza con unas guitarras acústicas tocando una melodía triunfal de sonoridad española, pero esta intro de Battery es solo el preámbulo para los riffs galopantes, potentes y pugilísticos que se escucharan durante la siguiente hora. De principio a fin Master of Puppets es una obra maestra. Solo dos años después de haber introducido bellas melodías thrash salvaje que ayudaron a crear con Ride the Lightning, Metallica perfeccionó el sonido en Master of Puppets con canciones intrincadamente arregladas de mayor duración y un cubrimiento musical más amplio. Master of Puppets, escrita por James Hetfield luego de sentirse asqueado luego de ver a unos drogadictos desmayarse en una fiesta, tiene una duración de mas de ocho minutos y combina el thrash con tintes de hardcore; solos jazzísticos y líricos; y un psicodrama maniático – además es la canción más pedida en los conciertos de la banda. Por otra parte, The Thing That Should Not Be es un tema cargado de rock, Welcome Home (Sanitarium) es la Atrapado sin salida de las baladas metaleras, y la instrumental Orion –que presenta unos brillantes solos de Cliff Burton, quien murió en 1986 en la promoción de Master– suena como una composición de música clásica tan llena de drama musical que si tuviera letra se anularía su efecto. Leper Messiah, cuyo título hace referencia a Ziggy Stardust de David Bowie, servía como premonición para el camino más radiable que tomaría la banda con el Álbum Negro en 1991. Solo tres años después de haber lanzado Kill ‘Em All perfeccionaron el sonido del thrash: Battery va a 190 beats por minuto, y la canción de cierre Damage Inc deja perplejos a los oyentes con ritmos extremadamente veloces de principio a fin. Por su parte Disposable Heroes es como una clase magistral del thrash con sus ritmos militares, coros pegajosos y con Hetfield gritando “Back to the front!”. Master of Puppets es el sonido de una banda en su pico más alto, y es el álbum que hizo a Metallica. “Cuando oigo Master of Puppets ahora, me siento y digo ‘¿Qué demonios? ¿Cómo haces eso?’” Comentó Las Ulrich con una carcajada en 2016. “Es una música muy bien hecha”. K.G.

1. Black Sabbath, Paranoid (1970)




Es imposible imaginar en qué se hubiera convertido el heavy metal sin el icónico y sombrío riff de Iron Man, la densidad musical de War Pigs y la rapidez y fogosidad de Paranoid. “El álbum es importante porque es el modelo del metal”, escribió Rob Halford en las notas del relanzamiento del álbum en 2016. “Llevó al mundo a un nuevo sonido y a un nuevo escenario”. Desde la primera canción hasta la última. La voz cortante de Ozzy Osbourne describe varios de los temas que se presentarían en el metal en las próximas generaciones: condenación inminente, drogadicción, guerras nucleares, brutalidad, autocracias descuidadas, amor cósmicamente desventurado y desilusión general. La música es oscura y sombría con riffs bluseros de guitarra que otros grupos han copiado irreconociblemente. El álbum incluso tiene un solo de batería.

Tal como lo han contado los miembros de la banda a lo largo de los años, llegaron al sonido de Paranoid a través de interminables toques antes de ser famosos, llegando a interpretar varios sets por noche en bares de Hamburgo y Zürich ante un público casi inexistente. Extendían un tema como Warning, la épica canción blusera de Black Sabbath, hasta el punto que les dio el riff principal de War Pigs, una canción que originalmente se llamaba Walpurgis y narraba una misa negra. Rat Salad tenía un solo de batería de Bill Ward y durante la primera época podía durar hasta 45 minutos. El ominoso bajo de Hand of Doom de Geezer Blutler, quien también escribió la mayoría de las desoladoras letras de Paranoid, surgió gracias a la improvisación. Y la funky Fairies Wear Boots fue libremente adaptada de una pelea increíblemente violenta en la que la banda se vio envuelta con un grupo de skinheads luego de un concierto en el norte de Inglaterra (la ofensa fairy [hada] tenía como propósito emascular a sus atacantes, quienes llevaban botas puestas). Butler escribió acerca de su propia desilusión y la mezcló con un poco de ciencia ficción en Iron Man (que no tenía nada que ver con el personaje del comic de Marvel). Para el bajista, quien, como el resto de la banda creció en un ambiente lúgubre de la posguerra –la bombardeada Birmingham, en Inglaterra– fue fácil describir distopías como aquellas de War Pigs y Electric Funeral. También compuso la canción hippie Planet Caravan, con bongos, una guitarra flamenca y jazzera, y una letra fría, distante y fantástica acerca de sentirse perdido en el espacio. Y simplemente describió su propia depresión en Paranoid, una canción desechable compuesta de afán para rellenar un lado del LP, que tenía frases como, “Haz un chiste y yo suspiraré, y tú reirás y yo lloraré”. Sin embargo, se convirtió en un éxito impresionante y es una de las canciones más tocadas de la banda. Paranoid era el sonido de la realidad de Black Sabbath, una súplica por un entendimiento que resonaría con millones de personas que sentían el mismo desafecto, muchas de las cuales formarían grupos como Metallica, Pantera y Slipknot –bandas que cambiarían la cara del metal, así como del mundo. “En el Ozzfest las bandas me decían que Sabbath era su mayor influencia”, dijo Osbourne alguna vez. “Yo oigo a esas bandas y digo, ‘¿En qué parte los influenció Sabbath?’, no me suena para nada a heavy metal”, comentó Buttler en alguna ocasión. “Pero es mejor ser llamados inventores en vez de seguidores”. De todas formas, el fue el llamado del metal a las armas, y ha sido respondido vigorosa y apasionadamente desde entonces”. K.G.

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