María Fernanda Cabal: miente, miente, que algo queda

Una reflexión sobre la representante que todos deberíamos olvidar

POR LAURA VÁSQUEZ ROA | 30 Nov de 2017

<p>Imagen tomada de las redes sociales de la Representante María Fernanda Cabal</p>

Imagen tomada de las redes sociales de la Representante María Fernanda Cabal


Por estos días alguien compartía en redes la frase del clásico de George Orwell, 1984, donde el lema del Gran Hermano era “Quien controla el pasado controla el futuro, quien controla el presente controla el pasado”. En esa novela las estrategias más usadas por el Gran Hermano consistían en la manipulación constante de la prensa, de la literatura y por supuesto, de los medios de comunicación, algo que nos suena bastante familiar en esta época.

Nos encontramos en una era donde no solo los medios de comunicación tradicionales le hacen juego a cualquier titular amarillista a cambio de un clic, sino que además las redes sociales amplían la difusión irresponsable de cualquier idea que genere visitas. En este contexto es que podemos entender a políticos como la representante a la cámara por Bogotá, María Fernanda Cabal.

Una mujer que llegó a su puesto por un partido con lista cerrada tiene que hacer todo el ruido posible para destacarse. ¿Cómo sobresalir cuando no se tiene nada que lo distinga? Tras cada nueva declaración que para muchos es absurda y desesperante, Cabal sigue sumando escaños en eso que llaman en mercadeo top of mind. Esto quiere decir que poco a poco se va haciendo más visible ante el público, esperando que su capital político sume algo y en unas futuras votaciones la gente sepa que existe.

Con las últimas declaraciones sobre el doloroso episodio de la Masacre de Las Bananeras, un momento clave para entender la intervención de las multinacionales en nuestras tierras y el apoyo del Estado colombiano a los poderosos a costa de los más débiles, quedó claro que en este juego sucio todo vale. El mensaje puede tener o no propósito más allá del de hacer ruido. Si lo tiene tal vez sea parte de una peligrosa práctica de jugar con el pasado para controlar el presente y el futuro, como decía Orwell.

No solo Gabriel García Márquez se interesó por dejar una huella en nuestra memoria sobre el horrendo hecho en su célebre Cien años de soledad. Los historiadores han vuelto al tema en más de una oportunidad e incluso en plena polémica, circularon aquellos documentos de 1928 en que el embajador de Estados Unidos en Colombia, Jefferson Caffery, reporta en un telegrama que el asesor legal de la United Fruit Company indicó que el “total de huelguistas muertos por las autoridades militares colombianas estaban entre 500 y 600”. Sin embargo esto no es un asunto de cifras. El mismísimo Jorge Eliécer Gaitán lideró en el Congreso un debate sobre el tema; la Masacre de las Bananeras no fue un invento, no fue un combate entre grupos armados, ni un recurso literario del Nobel de Literatura. Fue real, aunque la señora pretenda borrarla de la historia, como pretende borrar a los desaparecidos del Palacio de Justicia, que según ella “están apareciendo”. Sí señora, están apareciendo, pero muertos.

El papel de los actores económicos en el conflicto colombiano siempre pasa de agache. Cuando se cuestiona termina reducido a las alusiones del “castrochavismo”, del comunismo, del mejor no reclame porque en Colombia no se puede cuestionar el orden económico ni social. De ahí el miedo a cualquier comisión para reconstruir la historia del conflicto y en donde muchos han salido beneficiados.

La representante Cabal de bruta no tiene un pelo, pero de eso ya nos hemos dado cuenta. Ahora lo que nos debe preocupar es cómo responder a esa estrategia, no solo como medios de comunicación sino como sociedad. ¿La ignoramos? ¿le respondemos?

Presentar este tipo de “noticias” sin contexto alguno, sin compromiso editorial y sin cuestionamiento nos hace un gran daño como país. A esto se le suma que luego de un titular de este talante no valen rectificaciones de ninguna clase. El o la incendiaria de turno tiene los micrófonos a su alcance. Lo de Cabal es el ejemplo más reciente de cómo los medios les hacen el juego a los poderosos sin ningún tipo de posición ética, ¿por qué? Porque un titular amarillista es rentable para los medios, sin importar el daño que produzca en una población parcializada y muy desinformada.

En un mundo más responsable, lo lógico sería que una intervención tan insensata e incendiara fuera cubierta, sí, pero con un contexto. Que tenga voz como cualquier ciudadana, pero que se aclare que es una falsedad lo que está diciendo y que hace parte de una estrategia política. Que se diga así, sin rodeos.

Desafortunadamente estamos atravesando un momento muy complejo en términos de opinión y comunicaciones. El supuesto deber ser de oír “todas las voces” (el cual está muy bien), se ha convertido en excusa para que el discurso de odio se instale en nuestra cotidianidad sin que nadie realmente le haga cara.

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