Paz, amor y muerte

Un festival fue un sueño hippie utópico, el otro fue una pesadilla total. Para ROLLING STONE, Woodstock y Altamont fueron oportunidades para demostrarle al mundo lo que la joven revista era capaz de hacer

POR DAVID BROWNE | 27 Mar de 2017

<p><b>​Foto: Photofest</b></p>

​Foto: Photofest


Las imágenes no podrían haber sido más distintas. La portada del 20 de septiembre de 1969 de ROLLING STONE mostraba a un hombre y un niño desnudos en un lago, la esencia de la gentileza hippie. Unos meses más tarde, la foto de portada de la edición 50 de RS [enero 21 de 1970] fue una antítesis nefasta: una multitud amontonada y ansiosa y unos fragmentos de rayos de sol tratando de asomarse a través de la niebla. El titular de la portada mencionada al comienzo —Woodstock: 450.000— fue una celebración. El de la última, fue macabro: Let it Bleed.

A comienzos de 1969 los festivales de varios días se habían convertido en parte del panorama del rock & roll. Pero como el personal de la revista estaría por descubrirlo, las preconcepciones acerca de lo que podía ser un festival —o qué tan mal podían salir las cosas— estaban por salir a la luz. La cobertura de Woodstock y Altamont puso a prueba al personal como nunca antes y demostró definitivamente que ROLLING STONE era hogar de un periodismo serio, sin importar el tema y qué tan cerca ocurriera de casa.

ROLLING STONE, entonces con sede en San Francisco, envió un pequeño equipo a Bethel, Nueva York, para cubrir Woodstock en agosto de 1969: el jefe de la oficina de Nueva York, Jan Hodenfield, el editor de reseñas, Greil Marcus, y el fotógrafo, Baron Wolman. El primer día, en el que se destacaban artistas como Richie Havens y Melanie, Marcus no estaba impresionado con la música, el ambiente vaporoso ni el hacinamiento, que recuerda como “desagradable e incómodo”. Pero cuando regresó al segundo día, después de lluvias y relámpagos, sintió un cambio importante. “El sentimiento general era: ‘Todos estamos atrapados en este montón de barro y vamos a pasar un buen rato sin importar lo que pase’”, dice. “Era imposible no contagiarse”.

Pocos (o probablemente nadie) se imaginaron lo trascendental que sería Woodstock. “Iba a ser un gran evento, pero nadie sabía lo inmenso que se iba a volver”, dice el editor y director de ROLLING STONE, Jann S. Wenner. “Así que aparecimos con esa portada”. Trabajando con rapidez, Hodenfield redactó una historia que narró el fin de semana detalladamente, desde las puertas rotas y la seguridad adicional que no se presentó por los problemas de dinero del festival, hasta el barro y la lluvia que hicieron que la multitud pareciera un “campamento de refugiados devastados”. Marcus, que había alternado entre estar parado en la multitud y un lugar elevado al lado del escenario junto a músicos como Neil Young, escribió una pieza que ordenaba comentarios diarios sobre la música y los shows.

“Mi pieza tiene mucho de ingenuidad, pero sentí que la multitud estaba sacando cosas de los músicos que ellos no sacarían bajo ninguna otra circunstancia”, afirma. “Fue la sensación de estar en la historia y vivir en otro país, aunque solo fuera por un fin de semana”. ROLLING STONE se convirtió en la fuente más confiable de las glorias y dificultades de ese fin de semana, especialmente a la luz de la cobertura, a menudo confusa, por parte de los medios de comunicación comerciales, que no sabían qué decir de Woodstock.

Con un cartel que incluía a los Rolling Stones, Grateful Dead, Santana, Crosby, Stills, Nash and Young y a Jefferson Airplane, el Altamont Speedway Free Festival, en diciembre de 1969, estaba destinado a hacer su propia historia. Como el show era al oriente de San Francisco, gran parte del equipo de la revista —incluyendo a Marcus, al gerente editorial, John Burks, al crítico de cine Michael Goodwin y a los escritores Lester Bangs, Langdon Winner y John Morthland— se dirigió al Altamont Speedway, ya fuera para reportar o simplemente para disfrutar de la música. “En la costa oeste había un intenso deseo de hacer una versión mejorada de Wodstock”, recuerda Winner. Sin embargo, desde el principio había un sentimiento de aprensión.

“Al llegar uno sentía que algo malo iba a suceder”, dice Goodwin. “La gente parecía tensa y asustada”. Winner recuerda cómo los asistentes derribaron vallas y postes de madera y les prendieron fuego. Marcus, situado al frente del escenario, relata cómo los Hells Angels, contratados como seguridad, golpearon a un hombre desnudo con tacos de billar. El editor, que más tarde llamaría a este “el peor día de su vida”, terminó siendo empujado sobre el escenario y luego fuera de él, para finalmente instalarse en el lo alto de un autobús, cuyo techo colapsaría por el peso de otras personas. Más adelante, vio a una mujer desnuda que también sufrió la ira de los Hells Angels. “Ella estaba caminando hacia mí y alguien le había dado una manta que arrastraba tras ella”, dice Marcus. “Estaba llena de moretones y sangre. Nunca había visto algo tan espantoso en mi vida”.

Muchos periódicos locales pintaron un retrato optimista de Altamont. Pero la mañana siguiente el equipo de ROLLING STONE se enteró de una serie de horrores: un joven afroamericano, Meredith Hunter, había sido apuñalado hasta morir por uno de los Angels, cuando sacó una pistola en medio de la multitud, y otras tres personas habían muerto, dos atropelladas por un carro y otra más ahogada en una zanja. En un comité editorial poco después, Burks y Marcus se sentían abrumados al relatar las terribles escenas que habían presenciado, hasta que Wenner los ayudó a concentrarse. Marcus recuerda: “Nunca olvidaré a Wenner mirándonos en la mesa y diciendo: ‘Vamos a cubrir esto de arriba a abajo y vamos a responsabilizar a los culpables. Adelante’”. Como dice Wenner, “nuestra misión era lo que ROLLING STONE defendía. No íbamos a bajar la guardia en nuestras críticas”.

Con Burks a la cabeza el personal comenzó su trabajo: entrevistas, testigos, la policía y músicos como David Crosby y Mick Taylor. Marcus rastreó a la hermana de Hunter, quien le dijo que nadie en la familia había oído nada por parte de los Stones. Goodwin, que había llevado una grabadora al festival, hizo una pequeña pero valiosa contribución. Cuando empezó a oír a Mick Jagger conmocionado, hablando a la multitud, repitió en su grabadora todo lo que el cantante decía, dándole a la revista una exclusiva accidental. “Sentíamos una responsabilidad”, dice Marcus. “Si no cubríamos esto ni mostrábamos lo que realmente había sucedido, y todo lo que ese día había significado para la cultura de la que todos hacíamos parte, este evento hubiera desaparecido de la historia o quedado como el Woodstock del Oeste, que era lo que se estaba oyendo o leyendo por todas partes”.

La historia recopilada por Burks y difundida en más de 14 páginas, mostraba un panorama terrorífico que no vacilaba en implicar a los Stones, a su equipo ni a los promotores involucrados en el show. Muchos factores —el cambio de último minuto del lugar del concierto a la inhóspita pista, la contratación de los Hells Angels por parte de los Stones— habían dado pésimos resultados. “Altamont fue producto de un egoísmo diabólico, del bombo publicitario, de la ineptitud, la manipulación de dinero y, sobre todo, de una falta de preocupación por la gente”, decía el texto de la historia. “El cubrimiento de ROLLING STONE hizo que la revista saliera del underground y se estableciera como la voz periodística de su generación”, dice el veterano periodista Joel Selvin, autor de Altamont: The Rolling Stones, the Hells Angels and the Inside Story of Rock’s Darkest Day. “Solo ROLLING STONE capturó la verdadera historia, y la divulgación que hicieron fue brillante. Los policías que investigaron el asesinato tuvieron que leer el ejemplar para conocer acerca de su caso. Los reporteros de la revista estuvieron en la escena. Los policías se perdieron”.

El mundo se enteró. Let It Bleed ayudó a que ROLLING STONE ganara uno de sus dos National Magazine Awards en la categoría de periodismo especializado (ese mismo año la entrevista de David Dalton con Charles Manson desde prisión también ganó uno de estos premios). Viniendo de su cubrimiento del entusiasta Woodstock, Let It Bleed detalló la forma como Altamont, celebrado el último mes de los 60, obtuvo un significado cultural: si Woodstock fue el sueño utópico hippie, Altamont fue su pesadilla alterna. “Fue la primera vez que tuvimos el reto de manejar una gran historia noticiosa, algo muy controversial, algo muy diferente a una celebración de rock & roll y a todas las cosas maravillosas que ocurrían allí”, dice Wenner. “Fue el lado oscuro de la cultura hippie y del rock & roll, y desafió las convenciones de nuestros lectores y nuestra generación. Era difícil asimilar la idea de alguien siendo golpeado con un taco de billar en un concierto gratuito”. “Nadie ha vuelto a hablar del ‘Woodstock del Oeste’ desde entonces”, resalta Marcus con orgullo.

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