¿Podrá Jack White cambiar su línea?

Se convirtió en leyenda del rock incorporando el pasado. Ahora, el último héroe de la guitarra busca cómo vivir en el futuro

POR BRIAN HIATT | 12 Apr de 2018

<p>White en su nativa Detroit, en febrero. <i>Fotografías por Pari Dukovic</i></p>

White en su nativa Detroit, en febrero. Fotografías por Pari Dukovic


Hace algunos años, mientras corría una noche de invierno en Detroit, Jack White le dio un puñetazo a un hombre en la cara (según el informe policial, lo golpeó en más de una ocasión). Fue el final de una disputa entre dos rockeros, por allá en 2003, cuando las peleas y el rock de garaje todavía existían. Se sabe que White guarda rencor, que a veces envía correos electrónicos intemperantes y que en ocasiones maldice por fuera del escenario.

No siente ningún remordimiento. Sí, lanzó algunos puños. “Claro, pero Johnny Cash también hizo lo mismo”, dice el músico, sentado en la oficina de su sello discográfico Third Man Records en Nashville. “Al igual que Sid Vicious y Jerry Lewis”. Luego deja salir una risita estridente —en la que sobresalen unos dientes disparejos— y corrige lo que dijo: “Jerry Lee Lewis. ¡Aunque estoy seguro de que Jerry Lewis también! Si le dijeras puta a la mamá de Johnny Cash en un bar, ¿esperarías que no reaccionara? ¿Qué pasaría si empujaras de su moto a uno de los Hells Angels? Es una locura hacer algo que sabes que ofenderá a otra persona y no esperar repercusiones”.

Jack White tiene su temperamento. “Llevo todas las emociones a los extremos. Felicidad, celos, rabia, emoción, pasión, lujuria… y a la hora de crear no les pongo ningún límite”, comenta. “Estoy seguro de que si alguien hubiese interrumpido a Miguel Ángel mientras pintaba, y él se hubiera enojado, nadie discutiría el hecho de que estaba en todo su derecho”.

El músico viste jeans negros, zapatos de gamuza y una camiseta de manga larga con un insusual collar de Star Trek. Después de coquetear con un look rockabilly, nuevamente tiene su pelo negro hasta barbilla, exactamente como en la época de los White Stripes. En contraste con la palidez de su piel, se ve casi como un efecto especial.

“Creo que muchas emociones han sido satanizadas a lo largo de los años”, continúa, “como si nunca hubieran existido en el mundo. Sin venganza, enojo y emociones negativas, ¿cómo habríamos ganado la Segunda Guerra Mundial?”. Luego se inclina, fuma su cigarrilo y echa las cenizas en un precioso cenicero de plata y vidrio.

El artista todavía está dispuesto a decir cosas, incluso en una época en la que los famosos son atacados en las redes por decir cualquier cosa vagamente provocativa; en la que la única manera de hacer una entrevista sensata es teniendo una cautela extrema. A él no le preocupan los trinos sarcásticos. Si alguien no es capaz de decirle algo en la cara lo tildará de cobarde.

Y es que Jack White no lo es. En general, no siente miedo. De eso da fe el álbum que está a punto de lanzar, el maniático Boarding House Reach, en el que el músico, de 42 años, explora su lado más arriesgado: coros Gospel de Dylan (por Regina McCrary, que giró con Bob en su fase de rock cristiano), pianos jazzeros, baterías electrónicas, sintetizadores, congas, pasajes hablados, ediciones discordantes y una atmósfera general que recuerda que Captain Beefheart siempre ha sido una de sus influencias musicales.

Hay que tener en cuenta lo siguiente: a esta edad, Jack White está en el punto exacto de la carrera de los músicos donde tendemos a subestimarlos. En 10 años será una leyenda indiscutible. Así que vayamos al futuro. Incluso si usted está seguro de que el rock está muerto (no lo está), nadie en este siglo le ha inyectado tanta adrenalina como el señor White. Sin mencionar que compuso el único riff de guitarra, en la memoria reciente, que se ha convertido en un canto de estadio a nivel mundial. Solo con base en los seis álbumes de White Stripes —aparte de los Raconteurs, Dead Weather, su trabajo en solitario y una serie interminable de producciones— él ya tiene un merecido lugar en el canon de rock clásico. De vieja escuela y convertido en padre de familia, estamos ante un artista que no ha dejado de evolucionar. Todavía tiene un rumbo y continúa creciendo.

A Jack White le gusta complicarse. Las razones artísticas detrás de este ethos son claras (“Tienes que tener un problema/si quieres inventar un artilugio”, cantó alguna vez), los orígenes psicológicos no tanto. ¿Estarán en el catolicismo? Hay una foto de un pequeño Jack White, cuando aún era Jack Gillis, conociendo al papa Juan Pablo II. Claramente White tiene una inclinación a autoflagelarse: “Estoy sangrando ante el Señor”, canta en Seven Nation Army. ¿Estarán relacionados con ser el séptimo de siete hijos y el décimo en general, con unos padres que estaban muy cansados de la paternidad como para imponerle demasiadas restricciones a su hijo menor? Probablemente. En su adolescencia pensó ser militar o sacerdote y terminó comenzando una compañía donde los empleados usaban uniformes.

En Third Man, White es su propio jefe —aunque está asociado con Sony—. A veces añora haber estado en una época en la que una disquera grande lo hubiera tratado de limitar para haberla podido desafiar. “Es fácil rebelarse contra eso y hacer algo fresco y nuevo. Pero estoy en la era de la música independiente, donde no hay reglas, por eso siempre me he impuesto mis propias restricciones. Los White Stripes, por supuesto, se basaban en lo que White alguna vez llamó “la liberación de la limitación de uno mismo”. Y aunque el músico expandió los límites con el tiempo, la banda estaba construida alrededor de apenas tres elementos: su voz, su guitarra y la batería —muchas veces subvalorada— de su exesposa Meg.

Pero sus reglas a veces parecían rayar en el masoquismo, si no en la patología. En alguna oportunidad White le dijo al célebre productor de Radiohead Nigel Godrich que estaba mezclando un álbum de Dead Weather sin automatización, lo que significaba que él y un ingeniero tenían que hacer todos lo ajustes en tiempo real.

“Llevábamos como dos minutos de una canción”, recuerda White contándole a Godrich, “y nos dimos cuenta de que se nos había olvidado la reverberación en la voz del coro, entonces empezamos de nuevo”. Godrich estaba horrorizado. Las primeras consolas automáticas se remontan a 1973 más o menos. Apenas son juguetes digitales. “Él no lo podía creer”, recuerda el músico. White no sabía bien cómo explicarle. “Tengo que hacerlo de ese modo”, le dijo. “En mi corazón tengo que saber que fue hecho correctamente, con dificultad”.

Pero fue Chris Rock quien lo logró disgustar. “¡A nadie le importa cómo se hace!”, le dijo. Estaba bromeando, aunque no del todo.

“Ojalá no me hubiera dicho eso, por que me ha atormentado”, dice White. “He construido toda mi creatividad artística basado en esto. ¡Pero él tiene razón, porque a nadie le importa un carajo! Ni siquiera a los músicos”. Entre risas cuenta la reacción de los “músicos modernos” cuando les muestra sus equipos, las cintas, la consola de grabación Neve, etc… “‘Yo tengo un computador’, me dicen”, comenta el artista.

No pueden haber sido solo las palabras de Chris Rock. Quizá sea la edad o la inquietud, pero White se ha comenzado a relajar. “Tenía que dejarlo pasar”, dice. “Este álbum es la culminación de pensar que ya no me importaba. Quería que sonara así. No me importaba el proceso”. Eso no quiere decir que White no se impusiera una serie de parámetros complejos y arbitrarios, porque sí lo hizo. Comenzó a hacer demos en un apartamento alquilado donde recreó el estudio de cuatro canales de su juventud y empezó a componer en su mente, sin instrumentos.

Viajó a Los Ángeles y Nueva York con músicos que no conocía; algunos de ellos habían tocado en vivo con raperos como Kendrick Lamar. “Algunas canciones tienen tres o cuatro bateristas”, dice White, quien al terminar regresó a Nashville a “pegar todo el material”, como dice el ejecutivo de Third Man, y amigo suyo de vieja data, Ben Swank. “No sé si se estaba sintiendo en una rutina o algo por el estilo, pero parecía estar inspirado por estar haciendo las cosas de otra forma”, dice el ingeniero de sonido Joshua Smith.

Llevó los tracks a la cinta, como de costumbre, pero para la edición recurrió a Pro Tools, un programa digital al que, no hace mucho tiempo, condenó como “engaño”. Dijo que mudarse a un reino donde la música se pudiera mejorar con un click de un mouse era “algo realmente aterrador”. White dejó de lado sus guitarras de casa de empeño. Todo comenzó cuando vio una entrevista de Eddie Van Halen promoviendo su último modelo de guitarra llamado Wolfgang Special. “Dijo: ‘Yo quería algo que no me diera problemas’”, comenta White. “Pensé: ‘Esas son las palabras mágicas con las que estoy totalmente en desacuerdo. Y es por eso que tocaré con su guitarra’”.

Así las cosas, White envió a Smith a conseguirle una guitarra y un amplificador 5150, y al cabo de un rato estaba tocando con velocidad algunos covers de Van Halen (algo que no se ve con frecuencia). El amplificador no duró mucho, pero también compró una guitarra modelo St. Vincent —“Me encanta que ella haya hecho guitarras para mujeres”— y una Jeff “Skunk” Baxter. Cuando White deslizó sus dedos por los trastes quedó estupefacto. “Dios mío, si la gente supiera lo difícil que era tocar en guitarras de mierda… ¡porque yo no lo sabía!”.

Antes de almorzar, White me muestra algo que perteneció a un antiguo asilo mental. Se trata del libro de control del Alton State Hospital, un libro de recuerdos de 10 kilos hecho por algunos de los 15 mil pacientes del sanatorio de Illinois durante los años 30, que relata sus vidas a través de prosa, poesía, imágenes e incluso pequeñas versiones de alfombras y vestidos cosidos por ellos. “Voy a leer esto el resto de mi vida”, me dice, “mientas hojea con reverencia”.

¿Pero dónde lo consigió? “Esto hacía parte de una subasta”, dice. Al día siguiente me muestra una licencia de conducir que pertenecía a un tal Frank Sinatra, de 28 años, otro producto de una puja ganadora (es divertido, aunque tal vez no es preciso, imaginarse a White y a Nicolas Cage en estas subastas sentados en medio de un auditorio vacío, pujando entre sí de manera indefinida).

En ocasiones comprar estas cosas produce una recompensa artística. El año pasado White compró un manuscrito musical escrito por Al Capone en Alcatraz (en los años 20, incluso los gángsters sabían leer y escribir música) de una canción llamada Humoresque: “Tú llenas mi corazón y lo emocionas con la alegría de una tranquila sinfonía”. Capone, al parecer, tocaba el banjo tenor en una banda de la prisión con Machine Gun Kelly en la batería. La canción está basada en una obra de Dvořák. No fue compuesta por Capone. Sin embargo, White terminó grabándola como tema de cierre en su nuevo álbum. Lo conmueve la idea de que un famoso asesino tuviera debilidad por “una canción tan dulce y hermosa”. “Eso demuestra lo que estábamos hablando antes”, prosigue. “Los seres humanos son criaturas complicadas con muchas emociones en su interior”.

‘Steampunk’ Jack White en las calles de Detroit en febrero.
Steampunk’. Jack White en las calles de Detroit en febrero.


White se pone una chaqueta de los Detroit Tigers y se dirige al garaje de Third Man en donde tiene parqueado su Tesla. Es un día lluvioso en Nashville. En su carro suena un canal de hip hop de Slacker Radio. El músico no carga celular, lo que significa tener “una enorme libertad”. También quiere decir que hace días tuvo que caminar cuando se le pinchó una llanta en la autopista.

Nos acercamos a un estacionamiento cerca de un restaurante, y él entra y se sienta en una silla de espaldas a la pared. “Cuando camino”, dice, “asumo en todo momento que alguien está a punto de tocarme o de decir mi nombre. Es una forma extraña de existir. Es como si siempre estuvieras a la defensiva. Nadie nos ha dicho nada en los últimos cinco minutos, pero el cerebro lo está experimentando, así que es casi como un instinto de cavernícola. Estás de turno”.

White pide un aperitivo de hummus y una ensalada de coles de Bruselas con pollo. Está en una “paleo dieta”. Él describe su régimen de ejercicio de la siguiente manera: “Corro tan rápido como puedo, durante peridodos cortos”. Es mi turno de reír. “Es cierto! ¡Sí! Corro a toda velocidad… en una trotadora. No puedo correr afuera. Es muy peligroso correr tan rápido afuera con piedras y toda esa mierda, probablemente me rompa un tobillo. Pero sea cual sea la velocidad máxima de la trotadora, lo hago. Durante periodos cortos. Para que no me dé un infarto o alguna mierda”. También piensa que los seres humanos están destinados a correr. “Corres tan rápido como puedes para alcanzar a un alce. Luego te escondes por un par de minutos y vuelves a correr rápido”.

A pesar de sus simpatías por los cavernícolas, él es, en muchos sentidos, un progresista. “¿Por qué no te largas?”, cantó, proféticamente, en 2007. “¡Tú también eres un inmigrante!” “Los EE. UU. están aprendiendo que un sistema bipartidista no funciona”, dice. “Están aprendiendo que su Colegio Electoral es un remanente ridículo del pasado… que las estrellas de los realities no deben estar al mismo nivel de los políticos… que un solo ser humano tiene la capacidad de aniquilar a la humanidad. ¡Qué ridículo!”.

White menciona su simpatía por el controvertido autor y filósofo de YouTube, Jordan Peterson, aunque aparentemente solo lo ha visto hablando de religión. “Tiene más inteligencia en su cerebro de la que su cuerpo puede manejar”, dice. Más adelante menciono los pensamientos antifeministas, antitransexuales y anticorrección política por los que también es conocido Peterson. “No sabía nada de eso”, dice White. “¡Tal vez debería dejar eso ahora!”.

Cuando White era joven, sus padres vivían en en un barrio cambiante de Detroit, en donde él era uno de los únicos chicos blancos de su colegio. “Realmente se tiene una perspectiva de lo que es ser alguien de una minoría, entre comillas”, dice. Sus hermanos compartían su amor por el rock & roll, pero no muchos lo compartían. “Siempre había instrumentos en su casa”, dice Ben Blackwell, su sobrino, quien también es ejecutivo de Third Man. “Recuerdo que cuando tenía cinco o seis años me mostraron las partes de una batería. Y Jack me mostró a los miembros de Led Zeppelin”.

White recuerda una oportunidad que dejó pasar en su barrio. En cierta ocasión él y su amigo, el bajista Dominic Davis, quien ahora es un músico de sesión que estará en la próxima gira de White, fueron invitados por un chico afroamericano de su clase que tocaba piano y saxofón. “Nos dijo: ‘Oigan, conozco a dos chicos de su barrio, deberían tocar con ellos’. Fuimos y había unos chicos mexicanos tocando punk. Pero sus letras me daban miedo, hablaban de suicidio, de mierdas pesadas que yo no conocía. Hasta el día de hoy pienso que deberíamos haber formado una banda con ellos. “Tenían mucha actitud. ¡Debía haber sido muy extraño tocar punk en ese barrio y ser mexicanos!”.

No hace falta decir que White está lleno de pasiones excéntricas. En nuestro almuerzo —muy agradable, por cierto— con poco preámbulo, se embarca en una extensa diatriba sobre su “relación de amor y odio con las enfermeras” que merece ser interpretada como un monólogo teatral. Comienza con un cálculo renal que apareció mientras conducía una camioneta con Meg, y con una enfermera que lo callaba cuando se quejaba del dolor luego de que le apareciera otro cálculo años más adelante. “¡Le dije a la enfermera que cómo se atrevía a callarme cuando me estaba muriendo del dolor! Se supone que están ayudando a alguien que está sufriendo. Es como hablar con un policía. ¡Escuchan tanta mierda todo el día que no quieren oír lo que tienes que decir! No quisiera tener su trabajo. Es un trabajo muy duro, eso está claro”.

Si las bandas de rock fueran más cercanas al centro de la cultura popular, White podría ser aún más famoso de lo que es. Pero él piensa de otro modo: “Poco a poco escogí el lugar más difícil para vivir, y es en el medio”, dice, de vuelta en su oficina. “Es más fácil ser una gran estrella de pop o una banda underground y ser el desamparado. Porque el escrutinio viene de dos direcciones diferentes. Hay gente que quiere que suene lo mismo, hay gente que quiere que uno haga algo diferente, hay quienes quieren que uno sea oscuro, otros quieren que uno suene en radio cuando van camino al trabajo”.

En cualquier caso, no cree que el estrellato sea para él. “La mayoría de la gente en el mundo del pop se burlaba de mi aspecto”, dice. “Entiendo que por alguna razón les parecía raro. ¡Decían que me parecía al joven manos de tijera!”.

Alguna vez bromeó diciendo que nunca lograría su “sueño de ser un negro en los años 30”. Y aunque es consciente del pensamiento de que todo tiempo pasado fue mejor, de los peligros de mirar atrás y solo ver lo bueno de ciertas eras, a veces anhela el pasado. “Es difícil olvidar el horrible racismo y el tratamiento hacía los homosexuales y las mujeres en los años 20”, dice, “pero, al mismo tiempo veo un clip de un músico tocando en un bar en Chicago y me pregunto por qué no nací en esa época y por qué no pude haber lanzado mis primeros álbumes cuando había tanto espacio para irrumpir en los 60”.

Probablemente White es el único blusero blanco que ha tenido éxito, y su perspectiva sobre la apropiación cultural es cuidadosa y matizada. “Definitivamente hay una familia de músicos”, dice, “y cuando uno toca con gente de diferentes culturas, a nadie le importa el color de la piel”. Hay personas que se han aprovechado de otras culturas y han ganado dinero. Los negros inventaron todo. Inventaron el jazz, el blues, el rock & roll, el hip hop. Son artífices de lo novedoso. Desde el sur de los EE. UU. su música se expandió por el mundo, y esa es una de las historias más increíbles de todos los tiempos, es una analogía de la Cenicienta: la música que se tocaba en los patios de las casas del Delta se volvió global. Te hace llorar, es hermosa. Pero había gente que no compraba un disco de Little Richard, sino que compraba la versión de Pat Boone…”. Sin embargo, a White le molesta el patuá jamaicano fingido. “No me importa que tomen el ritmo, pero me parece insoportable que hagan un acento falso”.

Exclusiva

En familia

Jack y Meg White en uno de los primeros shows de los White Stripes en Michigan, 1999.

White se ha vuelto fan de las voces del hip hop, y en una de sus nuevas canciones hace algo muy parecido al rap. Hay una foto enmarcada de Slick Rick en la pared de su oficina, no muy lejos de las fotos de Loretta Lynn e Iggy Pop. En su primera década de fama, White despreciaba al género públicamente, a pesar de que en su infancia oía a LL Cool J y a RunDMC mientras jugaba en las calles de Detroit. Mucho de eso era mi trabajo como artista. En mi mente, mi papel es nunca asociarme con el statu quo. En ese momento, lo digital estaba despegando… por eso mi labor era predicar la idea de mostrar a una persona cantando y tocando un instrumento. De ratificar el blues. Sé que era una opinión impopular”.

Pero las cosas cambiaron cuando se metió a un estudio con Jay-Z hacia 2009 y colaboró con algunos tracks que nunca vieron la luz. Sin embargo, algunas versiones de dos de ellos aparecen en el último álbum de White. “Toqué un ritmo de batería y una línea de bajo”, comenta. “Toqué la guitarra y luego él rapeó sobre la música”. El riff de la nueva canción Over and Over and Over se remonta a su época con los White Stripes, y White trató de grabarla durante años, incluso con el propio Jay, quien trató de meterle el coro “under my Ray-Bans”.

La colaboración de White con Beyoncé, años después, fue más productiva. El músico le dio la canción Don’t Hurt Yourself, y ella la convirtió en algo intenso y personal (lo sorprendió que ella usara una de sus voces del demo para la versión final). Nunca la han tocado juntos en vivo, aunque se supone que la iban a tocar en Saturday Night Live: “No sé qué pasó”, dice un poco resignado. También le pidieron que hiciera un arreglo para la canción Daddy Lessons, del disco Lemonade, el cual hizo con la artista country Lillie Mae en la voz. Beyoncé quería un arreglo con raíces country, pero no lo usó.

White sigue de cerca la música actual lo suficiente como para menospreciar a DJ Khaled, especialmete luego de ver la presentación de este año en los Grammy de Wild Thoughts, una canción que se basa en María María de Santana. “Es la canción de Santana en su totalidad”, dice White y se extiende en una diatriba sarcástica. “Fue una buena decisión que se sentara a escribirla, a interpretarla y a grabarla. Es muy talentoso, ¡ha hecho demasiado!”.

Cuando White escribe en estos días, a veces encuentra canciones que claramente deberían estar en alguno de sus proyectos pasados; The Raconteurs o The Dead Weather. Y dice que las deja a un lado. ¿Pero qué pasa si compone alguna de los White Stripes?

Suelta una carcajada. “Eso no ocurre con frecuencia”, dice mientras hace una pausa. “No le estoy diciendo a la gente qué debe pensar de los White Stripes. Pueden pensar lo que quieran. Pero hay que aclarar que, en muchos sentidos, los White Stripes son Jack White como solista”. Esto lo dice de manera casual. “Solo había dos personas en la banda. Yo componía, producía y dirigía. Las melodías eran mías, y el ritmo lo hacía Meg. La gente define las cosas basándose en lo que uno les ofrezca. Estoy seguro de que si Billy Corgan dijera que su álbum en solitario es de los Smashing Pumpkins probablemente vendería el doble”.

Le pregunto si hay alguna posibilidad de que los White Stripes, que se disolvieron en 2011, se reúnan. Me hace un gesto, como si la pregunta fuera un poco extraña. “Realmente no creo que eso ocurra”. White tampoco tiene en mente casarse de nuevo. “Como artista me es muy difícil tener una vida normal”. Está criando dos hijos con su segunda exesposa, y el año pasado hizo una pausa para poder compartir tiempo con ellos.

A veces se pregunta si su intensidad tiene cabida en la música moderna. “Me estoy llevando al límite constantemente”, dice. “Cuando estoy en el escenario a veces pienso si me estoy esforzando demasiado. En los festivales, las bandas tocan siempre lo mismo y la pasan muy bien. Mientras que yo sudo el alma y lo entrego todo. Es duro saber si vale la pena”.

Hace poco vio un video de Bruno Mars en vivo y lo hizo pensar. “Él dijo algo que muchos artistas dicen: ‘Espero que se estén divirtiendo hoy’. Es lo más simple del mundo. Yo nunca he dicho eso, no sé decirlo y no sé qué significa”. Luego parpadea. “¿Realmente por eso estamos aquí?”. En su lugar, White cree el punto es la verdad… “el hecho de llegar a algún lugar verdadero”, dice mientras se estira en su silla. “Tus ideas eran puras y estabas tratando de pulir tu sonido, de hacer algo hermoso”.

Hasta ahora, siempre ha sabido cuál es el siguiente paso. “Nunca me ha faltado la inspiración”. Una parte de mí quisiera sentir ese bloqueo de escritor solo para ver cómo asumiría el reto. Pero la otra parte espera que nunca suceda”.

Al comienzo de mi visita alguien toca la puerta. Es Blackwell, el ejecutivo de Third Man, que trae consigo las tres primeras copias en vinilo de Boarding House Reach, desde la prensa de White en Detroit. White toma una copia en sus manos con gran emoción mientras mira la portada color índigo (el andrógino que aparece en el disco tiene los ojos de White: “Si le cubres los ojos o la boca la figura cambia de género”). “Está genial”, dice mientras despega el plástico del álbum. “Me dijeron que la copia de prueba sonaba increíble”. Por un momento se queda mirando este hermoso objeto que ha traído al mundo, y con una sonrisa dice: “Ahora existe”.

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