Prince tributos

Estrella del rock, amo del funk, provocador, genial: así creó un mundo que solo él pudo habitar

POR JOE LEVY | 19 Apr de 2017

<p><b>Foto: Jumana El-Heloueh/Reuters</b></p>

Foto: Jumana El-Heloueh/Reuters


Questlove

Desde los 11 años Prince estuvo en mis oídos y en mi cabeza. Diseñé todo en mi vida alrededor suyo: su forma de vestir, sus determinaciones, su tipo de mujeres y, por supuesto, sus gustos musicales. No hubiera empezado a escuchar a Joni Mitchell sin él. Y eso me llevó a Jaco Pastorius, quien me llevó a Wayne Shorter, quien me llevó a Miles Davis. Tenía una regla sencilla: si Prince lo escuchaba, yo lo escuchaba.

A la luz de su muerte, mientras intentamos salir de nuestro asombro, todos están hablando de su genialidad. Eso se entiende. Pero la mayor parte de la discusión es de carácter general. Me gusta pensar en lo específico. Me gusta pensar en la manera como innovó incluso al principio, en la forma como le dio la espalda a la fórmula tradicional de la música soul y el funk.

Piensen en James Brown. Prince ciertamente lo hizo, como lo hizo cada artista de soul y funk de su generación. Pero Prince fue brillantemente perverso en como lo absorbió. Si Brown unía un redoblante fuerte y preciso con los vientos para generar una estructura rítmica, Prince se iba en la dirección opuesta, hacía un funk innegable con redoblante suave y los sonidos artificiales de un sintetizador Oberheim.

La racha mágica de Brown se extendió de 1965 a 1975; todos los que han sido alguien en la música negra bebieron de ese período. Michael Jackson aprendió pasos de baile. Los raperos tomaron prestadas sus mezclas. Pero Prince se fijó en el período posterior, cuando se pensaba que Brown estaba en declive. En las pruebas de sonido, Prince hacía que The Revolution tocara una y otra vez el éxito de Brown de 1976, Bodyheat. Llegaban al clímax y se mantenían ahí. Era como si Prince estuviese usando a The Revolution como un sampler, y ponía ese ritmo en loop para poder tocar sobre él y, eventualmente, jugar con él. It’s Gonna Be a Beautiful Night, de Sign ‘O’ the Times de 1987, es una brillante reelaboración de Gravity de Brown del año anterior. ¿Quién más estaba escuchando a Brown en ese punto, más aún escuchándolo de manera tan consciente como para rehacer su música sobre la marcha? Solo Prince, quien tal vez fue el heredero legítimo de Brown.

Fue la canción de 1999, Something in the Water (Does Not Compute), la que me dijo que Prince no era una persona normal o un músico normal. Le había quitado el bajo al demo original (una innovación que sería aún más poderosa en When Doves Cry), añadido una percusión vertiginosa y cantado de una manera fría, casi robótica. No era una sola idea nueva: eran varias en conjunto. Sabías desde esa canción y las canciones que completaban el álbum (Automatic, Lady Cab Driver) que iba ser el líder de una nueva estirpe. Levántense, organícense.

Después de que entré al negocio de la música pude estar con Prince varias veces. Patinamos juntos. Fui a fiestas que organizó, pero siempre me sentí como un fan, nunca como un par. Era único en su música —era su propio género— y ese carácter único se extendió a todo en su vida. Mientras envejecía, la manera como manejó su carrera mostraba esa racha contradictoria. Marchó en la vanguardia con la manera como mezcló sus discos, con la forma como se ocupó de las reediciones, con como se valió (o no) del Internet.

Era un gran baterista y siempre marchaba a su propio ritmo. El control era su prioridad número uno, lo que le permitió hacer cosas sorprendentes en el estudio y en el escenario: saltos sin precedentes de inspiración y síntesis, y una energía tan prolífica que parecía que nunca se iba a apagar. Pero había una falta de confianza cuando se trataba de dejar que el mundo exterior entrara en él. Hay muchas cosas que no sabemos de él. Esto es lo que sí sé: gran parte de mi motivación para levantarme a las cinco de la mañana a trabajar —y a veces irme a la cama a las cinco de la mañana después de trabajar— vino de él. Siempre que parecía muy difícil lograrlo, recordaba que Prince lo había hecho, así que yo también debía hacerlo. En los últimos 20 años, cuando estaba despierto a esas horas, sabía que también Prince lo estaba, en algún lugar, compartiendo de algún modo el espacio de trabajo conmigo. En los últimos días, las cinco de la mañana se han sentido distintas. Ahora es una hora solitaria, un momento frío antes de que salga el sol.

Sheila E.

U na amiga mía me regaló un afiche inmenso del primer álbum de Prince. Dije: “Dios mío, es hermoso”. Lo llevé a casa y lo puse al lado de mi cama de agua. Lo miraba y decía: “Voy a conocerte algún día”. Luego lo vi tocar. Vestía un gabán, una tanga, calentadoras y botas. Lo conocí después, y esa era casi su indumentaria normal. Le dije: “¿Estás seguro de que quieres salir vestido así?”. Nunca había visto a un hombre que vistiera de esa forma. Era mi guitarrista favorito. Por eso me enamoré de él. Estábamos tocando Purple Rain durante el tour de Sign ‘O’ the Times. Mis ojos estaban cerrados, estaba en un lugar de gloria celestial, al borde del llanto. Abrí mis ojos y me pidió matrimonio. Le dije: “Sí”, y seguimos tocando. Primero fuimos amigos, luego nos enamoramos, luego terminamos. Luego fuimos como hermano y hermana. Lo llamaba “cariño” o “bebé”. Él era mi amigo. La música era su vida, vivió y murió por ella. Ese es su legado.

Lenny Kravitz

Prince abrió mi imaginación y me mostró a dónde quería ir como artista. Aquí estaba un chico afroamericano, con el mismo color de piel mío, tocando la guitarra como yo la quería tocar. Y no solo la guitarra: tocó casi todos los instrumentos de sus álbumes, y sonaba como una banda. La música, la vibra, los colores, el pelo, la banda: todo me parecía genial cuando era un adolescente. A través de su música decía: “Puedes hacerlo. Así lo hice yo. Ahora hazlo a tu manera”.

Más adelante lo conocí como amigo. Fuimos juntos por todo el mundo: París, Nueva York, Ámsterdam, Minneapolis, Miami, a dónde fuera que él estaba. Lo visitaba en Paisley Park, que era un lugar increíble. Era como Willy Wonka y su fábrica de chocolates: ese majestuoso complejo era su propio universo. Íbamos al estudio a improvisar y lo filmábamos y lo grabábamos. Cuando terminábamos, me daba un casete. Decía: “Esto es solo para ti. Tengo la cinta maestra aquí y la voy a guardar bajo llave”. No todo se trata de negocios. Se trata del arte, del momento, de los recuerdos.

Solía vencerme jugando pool. Su técnica era asombrosa. Tenía la misma actitud que tenía en el escenario; solo venía por ti. Una vez, cuando yo salía con [la modelo] Vanessa Paradis, la llevé a su apartamento en París. Creo que estuvimos ahí desde las 11 de la noche como hasta las 6 de la mañana. Prince le preguntó si quería jugar pool, pensando que le iba a ganar. Y ella lo venció terriblemente. Es un gran recuerdo. Podía ser increíblemente gracioso. Recuerdo estar viendo un especial de Chris Rock en su casa y solo nos reíamos y nos reíamos. Otra vez, salimos con Dave Chappelle. Le encantaba estar con personas talentosas como él, ya sea que fueran músicos, artistas, bailarines o comediantes.

Era un hombre amoroso. Si te quería, te quería de verdad y te trataba maravillosamente. También podía ser distante. Había veces en que no sabía de él durante todo un año, y luego aparecía cuando menos lo esperaba. Oí que su avión tuvo que hacer un aterrizaje de emergencia y pensé: “OK, se salvó de esta”. Y luego, una semana después, me enteré de la noticia. Aún no me he recuperado. Realmente siento que ha muerto una parte de mí.

Stevie Wonder

La música de Prince era tan pintoresca que incluso yo podía verla. Podía ver a su jefe Mr. McGee, quien pensaba que Prince nunca sería una mierda. Podía ver la granja de Old Man Johnson. Podía sentir también esa “lluvia morada”. Las canciones de Prince eran así de vívidas, las imágenes eran así de fuertes. Creo que confiaba en la manera como Prince veía las cosas porque ambos nacimos en el medio oeste, en donde conocimos a todo tipo de personas y tuvimos un gran espectro del cual aprender. Ambos crecimos oyendo blues, rock & roll, jazz y góspel, y encontramos el valor en cada una de esas músicas.

La última vez que Prince y yo hablamos discutimos sobre cómo necesitábamos arreglar el mundo. Es mentira todo esto de recuperar nuestro país y de “Make America Great Again”: siempre ha sido genial. Solo tenemos que evitar que la gente llene su mente con mentiras y prejuicios y se abra a las posibilidades. Prince siempre estaba muy inspirado y era muy inspirador. Era amable, era disciplinado y sabía a dónde quería ir. Fue capaz de hacer grandes transiciones. Si Michael era el Rey del Pop, Prince debería ser el Emperador. Prince luchó por su libertad artística. No permitió que nada ni nadie interfiriera en su camino. Al seguir su propia senda, llevó la música a un lugar totalmente distinto, como lo hicieron los Beatles. Quería cambiar las cosas, como lo hizo Marvin Gaye. Cuando haces eso, tienes que estar muy seguro de ti mismo.

Ese espíritu que lo guio nos dio a todos una reserva increíble de música. Amaba el funk, así que realmente necesitaba saber cómo hacer que las cosas fueran funky. Amaba el jazz, así que necesitaba entender cómo hacer que las cosas se sacudieran. Si Prince quería hablar del amor y el sexo, se sumergía a fondo en eso. Nos hizo ver y sentir todo lo que él entendía. De hecho, estoy tratando de recordar cuál de mis hijos nació por andar escuchando a Prince.

RELACIONADOS

La ex esposa de Prince publicará unas “memorias íntimas” sobre el músico
Vér
Paisley Park honrará el legado de Prince con un evento de cuatro días en 2017
Vér
Las órdenes de cateo de la muerte de Prince han sido reveladas
Vér
Prince tributos
Vér

Deja tu opinión sobre el articulo: