Santurbán: Entre la espada y la pared

La megaminería amenaza el equilibrio social y ambiental de una región en la que miles de hectáreas albergan valiosas fuentes de agua y la esperanza de quienes ven en riesgo su futuro

POR Ramón Campos Iriarte y Mauricio Morales | 12 Jul de 2018

<p>Un minero artesanal que ha trabajado por más de 30 años en predios de su propiedad, pero no cuenta con los títulos mineros que sí tiene Minesa. <i>Fotografías por Mauricio Morales</i></p>

Un minero artesanal que ha trabajado por más de 30 años en predios de su propiedad, pero no cuenta con los títulos mineros que sí tiene Minesa. Fotografías por Mauricio Morales


Este es el primer capítulo de la serie Conflictos ambientales en Colombia, el proyecto con el que Mauricio Morales ganó la beca Descubriendo Seguridad. Este proyecto es apoyado por Thomson Reuters Foundation, The Stanley Foundation y Gerda Henkel Stiftung en el programa para desarrollo de habilidades en medios.

Al salir de Bucaramanga por la carretera de Matanza-Suratá-California, la flota serpentea a toda velocidad con rumbo a las montañas del extremo nororiental de Santander. El paisaje cambia con la altura y con cada pueblo que pasamos: a medida que el camino se adentra en la cordillera oriental, calcando el curso del rio Suratá, el clima templado y húmedo de la ciudad se vuelve más frío y seco.

California, nuestro destino inicial, es un pueblo pequeño, organizado y tranquilo. Al llegar conocemos a Juan Guerrero, un californiano de 38 años nacido y criado en estas lomas, minero y campesino y hoy por hoy profesor de música y cantautor carranguero.

Juan cuenta que California y Vetas —el municipio vecino hacia el oriente— están pasando por un periodo difícil, de transición e incertidumbre, porque desde hace unos cuantos años la tradicional explotación artesanal de oro de la zona se ha visto alterada por proyectos de megaminería traídos por empresas extranjeras. Y aunque ninguno de estos proyectos ha comenzado formalmente, varias empresas ya han comprado tierra y contratado trabajadores, lo que afecta profundamente la dinámica de los mineros locales.

Mineros artesanales que trabajan en los lechos de río, bajo el nuevo código minero, muchos de ellos temen ser capturados por minería ilegal.
Mineros artesanales que trabajan en los lechos de río, bajo el nuevo código minero, muchos de ellos temen ser capturados por minería ilegal.


Esta región en el corazón de Santander y Norte de Santander, que hoy el país conoce como Santurbán, es un complejo sistema de páramos, subpáramos y áreas protegidas —entre los 2500 y los 3800 msnm— que colinda por el sur con la Sierra Nevada del Cocuy y por el norte con el Catatumbo. Las minas de oro y plata que escondían estos páramos fueron descubiertas por cateadores españoles en 1551 y su explotación, con mano de obra indígena y esclava, alimentó el desarrollo de la naciente ciudad de Pamplona, polo comercial de la época colonial. La población local de indígenas chitareros fue prácticamente exterminada por el trabajo forzado en las minas, pero la producción de oro en los municipios de California y Vetas nunca se detuvo.

Trabajando en uno de los barriles artesanales donde muelen la piedra para obtener oro.

Narran los registros históricos que en 1766 el sabio José Celestino Mutis llegó a California, en ese entonces llamada La Montuosa Baja, a organizar la explotación de las minas: abrir socavones nuevos, construir estanques de almacenamiento y sistematizar los procesos de desagüe y molienda del material. Lo hizo por encargo del mismísimo virrey de la Nueva Granada, Pedro Mesía de la Cerda.

A partir del siglo XIX, compañías extranjeras como la Francia Gold and Silver Ltd. Co. explotaron las minas de Santurbán con tecnología moderna: construyeron molinos, túneles, sistemas de desagüe y reforzaron los asentamientos de la zona con trabajadores calificados de fuera de la región.

En consecuencia, después de casi cinco siglos de erosión, excavaciones de socavones y desagües, cientos de túneles y la constante utilización de mercurio para amalgamar el metal precioso, hoy, a simple vista, es evidente el deterioro ambiental de la zona.

Subidos en motos contratadas, nuestro anfitrión Juan Guerrero nos invita a recorrer su municipio. La primera parada es en el Santuario de San Antonio de Padua, un lugar de peregrinaje de los mineros, donde encomiendan su vida a las deidades antes de internarse en las profundidades de la montaña. Las veladoras derretidas y los campanazos de la pequeña capilla construida en 1983 recuerdan el peligro latente de esta profesión subterránea.

Las motos se encaraman a la montaña y empiezan a verse algunos enclaves mineros familiares, que siguen funcionando a pesar de que en los últimos años muchos californianos han vendido sus terrenos a los proyectos de las multinacionales. A mediados de los años 90, la empresa canadiense Greystar Resources Ltd. llegó a explorar la región de Santurbán y propuso construir una mina a cielo abierto de donde saldría medio millón de onzas de oro y 2,3 millones de onzas de plata anualmente. El Proyecto Minero Angostura, como lo llamó la empresa, obtuvo títulos mineros que abarcaban unas 30 mil hectáreas de terreno, donde existen depósitos estimados en 7,7 millones de onzas de oro.

Sin embargo, desde sus inicios, el Proyecto Angostura causó polémica. La construcción de la mina fue proyectada sobre un área cercana al páramo y a varias fuentes hídricas —con protección especial según el actual Código Minero y la Corte Constitucional— que desembocan en el rio Suratá, uno de los principales surtidores de agua para la ciudad de Bucaramanga y sus alrededores. En el 2009, gracias al estudio de impacto ambiental que recibió Greystar, el Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible le negó la licencia ambiental a la empresa extranjera y, finalmente, se frustró la realización del proyecto.

Un batallón del ejército y una compañía de seguridad privada de la empresa custodian “La bodega”, una de las más productivas de la región, allí los pobladores ya no tienen acceso.
Un batallón del ejército y una compañía de seguridad privada de la empresa custodian “La bodega”, una de las más productivas de la región, allí los pobladores ya no tienen acceso.


Esta negativa de la licencia ambiental fue un triunfo rotundo para los ambientalistas, organizados en varios grupos como el Comité para la Defensa del Agua y el páramo de Santurbán, con sede en Bucaramanga. Sin embargo, más allá de los rimbombantes titulares en los medios, nadie reparó que la situación de la población de California y Vetas se estaba complicando. Según Ingeominas, varias miles de hectáreas en títulos mineros ya habían sido comprados por Greystar, así que el área fue cerrada y las minas pequeñas que allí operaban se clausuraron. Tampoco llegaron los más de 5 mil puestos de trabajo prometidos ni las grandes inversiones en infraestructura que beneficiarían a la comunidad.

Por primera vez en su historia, narra Juan, hubo desempleo en California: las familias que vendieron sus tierras ya no podían volver a las minas, los pocos puestos de trabajo que alcanzó a crear la empresa tenían los días contados y, además, el nuevo Código Minero, que entró en vigencia en el 2010, prohibió la minería artesanal, lo que empujó a otros tantos a la ilegalidad. Muchos de ellos se fueron a buscar futuro en la ciudad, pero los demás se quedaron afrontando la crisis.

¿MINERÍA BIEN HECHA?

Poco tiempo después, en noviembre de 2015, la historia pareció repetirse. Llegó a California una nueva empresa llamada Minesa, con el músculo financiero de los Emiratos Árabes y con la intención de construir la mina de oro subterránea más grande del país. Minesa entró pisando fuerte: prometió respetar los límites del páramo, usar tecnología de punta para extraer nueve millones de onzas de oro en 20 años y generar unos 4 mil puestos de trabajo directos e indirectos para la población local.

Para no repetir el fracaso de sus predecesores canadienses, Minesa ha montado una agresiva campaña de responsabilidad social para ganarse los corazones y las mentes de los santandereanos. En California la empresa prácticamente suplantó al Estado: financia carreteras, programas educativos, parques infantiles, emplea decenas de personas y atiende las demandas y necesidades de los pobladores. Paralelamente, Minesa ha bombardeado todos los rincones de Internet con videos, publirreportajes, visitas guiadas de contradictores y hasta animaciones para convencer al público de que su “minería bien hecha” no tendrá ningún efecto socioambiental negativo.

Pero los californianos, conscientes de ser dueños de un tesoro incalculable, curtidos por la experiencia y desconfiados ante el riesgo de quedar, otra vez, con las manos vacías, intentan hoy poner condiciones para la explotación industrial en su territorio. Atendiendo el llamado de Juan, su primo, Jorge Gamboa, minero tradicional y actual concejal del municipio de California, accede a explicarnos la versión de la comunidad. “Nunca tuvimos apoyo del Gobierno, y hace unos 20 años empezaron a llegar las multinacionales. Se aprovecharon de que nosotros no teníamos el conocimiento ni los elementos para trabajar, y sabían de la riqueza que tiene California. Y empezaron a comprarle poco a poco a los pequeños mineros hasta tener actualmente por lo menos el 80 % de los títulos”, dice Jorge con el cejo fruncido. Su malestar es notorio, ya que la conversación de alto nivel sobre el futuro de su tierra, se ha dado hasta hoy entre los inversionistas, el Gobierno y los ambientalistas, ninguno de los cuales vive en la región de Santurbán, ni depende del oro para subsistir.

“Nos han ido desplazando poco a poco”, argumenta Jorge. “Ahora nos persiguen las autoridades, tienen al Ejército y la Policía cuidando los socavones de donde nosotros sacamos el sustento. Estamos entre la espada y la pared: ni la multinacional nos emplea, porque el Gobierno no les ha dado el permiso de explotación, ni podemos hacer pequeña minería porque [la tierra] ya no es de nosotros. No necesitamos más que tener un trabajo digno, sea con la multinacional o como pequeños mineros tradicionales”.

Dejamos las motos y caminamos un largo rato por un sendero empinado de tierra roja, hasta llegar, finalmente, a la finca de Juan. El paisaje parece sacado de una postal, el sol brilla sobre las montañas y se respira aire fresco con olor a bosque. Juan saluda a su hermano, Luis, y enseguida comienzan a trabajar en su pequeño y muy básico entable. Es un muy duro trabajo que hacen con pasión. Hablan de la tradición, de los materiales, y reconocen el sonido de los tambores cuando la molienda está lista y el color de la arenilla en el momento de separarla del desecho. Es sin duda un oficio místico, que implica sabiduría, disciplina pero también algo de fe: el minero siempre espera ese golpe de suerte que le cambiará el destino.

ELOCUENTE Un anuncio cerca al municipio de vetas donde muchos predios están en la zona delimitada de páramo.
ELOCUENTE. Un anuncio cerca al municipio de vetas donde muchos predios están en la zona delimitada de páramo.


Tras una larga jornada, Juan y su hermano extraen quizás solo medio gramo de oro que hoy vale unos 45 mil pesos, menos de un salario mínimo diario. “Nosotros aquí no nos enriquecemos con la minería, es apenas para el sustento”, dice Juan con resignación. Sin embargo, la tierra siempre deja algo, la mina es un seguro en las buenas y en las malas.

Hoy el futuro de California y su gente depende de la redelimitación del páramo de Santurbán, que, según una sentencia de la Corte Constitucional, el Ministerio de Ambiente debe hacer. Los límites nuevos del páramo serán presentados a más tardar en noviembre de este año y la viabilidad o no del proyecto Minesa se conocerá entonces. “La preocupación más grande de los californianos en este momento es el empleo. Algunos aprendimos a vivir de otra cosa, por ejemplo, yo empecé a hacer música. Pero no es lo mismo hacer música que sacar un gramo de oro. Hay que ser realistas”, dice Juan contemplando las montañas.

Los resultados de las elecciones presidenciales en California en segunda vuelta mostraron un amplio margen de 86 % a favor del ahora electo presidente de Colombia, Iván Duque, comprobando que la estrategia de Minesa, de ganar corazones y mentes fue efectiva. Duque, cuyo modelo económico está acorde con el proyecto de Soto Norte, tendrá en el páramo de Santurbán un reto con la naciente oposición en cabeza de Gustavo Petro, que en su cierre de campaña prometió defender el páramo y quien fue el único candidato que asumió una posición en contra del proyecto de Minesa desde inicios de las campañas electorales.

Al bajar de nuevo hacia el pueblo, bordeando la quebrada La Baja, vemos los vestigios de entables antiguos y más recientes, ruinas de molinos de piedra de cientos de años, restos de las construcciones de los europeos y socavones abandonados hace pocos meses. La historia larga e intensa de este lugar pasa ante los ojos como una película en fast-forward. Juan, Jorge y los cientos de mineros artesanales que hoy siguen trabajando con picas, barras, tambores y bateas, son los herederos de un oficio que se instaló en Santurbán hace 500 años y que ha pasado de generación en generación hasta nuestros días. Sin embargo, entre la conservación y la megaminería, su capítulo en la historia de esta tierra parece estar llegando a su fin.

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