Se calentó la vuelta

POR RODRIGO TORRIJOS | 15 Sep de 2018

<p><i>Somos calentura</i> retrata intensamente el poder negro del Pacífico colombiano. Sus creadores nos contaron algunas de las historias que convergen en el nacimiento de un caudal de ritmo, fuerza y energía positiva que llega en septiembre a las pantallas</p>

Somos calentura retrata intensamente el poder negro del Pacífico colombiano. Sus creadores nos contaron algunas de las historias que convergen en el nacimiento de un caudal de ritmo, fuerza y energía positiva que llega en septiembre a las pantallas


El reflejo de las luces de Tura tarda en incendiar el agua. El atardecer en cambio estalla violento; un disparo naranja contra un muro de nubes de piedra. Hay brisa y un negro fuerte llora de alegría en la azotea del edificio más alto del puerto.

Julio Valencia se agarra de la baranda del hotel blanco que antes miraba desde los palafitos. El laberinto de tablas y puntillas en el que creció se levanta en estacas sobre el mar, se ve chiquito. Los que circulan entre el faro, la galería y la orilla “parecen hormiguitas”. Valencia tiene un blazer blanco, tenis nuevos y un arete de oro. Ha regresado a Buenaventura y va a interpretar a Ribok, el malo en Somos calentura, una cinta que resume su historia, la de su ciudad y la de muchos que le han puesto el pecho al olvido.

A los 16 años trató de irse, el plan era engancharse a un barco de carga desde una lancha en movimiento, trepar por el ancla, ocultarse en los contenedores y rezar para que los marineros no lo encontraran. Algunas tripulaciones tiran a los polizones al mar (donde pueden terminar siendo la cena de los tiburones), para no pagar la multa que cobran por cada intruso.

LOS MELOS Y LOS MALOS: Nada de negritos en chancletas, el estilo de Tura viste de gala. Lo que es.
Los melos y los malos: Nada de negritos en chancletas, el estilo de Tura viste de gala. Lo que es.

Desde los 70 muchos coronaron, llegaron a Estados Unidos y Europa; a sus familias les mandaban dólares, fotos, y también discos y casetes de música hecha por negros de allá. Cuando volvían, lucían “las perchas”, los cortes de pelo y las cadenas; más música venía en la maleta y “totiaba” por el puerto, fundiéndose con los currulaos, la salsa y el montuno. En Tura hasta el rancho más humilde cuenta con un equipo de sonido potente y desde la madrugada están prendidos. La música traída por los polizones también era pirateada, transformada y comercializada en las calles. El rap y el poder negro se mezclaron con el ADN de Buenaventura. A Julio los cálculos para irse de polizón le fallaron, pero pudo aferrarse al ritmo.

Todavía “pelao” puso los pies en la tierra y se involucró con Los Príncipes, un combo de baile. En esa época la cosa empezaba a ponerse dura, la violencia entre pandillas se sentía cada vez más cerca, y aunque los músicos y bailarines cuentan con una suerte de “salvoconducto” para transitarb el puerto, a Julio le tocó irse. El menor del grupo se aplicó 20 horas de carretera en bus y llegó a Bogotá a camellar en un lavadero de carros con un pariente. Los del grupo se fueron sumando.

Cuando estuvieron completos empezaron a recorrer los prostíbulos del barrio Santa Fe en el centro de la ciudad, allí hacían shows imitando a Michael Jackson. La noche lo cruzó con el director de cine Jorge Navas, que visitaba locaciones para su primera película, a Julio que ya había hecho algunos castings como bailarín, e incluso estuvo cerca de participar en una película llamada Flow de la calle, se le atravesó la actuación en el camino.

La sangre de Navas

Cali es la segunda ciudad con más negros de América Latina, y Jorge Navas es caleño hasta la médula. No necesita hacer precisiones sobre el peso de la sangre africana en la historia, en la riqueza cultural del Pacífico y en su visión como director de cine criado en la Sultana del Valle, mucho menos en la música que suena cuando está tras los tornamesas como DJ.

No es muy alto, es un tipo menudo y tranquilo, de piel mestiza clara y pelo liso. Camina fresco por las calles del distrito de Aguablanca de Cali; unos lo consideran un lugar peligroso, a él le evoca la vibración de un “hervidero de creatividad imparable”. Allá acudía desde “chinche” a cazar vinilos viejos de salsa, compilados de 300 canciones quemadas en CD, con joyas creadas en estudios rudimentarios de Buenaventura y más recientemente memorias USB cargadas de salsa choke, rap criollo, pasoeperra…

En los 90 Navas “callejió” al paso del grupo Ojo tachado, un parche de la Universidad Del Valle engomado con el cine documental. Estuvo ligado a Rostros y Rastros, una serie para televisión regional sobre los maestros de las artes del Pacífico, y resultó dirigiendo un comercial que marcó la historia en una nación que poco miraba hacia las costas; Marimba a la lata, en el que unos jóvenes afro, aparentemente peligrosos, invitan a enviciarse con la música. Para Jorge ese ciclo que empieza al son de la marimba de chonta del comercial, se conecta claramente con los beats de Somos calentura.

CÓGELE EL PASO: El exótico, el pasoeperra y la salsachoque en la punta de un iceberg sonoro y cultural.
Cógele el paso: El exótico, el pasoeperra y la salsachoque en la punta de un iceberg sonoro y cultural.

El comercial ganó diferentes premios internacionales y luego vino una obra sobre vampiros criollos —Alguien mató algo— que se alzó como Mejor Corto en la prestigiosa tarima de Clermont Ferrand. Su primera película de largometraje, La sangre y la lluvia, le valió comparaciones con Scorsese y Brian De Palma y es considerada punta de lanza de una nueva generación de cineastas nacionales. Navas no ha hecho tantas cintas, pero ha sabido apuntar y nunca ha dejado de experimentar; entre cortos, videoclips y comerciales, se ha perfeccionado en el oficio.

En La sangre y la lluvia, Julio Valencia interpretó a un matón, desde allí se centró en la actuación, estuvo en programas como A mano limpia y en la película El Páramo, en donde trabajó para el productor Steven Grisales, otra figurita.

Grisales; karateca, corredor de bolsa y productor

Cuando a Steven se la montaban en el colegio, se refugiaba en los cines de barrio. En una de esas, viendo una cinta de ninjas,n se volvió karateca; empezó a entrenar y luego fue a exhibir sus patadas en el patio del colegio. Dejaron de montársela y se dio cuenta de que el cine le cambiaría la vida.

Point Break lo envició con laadrenalina, se metió de cabeza en los deportes extremos. Luego Wall Street lo impulsó a convertirse en comisionista de bolsa, a los 19 años negociaba grandes cifras, vestía trajes y hablaba por esos celulares cuadrados y grandes que nadie tenía, hasta que estalló una bomba en frente del edificio en donde trabajaba.

Por un instante, en el vidrio blindado de su oficina, la onda explosiva tiñó su reflejo con la imagen de personas que corrían sangrando entre los escombros. Su primer impulso fue coger el teléfono para aprovechar esa información y vender más acciones. Eso hizo.

SUBILE AL SOUNDTRACK: Junior Jein, Cybertronics, Real Black, Komix, El Deck, Bomby, Dj Kelvin, Kzadores, Snick Candelo y más de 50 artistas para seguirla.
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Mantuvo un zumbido en la cabeza hasta que se refugió en El club de la pelea. Tyler Durden lo sentenció: “Perdido en el olvido. Oscuro, silencioso y completo. Hallé la libertad. Perder toda esperanza fue la libertad”. El cine le dijo que debía dedicarse al cine.

Grisales acudió a Jaime Osorio, un amigo director que por ese entonces desarrollaba una película “de terror”; era más una cinta sobre el miedo y la manipulación del miedo (en tiempos de Uribe). Se le midió a conseguir plata, y se convirtió en productor de El páramo. Sin embargo no iba a ser una tarea sencilla, gran parte sería rodada a 4,300 metros de altura, en una base militar real.

Un día, durante el rodaje de El páramo, mientras la niebla se disipaba, Julio Valencia empezó a tirar rimas para calentarse. Juan Pablo Barragán era el protagonista, actor y también rapero, le hizo corrillo para matar el tiempo y el frío. Steven se acercó, conoció la historia de Julio en Buenaventura; los polizones y la posibilidad de “creer en la música” se convirtieron en su segunda película. Julio reconoce que desde ese momento supo que Grisales hablaba en serio.

***

Hacer Somos calentura tomó seis años, le valió a sus productores enfrentarse al descarado racismo de algunas marcas que, tras sellar acuerdos con muchos ceros a la derecha, se echaron para atrás al saber que sería un casting totalmente negro. “Acá los negros no venden”, dijeron. Pero nada pudo pararlos.

Este espacio se queda corto (en espacio, más no en voluntad), a la hora de narrar la potencia necesaria para sacar adelante un proyecto con un casting de negros en un país que se rehúsa a reconocer su racismo. De eso ya no vale la pena hablar, pero Somos calentura sí vale la pena. Hay que explorar en Shazam para reconocer en su selección musical —a cargo de Iván Benavidez con música incidental de Rocca— una cultura que vibra, un cuerpo de autores, creadores y genios, capaces de transformar ciudades con el grafiti, desafiar la física con sus movimientos y convocar ceremonias en las que no se le teme al cuerpo, al instinto y a las verdades que nos liberan.

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