The Beatles

Los Beatles aparecieron sonando como nadie más. Cada uno de sus discos era un nuevo shock

POR ELVIS COSTELLO | 01 Jun de 2017

<p>Ilustración de Paul Davis</p>

Ilustración de Paul Davis


Oí hablar por primera vez de los Beatles cuando tenía nueve años. En esa época iba de vacaciones a Merseyside y una chica del lugar me dio una foto publicitaria de mala calidad, con los nombres de los músicos garabateados en el reverso. Esto era en el 62 o el 63, antes de que fueran a los Estados Unidos por primera vez. La foto era casi oscura, y los muchachos todavía no habían encontrado su look. Ringo tenía el pelo ligeramente echado hacia atrás, como si no lo convenciera aún el corte de pelo beatle.

Pero a mí eso no me importaba; para mí, ellos eran la banda. Lo gracioso era que mis padres y todos sus amigos de Liverpool sentían una mezcla de curiosidad y orgullo por este grupo local. Hasta entonces, todos los que habían llegado al show business provenientes del norte de Inglaterra eran comediantes. Y ahora que lo pienso, los Beatles grabaron para Parlophone, que era una productora de comedias teatrales.

Yo tenía la edad exacta para que me impactaran con toda su intensidad. Mi experiencia –hacerme de todas las fotografías posibles, ahorrar dinero para los singles y los EP, esperar con avidez su aparición en los noticieros locales- fue idéntica a la de millones de personas en todo el mundo. Fue la primera vez que algo así ocurría a una escala tan grande. Pero no era sólo cuestión de números. Michael Jackson puede vender discos hasta el final de los tiempos, pero nunca le importará a la gente tanto como le importaron los Beatles.

Cada uno de sus discos nuevos era un shock. Comparados con evangelistas furiosos del rhythm and blues como los Rolling Stones, ellos sonaban como nadie. Ya habían absorbido a Buddy Holly, a los Everly Brothers y a Chuck Berry. Pero también estaban escribiendo sus propias canciones. Ellos hicieron que componer canciones propias fuera lo esperable, antes que lo excepcional.

John Lennon y Paul McCartney eran compositores extremadamente originales. McCartney era y es un auténtico virtuoso. George Harrison no era alguien que se lanzara a tocar solos salvajes e impredecibles; uno más bien puede cantar las melodías de casi todas sus frases. Y lo más importante es que siempre encajaban a la perfección en sus arreglos. Ringo Starr tocaba la batería con un toque único, que nadie puede copiar, aun cuando muchos grandes bateristas lo ha intentado. John y Paul, para completar, eran cantantes fantásticos.

Lennon, McCartney y Harrison tenían un nivel de composición extraordinario. Es increíble pensar que lanzaron canciones como Ask Me Why o Things We Said Today como lados B. O que sacaron solo como singles Paperback Writer con Rain, o Penny Lane con Strawberry Fields. Estas grabaciones eran simplemente eso, y no anticipos del lanzamiento de un álbum.

Y luego empezaron a crecer. Pasaron de simples letras de amor a historias adultas como Norwegian Wood, que hablaba del costado agrio del amor, y luego a ideas mucho más profundas que las que uno esperaría encontrar en simples canciones pop.

Fueron la primera banda que se metió con perspectiva auditiva de sus grabaciones y quiso producir algo más que simples trucos. Ingenieros de sonido brillantes de los estudios Abbey Road, como Geoff Emerick, inventaron técnicas que ahora damos por sentadas en respuesta a la imaginación de los Beatles. Antes que ellos, en los 50 había tipos con guardapolvo experimentando con las grabaciones, pero no había rockeros desequilibrando deliberadamente las cosas, como esa voz serena al frente del ruidoso sonido de Strawberry Fields. Es imposible exagerar las fronteras que esto expandió en gente como los músicos de Motown o Jimi Hendrix.

Mis dos álbumes favoritos son Rubber Soul y Revolver. En ambos puede oírse referencias a otras músicas – el R&B, Dylan, la psicodelia -, pero no de manera obvia, y sin ponerle fecha de vencimiento. Cuando uno escuchaba Revolver, sabía que ahí había algo diferentes. En la contratapa los Beatles aparecen usando anteojos de sol en un escenario de interiores, y ni siquiera miran la cámara. Y la música era tan extraña y a la vez tan vívida… Si tuviera que elegir alguna canción preferida de esos álbumes, ésa sería “And Your Bird Can Sing…, no, “Girl”…, no, For No One…, no…

Let it Be, el disco de la ruptura, incluye canciones hermosas y dañadas a la vez. Supongo que la ambición y la fragilidad humanas logran colarse en oda la banda, pero ellos igual produjeron ahí algunos momentos memorables. Me acuerdo que en 1970 fui a Leicester Square a ver la película, y volví a casa melancólico.

La palabra beatlesco ya figura hace tiempo en el diccionario. Puedo oír a los Beatles en Around the World in a Day, el disco de Prince, en las canciones de Ron Sexsmith, en las melodías de Harry Nilsson. Uno puede oír que Kurt Cobain escuchaba a los Beatles y en algunas canciones los mezclaba con el punk y el metal.

Tuve la suerte de escribir algunas canciones con Paul McCartney y de tocar en vivo con él en dos ocasiones. En 1999, poco después de la muerte de Linda McCartney, Paul participó del Concierto para Linda, organizado por Chrissie Hynde. Durante el ensayo, yo estaba cantando la segunda voz en una canción de Ricky Nelson cuando Paul anunció cuál era la siguiente: All My Loving. Yo le dije: “¿Quieres que haga la segunda voz en la segunda parte de la canción?”. “Adelante, probemos así”, dijo él. Yo había tenido solo treinta y cinco años para aprender esa parte. Fue una interpretación conmovedora, presenciada solo por algunos artistas y por el equipo.

Durante el show fue muy diferente. En el momento en que Paul arrancó con las primeras líneas [Close your eyes, and I´ll Kiss you], el público reaccionó con tal intensidad que no permitió que nadie escuchara bien el resto de la canción. Para mí fue muy emocionante pero al mismo tiempo desconcertante. Quizás, en ese momento entendí una de las razones por las cuales los Beatles habían dejado de presentarse en público. Las canciones ya no les pertenecían. Eran de todo el mundo.

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