Unas cuantas manchas en la pelota

Recordamos solo algunas anécdotas absurdas e infamias de las copas del mundo

POR JUAN PABLO BENÍTEZ | 14 Jun de 2018

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En noviembre de 2001 Diego Maradona se despidió de las canchas con una frase célebre: “La pelota no se mancha”, dijo el crack en su adiós. Este deporte, el más lindo y más sano del mundo (en palabras del ídolo argentino), hoy mueve una cantidad de dinero y poder tan absurda que lo ha convertido en fuente inagotable de escándalos que con frecuencia enlodan esa pelota tan querida por millones en todo el mundo.

Infortunadamente no se trata de algo nuevo; históricamente se han dado situaciones que no se le ocurrirían al más astuto de los guionistas. A continuación, un repaso por algunos momentos que han quedado marcados en la historia de un evento que cada cuatro años paraliza al mundo.

Agendas ocultas, líos políticos y circo para el pueblo

Ser la sede del Mundial es un orgullo que denota un gran poderío económico y político. En 1934, con el fin de demostrar la supremacía de Italia ante el mundo, Benito Mussolini ejerció presión para quedarse con la sede del torneo. Il Duce supo aprovechar que el fútbol era un deporte masivo para difundir su propaganda fascista.

A punta de artimañas, el dictador abrió un camino para que su selección ganara la competición a toda costa. Nacionalizó jugadores, sobornó, escogió y amenazó árbitros, e incluso sembró el terror entre los miembros de su propio equipo (“Usted es el único responsable del éxito, pero que Dios lo ayude si llega a fracasar”, le advirtió Mussolini al entrenador Vittorio Pozzo). Finalmente, y ante la resignación de sus rivales, los italianos se coronaron campeones, pero quedó un sinsabor gracias a la mano oscura de un régimen que no ahorró esfuerzos a la hora de imponer su voluntad.

Para las eliminatorias de Alemania 74 la URSS y Chile debían disputar el “repechaje” en dos partidos. El primer juego sería en Moscú, solo 15 días después del golpe de Estado en Chile. El nuevo régimen no permitía que los chilenos salieran del país, pero para dar una imagen de normalidad ante el mundo, permitió que el equipo disputara el partido, no sin antes advertirles a sus jugadores que no hablaran de política bajo ninguna circunstancia, ya que tenían vigilados a sus familiares. El partido se jugó en Moscú a puerta cerrada, y el resultado fue 0-0. Para el segundo encuentro, los soviéticos se negaban a jugar en Chile debido a las tensiones políticas y a que en el estadio de la capital se llevaban a cabo detenciones, torturas y desapariciones. La FIFA no accedió a la petición de la URSS de jugar en un estadio neutral, y el partido se realizó solo con los chilenos en el campo, ante la negativa de viajar de los soviéticos. El juego duró 30 segundos, tiempo que les tomó a los suramericanos hacer un gol simbólico en una portería vacía para conseguir su clasificación. El episodio se conocería como “el partido fantasma”.

En 1978 el torneo tuvo lugar en Argentina, que por esa época vivía una aterradora dictadura. De manera maquiavélica, el régimen de ese país, comandado por Videla, encontró en la pasión por el fútbol una forma de montar un circo para desviar la atención del mundo y mostrar una imagen distinta del país, encubriendo las desapariciones y la crisis social que se vivían. Mientras jugadores y civiles celebraban los goles de su selección, a pocas cuadras del estadio se torturaba gente sin compasión. Si bien los campeones contaban con un equipo lleno de talento, su triunfo se vio opacado por un partido arreglado con Perú para pasar a la final.

La novela de la Copa Jules Rimet

Durante la Segunda Guerra Mundial (1939-1945), y con el fin de proteger la copa contra los nazis, el vicepresidente de la FIFA, Ottorino Barassi, la sacó en secreto de un banco en Italia y la escondió en un lugar que consideró supremamente seguro: una caja de zapatos debajo de su cama. En 1946 el trofeo recibió el nombre de Copa Jules Rimet en honor al tercer presidente de la FIFA, y se decidió que el país que ganara el campeonato tres veces la conservaría.

En 1966, poco antes de que comenzara el campeonato de Inglaterra, el trofeo fue robado en Londres cuando se exhibía en una exposición. La policía tenía muy pocas pistas, hasta que el 27 de marzo de ese año un perro llamado Pickles la encontró en un jardín mientras paseaba con su dueño en esa misma ciudad. El can fue considerado un héroe nacional e incluso asistió a la celebración del título de la selección inglesa. A raíz de este incidente se construyó una réplica para mostrarla en público. La Jules Rimet tuvo su última morada en Brasil, luego de que los suramericanos ganaran su tercer Mundial en México 70. Sin embargo, esta fue robada de la Confederación Brasileña de Fútbol en 1983 y, tiempo después, los mismos ladrones (detenidos por la policía brasileña) afirmaron haberla fundido para sacarle provecho al oro. Cabe mencionar que uno de ellos cambió su declaración y sostuvo que el robo lo había encargado un coleccionista italiano, una versión que pareció haber tenido cierta credibilidad entre los coleccionistas. Lo único cierto es que nunca se volvió a saber nada del mítico trofeo, y solo un pedazo se conserva en las oficinas de la FIFA, en Suiza.

¡Al jeque no le gustó!

Francia y Kuwait jugaban por el grupo 4 en España 82, en lo que para la selección francesa —una de las favoritas— debía ser un partido más. Sin embargo, el encuentro pasaría a la historia por presentar la que tal vez sea la situación más insólita de los mundiales. Poco antes de terminar el juego, los europeos ganaban 3-1. El volante Alain Giresse marcó el cuarto gol francés con una defensa rival que se quedó quieta al escuchar un pitazo. No obstante, el árbitro ruso Miroslav Stupar validó el gol ya que no fue él quien pitó. Los defensores kuwaitíes se miraban entre ellos sin entender lo sucedido y trataban de explicarle al juez la situación.

Mientras tanto, desde el palco un hombre con un turbante rojo y blanco les hacía señas a los jugadores para retirarse de la cancha. Se trataba de Fahid Al-Sabah, jeque de Kuwait, presidente de la federación de fútbol de ese país y hermano del máximo jerarca del emirato. El jeque bajó hasta la cancha, mientras la Guardia Civil española le abría paso, y habló con el árbitro durante 10 minutos, tiempo suficiente para convencerlo de que anulara el gol. ¡El juez se dejó convencer y anuló el tanto francés! Sin embargo, como por justicia divina, en la siguiente jugada Francia anotó su cuarto gol nuevamente. Luego del escandaloso incidente la FIFA tomó medidas: Fahid Al-Sabah recibió una multa de 10 mil dólares y al árbitro lo vetaron de por vida a nivel internacional. El jeque árabe moriría en 1990 en medio de la invasión de Irak a Kuwait.

Colombia 86: Un ridículo de talla mundial

En 1974 el dirigente deportivo colombiano Alfonso Senior (famoso por traer a Millonarios a figuras como Di Stéfano) gestionó y consiguió para Colombia la sede para la Copa Mundial de 1986. El país recibió la noticia con gran emoción, y el presidente López Michelsen se reunió con Joao Havelange y se comprometió a cumplir las exigencias hechas por la FIFA, entre las que se encontraban la construcción de estadios, grandes carreteras y una red de trenes que comunicara a las sedes. Al cabo de cuatro años no se había hecho absolutamente nada (de hecho, hasta el día de hoy). El siguiente Gobierno colombiano creó la Corporación Colombia 86 con el fin de conseguir recursos por parte de entidades privadas, pero eso nunca ocurrió. El presidente Turbay afirmó que el Mundial se haría siempre y cuando al Estado no le tocara pagar nada. Con este tipo de declaraciones los jerarcas de la FIFA comenzaron a desconfiar del país y se dio un ultimátum: o se comenzaban las obras antes de noviembre del 82 o se cancelaría el torneo. Sin embargo, no fue la FIFA quien canceló el evento. El presidente Belisario Betancur anunció que “el Mundial no se hará en Colombia” porque “tenemos un montón de cosas que hacer y no disponemos de tiempo para atender las exigencias de la FIFA”. Alfonso Senior fue el más desilusionado con la decisión, tanto así que dejó una frase tristemente célebre para el futuro: “Colombia es un país enano al que no le quedan bien las cosas grandes”. Finalmente, la sede se le dio a México (anfitrión de los Juegos Olímpicos de 1968), que ya contaba con toda la infraestructura, y se pudo celebrar uno de los mejores mundiales de la historia. Hasta el día de hoy Colombia ha sido el único país que ha rechazado este evento, pero en nuestra mente siempre podremos imaginar a Maradona montado en el tren de la sabana o a Platini jugando en Barrancabermeja.

La sangre del Cóndor

El 3 de septiembre de 1989, el Estadio Maracaná fue testigo de uno de los más grandes exabruptos de la historia futbolera. En medio de las eliminatorias para Italia 90, Brasil recibía a Chile. A los anfitriones les bastaba un empate para clasificar, mientras sus rivales necesitaban una victoria. El partido de ida había sido una auténtica batalla en Santiago, con dos expulsados antes de los primeros 15 minutos. El juego en Río de Janeiro tenía como gran figura al portero Roberto Rojas, que impedía la ventaja auriverde, hasta que en los primeros minutos del segundo tiempo Careca anotó un gol que sacaba a Chile del Mundial. Poco después el árbitro Juan Carlos Loustau detuvo el partido porque aparentemente el portero chileno había sido impactado por una bengala lanzada desde la tribuna. Rojas sangraba profusamente, y el equipo se retiró del campo ante la supuesta falta de garantías para continuar. En cuestión de días logró demostrarse que el guardameta se había provocado una herida en la frente y que la bengala —lanzada por la joven Rosenery Mello, que más tarde posaría para PLAYBOY— no le había impactado. “Lo hice por Chile”, dijo Rojas. Como resultado del fraude, su país acabó de perder el partido en el escritorio y no pudo participar en las eliminatorias para Estados Unidos 94. El arquero fue expulsado definitivamente de las canchas, y la Roja volvería a un Mundial solo hasta Francia 98.

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