Vicente García del calor a la mar

El dominicano trasciende —por mucho— los límites del artista pop, se aferra a su raíz y cada vez que agarra un instrumento confirma que merece toda nuestra atención

POR RICARDO DURÁN | 21 Apr de 2017

<p><b>Foto: HILDA PELLERANO</b></p>

Foto: HILDA PELLERANO


Es fácil equivocarse con Vicente García. Es fácil quedarse en la primera imagen proyectada por un tipo bonito que canta bonito, como tantos que nos agobian con sus predecibles cursilerías. Pero no. García es un artista capaz de hacer que las opiniones cambien. Cuando visitó por primera vez las oficinas de Rolling Stone, eso fue exactamente lo que logró. Llegó con su guitarra, habló un rato, y tocó A la mar. Varios pares de cejas se levantaron al escuchar su voz ahí, al natural, y cuando se fue todos expresamos una admiración que —por alguna extraña razón— ocultamos en su presencia.

Aquel día Vicente nos contó que había llegado a Colombia hace unos seis años para presentar Melodrama, su primer disco, y entonces sintió que el público lo recibía bien. Además, confesó que “a los dominicanos, en algún momento de la carrera, nos toca irnos para expandir el mercado. Allá es prácticamente inexistente, uno hace unos dos conciertos al año, no puede hacer más”. Ese mercado tan reducido lleva a que muchos artistas emigren a lugares como Miami o Nueva York, y por eso la música dominicana se proyecta por todo el continente, contagiando con sus ritmos a millones de latinoamericanos.

En Colombia hemos sido testigos excepcionales de esa expansión al recibir con el corazón a un gigante como Juan Luis Guerra y a todo un ejército de músicos que han dejado piezas infaltables en la playlist de nuestra cultura popular: Wilfrido Vargas, Sergio Vargas, Cuco Valoy, Las Chicas del Can, Los Hermanos Rosario, Chichí Peralta, Eddy Herrera, Bonny Cepeda, La Familia André, Kinito Méndez o Rikarena. Todos dominicanos. ¿Cuántos colombianos hemos bailado o cantado al menos una de sus canciones?

Desde muy pequeño Vicente se interesó por la música, pero no se concentró particularmente en un instrumento, sino que experimentaba con una grabadora. Su padre era veterinario, y por ese lado de la familia había algunos músicos de formación clásica. Su madre —que había estudiado artes plásticas— tenía una mercería, y allí el muchachito grababa los sonidos y conversaciones para luego reproducir eso a distintas velocidades, divirtiéndose con los extraños resultados, desenredando el hilo del talento que luego se haría evidente.

Al ir creciendo, Vicente se metió a fondo en el skate, y eso lo acercó a todo el rollo de gente como Tool, Rage Against The Machine o Deftones, además del punk y la parafernalia implícita en esa cultura.

También empezó a organizar bandas hasta que finalmente, de la mano del funk y los sonidos de Stevie Wonder, nació Calor Urbano y en eso anduvo alrededor de siete años. Estuvo con la agrupación desde la etapa final del colegio hasta que terminó la universidad, donde estudió ingeniería electrónica (más para tranquilizar a sus padres que por verdadera pasión). Con Calor Urbano la música se convirtió en una posibilidad concreta: “Ahí Juan Luis Guerra empezó a oír nuestro trabajo, nos fuimos de gira con él… Empecé a ver que había una salida a través de la música”. Al terminar la carrera universitaria, la banda ya le dejaba un dinero y al final (y hasta hoy) pudo darse el lujo de no ejercer lo que había estudiado bajo la amorosa presión de su padre. Sin embargo, el conocimiento de la electrónica le ha permitido defenderse a la hora de enfrentar cables, condensadores y circuitos de los aparatos con los que hace música. “No les tengo miedo a los manuales… puedo soldar, no me queda bonito, pero puedo hacerlo”, confiesa sonriendo.

Aparentemente el contacto con Juan Luis Guerra le abrió los ojos y lo llevó a interesarse por explorar las rutas que abría la música de su tierra. Eso se sumó a que ya empezaba a agotarse su papel como cantante de la banda. Además, a sus compañeros no le sonaba mucho la idea de experimentar con el folclor antillano porque temían que eso los llevara a un estilo 100% tropical. De cualquier modo, las cosas con Calor Urbano acabaron por enfriarse. Hoy piensa que “al final lo entendieron desde lejos”.

Tras dejar a banda firmó con Capitol (EMI) y grabó Melodrama (2010), su primer disco como solista, que tenía en cuenta esa música tropical antigua que había empezado a interesarle, sumada a influencias más contemporáneas y a la experiencia que había alcanzado en esos años. El resultado fue un álbum sólido y refinado, aunque descaradamente pop y por momentos inocente. Este trabajo le trajo un montón de notoriedad con canciones como Mi balcón (que grabó junto a la banda puertorriqueña de reggae Cultura Profética) y ¿Cómo has logrado?

Una vez cerrado el ciclo de esa primera producción, García quiso acercarse a los sonidos raizales desde la experiencia. Ya había oído un montón de esa músicay ahora quería vivirla, verla y sentirla en el terreno. De esa forma empezó a cocinarse un nuevo proyecto con un enfoque que la gente de la disquera no supo —o no quiso— entender. La transición de EMI a Universal le permitió liberarse de su contrato y se metió de cabeza en el nuevo propósito, en esa obsesión que por un momento le hizo pensar en dejar de ser intérprete para ponerse a componer para otros. “Ahí fue que le di doble clic a la investigación, y me olvidé de la carrera de farándula”, asegura Vicente.

Foto: CORTESÍA VICENTE GARCÍA
Foto: CORTESÍA VICENTE GARCÍA


Se dedicó a estudiar el folclor y a visitar los campos para entender el origen de esas letras y esos sonidos. Durante algo más de año y medio investigó la música de su país, luego vino a vivir a Colombia, pero siguió viajando a República Dominicana para continuar con lo que venía haciendo, recorriendo las áreas rurales y asistiendo a lo que se conoce como “las manifestaciones”: “La música afrodominicana está muy ligada a la religiosidad, al sincretismo católico y a la santería africana. Yo iba a fiestas de palos (fiestas de tambores), a conmemoraciones para los muertos… toda la cultura está muy ligada a la música, a la religión y a la comida, todo está unido”.

La mayoría de cosas que compuso a lo largo de esos procesos terminó haciendo parte de A la mar (2016), que grabó para Sony. Esta disquera se había interesado en el trabajo de Vicente (quien ya había establecido una fuerte relación con Colombia) a partir de Te soñé, una balada de piano que no reflejaba el nuevo camino emprendido. La verdad es que en esta canción —que se convirtió en un gran éxito— las Antillas solo se perciben cuando el acento delata su origen. En voz de otro sería muy difícil relacionarla con las raíces que García estaba desenterrando.

De hecho, Te soñé fue compuesta para que la interpretara alguien más, pero se hizo importante por culpa de un video muy sencillo en el que la toca solo con el piano. “Ellos [Sony] estaban interesados en hablar conmigo, pero con la visión de esa canción, y yo ya tenía todo otro lenguaje para lo que quería”, las diferencias entre las expectativas más convencionales del sello disquero y los intereses de Vicente alcanzaron a empantanar el proceso.

Gracias a la relación que tenía en esa época con Catalina García (cantante de Monsieur Periné), Vicente conoció a Eduardo Cabra, Visitante de Calle 13, que estaba haciendo el álbum Caja de música con la banda bogotana. A partir de ahí empezó a pensar que ese trabajo podía convertirse en un nuevo disco, e inicialmente la gente de la industria no entendió lo que estaba naciendo.

Las claves de A la mar no estaban en lo que las disqueras saben manejar en sus esquemas convencionales; esto no se podía meter así como así en los cajones del pop o la música tropical, porque era eso y un montón de cosas más. No era Tropicana Estéreo, tampoco era Oxígeno. Acá había una verdadera investigación, una cosa casi antropológica y obsesiva por un país que lleva décadas entregándonos su música, aunque no lo tengamos muy presente.

García tuvo la oportunidad de ir a Miami y reunirse con Afo Verde (cabeza de Sony Music para Iberoamérica). “Allá fue que dijeron que sí habían entendido el disco, que por favor firmara acá… entré de una manera rara, pero van bien, y van entendiendo —sobre la marcha— de qué se trata el disco”, dice.

Lo que pasa es que A la mar es un disco inusual, como el mismo García. “Él es como un costeño melancólico”, declara Ximena Vargas, amiga y label mánager del músico. “Es un artista de verdad”, asegura, haciendo énfasis en que no se trata de una figurita pop prefabricada, sino de un personaje que se ha sumergido en las profundidades de la música antillana para salir de vez en cuando a sorprendernos y ayudarnos a ver un mundo nuevo que tiene una tradición cultural impresionante.

Esa tradición es evidente en el arte del disco, que emplea ilustraciones del cuentista y dibujante Nadal Walcot, nacido en San Pedro de Macorís. Walcot lleva la sangre de los cocolos, descendientes de esclavos africanos llevados a las Antillas para trabajar en los ingenios azucareros de finales del siglo XIX. Esa historia se celebra en el sonido, en las gráficas y en las letras del disco, que llegó a manos de la prensa acompañado por un glosario en el que se explica una cantidad de términos propios de la República Dominicana, expresiones que Vicente empleó a la hora de hacer este retrato de su país. “Punta Cana está chévere, pero el país es mucho más que eso”, asegura.

Siendo un tipo muy joven, García parece llevar en su interior el espíritu de un tipo mucho mayor. Las cosas que hay en su casa confirman la sospecha. El lugar es un fortín bohemio, lleno de vinilos, aparatos electrónicos, instrumentos y libros (Spinetta y las bandas eternas, The World in Six Songs, La sabiduría criolla, Religiosidad popular dominicana, The Business of Music, Diccionario de dominicanismos y americanismos, Recopilación de la música popular dominicana, y Las enseñanzas de don Juan, están por ahí). Una patineta junto a la lavadora nos recuerda su época como skater, y Conga (su perra) camina aquí y allá, lista para dormirse en cualquier parte.

Haciendo su álbum encontró una cantidad de información que le llevó a ver su tierra de otra forma, a cuestionarse muchas cosas y a acercarse de verdad a cosas que siempre habían estado cerca. Cualquier parecido con nuestra realidad no es pura coincidencia, y nadie puede decirlo tan claro como él mismo: “En Santo Domingo vivimos de espaldas a nuestro origen y a nuestra cultura. Ahora tuve acceso a muchas cosas que la mayoría de gente no tiene idea… Para mí lo más impactante fue ver cómo cohabita una cultura muy pura y otra totalmente globalizada. Viven en un mismo lugar y son totalmente distantes, para mí eso fue lo más impresionante. La sorpresa más positiva fue ver que en mi país había tanta riqueza”. Esos tesoros encontrados iban más allá de la exploración cultural, y se evidenciaron en los seres humanos que encontró al visitar un montón de lugares que seguramente tienen mucho en común con nuestras costas. “Hay muchas personas que uno ve en la ciudad sometidas al racismo, a las diferencias sociales y económicas… pero ver a esa gente en sus fiestas, apropiada de su cultura, eso es otro cuento… saber que no es como la ves en la calle vendiendo periódicos o limpiando vidrios. También tienen fantasías, sueños, virtudes… está el que baila mejor o el que tiene más credibilidad como tamborero. Eso fue lo más bonito, encontrar esas cosas que en la ciudad uno no ve”. Ese abismo, que encontramos también en cualquier ciudad colombiana, parece reducirse un poco cuando los artistas se esfuerzan por acercar dos mundos tan diferentes. En Colombia podemos pensar en muchísimos ejemplos que en las últimas décadas han hecho precisamente esa tarea, mostrando otras realidades de nuestra identidad mientras desechan las fronteras.

“Vuelvo siempre a Simón Díaz, a Paul Simon, a los cantos afrocubanos, a Juan Luis Guerra… Ellos han alimentado mucho mi estética a la hora de componer”, dice mientras recuerda el inmortal Graceland, y muestra los vinilos de Still Crazy After All These Years y One Tricky Pony, de Simon. “Aunque no los tengo dentro de mi lista, siempre recurro a algunos músicos que le gustaban mucho a mi papá, como Peter Gabriel, The Police, Sting o Steely Dan”. No es ninguna sorpresa que Graceland esté muy arriba entre sus preferencias. En ese álbum Paul Simon se metió a experimentar trabajando con músicos surafricanos para hacer un disco fundamental en el panorama de la música pop, grabado en medio de polémicas, boicots y crisis humanitarias.

Eso nos lleva a pensar (guardando las debidas proporciones) en unos cuantos personajes que han acusado a García como “traidor a la patria y defensor de los haitianos” por su canción Zafra negra, un tema que “critica —desde un punto de vista muy humano, no político— un plan de regularización migratoria que consiste en repatriar a los indocumentados, eso hasta ahí no tiene nada raro, pero es una ley retroactiva que afecta a los hijos de haitianos indocumentados que nacieron en República Dominicana”, cuenta Vicente, con evidente preocupación por un tema cada vez más espinoso en todo el planeta. “Ellos pueden ser repatriados a Haití, donde no conocen nada y no tienen ningún arraigo”. A raíz de eso, algunos dominicanos radicales alzaron la voz por este tema, escrito junto a su compatriota Rita Indiana.

Aunque mantenga tantísimos vínculos con su país natal, Vicente García parece hoy un bogotano más, un hijo putativo de este monstruo que nos duele a todos. Ricardo Muñoz (su pianista, vecino y compinche), además de amigos como Catalina García, José Quiñones y Juan Pablo Vega, han sido determinantes en su adopción y adaptación en la sociedad bogotana, más allá de la música. “Ahora siento que realmente tengo aquí un grupo de amigos en la misma página que yo”, asegura. En estos días, entre los ires y venires de la promoción y los shows, García trabaja como compositor y productor en un interesante proyecto junto a Eduardo Cabra. La idea consiste en buscar cantadoras y cantantes tradicionales del Caribe y América Latina para trabajar en un formato enmarcado en la electrónica, con Eduardo y Vicente en la producción y programaciones, más dos percusionistas cubanos. Por ahora lleva el nombre Trending Tropics, y García acepta que el espíritu se acerca un poco a lo hecho por el legendario Ry Cooder en Buena Vista Social Club, “con un poco de electrónica y sintetizadores, pero con guitarra muy africana, champetera”.

Está en eso, volviendo una vez más a las raíces que no parece querer olvidar por nada del mundo, pensando en un nuevo disco como solista, comprando discos viejos en el centro, haciendo samples y trabajando —sin pausa, pero sin prisa— para que la gente entienda lo que está haciendo y lo que quiere hacer. Para que la mixtura de todos esos ritmos, sonidos y colores que encontró para A la mar nos muestre un mundo más amplio, para que entendamos que es posible hacer bachata sin querer convertirse en Romeo Santos. No parece muy preocupado por convencernos de nada, pero podemos sentir que dentro de poco nos sorprenderá una vez más. Como cuando visitó nuestra oficina por primera vez.

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