Fences

3.50

Denzel Washington lleva un clásico americano a la pantalla

por PETER TRAVERS | 08 Feb de 2017


Es como ser alcanzado por un rayo. Así me sentí al ver el musical Fences, la obra ganadora del premio Pulitzer escrita por August Wilson. Aunque dicen que un rayo no cae dos veces en el mismo lugar, sucede. Esta vez en la versión cinematográfica dirigida y estelarizada por Denzel Washington, llevada al cine con ardiente ferocidad y sentimiento. La adaptación de la película luce como una obra, no como una película, la tentación de saturar con movimientos de cámara nunca supera a Washington. Algunos pueden reñir con esto pero yo digo “¡Amén!” Washington saca Fences desde su corazón y alma, en tributo a Wilson – quien murió en el 2005 a los 60 recibiendo póstumamente el crédito de guionista, en honor a su grandeza el drama triunfa sobre cualquier intención de cortarlo, segmentarlo en pequeñas piezas para satisfacer a los cortos de atención. Al llevar la versión de Wilson a la pantalla por primera vez, Washington logra que el dramaturgo esté orgulloso.

Fences no requiere murmullos ni campanas de Hollywood. Este escritor, director y sus actores son tan magníficos como para apoderarse de tu atención. Sucede en 1957. El lugar es Pittsburgh, en el que Wilson situó nueve de las diez obras contenidas en su ciclo “Centenario”, cada obra ocurre en una década diferente y cada una busca traer luz –en palabras de su autor- sobre “la poesía que reside en la lengua cotidiana de la américa negra.”.

Washington interpreta a Troy Maxson, un recolector de basura con sueños rotos pesando sobre sus hombros. Habiendo pasado tiempo en la cárcel por asesinato en defensa propia, se vale de su talento en el baseball para ingresar a la liga para ciudadanos de color. Luego Jackie Robinson logra abrirse camino hacia las ligas mayores, pero nuestro héroe no, la amargura termina por ponerse entre Troy y Cory (Jovan Adepo) su hijo adolescente, que planea jugar futbol americano para ingresar a la universidad. Lyons (Russell Hornsby), hermano mayor de Troy, hijo de una madre diferente no puede tener una conversación con el padre que no termine en gritos. La única que logra calmarlo es Rose (Viola Davis), que ha sido su esposa durante 18 años, ella sabe acercarse sigilosamente.

Troy encuentra alivio a la culpa y al resentimiento saliendo después de los días de paga con su compañero de trabajo Bono (Stephen McKinley Henderson) ambos batean y juegan duro en el patio de la casa de Maxson, mientras Rose los mira llena de afecto. Troy se engrandece en la medida en la que su voz gana el tono de una narración mítica, en un punto, con el bate en la mano dice “La muerte no es más que una bola rápida en la esquina final”. Pero Rose se quiebra ante el descubrimiento de un romance de su hombre con una chica del pueblo, a la que ha embarazado. Sus asuntos íntimos se intersectan con las estructuras sociales, raciales y económicas, la cerca que ella quiere que Troy construya no logra protegerlos.

El poder en la pantalla es innegable, la película elevada sobre las actuaciones de Davis y Washington quienes ganaron premios Tony por sus interpretaciones para el teatro en 2010, debió merecer la misma mirada de los votantes al Oscar. Davis interpreta a Rose como la tormenta que se avecina; su parlamento final es contundente. Washington es monumental, como un hombre tratando de mantenerse erguido mientras el mundo y su propio ego conspiran para destrozarlo. Es imposible mantener la distancia cuando Troy dice a Rose, “Subamos la escalera rumbo a esa habitación en la noche, yo me enamoraré de ti y trataremos de abrirnos paso hacia la eternidad.” Esa última imagen de Troy, el bate listo para impactar sus demonios, es indeleble. Es solo uno de los instantes en que la fuerza poética de Wilson y la actuación de Davis y Washington crean una experiencia fílmica inolvidable.


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