Ghost in the Shell

2.50

Scarlett Johansson es lo mejor del regreso del icónico anime ciberpunk, y aun ella no logra salvarlo de la perdición

por DAVID FEAR | 05 Apr de 2017

Foto: Paramount Pictures


Entre la aclamada novela de William Gibson Neuromancer y la innovadora producción de las hermanas Wachowski,The Matrix, el comic sobre policías y ciborgs Ghost in the Shell de Mamoru Oshii es indudablemente más popular. Junto con Akira, es uno de los títulos de anime reconocidos por quienes no distinguen entre Astro-boy y Dragonball Z. Véanla y notaran cómo la adaptación del manga de Oshii tomó influencias previas e inspiró obras posteriores. Como su personaje principal, la película animada estremece incluso cuando su presencia parece etérea. La animación fue maravillosa y elegante. Tenía ese tanque araña, un robot que nos permite ubicarnos en un lugar intermedio entre un maravilloso vehículo todo terreno de Star Wars y un Godzilla mecánico.

Clamábamos por una versión que hiciera justicia a la Mayor Motoko Kusanagi convirtiéndola en una heroína de carne y hueso capaz de emular a Blade Runner, no vale la pena dudarlo. Ésta es. Actualizada para el lenguaje cinematográfico del mainstream, interpretada por una estrella de cine, mezclada con elementos de Ghost y enfrentada a algunos momentos inolvidables. La escena del nacimiento amniótico en la que rompe su coraza humanoide, la caída de un delincuente que se convierte en una mancha en la ciudad, ese vehículo arácnido de asalto están allí, pueden marcarlas todas en su lista. Se ve realmente ciberpunk, sobre todo si su visión de una metrópoli tecnológica en ruinas encaja en cierta nostalgia futurista. (Podría ser la película suntuosa… de 1996). Lo que obtenemos, sin embargo, no es una fusión ciborg de mitad de los noventas y un espectáculo taquillero de 2017 sino un androide paranoico con batería baja. “Todo cáscara, nada de espíritu” es un insulto fácil pero también apropiado.

Encontramos a la heroína interpretada por Scarlett Johansson y a los chicos buenos del cibercrimen de la Sección 9 en medio de una misión que involucra un asesinato empresarial, una mortal geisha hacker robotizada y una misteriosa figura encapuchada que se acredita el crimen. El personaje principal se interna en el disco duro de un androide asesino en recuperación, él la previene sobre colaborar con la Corporación Hanka, el mayor fabricante de inteligencia artificial del país. Kusanagi y su compañero Batou (el actor danés Pilou Asbeak), seguirán el rastro al chico malo, esquivando ataques de matones y gente manejada por control remoto. Batou sospecha que las alucinaciones que experimenta tienen la clave para descifrar quién era antes de dedicarse a combatir el crimen. Los espectadores se preguntarán cuándo empezará realmente la película: incluso después de una docena de persecuciones, tiroteos, y tomas de la ciudad, existe la sensación de que las cosas están a punto de explotar, pero nunca pasa.

Aun así, mientras los espectadores sufren el equivalente narrativo a una pantalla de computador cargando, se ofrecen distracciones como una ciudad cosmopolita plagada por hologramas gigantes de peces koi y figuras del teatro Kabuki. (La dirección de arte se siente como una fusión de varios de los peores escenarios underground de la ciencia ficción y la cultura pop. La música incidental llena de zumbidos ensoñadores compuesta por Clint Mansell, sirve de fondo a una Juliette Binoche atrapada por el miedo, un Michael Pitt cubierto por cicatrices y la aparición de Takeshi “Beat” Kitano, a quien sentimos justificado en la historia como un guiño por su presencia en Johnny Mnemonic, hasta que le es permitido dirigir una mirada mortal a sus secuaces, en ese momento recordamos estar ante una leyenda del cine japonés y no solo frente a un apropiado ornamento cultural.

Hablando de eso: sí, también está Scarlett Johansson que incorpora elementos de su papel más conocido (Black Widow) y su mejor actuación hasta la fecha (Under the Skin) mientras luce un corte chelsea y viste una trusa color piel. Las acusaciones de que los actores son blancos occidentales han obstaculizado la producción desde que se anunció el elenco, pero si esta producción hubiera estado encabezada por una actriz asiática la sensibilidad cultural y el sentido común también serían debatibles. Dejando de lado la decisión de contratar a una estrella del cine rentable, esta sigue siendo una película con problemas, causados básicamente por su empeño en tratar de proyectar algo que difiere de su esencia.

Cuidadosamente comentamos, si es necesario emplear a un turista occidental para el papel las cosas podrían salir peor que con Johansson. Ella sabe llamar la atención, sea corriendo o quedándose quieta. Johansson ha encontrado el equilibrio interpretando a personajes que no parecen sentirse en casa dentro de sus cuerpos, sus cerebros o de una condición humana recientemente descubierta o mejorada. Al parecer estos papeles no parecen basarse tanto en su factor explosivo como en su facilidad para alcanzar el efecto del vacío, se necesita un director que sepa emplear adecuadamente ese atributo para decir algo: Jonathan Glazer (Skin), Spike Jonze (Her) o incluso un Luc Besson (Lucy). No contratas a Rupert Sanders (Snow White and the Huntsman) porque estás buscando a un visionario, lo contratas porque va a terminar un trabajo y va a hacerlo ver impecable.

Por esto, al final, tendrán a Johansson esforzándose en la forja de una heroína que pareciera construida con piezas de repuesto exóticas. La sensación que imprime es que es necesario volver a la versión original. Lo que queda es el aprovechamiento cibernético de un gran presupuesto para una audiencia global, una máquina diseñada para recolectar dinero. ¿Quién le robó el alma? Para una película inmersa en la singularidad, no hay nada demasiado particular sobre esta versión de Ghost in the Shell.


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