Jackie

3.50

La versión expresionista de Jacqueline Kennedy luego del asesinato de está JFK impulsada por una actuación asombrosa

por PETER TRAVERS | 15 Feb de 2017

Jackie puede ser el biopic más disonante del 2016 y, según Peter Travers, la exigente actuación de Natalie Portman la hace una importante contendora por el Oscar. Pablo Larrain


Quizás estén pensando que la última cosa que quieren ver la típica biografía de TV sobre la vida de Jacqueline Kennedy. Buenas noticias. Jackie no es eso. Apenas y hay un minuto de biopic en ella. En cambio, recibirán una hechizante visión de lo que afrontó una de las mujeres más famosas del mundo después de que su esposo fuera asesinado y ella inclinara su cabeza destrozada por un proyectil en su regazo. Déjenme decir que Natalie Portman, en una actuación que supera su rol ganador del Oscar en El cisne negro, los dejará en el suelo con la fuerza de la propia ex Primera Dama. El look icónico, la voz susurrada y la postura estrictamente correcta están sugeridos, pero nunca son imitados de manera grosera. Aun así, si alguna vez se han preguntado por la solidez que Jackie forjó tras su tragedia personal y el intenso escrutinio público que siguió, está aquí retratada con una representación electrizante que atina en todo.

Dirigida por el director chileno Pablo Larraín (Neruda, No), en su primera realización en inglés, Jackie es una hipnótica especulación sobre una mujer intensamente reservada y llevada al límite por la política, la familia, el duelo y su propio consciencia en conflicto. En uno de los flashbacks significativos de la película, en un tour televisivo por la Casa Blanca que Jackie realizó dos años antes de que JFK fuera asesinado en Dallas el 22 de noviembre de 1963, vemos a una mujer apasionada por preservar el legado del arte y la decoración de la residencia presidencial, pero también ansiosamente preocupada por que la cámara (o cualquier persona) se acerque demasiado. Desde los primeros momentos de la hipnótica música incidental de Mica Levi (Bajo la piel), la película nos sumerge en un mundo desequilibrado, ofreciendo vistazos como mosaicos que hablan del estado de una mente bajo una presión insufrible.

Está el asesinato, el hospital, el vuelo desde Dallas cuando Lyndon Johnson presenta el juramento, el vestido rosa y el sombrero que finalmente se quita para limpiar la sangre de su esposo pero sin librarse de los recuerdos dolorosos. Es entonces cuando la Primera Dama entra en acción, consolando a sus dos jóvenes niños, dilatando el deseo de Johnson de sacarla de la Casa Blanca, y organizando una marcha fúnebre en las calles de D.C. que rivaliza con la de Abraham Lincoln. Cuando el asistente especial de LBJ, Jack Valenti (Max Casella), se resiste, las medidas que ella toma son satisfactoriamente letales. No solo es el vodka, las pastillas y ese perro vigía que es Nancy Tuckerman (una excelente Greta Gerwig) lo que le ayudan a salir adelante, a pesar de que sí ayuden. Es la determinación de nunca más ser un peón en el juego de nadie.

El amigo y cuñado de Jackie Robert Kennedy (un sobresaliente Peter Sarsgaard) se preocupa porque su familia solo sea recordada ahora como “la gente bonita”. No si Mrs. Kennedy puede evitarlo. En una entrevista que le da a un periodista sin nombre (Billy Crudup, alerta y vívido), modelado sobre la imagen de Theodore H. White, la viuda del Presidente exige tener el control editorial “en caso de que no diga exactamente lo que quería decir”. Exigiéndole al reportero que le lea lo que está escribiendo, Jackie –permitiéndose libremente su vicio con el cigarrillo– anuncia genialmente “No fumo”. Y en cuanto sus palabras respecto a sus últimos minutos con su esposo (Caspar Phillipson), suelta cortantemente “No creas ni por un minuto que te voy a dejar publicar eso”.

Al darnos impresiones talladas del dolor de Jackie, fuertes pinceladas que prefieren el sentimiento al hecho, Larraín –trabajando desde un osado y fascinante guion original de Noah Oppenheim– ofrece una imagen más amplia que cualquier drama biográfico clásico podría hacerlo. Durante entrevistas privadas con un sacerdote católico (John Hurt), la Primera Dama discute los problemas íntimos en su matrimonio que ni ella ni el sacerdote logran reconciliar. Pero el legado de Kennedy sobrevivirá en sus manos. Pueden apostarlo. Más de una vez, Jackie hace referencia a un musical de Broadway en el que Richard Burton interpretando al Rey Arturo canta “un breve y brillante momento que se llamó Camelot”. ¿Lo creía? No importa. Se asegura de que todos lo creamos. La voluntad de esta mujer no será negada, y tampoco lo hará esta potente provocación cinematográfica. Potenciada por una fascinante Portman, la película de Larraín –una de las mejores del año pasado– es apropiadamente difícil de definir e imposible de olvidar.


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