La bella y la bestia

3.00

Emma Watson, Dan Stevens y un ejército de voces de súper estrellas le hacen justicia al clásico animado, incluso si algo de esa magia no pueda verse

por PETER TRAVERS | 17 Mar de 2017

La bella y la bestia le hace justicia al clásico animado de Disney, incluso si algo de esa magia no pueda verse. Peter Travers reseña un nuevo cuento tan viejo como el tiempo. Disney


La historia de un tipo terrorífico que tiene como rehén a una joven hasta que esta se rinde ante él hace usualmente parte de los reportes policiales. O, por supuesto, de un musical de Disney. Ese es el caso de La bella y la bestia, la versión no animada de Bill Condon del clásico de 1991, la primera película animada en recibir una nominación al Oscar por Mejor Película. Condon (Dreamgirls) sabe cómo manejar equipo pesado sin mostrar el esfuerzo. Y Emma Watson es la damisela en peligro capaz de conmover el corazón de un simio peludo, o un bisonte, o lo que sea que esté representando el estelar Dan Stevens. Trabajando desde un ocupado guion de Stephen Chbosky y Evan Spiliotopoulos, el director llena cada cuadro de esta muy larga película de 129 minutos con imágenes rápidas y un romance conmovedor. Se ve igual, se mueve igual y suena igual (¡esas canciones de Alan Menken!) a la original. Pero parte de esa magia no se puede ver en acción.

Aún es un cuento tan viejo como el tiempo. Un príncipe consentido (Stevens, a quien se le permite por un minuto mostrar su belleza de Downton Abbey) es convertido en una bestia por ser un cretino arrogante; su maldición solo puede deshacerse si el ególatra aprende a amar y ser amado. Ahí entra Bella (Watson, la perfecta encarnación de ese motor que podría lograr la magia), una cerebrito/inventora de un pueblo que voluntariamente entra a los dominios del príncipe para liberar a su padre artista (el siempre espléndido Kevin Kline) quien ingresó allí por equivocación. A Bella casi la alivia estar encerrada con el monstruo, dado que antes pasaba los días escapando de las cachondas atenciones de Gaston (Luke Evans, una delicia acicalada), un vanidoso galán cuyo compinche LeFou (Josh Gad) es, sí, gay. Este hecho ha hecho que la película se haya ganado el estatus de filme no grato en algunos países y en los condados rurales de los Estados Unidos; está tan disfrazado que es apenas perceptible.

El giro más sorprendente es que la Bestia es –no, no es gay también– un amante de los libros igual que Bella. La literatura tiene un gran papel en esta nueva versión del filme. Para nuestra heroína, la pasión de su captor por Shakespeare es un detalle que enamora. Le toma un poco más adaptarse a su nueva vida en el palacio que viene con muebles cantarines y danzantes, los objetos inanimados tienen la costumbre de hacer eso en las películas de Disney. Gracias a la magia de la computadora, Ewan McGregor canta y baila como un candelabro, Ian McKellan como un reloj, Audra McDonald como un ropero, Gugu Mbatha-Raw como un plumero, Stanley Tucci como un piano y Emma Thompson como una tetera (ella canta la canción titular que Angela Lansbury inmortalizó en la versión original). A pesar de toda la energía que gastan en la frenética versión inspirada en Busby Berkeley de Be Our Guest, la canción de la película animada gana con un atributo que ni siquiera un presupuesto de 160 millones puede comprar: encanto.

En lo que crece o se sumerge La bella y la bestia es en la historia de amor, y aquí, dado que se le permite detenerse en los momentos íntimos, la película arde en llamas. Con el peso de un proceso de grabación que lo obligaba a caminar en zancos y a llevar un gran traje cubierto en lycra, Stevens va más allá de las labores de un musical familiar para entregarnos a un ser humano antes que a unos efectos especiales; él es una bestia que vale la pena recordar. Esos son sus ojos brillando con pasión frente a la Bella interpretada por Watson, esa es su voz brillando con ardor genuino. Y de repente, en una película construida sobre el esqueleto de aquella que la precedió, hay algo nuevo que no estaba antes. Yo lo llamaría un regalo emocionante.


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