La cabaña

2.00

Yo tengo un amigo que me ama

por RODRIGO TORRIJOS | 06 Apr de 2017

Foto: CORTESÍA LIONSGATE


‘La cabaña’ logra sobreponerse a la arrogancia, el oportunismo o a los prejuicios con los que el mundo del entretenimiento ha asumido los asuntos espirituales. Pese a no promocionarse como el tipo de producto artístico que “ilumina”, resulta un alivio abrir la puerta y descubrir que no se trata de un vendedor de biblias trancando la puerta con el pie. La cabaña puede abrir la cabeza hacia asuntos primordiales como el perdón y la culpa. No inscribe la práctica incerde la religiosidad como un imperativo para alcanzar alguna de las dos; por el contrario, entabla un diálogo amistoso, entretenido. Incluso se permite dosis de humor sobre las figuras del imaginario religioso para enfrentar la tragedia de un padre (Sam Worthington) que tiene que salir adelante ante la pérdida de un hijo, a pesar de tener sus propias heridas abiertas desde la niñez.

En nuestras ansias de dar significado a la necesidad de entretenimiento, hemos creído en marcianos, vampiros y todo tipo de mamarrachos. ¿Por qué no dar la oportunidad a este grupo de seres probablemente fantásticos y escuchar lo que quieren decir? La verdad es que disfrutamos oír a un Jesús con pinta de árabe (Avraham Aviv Alush) —de esos que tendrían serios líos en un aeropuerto entrando a Estados Unidos—, diciendo que probablemente no encarne la mejor definición de lo que algunos consideran un “buen cristiano”, o verlo como un bacán de camisa de cuadros caminando en botas de trabajo sobre las aguas de un lago. La cabaña encuentra la universalidad de su mensaje entablando una conversación con los no convencidos. Hace guiños a la diversidad racial y de creencias, y mantiene una forma respetuosa de ver e interpretar diferentes cosmovisiones. El debutante Stuart Hazeldine encuentra al Espíritu Santo encarnado en una jardinera oriental (Sumire Matsubara) y a un Dios —que su protagonista llama con cariño Papa, materializado en una mujer negra (Octavia Spencer)— o un anciano indígena (Graham Greene). Hay más de amor que de religión y rito. Podemos dar testimonio de su bondad, pero seguimos desconfiando de los pastores embaucadores que amenazan de muerte a periodistas y usan sus púlpitos como tribuna política, al igual que de los sacerdotes pedófilos, procuradores deshonestos y esa demoniaca fauna que vive del negocio religioso. Que Papa se apiade de sus almas.


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