La La Land

4.00

Ryan Gosling y Emma Stone cantan y bailan en la ciudad de los ángeles, entregándonos la película del año

por PETER TRAVERS | 19 Dec de 2016

Dale Robinette


Para el mercado juvenil, cuyo interés por las canciones y los bailes se limita a la forma corta de los videos musicales de Beyoncé, un musical a la manera clásica y de larga duración debe ser difícil de vender. No estaría tan seguro. Brillantemente escrita y dirigida por Damien Chazelle de 31 años (el tipo que hizo Whiplash), La La Land le da vida al musical cinematográfico del siglo XXI. No hay nada de los excesos del musical convencional en esta historia de amor que eleva la voz y mueve los pies porque le toca, porque es la mejor y quizás la única manera de hablarle al corazón. Saldrán del cine emocionado por el ingenio imparable de Chazelle, deslumbrados por las actuaciones de Emma Stone y Ryan Gosling, y emocionados de que de nuevo se hagan películas mágicas. Hay películas memorables este año, películas hechas para probar nuestra consciencia (Fences, Silence, The Birth of a Nation), o que atacan nuestro corazón (Manchester By the Sea, Moonlight, Loving). Pero lo que hace de La La Land un milagro tan grande es cómo la pasión por el cine y sus posibilidades irradia de cada toma.

Si se le describe con sencillez, esta historia del Hollywood moderno no parece revolucionaria. Pero esperen. Stone interpreta a Mia Dolan, una actriz que trabaja como barista en un café en los estudios de Warner Bros mientras espera ser descubierta para poder escribir y actuar en las películas que no son de cómics y que ya nadie hace. Ryan Gosling es Sebastian Wilder, un jazzista que toca el piano en bares mientras espera que el jazz clásico regrese para poder abrir un bar en el que pueda interpretar la música que le gusta. Estos nostálgicos impacientes se conocen en una avenida trancada en Los Ángeles, insultándose mientras sus coches superan una mañana de tráfico matutino.

Hay que decir algo sobre esta escena de apertura, que es tan contundente que ya se ha convertido en una cápsula del tiempo: pitos. Conductores agitados sudan y maldicen. La cámara de Chazelle captura un típico paisaje infernal de Los Ángeles. Entonces, el caos se detiene. La gente sale de sus carros y empieza a moverse al ritmo de una canción llamada Another Day of Sun. Las gloriosas canciones y la música incidental son una creación de Justin Hurtwitz, un colega de Harvard de Chazelle, con letras para morirse de Benj Pasek y Justin Paul (representados en Broadway por el fantástico Dear Evan Hansen). El director filmó este número en una rampa cerrada de una autopista en la ciudad, conectada con el centro de Los Ángeles. Más de 100 bailarines participaron; la celebrada coreógrafa Mandy Moore fue la encargada de los inspirados movimientos. Se necesitaron dos días paras filmar este momento eufórico que será estudiado y elogiado en los años por venir.

Mientras Mia y Sebastian superan sus hostilidades y empiezan a coquetear juguetonamente, La La Land gira alrededor de la ciudad del título. Mia escucha a Sebastian tocar una canción jazzera y enamoradiza llamada City of Stars, una melodía de su propia invención que debe tener ya en su bolsillo el Oscar a Mejor Canción. En Hollywood Hills, los dos bailan (A Lovely Night), dando los primeros pasos hacia algo más profundo. El sexo es fácil; lo que es difícil es el amor. Con un vínculo compartido por el pasado, los dos se van a un cine clásico para ver Rebelde sin causa de James Dean; luego se van al Griffith Observatory, que aparece en esa película, para literalmente bailar en las estrellas. Filmada con el ojo poético del cinematógrafo sueco Linus Sandgren (Estafa americana), la cinta logra una belleza resplandeciente y elevada.

Todo fracasa cuando interviene la realidad. Mia se somete a audiciones frustrantes en la que los directores de casting bostezan y escriben en sus celulares. Sebastian se vuelve un músico comercial con una exitosa banda de jazz pop, liderada por Keith (interpretado con honestidad por John Legend). Conforme Mia y Sebastian se separan, Chazelle se mueve de los musicales clásicos llenos de alegría de Hollywood (Cantando bajo la lluvia, The Band Wagon) a los refranes agridulces de Jacques Demy en The Umbrellas of Cherbourg. Elocuentemente, el joven director absorbe estas influencias sin comprometer su propia identidad.

Stone y Gosling son geniales de muchas formas. Aunque están alejados del género del musical, a diferencia de gente como Fred Astaire o Ginger Rogers, estos actores intuitivos hacen que su anhelo por encontrar la expresión lírica le den a Mia y Sebastian un matiz de conmovedor realismo. Simplemente la rompen. El rango actoral de Gosling en filmes tan diversos como Diario de una pasión, Lars y la chica real, Blue Valentine y Drive siempre me sugirió que podía hacer de todo; ahora estoy más que convencido. Y Stone es incandescente. Entendiendo por instinto que encontró el rol de su carrera, da todo lo que tiene y hace que parezca que no le costó trabajo. Su última canción, Audition (The Fools Who Dream), es un espectacular himno lastimero. Más le vale a la Academia coronar a Stone, a Gosling, a Chazelle y su película con los Oscar. La completa perfección de La La Land no merece menos. Te consiente con olas de humor, desengaño y romance apasionado. Es la película del año.


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